Norteamérica 43. Fascinantes Rocosas, un albergue montañero y arrullos del tren

Jueves, 2 de octubre (continuación).

Esta mañana, tras recoger mi tienda y marcharme del camping de Cache Creek, que estaba muy cerca de la carretera, en lugar de ponerme allí mismo a hacer dedo retrocedí un par de kilómetros hasta el cruce, que suelen ser mejores lugares para que alguien se pare; pero no sé si fue útil, porque de todas formas tardé más de una hora en conseguir jalón. Era un tío con un Ford pick up doble cabina (como el de la víspera, pero nuevecito), camionero de profesión y con una pinta rara: melena rubia, un ridículo bigote estilo “raya” y unos gestos amanerados que no podía -o no quería- disimular. En su incesante parloteo, algo me dijo sobre su exmujer y sus hijos que atenuó un poco mi aprensión de ser acosado. Era de esas personas -como tantas ya durante este viaje- que sólo se escuchan a sí mismas y no atienden a las respuestas de sus propias preguntas. Tanto así que, tomándome desde un principio por italiano, y pese a sacarlo yo de su error, no dejó de relacionarme con dicho país, preguntándome qué era típico de allá, cómo iban las cosas, y haciendo comparaciones entre Italia y Canadá. Pero era un tipo majo y, al término del ride (hasta Kamloops, por la garganta del río Thompson, cuyo paisaje es muy similar al del Fraser, aunque algo menos árido), se pasó por la estación de autobús para preguntar, por mí, si había algún servicio entre Jasper y Banff; y no conforme con eso, me acercó al mejor lugar para hacer autostop hacia Jasper. No le dio importancia a este favor porque -me dijo- tenía tiempo de sobra, pero cuando quise invitarlo a un café, le entraron las prisas y se marchó, aduciendo que tenía mucho que hacer.

Tras una buena espera a la salida de Kamloops me recogió un viejo muy rural que me dejó en un cruce tan sólo 12-14 km más adelante, en mitad de ninguna parte. Por el camino nos paró la policía porque no llevábamos puestos los cinturonres de seguridad, aunque -por suerte para mí- sólo lo multaron a él: 87 $ le costó la broma. No me pareció demasiado. Pero aquel cruce era un sitio pésimo y, para colmo, tras un rato de espera hice la cagada de ponerme a caminar hacia el siguiente pueblo (a unos 12 km según mi mapa). Sucedió que, mientras esperaba, llegó al mismo punto otro autostopista (quien, por esa norma no escrita del oficio, se puso un poco más adelante); pero la impaciencia me aconsejó ponerme a andar, y apenas lo había dejado atrás un centenar de metros oí que se detenía un vehículo: al girar la cabeza vi que estaba recogiéndolo a él. Si me hubiera quedado en mi sitio, ese lift habría sido para mí; así que se me quedó cara de tonto. Continué caminando tres horas bajo un sol de justicia, esperando encontrar “el punto idóneo”, hasta que por fin alguien paró. Conducía un coche nuevecito (lo cual siempre se agradece), de alquiler, y -lo más importante- iba hasta Edmonton, así que pudo dejarme en el mismo Jasper, que queda sobre esa ruta. Dijo llamarse Darwin y ser funcionario de correos-comercial privado (no sé cómo se come eso). Bastante más culto que el camionero marica, más entretenido y mejor escuchador, era -al igual que el jubilado de la víspera- un tipo mimado por la suerte, amigo de darse caprichos, divorciado y acostumbrado a lujos y mujeres. Venía -dijo- de tomarse unas vacaciones en Vancouver Island e iba a ver a sus mellizos (niño y niña) y a su ex, con la cual había viajado mucho.

Los tres jalones del día: a Kamloops con el marica, a Reyleigh con el viejo y a Jasper con Darwin

Ese trayecto fue precioso: a medida que nos acercábamos a las Rocosas iban quedando atrás las sequedades y arideces del río Thompson. Al principio, las montañas nos recibieron con una precordillera llena de contrastes foliares (amarillos, ocres, verdes) y luego nos ofrecieron asombrosos paisajes de ríos azul esmeralda y lagos de un verde azulado, oscuro e intenso, en cuyas pulidas superficies se reflejaban los cada vez menos lejanos riscos, desnudos y escarpados, con sus cimas coronadas por nieves perpetuas e iluminadas, en tonos rosáceos, por el sol poniente. Muy bonito. Darwin tuvo el detalle de dejarme en el hostal (a 7 km del pueblo, nada menos) y, cuando nos despedimos, era ya de noche y, además, tarde, pues al cruzar el límite provincial se adelantaba la hora local.

El hostal, bastante animado, sirve de centro y campamento base a decenas de montañeros que, incluso en el frío otoño, patean las Rocosas y el parque nacional. Y deben de ser muy madrugadores, pues ahora mismo (medianoche) no queda ni un alma en la sala común: está todo el mundo acostado. Me he preparado unos espagueti que encontré en el armario de comida común, luego he hecho la colada y ahora me voy a la cama.

Sábado, 4 de octubre. Revelstoke (Columbia Británica).

