Norteamérica 16. Cuarenta y ocho horas de viaje con un camionero chiflado

Viernes, 8 de agosto (continuación)

A la mañana siguiente -es decir, esta mañana- nos levantamos a eso de las 8 y nos pusimos en marcha una hora después. Ha hecho un día mucho mejor que ayer, que fue lluvioso hasta el último momento (no dejó de llover hasta después de cenar), y los paisajes han sido inolvidables. En concreto, el tramo entre Hearst y Nipigon parece una obra de arte pictórico: flanqueado por bosques, cruzado por magníficos ríos o arroyos, con decenas de maravillosos lagos de calmas y transparentes aguas, manchado de cuando en cuando por el color de idílicas y diminutas poblaciones cuyas dispersas casas ofrecen un aspecto legendario y casi salvaje… En fin, un paraíso.

Lo malo ha sido el mucho tráfico, en parte causado por varios tramos de carretera en obras que nos han retrasado 200 km sobre el avance previsto. En total, hoy hemos recorrido 900 km. La ruta 17, también llamada Transcanadiense, deja muchísimo que desear: para ser la única carretera que comunica las mitades este y oeste del país, entre Thunder Bay y Winnipeg, sólo tiene durante 300 km un carril por dirección, y éste en malas condiciones y, como digo, lleno de tramos en obras. Aun así, el hecho de que no haya retenciones da una pista sobre lo poco poblado que está el Canadá.

El camión que conduce Harold es un Volvo de puta madre, motor de 450 CV, cabina climatizada, todo lujo, cama doble… En comparación, el de Jacques era una birria. En este viaje, la cabeza tractora arrastra un doble remolque cargado con acero. Según me ha dicho, este truck no es su truck (el que la empresa le tiene asignado), sino uno de alquiler. El “suyo” es, por lo visto, mucho mejor: 100 CV más de motor, dos camas dobles, equipo cuadrafónico de sonido con 1500 W, reproductor de CD, televisión y vídeo. Me dice que, si todo va sobre lo previsto, mañana lo veré, porque en Winnipeg entrega éste (el “malo”) y continúa viaje con el otro.

Pero aparte del paisaje, la carretera y el camión, lo más destacable de este ride está siendo el propio Harold, o Errol. Es la típica persona que no escucha cuando le hablas, que te interrumpe a mitad de una frase, que se cabrea si la respuesta a una pregunta suya no es la adecuada… A veces, de repente, en un momento de silencio, pega un grito sin venir a cuento. Reniega todo el rato de la poca potencia de este truck, y se cabrea más cuando un adelantamiento fallido lo retrasa dos minutos que cuando un tramo en obras lo retrasa quince. Farda de conducir a toda hostia, de que su coche es full equipe y tiene 250 CV, y de todo lo que se pueda fardar. La sarta de tacos que suelta cada vez que se le frustra un adelantamiento (de lo cual, claro está, siempre culpa al adelantado) no tiene final. Pero luego va de gracioso (y he de admitir que tiene buenos golpes); tan “gracioso” que esta tarde, cuando paramos a repostar en una gasolinera, me gastó la bromita de hacer como que se iba y me dejaba allí tirado. Aparte, va tatuado de arriba a abajo. En fin, para ponerse a mear y no echar ni gota. El clásico camionero que piensa que la carretera es sólo para ellos, que acosa a los demás conductores aproximándose a distancias cortísimas y que, con repentinos cambios de humor, tan pronto se echa al arcén para facilitar un adelantamiento como se pone en el carril de la izquierda (si hay dos por dirección) para evitar que nadie lo adelante. Creo que ninguna expresión lo califica con más exactitud que la de “un perfecto gilipollas”. De hecho, semejante grado de gilipollez es difícil de describir, así que necesitaría varias páginas para hacerle honor a este espécimen. Un tipo que o está medio loco, o se lo hace; y no sé qué es peor. Según me ha dicho, está acompañado y es padre de dos mellizas de 4 años, única circunstancia que me hace pensar que no va a hacerme ninguna fea jugarreta. El caso es que, luego, el tío se preocupa por mí: si voy cómodo, si he comido bien… A lo mejor es maníaco-depresivo. No es que yo tema por mi seguridad, pero este tipo es muy capaz de levantarse mañana de mal humor y dejarme aquí, en esta gasolinera donde vamos a pasar la noche.

