Norteamérica 15. Tres largos “rides” en camión – ¡seguidos!

Miércoles, 6 de agosto. Amos (Quebec).

¡Increíble, inverosímil! (O “inverso”, como decía aquél).

Pero, antes de pasar a contar el día de hoy, tengo que decir un par de cosas que se se me quedaron en el tintero respecto a estos días atrás. Una es que el agua del Grande Rivière es la más rica y fina que he probado nunca: tan fina, que enjuagarse las manos después de lavárselas –y ya no digamos aclarar la ropa tras la colada– se convierte en un verdadero problema, porque el jabón no acaba de irse. Otra se refiere a uno de los peores enojos de Chisasibi: las moscas negras, black flies, que se posan sobre la piel tan suavemente que no te enteras hasta un minuto después de que te han picado y han volado, dejándote una gruesa gota de sangre coagulada en la picadura; la cual molesta después durante tres o cuatro días. Además, se meten bajo la ropa y pican en los lugares más inverosímiles, como por ejemplo en tol medio del ombligo, como me ha pasado a mí. Algo verdaderamente repugnante.

Dicho lo cual puedo entrar ya a escribir los eventos de hoy. El día no comenzó siendo muy prometedor. Tras despedirme de Lawrence, a eso de las 8, me fui al extremo del asentamiento y me puse a hacer dedo. Hora y media más tarde estaba aún en el mismo sitio: me había fijado como destino Amos, pero ninguno de los vehículos que se pararon iba hasta allí; así que me dije que sería mejor intentar ir primero a Radisson, donde está la hidroeléctrica, porque seguramente desde allí habría más tráfico hacia el mundo civilizado. No tardaron en darme jalón unos tipos entrados en años, bastante estirados ellos y sin mucha conversación. Y ahí me tenéis ya en el cruce de Radisson: un lugar perfectamente desierto, in the middle of nowhere como quien dice, y haciendo autostop a ningún vehículo en absoluto, ya que no pasaba ni Dios. Aunque no era aún mediodía, me veía ya haciendo noche en mi tienda junto a la carretera, porque sin tráfico mis probabilidades eran exactamente cero. Pero al cabo de una hora, o algo menos, se detuvo a mi lado un camión. “¿Hasta Amos?”, le pregunté al conductor. “Hasta Amos”, me dijo. Era un camión grande, nuevecito, sin carga, y la cabina estaba muy limpia. El conductor era un hombre joven, alegre, simpático, y hablaba francés y un poco de inglés. El sueño de cualquier autopista; el ideal, lo insuperable.

De Chisasibi al cruce de Radisson con un par de viejos.

Era mediodía cuando me recogió, y el viaje ha durado casi nueve horas. Hemos venido todo el rato de lo más entretenidos, charlando sobre cien temas distintos. Estaba el hombre, además, encantado de que le enseñase algo de inglés. Nos detuvimos un rato en el 381, como en la región conocen a la única gasolinera que hay entre Radisson y Matagami por estar ubicada en ese poste kilométrico. Allí recogimos alguna mercancía y nos tomamos un café. Después, fuimos ya de un tirón hasta La Puerta. La mujer de la oficina se acordaba de mí, supongo que a causa de aquel incidente con la policía. Jacques, mi benefactor, el conductor del camión, me dijo que Susanne (la mujer) era la más amable y simpática de todo el personal en The Gate, lo cual disipa mis sospechas de que fuese ella quien llamó a la policía. [Pero, entonces, ¿quién fue?, sigo preguntándome hoy.] En llegando a Amos, y comoquiera que aquí, según Jacques, no hay ni camping ni motel alguno que baje de 45$, le pedí que me dejara poner la tienda en su jardín, a lo cual accedió sin problemas. Pero, una vez en su casa, no me ha dejado ponerla: me ha dicho que dormiría en su casa, ya que tiene sitio de sobra. De modo que me ha presentado a su familia, me ha prestado una toalla para ducharme, me ha dado de cenar (pasta con carne, no muy allá) y luego, al acostarme, sólo le ha faltado darme un beso de buenas noches. Ha insistido, además, en darme ropa de cama aunque le dije que podía dormir en el saco. Su hija, la pequeña, es encantadora. Su mujer no es especialmente guapa, pero tiene un tipazo, con unas piernas y un culo de locura. Me ha recibido con mucha simpatía y se ha mostrado bastante habladora. Pero como todo el mundo está bastante cansado, a las 11 de la noche nos hemos ido ya cada mochuelo a su olivo.

Mañana va a llevarme Jacques a Rivière-Héva porque él tiene que ir hasta Val-d’Or a arreglar algo del camión. Así que, macho, la cosa no ha podido ir mejor por hoy. La única pequeña pega es que su conexión a internet no funciona y no he podido comprobar el correo.

Del cruce de Radisson a Amos en el camión de Jacques

Viernes, 8 de agosto. Dryden (Ontario).

