Domingo, 28 de septiembre. Victoria (Columbia Británica).
El viernes, Dani llegó a Nanaimo después de lo previsto porque perdió un ferry en Vancouver y hubo de tomar el siguiente, así que, como ya era tarde, antes de regresar a Victoria nos metimos a cenar en un chiringuito cercano a la terminal. Pedimos unas alitas de pollo y un fish’n’chips que no estuvieron nada mal, y los regamos con una jarra de cerveza. Ese día no hubo más acontecimientos dignos de mención.
Ayer sábado, por la mañana, nos levantamos tarde, tomamos un café en un lugar cercano a su casa y fuimos a pasar el día por ahí, recorriendo la carretera que costea, hacia el oeste, el sur de la isla. Por el camino paramos a caminar un poco por un parque natural que me impresionó: era un rainforest, un bosque pluvial muy cerrado y oscuro de altísimas coníferas que albergaba tanta muerte como vida, pues tanto los árboles más canijos como las ramas bajas de los más crecidos, al no recibir suficiente luz a través de la tupida cobertura foliar, se deshojan y acaban pudriéndose y cayendo sobre el terreno poblado de helechos y alfombrado de pinocha y hojarasca, formando así un auténtico y caótico vertedero natural de materia muerta, una fronda tan impenetrable que sólo podía transitarse por las veredas, difícilmente mantenidas. Una de ellas nos condujo hasta la misma playa, donde el bosque acaba bruscamente y, desde la orilla del agua, se percibe como una barrera de troncos secos y pelados, blanqueados por el sol, en los que el salitre marino no ha dejado un rastro de vida parásita. En algunos lugares, el mar había socavado el terreno bajo el pie mismo de los árboles, ofreciendo una didáctica vista de la sección vertical del suelo, donde pueden distinguirse -tras la tenue cortina de gotas que rezuman de las raíces medio al aire y de las plantas que viven en el talud- las diferentes capas que lo componen.
Acabada aquella instructiva visita, volvimos al coche y continuamos hasta el final de la carretera, que muere en Port Renfrew, apenas un puñado de casas y un pequeño muelle de madera a cuyo arranque hay un chiringuito de pesacadores. Caminamos hasta el extremo y nos sentamos allí, al borde del entablado, contemplando el fiordo iluminado por el sol del atardecer, discutiendo sobre política y contándonos nuestras vidas. Luego dimos un paseo y jugamos un rato a arrojar “cucharillas” -aprovechando que había miles de ellas sobre la orilla en la desembocadura del río San Juan (así se llama, con nombre español)- a la tranquila y verdioscura superficie del agua. Según charlábamos se nos ocurrió una curiosa teoría: quizá la gente que se hipoteca de por vida para comprarse un piso en Madrid o Barcelona (en lugar de hacerlo en cualquier otro sitio muchísimo más barato) lo que está haciendo es proveerse a sí misma de una disculpa para justificar su inmovilismo y falta de decisión; es decir, su renuncia a la libertad. Esa cara hipoteca les proporciona la esclavitud necesaria y les sirve para tasar el valor de su autoestima.

Excursión con Dani al bosque pluvial y Port Renfrew
De regreso a Victoria nos detuvimos un momento al borde de la carretera para contemplar -e intentar fotografiar- unas nubes a las que el sol, ya escondiéndose tras el horizonte, iluminaba con el más intenso color púrpura que recuerdo haber visto. Una vez en casa, nos preparamos un arroz con tomate “de emergencia” mientras bebíamos cerveza y, junto con David, su compañero de piso, mantuvimos una interesante conversación sobre ecología, reciclaje y política. Al acabar, Dani se fue a una cita y nos quedamos David y yo hasta las 2 de la madrugada charlando de informática.
Esta mañana, al levantarme, Dani no había regresado aún. Volvió mientras yo me duchaba. “¿Cómo te ha ido?”, le pregunté. “Mal. Rollo quinceañero -respondió-. Pero después, en lugar de volver a casa, me fui a la playa a pensar y me quedé dormido en el coche.” Así que ahora está echándose una larga siesta y yo, mientras tanto, escribo. A las cinco de la tarde sale el ferry a Vancouver que pretendo coger.
