Jueves, 25 de septiembre. Victoria (Columbia Británica).
La vida viene como viene: se esfuma un sueño y llega una alegría. La tarde de ayer, en Nanaimo, fue plácida: la pasé leyendo, escribiendo y charlando. La fauna que había por el albergue (salvo por una tipa más seca que una mojama y que me recordó a la camarera del Mambrú) era afable. Llevaba yo unas horas marcando a una japonesita -guapa la chica, como de unos treinta y pocos- que había aterrizado por allí esa mañana y, mira por dónde, al final del día trabamos conversación por pura casualidad. Lo de siempre: que si de dónde eres, que si qué haces… Se llama Hiromi, es de Nagasaki y pasa en Canadá seis meses para practicar su inglés, que por cierto es bastante pobre. Monitora de canotaje en Japón, lleva aquí ya un tiempo, y ha estado trabajando y viajando. Ayer era su único día en Nanaimo. Al cabo de un rato de charla se fue a acostar y yo me quedé, con otros dos huéspedes, viendo un programa sobre construcción de barcos; y después de conversación.
Mi noche fue tan placentra como la anterior, y también mi despertar en la cálida y soleada mañana. Con mucha calma, he ido recogiendo mis cosas hasta que me he encontrado de nuevo con Hiromi, que se iba. ¿Tenía tiempo para un café en el paseo marítimo? Sí, claro. Hemos dado un bonito garbeo y tomado un agradable café, intercambiando email y direcciones. -Tal vez algún día nos veamos en Japón o España. -Sí, tal vez; ojalá nos veamos. -Ojalá, así lo espero yo también. Al dejarla, me pasé por el thrift store del Ejército de Salvación y compré dos camisas y una gorra, todo por cinco pavos. Luego terminé de recoger mis cosas en el hostal y me despedí de los simpáticos compañeros que andaban por allí.
Fui andando hasta el extremo de la ciudad para hacer autostop, y no tardó en recogerme un tipo. -¿A Victoria? -Sí. -¿De dónde eres? -Español. -¡Coño, yo también! Eso sí que ha sido una coincidencia. Dani, que es de Barcelona, está aquí -como Hiromi- mejorando su inglés y buscándose la vida con un visado de estudiante. Ha vivido en Vancouver durante nueve meses y, cansado de la gran ciudad, se ha mudado a Victoria el mes pasado. Hemos tenido una trepidante charla que ha terminado en quedar esta noche para tomar unas birras. Pero ahí se ha acabado, al menos de momento, mi suerte en Victoria. El primer albergue que probé se me antojó caro, 19 $, aunque se veía con bastante ambiente. El segundo era más asequible, sólo 12 $, así que he pagado dos noches; pero ya estoy arrepintiéndome, porque es el sitio más inhospitalario, sucio y con la gente más desapacible, en todo lo que llevo de viaje. Como es barato, está lleno de “fijos”, que suelen contribuir al mal rollo porque se adueñan de todo, imponen el ambiente y se comportan como si estuvieran en su casa. La guinda al pastel la pone el encargado, uno de los fijos que, a cambio de ese “servicio”, se hospeda gratis. Aquí nadie te saluda. Sólo un chaval rubito y barbado, de nombre Andy, que ha llegado hace un rato me ha dicho un tímido hola. Y hasta ahí llegó su simpatía, porque al preguntarle, viéndolo poner un candado en su taquilla, si pensaba que era recomendable hacerlo, va y contesta: “la elección es libre”; y como quiera que, con la mirada, he insistido en una respuesta, me ha aclarado: “depende de ti”. ¡Macho, es la información más útil que me han dado nunca!
Una vez me hube establecido, Andy se me acercó y estuvo sondeándome. Con una voz que parecía hablarle sólo al cuello de la camisa, y con una mirada huidiza, sus extraviadas pupilas apartándose inmediatamente -a pequeños saltos, como quien, sentado en un sillón tras la sobremesa, se adormece un instante y se despierta al dar la cabezada- cada vez que se encontraban con las mías, me preguntó: “¿Y por dónde has estado?” De manera bastante sucinta le conté, a grandes rasgos, mis andanzas por Norteamérica, mientras él asentía como aprobando lo que escuchaba. “¿Y tú?”, le dije al terminar mi breve relación. “¡Oh! Yo he estado por esta zona, sí”, fue su vaga respuesta. “Eso no es -le indiqué- una información muy abundante.” Pero o no me entendió o fingió no entenderme, pues su cabeza parecía seguir asintiendo aún a mi relato. Entonces me preguntó si ya tenía planes para la noche. “Pues sí, he quedado con un amigo.” Pareció satisfecho. Pensé que tal vez habría querido, caso de estar yo libre, proponerme salir a tomar algo; pero luego se me ocurrió que quien pregunta tanto y responde tan poco no albergaba, a lo mejor, tan amistosas intenciones; así que, por si acaso, me lancé a la calle y compré un candado para mi taquilla; y una vez convenientemente cerrada salí otra vez para dar unas vueltas mientras hacía tiempo hasta la cita con Dani.
