Norteamérica 16. Cuarenta y ocho horas de viaje con un camionero chiflado

Viernes, 8 de agosto (continuación)

A la mañana siguiente -es decir, esta mañana- nos levantamos a eso de las 8 y nos pusimos en marcha una hora después. Ha hecho un día mucho mejor que ayer, que fue lluvioso hasta el último momento (no dejó de llover hasta después de cenar), y los paisajes han sido inolvidables. En concreto, el tramo entre Hearst y Nipigon parece una obra de arte pictórico: flanqueado por bosques, cruzado por magníficos ríos o arroyos, con decenas de maravillosos lagos de calmas y transparentes aguas, manchado de cuando en cuando por el color de idílicas y diminutas poblaciones cuyas dispersas casas ofrecen un aspecto legendario y casi salvaje… En fin, un paraíso.

Lo malo ha sido el mucho tráfico, en parte causado por varios tramos de carretera en obras que nos han retrasado 200 km sobre el avance previsto. En total, hoy hemos recorrido 900 km. La ruta 17, también llamada Transcanadiense, deja muchísimo que desear: para ser la única carretera que comunica las mitades este y oeste del país, entre Thunder Bay y Winnipeg, sólo tiene durante 300 km un carril por dirección, y éste en malas condiciones y, como digo, lleno de tramos en obras. Aun así, el hecho de que no haya retenciones da una pista sobre lo poco poblado que está el Canadá.

El camión que conduce Harold es un Volvo de puta madre, motor de 450 CV, cabina climatizada, todo lujo, cama doble… En comparación, el de Jacques era una birria. En este viaje, la cabeza tractora arrastra un doble remolque cargado con acero. Según me ha dicho, este truck no es su truck (el que la empresa le tiene asignado), sino uno de alquiler. El “suyo” es, por lo visto, mucho mejor: 100 CV más de motor, dos camas dobles, equipo cuadrafónico de sonido con 1500 W, reproductor de CD, televisión y vídeo. Me dice que, si todo va sobre lo previsto, mañana lo veré, porque en Winnipeg entrega éste (el “malo”) y continúa viaje con el otro.

Pero aparte del paisaje, la carretera y el camión, lo más destacable de este ride está siendo el propio Harold, o Errol. Es la típica persona que no escucha cuando le hablas, que te interrumpe a mitad de una frase, que se cabrea si la respuesta a una pregunta suya no es la adecuada… A veces, de repente, en un momento de silencio, pega un grito sin venir a cuento. Reniega todo el rato de la poca potencia de este truck, y se cabrea más cuando un adelantamiento fallido lo retrasa dos minutos que cuando un tramo en obras lo retrasa quince. Farda de conducir a toda hostia, de que su coche es full equipe y tiene 250 CV, y de todo lo que se pueda fardar. La sarta de tacos que suelta cada vez que se le frustra un adelantamiento (de lo cual, claro está, siempre culpa al adelantado) no tiene final. Pero luego va de gracioso (y he de admitir que tiene buenos golpes); tan “gracioso” que esta tarde, cuando paramos a repostar en una gasolinera, me gastó la bromita de hacer como que se iba y me dejaba allí tirado. Aparte, va tatuado de arriba a abajo. En fin, para ponerse a mear y no echar ni gota. El clásico camionero que piensa que la carretera es sólo para ellos, que acosa a los demás conductores aproximándose a distancias cortísimas y que, con repentinos cambios de humor, tan pronto se echa al arcén para facilitar un adelantamiento como se pone en el carril de la izquierda (si hay dos por dirección) para evitar que nadie lo adelante. Creo que ninguna expresión lo califica con más exactitud que la de “un perfecto gilipollas”. De hecho, semejante grado de gilipollez es difícil de describir, así que necesitaría varias páginas para hacerle honor a este espécimen. Un tipo que o está medio loco, o se lo hace; y no sé qué es peor. Según me ha dicho, está acompañado y es padre de dos mellizas de 4 años, única circunstancia que me hace pensar que no va a hacerme ninguna fea jugarreta. El caso es que, luego, el tío se preocupa por mí: si voy cómodo, si he comido bien… A lo mejor es maníaco-depresivo. No es que yo tema por mi seguridad, pero este tipo es muy capaz de levantarse mañana de mal humor y dejarme aquí, en esta gasolinera donde vamos a pasar la noche.