Lunes, 29. Vancouver (Columbia Británica).
Cuando Dani despertó de su siesta dijo que me llevaría hasta Swartz Bay (a unos 35 km de aquí), que es de donde salen los ferris, y que allí nos tomaríamos algo mientras hacíamos tiempo hasta que zarpase el mío; pero al ir a coger el coche nos dimos cuenta de que se le habían ido las pastillas del freno, de modo que, entre ir a comprar unas nuevas y sustituirlas, nos entretuvimos varias horas con la reparación y acabamos pasadas las cinco. No tuve más remedio que coger el siguiente ferri. Llegados al puerto, echamos nuestro último rato de charla, acordamos mantenernos en contacto y hacer, a nuestro regreso a España (que sería más o menos simultáneo), un intercambio gastronómico-cultural. Al despedirnos, noté que el hombre lo lamentaba bastante; se ve que se quedaba colgado. [A este Dani volví a verlo, en efecto, dos o tres veces en Cataluña, meses después; pero aquella fraternidad del encuentro en el extranjero ya se había disipado y, aunque no tuvimos ningún mal rollo, la inevitable rivalidad Barcelona-Madrid acabó por distanciarnos.]
Durante el trayecto en ferri, una chica de origen alemán y educación canadiense, llamada Jette, me escogió para entretenerse. Llevaba un rollo artístico-hippy un poco tonto, pero tenía unos ojos preciosos. Con sus veintisiete años, y una madre que le sufraga todos los gastos, lleva viajando por América y Europa desde los diecinueve y, mientras tanto, estudia algo así como bellas artes, aunque todavía le faltan dos cursos para acabar. Quiere trabajar -dice- como profesora para ganarse la vida, y pintora para disfrutarla. Además de pintar, hace cerámica y otras chorradas menores. Llegados a Vancouver me ayudó a orientarme en la ciudad y, por último, me pasó su teléfono: –Si tienes algún problema, llámame. –¿Y si no tengo ninguno?, le contesté con una mirada que quería ser pícara pero que me quedó artificial. Después de pensarlo un momento, respondió: –Llámame igualmente.
Era bastante tarde cuando llegué al albergue, el más barato de la ciudad: una mierda de sitio en una mierda de distrito. Como había conseguido unos cupones, el encargado, a regañadientes, me hizo la correspondiente rebaja; pero a partir de ese momento –ignoro la causa– cambió su inicial actitud hosca, casi agresiva, por otra de total deferencia y amabilidad. Le pregunté por Mariko (ella me había dicho que se hospedaría allí) y, tras hacer una llamada de comprobación, me dijo que no estaba en ese edificio, sino en el anexo. El dormitorio que me tocó era de ocho camas, y los huéspedes que vi por allí me parecieron inquietantes: un tipo macilento y de piel blanquísima dormía, en calzoncillos, sobre el sofá del vestíbulo; otros dos, al extremo del corredor, fumaban aquende la puerta de la escalera de incendios. Cuando hube dejado mis cosas y me hube acomodado –si es que este verbo es compatible con ese lugar– me fui al anexo a ver si encontraba a Mariko, mas no estaba por las zonas comunes y, como era bastante tarde, no quise incordiar en los dormitorios, así que lo dejé para hoy. Pero esta mañana el encargado me dijo que el pájaro había volado ya; se había marchado temprano. ¡A saber! De manera que recogí mis cosas y me fui al albergue de Hostelling International, que por cuatro dólares más es mucho mejor: ubicación, edificio, servicio, instalaciones, encargados y huéspedes.
Estoy ahora sentado a una mesa de piedra en el gigantesco parque Stanley, a donde he venido caminando tras instalarme en el nuevo hostal. Tres horas a pie he tardado en llegar, nada menos, así que he aprovechado un descanso para escribir lo último. Ahora continuaré mi paseo. El día es soleado y templado; el parque, magnífico; Vancouver, enorme; el paisaje, precioso; la gente, más o menos amable. Una bandada de gansos migratorios acaba de sobrevolar el lugar, pero van en dirección norte. Es raro. Yo juraría que en esta época van hacia el sur. es tiempo de continuar con mi paseo.