Martes, 30 de septiembre. Mismo lugar.
Acabado aquel paseo por el parque Stanley, regresé al hostal y llamé a Jette para ver si mantenía la idea -que expresó el día anterior, en el ferri- de tomar un café en su casa. La encontré receptiva; me dijo que no problem, fijó una hora y me explicó cómo llegar. Me quedaba tiempo sobrado para comprarle una botella de vino e ir caminando a su casa, bastante alejada del albergue, en lo que llaman el West Side, un barrio de gente acomodada ubicado en South Vancouver. Atardecía cuando llegué, cosa de las seis y media. Su vivienda, una espaciosa habitación de alquiler, acondicionada como apartamento, en una casa unifamiliar, era básicamente un salón cocina con un colchón en el suelo a modo de dama. Durante mi visita, Jette mantuvo una actitud algo coqueta pero desprovista de verdadera intención, como si la hubiese automatizado a lo largo de su experiencia con el trato masculino; y aunque me miraba con insistencia a los ojos, su mente y su conversación estaban en otra parte. Es una de esas personas centradas en sí mismas que sólo te preguntan por tus cosas cuando, agotado por un momento el flujo de su propio discurso, precisa de un “iniciador” para reanudar su charla; y en cuanto tu respuesta les proporciona una idea a la que agarrarse, el cabo de una madeja cualquiera, retoman la primera persona del singular. No obstante, decía cosas bastante sensatas y me pareció inteligente.
Mientras preparaba el café, me habló de su hermana menor, que siempre le había envidiado a ella su guapura (modesta, la chamaca) y a la que ella, en cambio, le envidiaba la alegría. Jette era la lluvia y, la otra, el sol (éstas fueron sus palabras). Discutían a menudo, pero eso las ayudaba a conocerse, a encontrar un terreno común y a establecer una sólida dinámica de relación. La idea -pensé yo- no estaba mal traída, pero me pareció repetida, como si fuese lo que le contaba a todo el mundo. También me dijo que su madre era una mujer con personalidad y carácter, cosa que no me extrañó, pues ella también lo era. Luego, mientras componía una pizza, me contó cómo y dónde le gustaba vivir, lo bien que se sentía en aquel apartamento y sin tener que compartirlo con nadie, cuánto valoraba su independencia, la cantidad de amistades que tenía y la escasez, o ausencia, de amigos de verdad. Me habló sobre sus cuadros (decenas de ellos andaban por allí desperdigados), sobre sus ideas, sus aspiraciones artísticas, su afición por lo oscuro y lo semiabstracto, por lo original y lo diferente; sus inquietudes, sus pintores y escritores favoritos, sus gustos alumenticios: sólo productos naturales y orgánicos, frescos, vegetales, pescado y huevos -toma, prueba un poco de este salmón ahumado-, azúcar y pan morenos -recuerda que soy alemana-, manzanas de su propia cosecha, vino tinto -también lo elaboro yo misma- mejor que blanco, y nada de licores alcohólicos. Confeccionada la pizza, puso el horno a calentar, y mientras liaba un cigarrillo de picadura y se lo fumaba, me dijo que su exnovio la desconcentraba y le robaba un tiempo que prefería dedicar a la pintura. Luego se extendió explicando cómo el lugar, la escuela en la que pintas, influye sobre tu producción artística. Metió la pizza al horno y, en tanto se cocía, me dijo que los grandes paisajes, el mar, las praderas, abrían la mente y daban sensación de libertad; y que ella misma se preparaba los cuadros, los lienzos, los materiales y hasta los muebles (“más bien los no-muebles”, pensé yo, pues en aquella habitación no había casi ninguno).
