Norteamérica 45. Consejos de un taxista y reflexiones sobre los youth hostels

Lunes, 6 de octubre. Penticton (Columbia Británica).

Ayer, tras hacer varios de los recorridos que ofrecía el parque, me puse a caminar carretera abajo con plena confianza en que alguien me llevaría hasta la ciudad. En efecto, unos alemanes me recogieron. Eran entusiastas de Canadá, fieles turistas que viajaban a Revelstoke una vez al año desde hacía seis. Muy simpáticos y abiertos, manifestaron ser yo el primer español con que se encontraban en este país. Entre otras cosas, hablamos del problema de la deforestación, que a ellos también se lo parecía: es -opinaban- la base de la economía canadiense, aparte del petróleo y la energía eléctrica; y si dejasen de deforestar, esa economía se resentirá mucho; pero, aunque saben que la madera se acabará algún día, no les importa: ese día está demasiado lejos para que afecte a políticos cortoplacistas; y la gente prefiere no ver el problema.

Ya en la ciudad, pasé el resto de la tarde leyendo, dando una vuelta y hablando con un nuevo compañero de dormitorio, un británico que lleva un año viajando y al que le quedan apenas ocho días para volver a su país. Era joven, culto y educado. Como había estado mucho tiempo en Asia (China, India, Corea del Sur), estaba muy habituado a los youth hostels y tenía, además, interesantes cosas que contar; pero se lo veía cansado de tanto viajar y parecía como si todo le resbalara. Hoy por la mañana nos levantamos a la par, pero yo me marché antes que él.

Llevaba media hora larga haciendo dedo cuando un taxista se detuvo a mi lado. “¿Gratis?”, le pregunté. Yes. Salvo porque llevaba a bordo un perro baboso, fue un ride muy afortunado, ya que el conductor se dirigía al mismo lugar que me había fijado como destino para hoy, de modo que no he tenido que volver a pedir jalón. Era un hombre grande y gordo que decía haber viajado mucho y que pudo darme muchos e interesantes consejos para EE.UU.: en Oregón puedes hacer dedo en las autopistas; en Louisiana, no puedes ni en carreteras normales; California es una locura; Las Vegas, en Nevada, vale la pena conocerla, pero ten cuidado: no les gustan los mochileros porque no traen dinero; en Tejas no infrinjas la ley, pues los polis son duros ahí, la gente lleva pistolones al cinto y, si se ven en la necesidad de usar el arma -o se les antoja hacerlo-, prefieren que no vivas para testificar, así que disparan a matar; procura hacer dedo en las paradas de camioneros y, si es posible, compra una emisora con su frecuencia para pedirles unride; no hables de política con los estadounidenses. Decía conocerse todos los trucos para cruzar la frontera. También fue explicándome las peculiaridades de la zona: dónde hay plantaciones de frutales o de viñas, dónde es bueno para esto o lo otro, dónde hay incendios forestales, dónde hace frío o calor… Estaba bastante comprometido con los movimientos ecologistas en la idea de reducir las emisiones de CO2 y evitar el efecto invernadero, y aseguraba que, al menos por su zona, el nivel de los lagos bajaba cada año. Opinaba que el principal problema de todo eso no sería tanto el deterioro medioambiental en sí como las guerras y conflictos que el pánico ante dicho impacto acarrearía. Me pareció algo alarmista, pero con fundamento. Fue un viaje bastante agradable, y el hombre me dejó en la misma puerta del albergue de Penticton, donde he pagado tres noches por adelantado. Según me dijo, esta ciudad (de unos 25000 habitantes) está llena de jubilados y es muy turística gracias a su buen clima y sus playas lacustres. Puedo confirmar que, al menos hoy, la temperatura es muy agradable. Ahora estoy en la biblioteca pública, escribiendo un rato tras comprobar el correo. A ver cómo se me dan los últimos tres o cuatro días por Canadá.

De Revelstoke a Penticton con el taxista

Martes, 7 de octubre. Mismo lugar.

No está pareciéndome Penticton la ciudad ideal para pasar estos últimos días; es, quizá, demasiado grande para mis gustos; pero no está mal. Lo que me ha resultado curioso es el secretismo imperante, en el albergue, respecto a trabajar recogiendo fruta (opción que consideré al llegar aquí). Ayer, tras hacer algunas averiguaciones, supe que al menos cinco de los huéspedes se dedican a eso, pero sólo uno me habló con claridad sobre cómo encontrar trabajo en la recolección; los demás salieron con evasivas o, simplemente, no contestaron; hasta me pareció que miraba al cielo y silbaba. Es como si temieran que vaya a quitarles el trabajo, o como si hacer los contactos precisos les hubiese costado tanto que no quieren compartir esa información. Al final, uno me dijo: “No te preocupes; es muy sencillo: sólo estate pendiente, pregunta aquí o allí, acércate a la oficina de empleo o llama a estos teléfonos, y encontrarás algo, seguro.” Pero oí a alguien mencionar que, para ir a recoger fruta, hay que levantarse a las seis de la mañana, y como yo soy mal madrugador se me han quitado las ganas de intentarlo; así que ya veremos. No estaría mal sacarme unos pavos, pero tampoco pasa nada si no lo hago.

Ahora estoy en un Tim Hortons, desayunando. El día ha amanecido nublado, pero parece que va a aclarar. Ayer tarde preparé la consabida tortilla de patatas, que me salió mejor que nunca y me granjeó entusiastas elogios de los dos a quienes les ofrecí. El resto de la tarde lo pasé en el albergue, charlando un poco, leyendo un mucho y estudiando al personal. Estoy empezando a hartarme del ambiente alberguil y a desarrollar cierta aversión hacia esta clase de alojamiento, en parte por la frivolidad imperante y en parte por mi habitual poco éxito entre el resto de huéspedes, en especial el elemento femenino. Empiezo a pensar que el tipo de persona que más abunda en estos lugares es el vanidoso y egocéntrico, gente cree saber mucho porque viaja, pero cuya experiencia al respecto se limita, en el fondo, a haberse apalancado durante semanas (meses, en ocasiones) en varios hostales, haciendo de éstos su hogar. Del simple hecho de fumarse un canuto, recoger manzanas en el Okanagan o pegarse una caminata de cuatro horas por el parque nacional de Banff, hacen toda una aventura. Por contraste, empiezo a admirar a los japoneses, con su incesante ritmo viajero, su autonomía social y su desapego, sin comportarse jamás en los hostales como Perico por su casa, sin el menor asomo de vanidad y sin concederse -al contrario que los occidentales- la más mínima importancia. Y, por último, también empieza a parecerme que las guías de viaje son un arma de doble filo: si bien, por una parte, facilitan mucha información, por otra te dirigen invariablemente a hospedajes llenos de extranjeros, donde poco del país o de la región puede aprenderse. Amén.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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