Hoy hemos comido en un lugar supuestamente “de puta madre”, según Errol, pero a mí la comida me ha parecido bastante corrientita, y encima me ha costado trece pavos. Menos mal que el transporte y el alojamiento están saliéndome baratos. La gasolinera en la que estamos ahora se encuentra junto a Dryden, y el lugar es perfecto para poner la tienda, ya que hay césped. Si ningún imbécil deja esta noche el motor de su camión en marcha puede que duerma bastante bien. Mañana por la mañana, con suerte, llegamos a Winnipeg. No veo la hora de decirle adiós a mi benefactor. Aun así, ¿me veré obligado a modificar mis conclusiones respecto a la disposición de los camioneros a coger autostopistas? Lo comprobaré en las próximas jornadas.

Sábado, 9 de agosto. Winnipeg (Manitoba)

Anoche dormí muy bien. Harold me recomendó el mejor lugar en la zona de césped y, como la noche anterior, me ayudó a poner la tienda. Me encajé bien los tapones y nada me disturbó hasta la mañana. Además no hizo nada de frío. Me desperté a eso de las 7, igual que Errol, y me ayudó a desmontar la tienda. Mientras él hacía sus propios preparativos camioneriles para marcharnos, yo fui a la gasolinera a tomarme un café.

La camarera pegó la hebra conmigo. Empezó preguntándome qué tal había dormido, de dónde era, etc. (En fin, “las generales de la Ley”.) Luego me contó que tenía dos hijos, niño y niña, y que ella era de Suecia; así que no sé qué cojones hacía allí ni qué quería de mí. No era ni guapa ni fea, sino todo lo contrario: una cara de lo más común, sin nada de particular. Cuando, al cabo, le dije que tenía que irme para continuar viaje, me dijo: “Pues yo estoy aquí todo el tiempo, todos los días.” Me pareció una invitación, y pensé que era una lástima que Harold estuviese ya esperándome en el camión y no pudiera yo hablar un poco más con la chica. De haber dispuesto de cinco minutos más, igual habría acabado quedándome allí con ella. Pero no tuve tiempo para descubrir qué quería: si un padre postizo para sus hijos (suponiendo que la plaza estuviese vacante), un polvo esporádico o sólo llenar su aburrida mañana con algo de conversación. No quiso cobrarme el café, y me pareció que se quedaba un poco pegada cuando me fui. ¿Por qué siempre le salen a uno las oportunidades cuando no puede aprovecharlas? ¡Un brindis por la sueca!

La mañana era soleada y la carretera estaba desierta. La primera hora de viaje sólo se vio perturbada por los extraños, repentinos gritos del conductor. Por cierto, que me reiteró su ofrecimiento de llevarme hasta Vancouver. La segunda hora, en cambio, con más tráfico, fue un estrés continuo. Varias veces me pareció que estaba a punto de comerse algún coche, o por lo menos morder el volante del camión. Las dos últimas horas, rodando por las llanas, amplias y bien pavimentadas carreteras de Manitoba, fueron más tranquilas. Atrás quedaba Ontario, la gran provincia que, con casi 2000 km de anchura, se tarda más de dos días en atravesar. Ontario la inacabable, la vasta, opulenta y variada. En comparación, los 600 km de manitoba son un paseo.

De Dryden (Ontario) a Winnipeg (Manitoba) con el camionero chiflado.

Al fin llegamos a Winnipeg; al fin cambió Errol -en un éxtasis de felicidad- su cabina tractora por la que conduce habitualmente (lo cual nos llevó más de dos horas); al fin me mostró las estridencias de su equipo de música y la potencia de su truck; y al fin me dejó en un lugar a tiro de autobús del centro, tras darme su dirección para que le envíe una postal. Me aseguró, con un fuerte y sentido apretón de manos, que si volviese a verme en la carretera me volvería a recoger. Al alejarse, hizo sonar la bocina largamente. Casi me dio pena ver partir al “bueno” de Harold. Adiós, mi excéntrico benefactor; pero creo que 48 horas contigo han sido suficientes.

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Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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