Para todo tenía una respuesta inmediata, clara y rotunda. Era una mujer llena de certezas, con unas ideas muy bien definidas (que no es sinónimo de “sólidas”) y cuyos principios se resumían en uno: no tener principios, o sea gozar de absoluta libertad de pensamiento, obra y actitud sin cuidarse de la coherencia personal. La pizza no estaba mal, y yo tenía hambre. Descorchamos el vino que le traje (un cosecha de Argentina, bastante decente y suave) y tomamos unas copas. Aunque no me hacía falta, pues ya veía yo el percal, a eso de las ocho y media me previno -con esa sutileza protestante no exenta de hipocresía- de que no habría polvo: “A partir de las nueve quiero disponer de un par de horas para hacer algunas cosas antes de acostarme. Mañana puedes venir a mi estudio; llámame cuando quieras, estaré allí hasta las tres o las cuatro.” Me dio su nombre completo para que me resultase fácil encontrarla si algún día, en el futuro, quería ponerme en contacto con ella; y a ese mismo efecto me proveyó también del nombre de su madre y de una dirección fija que, supuestamente, no iba a cambiar con el tiempo. Me dio esos datos pero no me preguntó los míos. Era evidente que estaba acostumbrada a que los hombres la persiguiesen y deseaba que lo hicieran.
Cuando salí de allí, poco antes de las nueve, había anochecido y ya hacía fresco. Al llegar al hostal pasé un buen rato leyendo y, antes de recogerme, miré mi correo: Mariko me había dejado un mensaje apenas media hora antes pidiéndome que la llamase a tal número de teléfono. Así lo hice, y fue una alegría escuchar su voz. El día siguiente (o sea, ayer) lo tenía muy comprometido -me dijo- pero podíamos quedar pronto esta mañana. Me acosté de buen humor: después de todo, conseguiría verla antes de su regreso a Japón.
Según lo acordado, esta mañana se presentó en mi hostal a las ocho y media. Le di dos besos a la española, a los cuales no correspondió, no sé si turbada por semejante efusión, tan ajena a su cultura, o molesta por el exceso de confianza. Estuvimos juntos cuatro horas. Primero fuimos a tomar un café; luego a la biblioteca del barrio, para conectarnos a internet; y por último me invitó a comer a un restaurante japonés. Comimos sushi, que son una especie de bocaditos de pescado crudo envueltos en algas y arroz, y que se toman junto con un vegetal que sabe a colonia y una especie de pasta verde muy picante y amarga que se extrae de una raíz. [Al leer esta descripción no puedo evitar reírme para mis adentros: era la primera vez que probaba el sushi, el gengibre y el wasabi.] Pero aquella rareza foránea me gustó. Hablamos de los días que habíamos viajado juntos: ambos conservábamos un bonito recuerdo, pues, olvidadas las duras y descorazonadoras esperas haciendo dedo, permanecía sólo lo agradable, lo bonito y lo anecdótico. Durante aquella charla pensé que la quería; y a lo mejor así era. Al salir del restaurante aún nos demoramos un poco con las típicas frases de despedida. Para mí -le dije- había sido maravilloso conocerla, y le agradecí haberme acompañado durante una semana en mi viaje. Para ella también, contestó. Le propuse visitarla si algún día viajaba a Japón, a lo cual contestó -por supuesto- algo sin convencimiento. Como un rato antes le había hablado de Jette y de mi proyectada visita a su estudio de pintura, por dos veces me preguntó Mariko qué haría por la tarde, pero no sé si lo hizo por una punzada de celos o simplemente para romper los silencios, ya que se apresuró a decirme que tenía comprometido el esto del día y en cualquier caso no podría contar con ella. ¿Para qué me lo preguntas, entonces? -pensé. Por último, volví a darle dos besos que, de nuevo, tampoco fueron correspondidos. Cuando, en la parada del autobús, nos despedíamos por segunda vez, sentí que una tenue fibra se me deshilachaba por dentro, como una gasa que se rasga. Ella alargó sus cortos brazos y, prometiendo enviarme un email que no enviará, me hizo un adiós con ambas manos. Estaba guapita, con sus cejas a la japonesa, depiladas y pintadas; con su permanente sonrisa de Gioconda; con su raqueta de tenis al hombro. Yo di media vuelta y “me fui como quien se desangra” (por usar la frase de Güiraldes). Adiós, pequeña Mariko; no volveré a verte nunca, pero te recordaré siempre, siempre.
[Para no alargar demasiado este capítulo, continúo la historia con Jette en el siguiente.]