Hoy hemos comido en un lugar supuestamente “de puta madre”, según Errol, pero a mí la comida me ha parecido bastante corrientita, y encima me ha costado trece pavos. Menos mal que el transporte y el alojamiento están saliéndome baratos. La gasolinera en la que estamos ahora se encuentra junto a Dryden, y el lugar es perfecto para poner la tienda, ya que hay césped. Si ningún imbécil deja esta noche el motor de su camión en marcha puede que duerma bastante bien. Mañana por la mañana, con suerte, llegamos a Winnipeg. No veo la hora de decirle adiós a mi benefactor. Aun así, ¿me veré obligado a modificar mis conclusiones respecto a la disposición de los camioneros a coger autostopistas? Lo comprobaré en las próximas jornadas.

Sábado, 9 de agosto. Winnipeg (Manitoba)

Anoche dormí muy bien. Harold me recomendó el mejor lugar en la zona de césped y, como la noche anterior, me ayudó a poner la tienda. Me encajé bien los tapones y nada me disturbó hasta la mañana. Además no hizo nada de frío. Me desperté a eso de las 7, igual que Errol, y me ayudó a desmontar la tienda. Mientras él hacía sus propios preparativos camioneriles para marcharnos, yo fui a la gasolinera a tomarme un café.

La camarera pegó la hebra conmigo. Empezó preguntándome qué tal había dormido, de dónde era, etc. (En fin, “las generales de la Ley”.) Luego me contó que tenía dos hijos, niño y niña, y que ella era de Suecia; así que no sé qué cojones hacía allí ni qué quería de mí. No era ni guapa ni fea, sino todo lo contrario: una cara de lo más común, sin nada de particular. Cuando, al cabo, le dije que tenía que irme para continuar viaje, me dijo: “Pues yo estoy aquí todo el tiempo, todos los días.” Me pareció una invitación, y pensé que era una lástima que Harold estuviese ya esperándome en el camión y no pudiera yo hablar un poco más con la chica. De haber dispuesto de cinco minutos más, igual habría acabado quedándome allí con ella. Pero no tuve tiempo para descubrir qué quería: si un padre postizo para sus hijos (suponiendo que la plaza estuviese vacante), un polvo esporádico o sólo llenar su aburrida mañana con algo de conversación. No quiso cobrarme el café, y me pareció que se quedaba un poco pegada cuando me fui. ¿Por qué siempre le salen a uno las oportunidades cuando no puede aprovecharlas? ¡Un brindis por la sueca!

La mañana era soleada y la carretera estaba desierta. La primera hora de viaje sólo se vio perturbada por los extraños, repentinos gritos del conductor. Por cierto, que me reiteró su ofrecimiento de llevarme hasta Vancouver. La segunda hora, en cambio, con más tráfico, fue un estrés continuo. Varias veces me pareció que estaba a punto de comerse algún coche, o por lo menos morder el volante del camión. Las dos últimas horas, rodando por las llanas, amplias y bien pavimentadas carreteras de Manitoba, fueron más tranquilas. Atrás quedaba Ontario, la gran provincia que, con casi 2000 km de anchura, se tarda más de dos días en atravesar. Ontario la inacabable, la vasta, opulenta y variada. En comparación, los 600 km de manitoba son un paseo.

De Dryden (Ontario) a Winnipeg (Manitoba) con el camionero chiflado.

Al fin llegamos a Winnipeg; al fin cambió Errol -en un éxtasis de felicidad- su cabina tractora por la que conduce habitualmente (lo cual nos llevó más de dos horas); al fin me mostró las estridencias de su equipo de música y la potencia de su truck; y al fin me dejó en un lugar a tiro de autobús del centro, tras darme su dirección para que le envíe una postal. Me aseguró, con un fuerte y sentido apretón de manos, que si volviese a verme en la carretera me volvería a recoger. Al alejarse, hizo sonar la bocina largamente. Casi me dio pena ver partir al “bueno” de Harold. Adiós, mi excéntrico benefactor; pero creo que 48 horas contigo han sido suficientes.

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Norteamérica 15. Tres largos “rides” en camión – ¡seguidos!

Miércoles, 6 de agosto. Amos (Quebec).

¡Increíble, inverosímil! (O “inverso”, como decía aquél).

Pero, antes de pasar a contar el día de hoy, tengo que decir un par de cosas que se se me quedaron en el tintero respecto a estos días atrás. Una es que el agua del Grande Rivière es la más rica y fina que he probado nunca: tan fina, que enjuagarse las manos después de lavárselas –y ya no digamos aclarar la ropa tras la colada– se convierte en un verdadero problema, porque el jabón no acaba de irse. Otra se refiere a uno de los peores enojos de Chisasibi: las moscas negras, black flies, que se posan sobre la piel tan suavemente que no te enteras hasta un minuto después de que te han picado y han volado, dejándote una gruesa gota de sangre coagulada en la picadura; la cual molesta después durante tres o cuatro días. Además, se meten bajo la ropa y pican en los lugares más inverosímiles, como por ejemplo en tol medio del ombligo, como me ha pasado a mí. Algo verdaderamente repugnante. Sigue leyendo

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Norteamérica 14. Últimas horas en Chisasibi y despedida de los nativos Cree

Lunes, 4 de agosto. Chisasibi

Primeras horas de la tarde. Anoche, después de escribir lo último, estuve un buen rato hablando con Henry y Violet. En la isla había baile, pero no me apetecía ir. Durante nuestra conversación salió el tema de la vida subsidiada y ociosa de los nativos. Cuando les dije que me parecía una manera de promover la pereza, me resultó curioso que Henry, de una forma casi apasionada, se mostrase totalmente de acuerdo.

