Norteamérica 13. Visita a la presa, estudiantes en prácticas y una cena india

Domingo 3 de agosto, aún en Fort George

El viernes fui, como estaba planeado, a visitar la central hidroeléctrica de Radisson; aunque por poco no llego. Había cogido, temprano, el ferry al embarcadero y desde allí alguien me dio un jalón hasta Chisasibi, que está a unos buenos 8 km. Aún era pronto cuando llegué donde Barbara’s, pero ella no había encontrado medio de transporte para mi, y no parecía inclinada a aceptar la sugerencia que, días antes, le hizo Jeannette: prestarme su coche y conducir yo mismo. Se suponía que debía estar en la central a las 12:30, pero a las 11:50 aún no tenía cómo ir. Ya empezaba a renunciar a la visita -lo cual, la verdad, no me importaba demasiado- cuando Barbara me dijo que me llevaría ella, pero no en su coche sino en el de Jeannette, que no estaba en casa (se había ido con alguien unos días a Montreal). Sólo estaba Frederic, el marido. Me extrañó que Barbara, con lo ocupada que estaba, se ofreciera a llevarme, y supuse que sería en parte por no dejarme conducir a mí el coche, y en parte por ganas de compañía o cambiar de aires, ya que su marido se había ido el jueves a Toronto y se quedaría allí todo el fin de semana.

Entre unas cosas y otras, eran ya las 12:05 cuando salimos, y para colmo, al poco nos tocó detrás de un coche que Barbara no se atrevía a adelantar. A y media, cuando deberíamos haber estado ya en Radisson, aún nos faltaban 80 km por recorrer, así que le sugerí olvidarnos de la visita y dar media vuelta. Pero entonces tuvo la feliz idea (¡por fin!) de dejarme conducir a mí: tres cuartos de hora más tarde ya habíamos llegado; justo a tiempo para subirme al autobús que hacía la visita. Ésta valió la pena, desde luego. Todo muy interesante; y lo habría sido aún más si hubiese entendido bien a la guía, una mujer de lo más alegre y agradable pero que sólo hablaba en francés. La Grande-1 tiene tres elementos principales: por un lado, el muro de contención (la presa propiamente dicha); por otro, separadas de éste, las esclusas de vaciado; y por otro la planta generadora, donde ocho enormes turbinas verticales mueven otros tantos gigantescos generadores.

Imagen satélite de la presa La Grande-1

Al finalizar el tour encontré a Barbara en un restaurante cercano, jugando a las maquinitas; pero enseguida nos fuimos. Durante el viaje de regreso me entretuvo contándome historias sentimentales de su juventud. Llegados a Chisasibi le devolvimos el coche a Frederic, y éste me dijo que en una hora me daría un ride hasta el embarcadero en su vehículo, pues ellos también iban a Fort George, así que mientras tanto estuve dándome un largo paseo. La partida estaba formada por Fred, sus tres hijos, un tal Jean G., su mujer y su preciosa hijita. Los hijos de Frederic también eran muy guapos: el mayor se parecía a él y la menor era clavadita a Jeannette, la madre. Cuando le hice notar esto último al padre, me contestó: “¿La niña? No es mía, es de Jean G.” “No -le dije-, no ésa, sino la otra, la morena.” Puso cara de asombro: “¿Qué otra? Eso no es una niña, sino un niño.” Tierra, trágame. ¡Vaya metedura de pata! Pero, fuese niño o niña, se parecía a su madre.

Aún tardaron una hora más en estar preparados. Por fin nos subimos todos al coche, pero no sé qué detalles de última hora nos retrasaron otro cuarto de hora, durante el cual los hijos de Fred se dedicaron a jugar a entrar y salir del vehículo usando todas las vías posibles salvo las ortodoxas, saltando preferentemente por encima de asientos y pasajeros, y arreglándoselas para que en medio de sus entradas y salidas siempre estuviese yo. Cuando ya arrancábamos apareció una señora que se sumó a la partida: sólo teníamos que acercarnos a su casa para que recogiera sus cosas, labor que le llevó unos veinte minutos adicionales y que los niños aprovecharon para continuar con su diversión, a la que añadieron peleas dentro del coche y un concurso de brutalidad. Todavía hicimos una tercera parada en casa de Jean G., que también necesitaba recoger sus pertenencias. Por suerte fue más rápido que la otra señora, pero eso no impidió a los niños hacer varios ejercicios extra de salto al pasajero. Nueve personas sudorosas y sucias en una furgoneta con las ventanas cerradas, mientras tres de ellas evolucionan entre los demás sin el menor cuidado de dónde ponían sus zapatones, no es una experiencia que pueda soportarse más de media hora, el tiempo que -en total- tardamos en llegar hasta el ferry y el cuádruple de lo que habría tardado yo si me hubiera ido solo. Cuando por fin, ya en la otra orilla, pude separarme del grupo y meterme a descansar en la tienda, estaba de los nervios.