Pues así fue la cosa, ni más ni menos. Ayer mañana (¡Dios, parece que fue hace ya una semana!), mientras Jacques salía a correr con su hija, me di una vuelta por Amos en busca -iluso de mí- de una librería para proveerme de lectura, pero las dos que encontré eran demasiado pequeñas y sólo vendían basura sin valor literario. Basura, además, en francés, que no esprecisamente lo que ando buscando. Pero, en fin, paseé un poco por el pueblo y visité la catedral, que me pareció simplona a tope: cuadrada, con una bóveda central gigantesca, sin capillas laterales, sólo un añadido posterior para el altar, aunque -eso sí- con una interesante colección de fotografías no sólo del proceso de su construcción, sino de los primeros tiempos de Amos. También compré unos sellos y unas postales, que puse en el correo una vez escritas. Volví a casa de Jacques a tiempo para marcharnos, aunque no emprendimos el viaje directamente porque él tenía que recoger unas cargas y eso nos demoró bastante, de modo que a mediodía aún no habíamos salido. Entre unas cosas y otras, llegamos a Rivière-Héva sobre las 13:30. Aunque hay carretera directa desde Amos hasta Val-d’Or, Jacques cogió la ruta 109, que da un rodeo, para dejarme en el cruce con la 117.

De Amos a Rivière-Héva con Jacques

Si bien el mapa lo marca como una localidad, en realidad Rivière-Héva no es más que un cruce de carreteras, con dos docenas de casas y otras edificaciones. Allí no tuve que esperar mucho, quizá menos de una hora, para que me cogiese otro camionero. Un tipo con una pinta rara, pero simpático y bastante buena persona, que no hablaba bien el inglés pero se esforzó lo que pudo. El camión, más viejo que el carajo, llevaba una gran carga de madera. Me cayó bien ese tío. Al explicarle mi objetivo para aquel día (ir a Rouyn-Noranda, dormir allí y seguir luego hacia Kirkland Lake), me dijo que me traía más cuenta ir con él hasta New Liskeard, aunque supusiera un pequeño retroceso hacia el sur, porque (como, en efecto, ya tuve ocasión de comprobar una semana antes) por la ruta que yo pensaba tomar apenas tenía tráfico. Así que le hice caso.

De Rivière-Héva a New Liskeard en un camión con madera

Llegados a nuestro destino fue tan amable de llevarme hasta las afueras, a una parada de camioneros, e incluso se ofreció a hablar con algunos, por si se dirigían hacia el oeste y podían llevarme; pero este ofrecimiento no lo entendí hasta un cuarto de hora después -cuando ya se había marchado- porque su inglés era malo y tardé un rato en procesar sus palabras; de modo que allí me quedé, en el arcén de la ruta 11, contando los muchos coches que pasaban y  perfeccionando mi estadística y estudio sociológico de los conductores. ¡Por Dios que casi prefiero las carreteras menos transitadas! Conté casi doscientos vehículos hasta que paró… sí, otro camionero. El tercero ya, uno detrás de otro, que me daba un lift. Paró porque un rato antes me había visto descender del otro camión. “¿Dónde vas?”, me preguntó no sé si Herald o Errol. “Tan lejos hacia el oeste como pueda llevarme”, le contesté. “Bueno, yo voy hasta Vancouver…” ¡Joder!, eso era demasiado lejos; nada menos que la otra punta del Canadá. Le dije que me conformaba con quedarme en Winnipeg. Aun así, todavía me pregunto si hice bien en subirme con él, porque ¡vaya un tío raro!, por no decir otra cosa.

Ayer, conduciendo por una bonita carretera, llegamos hasta Hearst, donde en una parada de camioneros hicimos noche. Él durmió en la cabina y yo en mi tienda, que puse detrás del remolque. Cenamos unas pizzas bastante buenas y se quedó alucinado -y muy agradecido- de que yo pagase las dos. Él aprovechó para hacer su colada en un laundromat (estos lugares para camioneros, ya se sabe, tienen de todo) y luego me ayudó a poner la tienda; e incluso me prestó un plástico para ponerle debajo, porque el terreno era arenoso y tenía algo de barro. El lugar era ruidoso porque estaba junto a un sawmill (un aserradero), pero la verdadera nota la dio un camionero cretino que tuvo toda la noche, toda la jodida noche, el motor arrancado, con un ruido de mil demonios que mis tapones para los oídos no amortiguaban lo suficiente; de modo que dormí bastante poco.

De New Liskeard a Hearst con Errol o Herald

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Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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2 respuestas a Norteamérica 15. Tres largos “rides” en camión – ¡seguidos!

  1. Aixa dijo:

    Vaya jalón más bueno que te dieron en este capítulo jeje. Estoy siguiendo tu aventura por Norteamérica, está muy interesante y entretenida

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