Al levantarme esta mañana ya tenía prácticamente decidido quedarme por aquí un día más: en lugar de irme hoy, aprovecharé el ofrecimiento de Lawrence para dormir en su sótano, darme una buena ducha y despedirme tranquilamente de Barbara. Mañana partiré temprano hacia el sur. Hoy he tenido un delicioso desayuno junto a los Bates, a base de café y de los dulces que me sobraron en la cena de ayer tarde. Después recogí mis cosas, levanté la tienda y los ayudé a desmontar sus tipis. A eso del mediodía me he venido a Chisisasibi en el bote de Henry, dando un delicioso paseo por el río mientras, compungidos, mirábamos elevarse por encima del bosque, sobre la orilla norte, una columna de humo procedente de algún incendio lejano. Nos acompañaban también Violet y Anthony, el hijo de una atractiva divorciada que vive en la Columbia Británica y que pasa aquí sus vacaciones. Sigue leyendo

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Los tres pilares del poder: quien controla los medios dirige el mundo

1. Los pilares del poder y su prioridad causal

Tres son los pilares del poder: la coerción, el dominio económico y la persuasión ideológica; es decir: las armas, el dinero y los medios de difusión.

Creo que, objetivamente, este heurístico es una generalización bastante aceptable. La tríada esquematiza muy bien cómo la mayoría de las naciones, estados o imperios han consolidado históricamente su poder: las armas y el dinero representan el “poder duro”, estructural; los medios, que rara vez reciben el énfasis suficiente(1), son el “poder blando”, cuya tarea es fabricar consensos. Pero no debemos dejarnos engañar aquí por eso de blando, porque en realidad no lo es tanto: aunque la coerción se ejerce mediante ejércitos y armas, y la economía está dominada por el dinero fíat(2) y las instituciones financieras, el poder aún necesita persuadir a la sociedad para que acepte o respalde la coerción, para que idolatre el dinero o colabore con el pago de impuestos; y para eso precisa de los medios: imprenta, editoriales, cine, radio, televisión, internet, redes sociales, etc. Controlar los flujos de información, cualquiera que sea el medio utilizado, es crucial para que la coerción y el dominio económico funcionen. Sigue leyendo

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Norteamérica 13. Visita a la presa, estudiantes en prácticas y una cena india

Domingo 3 de agosto, aún en Fort George

El viernes fui, como estaba planeado, a visitar la central hidroeléctrica de Radisson; aunque por poco no llego. Había cogido, temprano, el ferry al embarcadero y desde allí alguien me dio un jalón hasta Chisasibi, que está a unos buenos 8 km. Aún era pronto cuando llegué donde Barbara’s, pero ella no había encontrado medio de transporte para mi, y no parecía inclinada a aceptar la sugerencia que, días antes, le hizo Jeannette: prestarme su coche y conducir yo mismo. Se suponía que debía estar en la central a las 12:30, pero a las 11:50 aún no tenía cómo ir. Ya empezaba a renunciar a la visita -lo cual, la verdad, no me importaba demasiado- cuando Barbara me dijo que me llevaría ella, pero no en su coche sino en el de Jeannette, que no estaba en casa (se había ido con alguien unos días a Montreal). Sólo estaba Frederic, el marido. Me extrañó que Barbara, con lo ocupada que estaba, se ofreciera a llevarme, y supuse que sería en parte por no dejarme conducir a mí el coche, y en parte por ganas de compañía o cambiar de aires, ya que su marido se había ido el jueves a Toronto y se quedaría allí todo el fin de semana. Sigue leyendo

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Norteamérica 12. Unos días entre los indios Cree, y otra fauna variopinta