En efecto, la diana -en sentido figurado- se tocó en el hostal de Jasper a las siete y media. Su único dormitorio, que alberga treinta y pico literas, cobró a esa hora una bulliciosa actividad, como es lógico en un refugio lleno de montañeros, entusiastas de la naturaleza y aficionados a campestres caminatas, tan tempraneros todos ellos. Pese a tener puestos los tapones, este ajetreo me impidió seguir durmiendo. Pero me alegré, porque era buena hora para irme. Preparé mis cosas en un pispás y me largué de allí.

Al ver el paisaje a la luz de la mañana pude apreciar mejor que la noche anterior el magnífico emplazamiento de aquel hostal, rodeado por altos montes poblados de caducifolias y coníferas y sobre los que descollaban, más lejanos, agudos y desnudos picos nevados. El día había amanecido escarchado, y un fulano que quitaba el hielo de su parabrisas me dio un lift hasta el cruce principal, ahorrándome así una hora a pie. Eran las 8:30 cuando me puse a hacer dedo, y eran las 12:00 cuando desistí y me encaminé a Jasper: en todo ese tiempo, un único conductor me había ofrecido jalón, pero no lo acepté porque sólo podía llevarme hasta un punto indeterminado a medio camino de Lake Louise; y como en los 230 km que separan ambas localidades no hay ningún pueblo intermedio, temí quedarme tirado. Luego este temor resultó ser injustificado, pues el autobús (sólo uno al día) que salva ese trayecto hace parada precisamente en el lugar adonde el hombre ofreció llevarme, ya que hay allí un hotel de montaña y es conocido punto de mochileros y de fotógrafos a la caza de paisajes. Esto lo supe de primera mano cuando, en vista del poco éxito a dedo, acabé tomando, a las 13:30, aquel autobús para ir a Lake Louise.

Como me habían dicho, el viaje no tiene desperdicio. El paisaje es tan chulo que no puedes despegar la vista de la ventanilla un solo minuto a lo largo de esa carretera entre montañas, valles, ríos, glaciares, picos nevados, vida salvaje (vi unas cabras de montaña, blancas como la nieve, y una osa negra con sus cachorros), cascadas, lagos de un color verde intenso y arroyos de extrañas e hipnóticas aguas blanquecinas.

Cuatro horas más tarde estaba en Lake Louise, y cinco minutos después salía espantado del hostal, a causa de sus precios. Vale que es más bien un hotel, y de no haberme gastado un rato antes, fuera de presupuesto, los 42 pavos del autobús, quizá hasta lo habría pagado; pero, dado ese reciente dispendio, se me hizo demasiado caro. Decidí, por tanto, seguir haciendo dedo. Una pareja de chavales me dio un corto lift hasta Field: bonito, tranquilo e idílico pueblo ubicado en un vallecito entre montañas; pero no había camping, así que continué en la carretera. El siguiente ride, hasta Golden, me lo dio el más extraño matrimonio que he visto: él de unos cincuenta y tantos, ella de unos veintimuchos, más parecían padre e hija; y habría creído que lo eran de no ser porque mencionaron una hija común y, aparte, por algunos detalles típicos de una pareja. Él me pareció un hijo o nieto de la Gran Bretaña. Ella, muy guapa y simpática, medio morenita, tenía sangre puertorriqueña. Me contaron haber recorrido mucho mundo en autostop. Vivían en Golden hasta que -por razones que no capté bien- se habían mudado a Calgary; pero ella añoraba el pueblo… en algunas cosas. Me dejaron a la puerta del albergue (en las afueras del pueblo), pero resultó estar cerrado; y para ir al camping me tocó dar un enorme rodeo, pues tenía que cruzar la vía del tren, en la cual se encontraba detenido uno de esos infinitos convoyes. (Muchas localidades de este continente han nacido, y aún viven, en torno al ferrocarril.) Y el rodeo no fue aún mayor porque crucé por un lugar no autorizado. Al primer ser humano con el que me topé, una mujer, le pregunté por el camping. Estaba ubicado al otro lado del pueblo, pero ella se ofreció a llevarme. Menos mal, porque si no, habría tenido que andar un par de kilómetros más.

De Jasper a Lake Louise en bus, y dos jalones más hasta Golden

El camping no podía ser más “urbano”, ya que sus parcelas estaban alineadas a lo largo de una calle. Por las traseras discurría el río, con sus aguas blancoazuladas; y allende el río, el ferrocarril, por donde que estuvieron pasando trenes día y noche. Por suerte, el suelo no era duro y pude pinchar los clavos de los vientos sin problema. Más suerte aún fue que la encargada, al ver mi veraniego equipo, me prestara un saco de dormir; cosa que le agradecí infinito en el momento y doblemente por la mañana, pues la noche fue muy fría. En la parcela vecina había una simpática pareja de neozelandeses con los que hablé un ratillo. Después fui a comprar comida: fruta, leche, galletas y un queso de untar, con supuesto sabor a ajo, que resultó ser una basura. De vuelta a mi tienda estuve cenando esas viandas en la más fría, oscura y deprimente soledad: no dejaba de añorar a Mariko. El caso es que el sitio no era desagradable, y el ruido de los trenes no me incomodó tanto como temía, pues si bien al aproximarse me despertaban con el estrepitoso silbato de las locomotoras (esos convoyes suelen llevar dos máquinas en cabeza y otras dos en medio), el lento e interminable paso de los vagones (entre 80 y 100 por convoy) acababa por acunarme, de modo que volvía a quedarme dormido antes de que hubiesen acabado de pasar por completo.

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Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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