Norteamérica 11. Un sheriff the Wichitta, un largo ride y llegada al poblado indio

Sábado, 2 de agosto de 2003. Mismo lugar.

The Gate, la puerta de la ruta, es una oficina que hace las veces de registro e información turística. Por razones no sé si de estadística, seguridad o control, todo el que entra debe registrarse, indicando quién es, a dónde va y por cuánto tiempo. La agradable señora que me tomó los datos me dijo que no había una estancia máxima y que podía hacer autostop sin problema; así que me puse a esperar a pie de calzada.

Pasaban pocos vehículos. El cuarto o el quinto era un coche de la policía que llegó a toda velocidad y pegó un frenazo, derrapando “a la americana”, a poca distancia de mí. Se bajó de él un decidido agente y, con paso resuelto, se dirigió a un sujeto que observaba su alarde con curiosidad no exenta de burla: yo. La escena que siguió fue un poco de película barata: por un lado, el diligente policía que vislumbra la ocasión de un ascenso; por otro, el cívico viandante que colabora de buen grado, pero con pocas palabras, en la persecución del crimen. Y lo esperado: ¿Qué hace usted aquí? Viajar. ¿Adónde va? A Chisasibi. ¿Para qué? Para conocerlo. ¿De dónde viene? De Val-d’Or. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse? No lo sé. ¿Dónde vive? En España. Tras comprobar por radio que yo no fui quien atentó contra las Torres Gemelas, me dijo que todo estaba O.K. ¿Entonces, ningún problema?, le pregunté. No se meta en líos, me contestó. Bueno, eso espero… ¡Ea, pues encantado! Me apretó la mano y se marchó. Desde la puerta de la oficina, las empleadas presenciaron, sin oírlo, el interrogatorio. Pero también lo vio un indio que había llegado poco después que el policía y que, al cruzarse con él, le preguntó adónde iba yo. A continuación se me acercó y me lo preguntó a mí. A Chisasibi -le dije-, ¿va usted allí? Sí. ¿Y puede darme un jaloncito? Seguro. Cojonudo, pues.

¿Quién, entonces, había avisado de mi peligrosa presencia a la policía? Lo ignoro, y no lo sabré nunca, pero no creo que fuesen las chicas de la oficina, porque ellas mismas parecieron sorprendidas de la aparición del coche.

Cogí mis bultos y me subí al 4WD nuevecito de su conductor, Paul Gall. Dentro lo esperaban Zabeth e Irene, madre e hija, dos simpáticas y bienhumoradas indias cree con las que fui casi todo el camino charlando y riéndome. Ellos venían nada menos que de Wiswanipi, e iban a Chisasibi (pronunciado, al parecer, chisibi) a un funeral. Durante el camino, las mujeres me enseñaron algunas palabras en su lengua: wachiyia, que significa tanto “hola” como “adiós”, mi’quech, que significa “gracias”, ‘aqtah, que es “de nada, sin problema”, noiyoagu (buen amigo o pariente cercano), min-ah (¿quieres más?), min-mah (quiero más), ajá (sí), nomuy (no, rotundo), yin-tuei-mao-a (quieres). También me enseñaron los números, pero no se me quedaron.

Como el viaje era largo, hicimos varias paradas. En una de ellas, junto a una magnífica, ruidosa y tumultuosa cascada (hacía, por cierto, un frío del copón), nos abordó una gringa [supongo que con esta palabra quise indicar que no era indígena, no que fuese estadounidense] que hacía una especie de encuesta para evaluar no sé qué aspectos de la opinión popular relacionados con el nuevo proyecto electrohidráulico de Hydro-Québec: una nueva megapresa que abarcaría el caudal de tres ríos. Paul trató de ilustrármelo improvisando un confuso esquema sobre la arena. Este Paul, un “gran jefe” de no sé qué, decía haber firmado en su día cierto -al parecer- vergonzoso acuerdo entre la nación cree y el gobierno canadiense, y no parecía oponerse al proyecto. Zabeth e Irene, en cambio, estaban contra cualquier cosa que supusiera un deterioro ecológico de sus maravillosas tierras. Entre otras actividades, habían participado el año anterior, calzadas con raquetas, en una caminata de 1500 km sobre la nieve, a lo largo de 65 días -¡ahí es nada-, para concienciar a los nativos del peligro de la diabetes.