Domingo, 2 de agosto. Mismo lugar

El marido de Barbara, Richard, era un mulato de Trinidad y Tobago que llevaba el pelo a lo afro y usaba perillita. Un hombre grave, de una afabilidad algo forzada, al que mi presencia allí parecía no hacerle ni puta gracia. Tenían dos hijos sin la menor mezcla aparente de sangre negra, pese a la raza del padre. La casa, muy desordenada y tirando a sucia, mostraba ese aspecto de los hogares donde a los niños se les permite saltar por los sofás y dejarlo todo por el suelo, sin la menor reprensión parental. Barbara, mujer amable, caritativa y un poco simple, cuidó muy bien de mí. El primer día me enseñó su restaurante, su trabajo (donde me dejó acceder a internet) y me llevó a visitar la bahía James, el río Chisasibi (que significa “gran río”) y la presa llamada LG1, o sea La Grande 1. También me presentó a una francesa (o quebequense), Jeannette, que hablaba algo de español y que, como quería practicarlo un poco, nos invitó a ir esa tarde a su tipi para tomar algo.

Cuando acudimos allí, la anfitriona nos ofreció té y café. En el tipi también estaba Jean Guillaume, un cineasta francés que vivía en Chisasibi desde hacía dos años y a cuya esposa, una francoparlante muy guapa, no sé si francesa o canadiense, conocí días después. Al cabo de un rato apareció por el tipi un indio que, en la conversación, dijo haberme visto haciendo dedo en la carretera. Le hice un comentario que pareció no sentarle nada bien: “¿Y no me recogió? Muchas gracias.” Me respondió que él no se fiaba de nadie. Durante esa reunión la charla -bastante interesante en general- versó sobre EE.UU., José María Aznar (al parecer es un tipo bastante popular, o quizá impopular, en Norteamérica) y Cuba. El debate estaba garantizado, ya que esta gente son de ideas izquierdistas y “humanitarias”. Por último llegó el marido de Jeannette, un francés bastante maduro que llevaba una coleta, tenía un hijo anterior al matrimonio y estaba enamorado de Cuba. Decía que le encantaría vivir en ese país, que los cubanos eran muy felices y que si no emigraban era porque no querían. [No sé en la actualidad, pero en la época en que yo hice este viaje los cubanos no podían salir de su país sin un permiso especial, lo cual hacía de Cuba algo parecido a una prisión.] Según él, todo lo que en Occidente se dice sobre Cuba no es más que propaganda; y criticaba a Aznar por alinearse con EE.UU. en ese tema. Ahí no creo que le faltara razón. Su esposa, viendo que el debate tomaba un cariz antiespañol, para evitar que yo pudiera molestarme propuso cambiar de tema; pero yo le dije que por mí no había problema en seguir hablando de eso, así que prolongamos la conversación durante un buen rato. A todo esto, el hijo de Barbara (que había venido con nosotros) no paró de jugar con -y tirar por el suelo- el azúcar, la leche, los vasos, los cubiertos, etc., para evidente desagrado de nuestra anfitriona y ante la total indiferencia de la madre. Ella y el niño fueron los primeros en irse, por suerte. Poco después también se marchó el indio gruñón, de repente, despidiéndose a la francesa. Al cabo de un rato se iba el cineasta, Jean Guillaume. Los demás nos quedamos hasta tarde. Sigue leyendo

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Norteamérica 11. Un sheriff the Wichitta, un largo ride y llegada al poblado indio

Sábado, 2 de agosto de 2003. Mismo lugar.

The Gate, la puerta de la ruta, es una oficina que hace las veces de registro e información turística. Por razones no sé si de estadística, seguridad o control, todo el que entra debe registrarse, indicando quién es, a dónde va y por cuánto tiempo. La agradable señora que me tomó los datos me dijo que no había una estancia máxima y que podía hacer autostop sin problema; así que me puse a esperar a pie de calzada.

Pasaban pocos vehículos. El cuarto o el quinto era un coche de la policía que llegó a toda velocidad y pegó un frenazo, derrapando “a la americana”, a poca distancia de mí. Se bajó de él un decidido agente y, con paso resuelto, se dirigió a un sujeto que observaba su alarde con curiosidad no exenta de burla: yo. La escena que siguió fue un poco de película barata: por un lado, el diligente policía que vislumbra la ocasión de un ascenso; por otro, el cívico viandante que colabora de buen grado, pero con pocas palabras, en la persecución del crimen. Y lo esperado: ¿Qué hace usted aquí? Viajar. ¿Adónde va? A Chisasibi. ¿Para qué? Para conocerlo. ¿De dónde viene? De Val-d’Or. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse? No lo sé. ¿Dónde vive? En España. Tras comprobar por radio que yo no fui quien atentó contra las Torres Gemelas, me dijo que todo estaba O.K. ¿Entonces, ningún problema?, le pregunté. No se meta en líos, me contestó. Bueno, eso espero… ¡Ea, pues encantado! Me apretó la mano y se marchó. Desde la puerta de la oficina, las empleadas presenciaron, sin oírlo, el interrogatorio. Pero también lo vio un indio que había llegado poco después que el policía y que, al cruzarse con él, le preguntó adónde iba yo. A continuación se me acercó y me lo preguntó a mí. A Chisasibi -le dije-, ¿va usted allí? Sí. ¿Y puede darme un jaloncito? Seguro. Cojonudo, pues.

