Viernes, 1 de agosto de 2003. Chisasibi (Quebec)
Estoy de vuelta en casa de los Zephyrine, en Chisasibi, a donde me ha traído un paisano desde el embarcadero del ferry para Fort George; y gracias, porque hay una buena caminata, más de 10 km. Estoy viendo cómo me busco la vida para ir a visitar la presa hidroeléctrica de Radisson. Entretanto, continúo el relato donde lo dejé.
La mañana en que levanté el campamento en Larder Lake amaneció, por fortuna, relativamente soleada, así que no tuve que plegar la tienda húmeda, como otras veces. Luego me despedí de Ben & wife y fui a pagar mis días atrasados. El encargado no sólo me regaló varias piezas de fruta para el camino, sino que se ofreció a llevarme hasta la carretera, que se veía desierta. Una hora más tarde seguía exactamente en el mismo punto. Apenas pasaban vehículos y a mí empezaban a asaltarme dudas respecto a la viabilidad de mis planes: hacer en un tiempo razonable los más de 1000 km que me separaban de Chisasibi, teniendo en cuenta que la tasa de tráfico era de un coche cada diez minutos, más o menos, no parecía cosa fácil. Pero, ¿qué podía hacer, sino confiar en la suerte? No obstante, para no estar allí parado como un pasmarote y tener, al menos, la sensación de avance, me puse a caminar.
Ya llevaba un trecho andado cuando conseguí el primer jalón de la mañana, que fue muy corto: apenas 10 km a cargo de un hombre mayor que me llevó hasta Virginiatown. Como la siguiente localidad quedaba muy lejos, no pensé que fuese buena idea seguir caminando, así que me aposté en el arcén, pero transcurrió otra hora sin que nadie me cogiera, y empezaba a llover y a refrescar. Para guarecerme entré en una oficina de turismo que, pese a ser domingo (mal día para hacer dedo), estaba abierta. La sonrisa de la joven y guapa encargada fue un bálsamo para mi decaído ánimo. Me dio alguna información sobre alojamientos en el pueblo, pero me pareció que hospedarme en el más barato, por 25 dólares, a sólo 10 km de donde había dormido por 14, era un fracaso absoluto. La chica me dio también un buen mapa de Quebec y otro de Toronto, y alguna información turística de Virginiatown. Al salir de la oficina me puse de nuevo junto a la carretera, aguantando la fina lluvia. Un chaval marchoso me llevó unos magros 2 km, hasta cerca del límite con la provincia de Quebec, pero algo es algo. Donde me dejó había un bar y entré a tomarme un café mientras confeccionaba un letrero con mi siguiente destino, a cuyo efecto la camarera, bastante amable, me proporcionó los materiales (cartón y rotulador). Apenas me cobró un dólar por el café, que había preparado sólo para mí, e incluso me ofreció una segunda taza gratis. [Como aprendí después, en Norteamérica es costumbre que te rellenen el café varias veces, sobre todo si estás tomando algo más.] En la barra había dos tipos, uno de los cuales me dio algunos consejos para tener mejores oportunidades de conseguir ride. El otro dijo haberme visto un rato antes en la carretera, pero no me subió porque venía sólo hasta aquí.

Un corto empujón de Larder Lake a Virginiatown
Por cierto que esto del “voy sólo ahí cerquita” me sugiere escribir la clasificación de los conductores, desde la óptica del autostopista, que vengo elaborando mentalmente desde hace unos días. Creo que las cuatro semanas y 2500 km que llevo ya -cuando esto escribo- haciendo dedo me autorizan a ello. En atención al tipo de vehículo, he observado lo siguiente: quienes conducen coches de lujo y nuevos nunca te cogen, eso por descontado; y lo mismo pede decirse de quienes llevan una autocaravana, que no paran jamás. Los de los 4WD, si el coche está nuevo, casi nunca, y los camioneros de larga distancia también casi nunca. De modo que las clases de vehículos en que puede uno tener cierta esperanza de que lo suban se reducen a: coches astrosos de cualquier categoría, pequeños turismos seminuevos y pequeños camiones de reparto propios, tirando a viejos.