Otra parada fue para hacer combustible en la única gasolinera que hay sobre esa ruta, a unos 380 km de The Gate, que aprovechamos para tomarnos un café caliente. Aún nos detuvimos en un tercer lugar, muy bonito. A lo largo del camino nos cayeron varios chubascos, y cuando llegamos por fin a Chisasibi era ya bastante tarde, cosa de las diez de la noche. Fue aquél un viaje estupendo, entretenido, cruzando los inacabables bosques, innumerables lagos y caudalosos ríos canadienses, y a pesar de durar siete horas no se me hizo largo.

De Matagami (The Gate) a Chisasbi en un sólo ride

En llegando, Paul telefoneó a Bárbara (amiga de Mary, la amiga de Tamie, la dueña del Windsor Tavern, en Larder Lake), que esperaba mi llegada, y le preguntó que dónde dejaba el paquete. El paquete era yo. Bárbara le dijo que “en lo de Jacobs; él se encargará de acercármelo”. Así que donde Jacobs me dejaron. Al despedirme de mis compañeros de viaje le prometí a Irene enviarle una postal desde España. [No recuerdo habérsela enviado, pero dada mi mala memoria esto no significa que no lo hiciera.] En simpatía, Jacobs no tenía nada que envidiarle al alegre trío, y me llevó en su van nuevecita hasta casa de Bárbara en un pispás.

Chisasibi no es una localidad convencional. Dispersa en grupos (clusters) de cuatro o seis viviendas alrededor de espacios vacíos, carente de calles u otra estructura urbana al modo occidental (es como un poblado indio pero con casas en lugar de tipis), y los clusters a su vez esparcidos en torno a una enorme explanada donde se yerguen el centro comercial, el polideportivo, el restaurante, el hospital y otros edificios municipales, esta población ocupa una extensión desmesurada para sus 3500 habitantes, y sorprende por su inesperada actividad. Se nota que aquí no falta el dinero, y esto, cuando conoce uno las razones, tiene una fácil explicación.

En líneas generales y según ellos me han dicho, la situación político-económica de los nativos en Canadá parece ser la siguiente: el Gobierno, impulsado por el sentimiento de culpabilidad, por los movimientos internacionales antixenofobia y por el afán de mostrarse muy respetuoso con las tradiciones, les ofrece a los nativos dos opciones, a cual más conveniente: o bien vivir al modo tradicional (caza, pesca, etc.) recibiendo además ayudas pecuniarias para procurarse suministros y herramientas que dicho estilo de vida no puede en modo alguno proporcionarles, o bien incorporarse al modo de vida occidental pero disfrutando de ciertos privilegios, como exención de impuestos y asistencia sanitaria gratuita, que no tienen los demás canadienses. Así que, bien provistos, subvencionados y alimentados, se dedican a gastar la pasta que les llueve del cielo y a ir constantemente de un lado para otro con sus gigantescos todoterrenos. [Como se ve, el sistema es una filfa, porque el modo de vida tradicional indio nunca ha incluido, que yo sepa, motosierras, coches, quads, motonieves…]

Así que allí estaba Bárbara esperándome. Como me había adelantado Mary, era una gran mujer; sobre todo, una mujer de gran diámetro, pues en cuanto a estatura no tenía mucha. Me acogió con gran hospitalidad y, por primera providencia, me persuadió de no dormir en mi tienda porque -dijo- los niños del pueblo eran verdaderamente malos y sin duda me molestarían. ¿Qué otras opciones tenía? Pues dormir en su sofá, ya que camas libres no tenía. Al día siguiente ya me buscarían un lugar para poner la tienda. La idea de dormir esa noche en el sofá no me gustaba, pero era razonable. Así que, como estaba muy cansado, tras una primera charla y una vez que hube conocido a su marido, que me pareció un poco gilipollas, me acosté.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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