¿Quién, entonces, había avisado de mi peligrosa presencia a la policía? Lo ignoro, y no lo sabré nunca, pero no creo que fuesen las chicas de la oficina, porque ellas mismas parecieron sorprendidas de la aparición del coche. Sigue leyendo

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La mafia del Komsomol y la demolición de la URSS

Cómo la nomenklatura dinamitó el país y cómo sus hijos devinieron la primera generación rusa de “empresarios de éxito”

(Nota: lo que sigue es sólo mi traducción libre de un artículo publicado en Substack por Dr. Livci. Me he limitado a depurarlo un poco e intentar hacerlo más comprensible.)


En un artículo anterior vimos cómo la élite del Partido Comunista de la Unión Soviética (en adelante PCUS o “el partido”) era prácticamente la misma que formaba la cúpula dirigente de la URSS. El jefe del Estado de facto no era el primer ministro, sino el secretario general del partido. Vimos también cómo, para Stalin, este modelo era una bomba de relojería y cómo intentó trasladar la autoridad del partido al Estado, aunque murió, o lo asesinaron, antes de poder completar su proyecto. Pues bien: toda esa nomenklatura que acabó destruyendo el país había salido del Komsomol(1), organización política de temprana creación (1918) cuya membresía era paso previo al ingreso en el partido. Durante sus primeras décadas fue una numerosa organización de jóvenes obreros y campesinos, a menudo de origen humilde, que hacía de filtro ideológico y canal de movilidad social ascendente, pero a partir de los años 60 se transformó en un cuerpo elitista y heredero, y a finales de los 80 o principios de los 90 ya estaba formado en su mayor parte por los hijos de la propia nomenklatura.

Yuri Mujin, en su libro Los asesinos de Stalin y Beria, opina lo siguiente sobre quiénes gobiernan Rusia en la actualidad:

Y así, el aparato del PCUS […] consiguió su objetivo: destruir tanto la Unión como el partido. ¿Entregó el poder ese aparato? Para nada. La mafia del partido simplemente trasladó sus oficinas de los edificios gubernamentales a una serie de consultorías anónimas y discretas, conservando el poder en sus manos, aunque hoy [ese poder lo representan nuestros presidentes, parlamentos y gobernadores].

[…] es fácil robar cuando se es un funcionario que puede llevarse millardos con una sola firma. Lo difícil es convertir en líquido lo robado. Para empezar, se necesita abrir cuentas en algún banco occidental, lo que suele requerir estar allí en persona. Hace falta tener a alguien de confianza que pueda encargarse de los tecnicismos del robo y de la conservación del botín, pero esa confianza sólo puede depositarse en gente que haya demostrado cierta competencia y lealtad y, más importante aún, que sea invisible. Pongamos por caso a Yeltsin. ¿En quién iba a confiar sino en aquellos a quienes conocía y con los que había trabajado durante años? Pero él solo conocía a gente del aparato del PCUS. […] Aunque entre los demócratas tuviese algunos leales, a éstos los conoce todo el mundo y sus caras salen cada día en la tele, en tanto que la mafia del aparato del PCUS es modesta y callada; nadie los conoce. Si se presentan en cualquier banco del mundo, ni el portero se fijará en ellos.

[…] Yeltsin era un completo títere en “asuntos del Estado” —un eufemismo para la logística del robo—, así que, ¿a quién podía encargarle su resolución? Hasta cierto punto a los americanos, a su amigo Bill Clinton, pero no olvidemos que los depredadores occidentales y los soviéticos se hacen competencia mutua; y puede uno contar con que Occidente lo engañará; así que necesitaba tener a mano ladrones propios, personas con sus mismos intereses. […] ¿Y quiénes eran sus “amigos”? ¿Los liberales? [Tampoco:] ya vimos que a Yeltsin le importaban un bledo esas bobadas “democráticas”. Incluso los que estaban de acuerdo con él en todo no duraban mucho. Todos esos “liberales” son meras comparsas, una pantalla para el verdadero aparato presidencial.

Quienesquiera que tuviesen poder en la URSS, siguen teniéndolo hoy. En aquel tiempo […] eran invisibles. Hoy también lo son.