Encontré una ciudad bastante estética, de esas cuya vida transcurre de cara al mar, con muchos rincones agradables y llena de curiosos bares o restaurantes, variados edificios, escalinatas, plazoletas, tiendas, pequeños parques mirando a la bahía, el mamotreto del puente levadizo con su feo contrapeso de hormigón, el cielo del atardecer resaltando la naif iluminación del edificio de las Cortes “como una caricatura Disney de sí mismo” (según la descripción de mi Lonely Planet). Una ciudad bonita pero con una población nada friendly (no sé si porque lo es de suyo o porque en las últimas semanas me he acostumbrado a la afabilidad típica de las localidades pequeñas): irrespetuosos jovenzuelos en patinete, torvas miradas de hostiles punkis, vagos desharrapados con la guitarra al hombro, colgaos fumando marihuana… Según he escuchado, la Columbia Británica, y concretamente la isla de Vancouver, son la cuna canadiense del hachís; y debe de ser verdad, pues a menudo huele a porro en sus ciudades. Nadie saluda aquí por la calle y la gente rehúye dar indicaciones. Entre esto y el hostal, no veo la hora de largarme de aquí. ¡Vaya mierda! Intentaré pasar mañana el día entero fuera, deambulando, y el sábado me iré lo más temprano posible. Hasta estoy pensando en resignarme a perder lo que ya he pagado por el segundo día y marcharme mañana mismo. Ya veremos. Ahora procuraré refugiarme un rato en la lectura. Aparte, barrunto que esta noche tendré que usar los tapones para los oídos, ya que los dormitorios -con sucios y estrechos catres- son de ocho personas.
Viernes, 26. Nanaimo (Columbia Británica).
Victoria no me recibió con buena mano, o tal vez yo no entré en ella con buen pie, y por eso estoy de nuevo en Nanaimo, aunque no para quedarme aquí otra vez -como, de hecho, pensaba hacer- sino que, accidentalmente, he venido a recalar unas horas, como enseguida contaré. Parece mentira que sólo haga cinco días que Mariko y yo nos aprestábamos, en Moricetown, a emprender una larga jornada de autostop. Ahora, sentado en la misma tetería de Nanaimo (llamada Tea on the Quay) donde antier nos despedimos, y viendo ondear las banderolas en los mástiles de los yates bajo este débil sol de primeros de otoño, subrayada la quietud del día por el ocasional paso de un velero y el amerizaje o despegue de algún pequeño hidroavión, las cosas me parecen muy diferentes y bastante menos dramáticas.
Ayer por la noche Dani y yo estuvimos en un par de pubs, charlamos de todo durante cuatro horas y nos tomamos más pintas de la cuenta, así que volví al albergue algo mareado, si bien optimista al pensar que, al menos, me dormiría rápido. Y así fue. Pero de madrugada empezaron los ruidos de los desconsiderados huéspedes fijos que se levantaban, quizá para ir a currar, sin cuidarse lo más mínimo de guardar silencio o no dar golpes, y poco dormí ya hasta que, a las 9:30, tiré la toalla y me levanté. El día antereior, a medida que transcurrían las horas, la idea de irme hoy había ido abriéndose camino en mi cabeza cada vez con más fuerza, y los molestos ruidos de esta mañana acabaron de decidirme: como Dani tenía que ir hoy a coger, en Nanaimo, un ferry hasta el continente para no sé qué gestión, aprovecharía para venirme con él; así que lo llamé y se pasó a recogerme. Por el camino, sin embargo, me ofreció su piso alquilado en Victoria (el dueño está de viaje) y me convenció para quedarme allí esa noche. De modo que por eso estoy echando el día aquí en Nanaimo, esperando a que Dani regrese para volvernos a Victoria, donde quizá salgamos de nuevo. Me aguarda una larga espera, pero esta ciudad es muy agradable y, además, el recuerdo de los paseos que di con las japonesas -uno con Mariko y el otro con Hiromi- me hace el deambular más placentero.