Ya me va quedando poco que contar sobre la estancia en Fort George.

Mientras hacía cola ayer sábado para conseguir un bistec en la comida comunal tuve ocasión de ver con toda claridad el desplazmiento de una tormenta cercana, desde la que algunas rachas de viento nos trajeron unas gotas dispersas. Me hallaba en la compañía de un grupito que llegó esa tarde, compuesto por tres estudiantes extranjeros de medicina que hacen aquí unas prácticas. Uno es ruso, Timor, otro es indio y la tercera es una griega esquelética (entiéndase esto en sentido literal). Este trío se pasea por la isla en una suerte de frenesí turístico, participando en todas y cada una de las actividades, aunque han salido ya dos veces a pescar y aún no han cogido un solo pez.

Timor es el inteligente del trío, habla cinco idiomas (ruso, inglés, francés, japonés y español), ha vivido en varios países y ahora estudia en Canadá. Tiene una conversación interesante, y como es de la cuerda progre-humanitaria le parece muy bien que el gobierno les regale la vida a los nativos, aunque aún le parece que los cuida poco. Tiene pinta de ser de los que vuelven locas a las chicas, porque además es guapo, divertido y está cachas. Lleva una camiseta con un logo de aikido, así que supongo que lo practica. Muy sociable, algo escéptico, muy crítico con EE.UU. y totalmente enamorado de Rusia. Tiene, además, el arte de saber dosificar su presencia a la perfección de modo que su compañía resulte siempre deseable. Hoy tuvimos una interesante conversación sobre literatura y nos intercambiamos autores y títulos.

El indio -llamémosle Haman- es eso: indio de India; con lo cual queda todo dicho. Raro como suelen ser sus compatriotas, dejó el país siendo niño, ha vivido en Emiratos durante quince años y lleva ya tres en Canadá, estudiando en Montreal (ciudad que dice adorar), donde se quedará otros cuatro hasta que se gradúe. Intenta ser simpático, pero no lo consigue.

El saco de huesos griego es caso aparte. Se cree atractiva aunque no lo es, y hasta esta mañana no se ha dignado siquiera mirarme. Es difícil saber de qué va, salvo que se las da de muy mediterránea. Al desayuno me hizo inopinadamente algunas preguntas cuya respuesta no acabó de escuchar, y cuando yo le pregunté alguna cosa para devolverle la “cortesía” se marchó a los dos minutos. Su inglés es bastante bueno, su figura, repelente, y su actitud, contradictoria y ambigua. Intenta, como sus compañeros de prácticas, ser servicial, pero a veces su fatuidad se lo impide. Violet parece coincidir conmigo en su opinión sobre esta griega: me ha dicho que la encuentra extraña y que no escucha a la gente.

This evening (domingo) colaboré un rato -hasta el aburrimiento- en la labor de asar unos gansos para la cena, a base de cocina tradicional india, que mis anfitriones han preparado: ganso, trucha, alce, puré de patatas, ensalada de pescado y arándanos azules, más tres dulces diferentes. Había una docena de gansos, nada menos, y los asaron dentro del tipi colgándolos de guitas alrededor del fuego y haciéndolos girar a golpecitos con un palo mientras caía sobre unos cuencos la grasilla que soltaban. Hubo tanta comida por cabeza que yo no pude acabarme mi parte. Además, cuando los platos llegaban a manos de los comensales estaban ya fríos y se me hicieron menos apetecibles.

Hoy, poco después del mediodía, se fue Jacob, y ya estoy echándolo de menos. He tenido con él muy buenos ratos de charla, por las noches, mientras veíamos los caprichosos y movedizos fulgores de la aurora boreal. Me hacía tantas preguntas que, sin haberle acabado de responder a una, ya estaba proponiéndome la siguiente. Ahora, en “nuestra” parcela, nos hemos quedado sólo Henry, un sujeto nuevo y yo. Este nuevo, Lawrence, es hermano de Violet y, desde hace cuatro horas, ha mostrado un interés por mí tan vivo que se me hace algo pesado. Es simpático, desde luego, y tiene una curiosidad insaciable (aunque muy distinta de la de Jacob): me ha pedido que le muestre cada pequeño objeto que hay en mi tienda. También me ha hecho una oferta tentadora que no sé si aceptar: ir con él y su tío a pescar en canoa a la orilla sur de la bahía el próximo fin de semana. Entretanto me quedaría en su casa, en Chisasibi.

El “evento Fort George” está prácticamente over. Hace rato que se puso el sol. El crepúsculo se prolonga mucho (hasta cosa de las 10:30 estos días) a causa de la latitud (unos 54º N: más o menos como Edimburgo) y bastante gente se ha marchado ya o está preparándose para irse, incluyendo el trío de estudiantes, así que esta noche promete ser muy tranquila. Los cuatro días que he pasado aquí han sido magníficos, y me dan ganas de quedarme. Quizá lo haga; al menos un par de días más, aprovechando parcialmente la oferta de Lawrence.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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