Según Yuri, el estado profundo soviético —esa nomenklatura de alto nivel que orbitaba en torno a tipos como Gorbachov y Yeltsin y guiaba sus acciones— no desapareció. ¿Adónde fue? Es en el PCUS donde debemos buscarlo. Incluso Yeltsin necesitaba gente en la que poder confiar y no designada por los yanquis, pero poca gente conocía fuera de la vieja nomenclatura. Y quiero enfatizar que el hecho de que necesitara su propio cuadro de personas no elegidas por Occidente no significa en absoluto que fuese un genuino patriota ruso; más bien todo lo contrario: precisa de gente que pueda hacerle todas las gestiones en Occidente (cuentas, compra de propiedades, burocracia) sin levantar sospechas. Por lo demás, que sustituyera a Gaidar —en la jefatura del Gobierno— por Chernomyrdin contra la voluntad de Washington muestra que no era el completo títere que Yurin nos pinta: al menos en asuntos internos tenía cierto margen de maniobra. Pero de moment basta con entender que la “ocupación” de Rusia por Occidentes no consiste —desde hace ya décadas— tanto en que el Kremlin reciba instrucciones directas de Langley (que también) sino en su adopción en cuerpo y alma de la cosmovisión y el sistema occidental de valores. Es sólo que Yeltsin acabó entendiendo —como hoy entiende Putin— que Occidente es muy capaz de volverse contra sus “aliados” y devorarlos, de manera que, por supervivencia personal y para conservar sus propiedades en Occidente, amén de cierta autoridad, necesitaba algo de autonomía y un discreto cuadro de solucionadores de problemas. Así, pues, Moscú no es antioccidental, sino que su clase dominante sabe que ni ellos, ni sus bienes, ni los familiares que residen en Occidente son intocables.((2)

Enlazando con la idea de Yuri de que la vieja nomenklatura soviética no hizo sino trasladar sus oficinas de los edificios del partido a otros distintos, anodinos, donde operaban empresas “privadas”, introduciré otro libro, Komi en el punto de inflexión, escrito por dos periodistas de investigación naturales de la república de Komi(3). Versa sobre la política de los años 90 en Komi y viene a ofrecer un ejemplo típico, a pequeña escala, de lo que Yuri describe. En uno de sus capítulos leemos el siguiente episodio sobre la privatización de un elegante restaurante de la época soviética llamado Territorio del Norte:

Marzo de 1992. La privatización de las antiguas empresas estatales se realiza mediante subasta comercial. [El precio de salida del restaurante es de] 103.800 rublos, y sólo acuden dos postores: el sindicato de sus propios empleados, y la sociedad Pecherlend, que ofrece inmediatamente 500.100 rublos. El sindicato ofrece un 5% más sobre lo que puje su rival, pero como no ha mencionado una cantidad exacta la comisión se lo adjudica a Pecherlend. El sindicato decide no impugnar el resultado porque el nuevo dueño, ex miembro del Komsomol y empleado de Pecherlend, garantiza a los trabajadores del Territorio del Norte que se les respetarán sus beneficios anteriores, incluidas las pensiones. Pero a los pocos meses Pecherlend lo vende a una empresa registrada en Gibraltar, propiedad de exmiembros de la antigua nomenklatura local del partido, [y ésta a su vez lo vende al cabo del tiempo] por 600 millones de rublos. Naturalmente, eso de que los trabajadores del restaurante mantendrían sus beneficios y pensiones quedó en el olvido.

Es un ejemplo arquetípico, en diminuto, del proceso que tuvo lugar en toda la FR a principios de los 90. Ahí vemos a esas empresas anodinas operadas por la antigua nomenklatura trabajando, junto a la mafia del Komsomol, para desvalijar Rusia y perjudicar a los trabajadores a los que decían representar. Es en tales empresas y sociedades donde se concentra el poder fáctico en Rusia (como en EE.UU. y Europa, por cierto). Igual que antes tuvo un politburó soviético, Rusia tiene hoy un politburó de oligarcas, pero éste es incluso más opaco y menos responsable que aquél: por eso se propusieron dinamitar la URSS.

El objetivo teórico del Komsomol era preparar a los jóvenes para que se convirtieran en miembros ejemplares del partido y dirigir más tarde el país, pero la pertenencia a él era esencial para cualquier ciudadano soviético que aspirase a progresar en el PCUS o a entrar en la universidad: había que afiliarse siendo aún adolescente y seguir siendo miembro hasta bien entrada la veintena. Ahí se conocían y tejían sus redes los hijos de la nomenklatura. En Komi en el punto de inflexión hay un capítulo dedicado a las andanzas de los antiguos alumnos del Komsomol de la república, que nos sirve para hacernos una idea del papel que desempeñaron esos chavales en la Rusia de los 90.