En cuanto a la actitud de los conductores que no se detienen, hay toda una variedad, a cual más curiosa. De entre ellas, quizá la única que me merece cierto respeto y que acepto sin reservas es la del que te mira un momento según se acerca, luego vuelve la vista al frente sin hacer aspavientos y continúa su camino. Esto lo atribuyo a que tal vez esas personas estén, por educación o cultura, tan convencidas de que recoger a un autopista es inconcebible, que pueden actuar con la mayor naturalidad y hasta con cierta elegancia, sin darle importancia al asunto. Las mujeres suelen obedecer a este tipo, pues se da por sobreentendido que ellas no van a recoger a ningún hombre, así que no necesitan afectar nada ni justificarse ante sí mismas. Similares en lo externo, pero quizá bastante distintos en esencia, son los “impasibles”: los tipos que, habiéndote visto desde lejos, al pasar a tu lado se aseguran de que parezca que, para ellos, no tienes más entidad que una señal de tráfico: la vemos en la distancia, la incorporamos al resto de información sobre ese tramo de carretera, y punto. Curiosamente, tanto los camioneros como los conductores que llevan un cochazo nuevo suelen encajar en uno u otro de estos dos patrones, aunque tal vez entre los segundos predomine la actitud “natural” y entre los primeros la “impasible”. No me parece descabellado conjeturar que acaso los camioneros, tradicionalmente “los ángeles del autostopista” pero en la actualidad muy rehacios a dar un ride a nadie, sientan que están incumpliendo un deber consuetudinario y, para opacar esa sensación, su mente los fuerce a ignorar en lo posible al hombre que extiende el pulgar junto a la cuneta.
Aparte de estos, y bastante más cómicos, están los conductores de la “mirada rebote”, que para dejar claro que no van a subirte o quizá para disipar de tu mente cualquier momentánea esperanza que su inicial mirada pudo hacerte albergar -digamos que para deshacer el malentendido-, no sólo desvían la vista sino que giran la cabeza hacia la izquierda, fijándose en un punto imaginario más o menos cercano que, supuestamente, ha distraído su atención. Esta actitud es muy frecuente en hombes que pasan la edad madura, vaya usted a saber por qué. No puede faltar en esta clasificación, por supuesto, la actitud del cretino integral, también llamado por mí “idiota 4×4” no porque conduzca un coche de doble tracción, sino porque es idiota por los cuatro costados: el tío que, al pasar a tu lado, aplaude, o se ríe de ti, o te hace un gesto burlón, o incluso amaga acercarse y decelerar para luego seguir sin detenerse. Creo que huelga cualquier comentario sobre esta gente.
Una quinta categoría es la de los “asertivos” o de la “negativa redundante”: son quienes, además de no pararse, te hacen un gesto negativo con la cabeza, como diciendo: “aunque veas que no me detengo, te informo de que no voy a llevarte”. Supongo que se trata de un gesto nervioso ante una situación que los ha cogido algo desprevenidos, o una forma algo tonta de dejarte claro lo que de todas formas -dado que no se han detenido- estaba claro. A éstos les atribuyo un CI mediano tirando a bajo. Luego, no exentos de gracia, están los desconfiados o superprecavidos: quienes, al pasar a tu altura y para precaverse contra la posibilidad de que -desesperado autostopista u osado criminal- saltes a su auto en marcha y tomes por la fuerza lo que no quieren darte de grado, se desvían dos o tres metros hacia el carril contrario, por si las moscas.
Para concluir este análisis, mencionaré dos actitudes que no constituyen, en realidad, categorías como las anteriores, sino más bien circunstancias “eximentes” para los conductores, aunque una es real y la otra no. Por un lado están los que llevan el coche lleno. En principio, nada en absoluto que reprocharles: si no hay hueco, no hay ride. Pero es curioso que éstos, indefectiblemente, hacen todos el mismo gesto: soltar el volante y abrir ambas manos en signo de fatalidad o prueba de inocencia, queriendo indicar que te llevarían encantados pero que, ¡vaya, mala suerte!, no tienen espacio libre. Y a ese gesto lo acompaña siempre una sonrisa de oreja a oreja. Por otro lado, los que “sólo van ahí, ahí mismo nomás”, lo cual suelen representar con alguna indicación de la mano. Y creo que este patrón es, de todos los mencionados, el que más me desagrada: es como si, además de justificarse ante sí mismos, creyeran que para el autostopista es un consuelo saber que el jalón sería corto, cuando en realidad no le supone la menor diferencia que un conductor no lo ayude porque “va ahí” o porque tiene dolor de estómago, porque odia a los autostopistas o simplemente porque tiene miedo, cosa bastante comprensible, por cierto. ¿Y cómo saben ellos, además, que tú no te diriges también “ahí”, justo a ese mismo lugar? Eso, por no entrar en la cuestión de qué significa exactamente “ahí”. Algunos conductores me han dado un lift de apenas un par de kilómetros. ¿Y qué? Un tío que va cargado con dos mochilas agradece cualqier jalón, por corto que sea. Lo que me fastidia de unos y de otros, aunque más de los segundos, es la justificación insincera y, además, innecesaria, pues lo cierto es que nadie tiene obligación de subir a bordo a un desconocido. Pero, de haber tenido espacio los unos, de haber ido allende “ahí mismo” los otros, ¿habrían parado? Ésa es la cuestión.
Vaya aventura de viaje, estamos deseando leer nuevos capítulos. Y lo de los conductores, me quedo con los 4×4 jajaja
¡Encantado de que os guste! Eso me da ánimos para seguir el trabajo. Con suerte, para fin de año lo acabo. Por cierto, yo también me reí cuando leí lo del “idiota 4×4”. Ni me acordaba de eso.