Los antiguos miembros del Komsomol de Komi han escrito una página respetable en la historia como los primeros emprendedores de esa república. Al principio ganaban dinero más o menos honestamente en los llamados “Centros Juveniles de Creatividad Científica y Técnica” [CJCT, en adelante]. De allí surgieron empresas emergentes que fabricaban muebles, imprimían literatura, hacían ropa y vendían revistas populares.

Aquí vemos que en la URSS había normas especiales que permitían al Komsomol hacer lo que cualquier otro ciudadano tenía prohibido: dedicarse a la empresa privada. Fuera de los CJCT, si alguien empezaba a fabricar y vender muebles o ropa era arrestado por especulador. Los miembros del Komsomol podían valerse de ese privilegio para convertirse, entre bastidores, en jóvenes oligarcas en ciernes.

De esos CJCT salió una plétora de “financieros de éxito”: especuladores y prestamistas. Por regla general, los proyectos más turbios —como la venta de alcohol barato de contrabando y dudosamente apto para el consumo— no los gestionaban directamente los muchachos del Komsomol, sino que operaban bajo el krisha [paraguas protector] de los CJCT [es decir, tales negocios pagaban a los centros para que nadie los molestara].

Los jóvenes directores de esos CJCT se dedicaban a la corrupción igual que sus padres. Actuaban con discreción y pensando en el futuro; y siempre se aseguraban de que, si algo era ilegal, hubiera otro que asumiera la responsabilidad. Y cuanto más nos acercamos al final de la URSS, más ambiciosos se volvían los planes del Komsomol:

Eduard Gervik, coronel de policía retirado y exjefe de Asuntos Internos de la ciudad de Vorkuta (de la que enseguida hablaré), describió en sus memorias algunos aspectos muy creativos de las prácticas empresariales del Komsomol:

En 1990 se registró en Vorkuta la Bolsa Mercantil Regional, cuyo director era también el jefe del Komsomol local. Esta RTSM (por sus siglas en ruso) era el resultado de una empresa mixta entre el Komsomol y la estatal Carbón de Vorkuta, que vendía carbón en el mercado europeo. Al mismo tiempo, Sovmedia, una empresa francesa dirigida por dos exciudadanos soviéticos, registró una filial en Moscú llamada Strek, que se asoció con la RTSM, el Ferrocarril Letón y el Puerto de Riga. Sovmedia quería así monopolizar la venta del carbón de Vorkuta.

El proceso era el siguiente: la RTSM recibía el carbón de las minas; Ferrocarril Letón lo transportaba con tarifas subvencionadas; el Puerto de Riga lo cargaba; y finalmente Sovmedia lo vendía en el mercado exterior. Más adelante, en Vorkuta se registró Strek North LLC, entre dueños incluían estaban los directores de empresas vinculadas a la extracción de carbón en esa ciudad. Por fuera todo parecía más o menos legal, pero pronto se supo que Sovmedia planeaba comprar el carbón por debajo del valor de mercado. Pagaría cuatro dólares la tonelada —dinero a repartir entre “las partes interesadas”— y lo vendería a precio de mercado. Quien no accediese a firmar los acuerdos de la cúpula mafiosa, desaparecía o se suicidaba.

Bajo estas tensas circunstancias se celebró una reunión urgente entre los directores de las minas y los fundadores de Strek North LLC en la que ésta acordó pagarles a aquéllos las pérdidas que tuviesen por vender por debajo del mercado. Voilà: el negocio criminal quedó legalizado y Strek obtuvo una licencia para exportar recursos estratégicos y carbón. Los dueños de la metalúrgica finesa Rautaruki, principal comprador extranjero de ese carbón, no lo adquirían directamente de los mineros de Vorkuta, sino a través de Sovmedia. No tenemos ni idea de adónde los tentáculos de ese pulpo se llevaban finalmente el carbón, pero está claro que acabó en el extranjero en perjuicio de los intereses económicos de Rusia; y el que se interponía no vivía mucho tiempo.

Estamos en 1990, pero la URSS no se disolvió oficialmente hasta el 26 de diciembre de 1991. Antes de que el país estuviera oficialmente muerto, el esquema general de su saqueo ya estaba organizado. Así, pues, los excesos de los 90 no fueron el desafortunado resultado caótico de un capitalismo salvaje sin regulación, ni la inevitable consecuencia de superar el comunismo: quienes dirigían el país ya sabían exactamente cómo iba a funcionar la economía en los 90 porque ellos crearon el sistema cuando la URSS aún estaba técnicamente viva. Según la fábula popular, Yeltsin y otros prebostes, al ver la abundancia en los supermercados de EE.UU., decidieron que los rusos deberían tener lo mismo. También se cuenta que la URSS tenía problemas económicos que hacían necesarias importantes reformas de mercado o incluso el fin de la Unión Soviética. Pero cualquiera entiende que el fraude sobre el carbón de Vorkuta no fue consecuencia ni de la falta de tiendas de comestibles ni de las colas para comprar neveras: era un sistema diseñado para enriquecer a quienes lo crearon. Que los finlandeses se negaran a comprar directamente a las minas significa que estaban al tanto de la estafa, y probablemente se llevaban también una tajada. Así que la preocupación de los mineros por este fraude estaba más que justificada, y al final resultaron los grandes perjudicados. En este vídeo puede verse qué aspecto tiene hoy Vorkuta.

La explicación que suele ofrecerse para este paisaje desolador —que parece sacado de la película Stalker— es que Vorkuta no era “económicamente viable”, pero hemos visto que todos los que tramaron su ruina —y que con ese desfalco se compraron áticos y yates— ya sabían que la ciudad acabaría así. Estas prácticas, y no el mercado o la economía corrigiéndose a sí mismos, fueron las que mataron a la URSS. Cierto es que los mafiosos no la destruyeron solos, sino en busca del “sueño americano” y en colusión con Occidente, pero ellos aceptaron el trato por pura codicia y conveniencia, de modo que suya es la mayor culpa.

Mijaíl Kruglits, que fue jefe del Ministerio de Comercio de la república autónoma de Komi, describió sus días al frente del Komsomol local con las siguientes palabras:

Llegado el momento de empezar a trabajar con el Komsomol del distrito, acepté. Luego me trasladé al departamento regional. Allí había más perspectivas. Viajaba a menudo por negocios a Leningrado. Uno de mis compañeros de clase ya era director de una tienda de vinos y aguas, se había comprado un buen apartamento y se pegaba la gran vida. En 1986 empezaron los famosos “programas de negocio” del Komsomol y, como director regional, empecé a organizar iniciativas juveniles. En 1989 creamos la Oficina de Información Comercial, que dirigía Ígor Turkin. Buscábamos inversores fuertes para llevar a cabo programas gubernamentales. Trabajábamos con clientes como Gluzman.

En 1986, al Komsomol se le permitió abiertamente empezar a hacer negocios privados. En vista de cómo terminó todo —véase Vorkuta— tiene sentido pensar que la nomenklatura preparó su propio porvenir con mucha antelación gracias a dicho privilegio. Los inversores de los que habla Kruglits estaban en las empresas emergentes del Komsomol.

El trabajo no era aburrido, ni mucho menos. A menudo viajábamos por negocios a Europa… aunque todo terminó de forma bastante cutre. Sabemos cómo acabaron las cosas con Gluzman. Turkin vive ahora en Londres. En 1996 monté mi propia cadena de tiendas, y un conocido mío en Ujtá [una ciudad en Komi] que para entonces se había convertido en distribuidor de una planta de procesamiento de carne me propuso que nos asociáramos. La verdad es que no me entusiasmaba mucho la idea. Cuando estábamos en el Komsomol, nuestros productos eran limpios, los negocios eran honestos, no teníamos responsabilidades y todo era agradable. Ahora… todo estaba podrido de arriba abajo. Al cabo de dos años el negocio fracasó, como siempre ocurre cuando no hay suficiente dinero para repartir. Ni que decir tiene que [mi socio y yo] nos separamos mal, aunque al menos no nos pegamos un tiro; eso siempre es positivo. […] En la primavera de 1998 empecé a trabajar solo, sin socio, y fue duro. Casi no dormí durante dos meses y me mantuve a duras penas, aunque para los clientes de mis tiendas nada cambió.

He aquí alguna información sobre esos Igor Turkin y Gluzman que menciona Kruglits:

En 1992, por iniciativa del […] presidente del sóviet de Komi y del ex vicepresidente del gobierno de Komi se registró en Luxemburgo la empresa Komilux, creada para recibir los fondos procedentes de contratos de exportación. La mayor parte de esos fondos provenía de las ventas de petróleo, cuya producción en esa república monopolizaba Komineft.

Las gestiones para la creación de Komilux corrió a cargo de Ígor Turkin (alto cargo en el Consejo de Ministros de Komi, ahora ciudadano británico y copropietario de una empresa alemana) y Borís Gluzman (expresidente del consejo del Banco Euroasiático del Norte, actualmente ciudadano de Israel, donde ha cumplido condena por extorsión). Extraoficialmente el proyecto estaba supervisado por Serguéi Kublitski y Víctor Zajárov, representante de LUKOIL-Neftegazstroy y muy allegado de Román Abramóvich (oriundo precisamente de Ujtá, en Komi).

Komilux existió hasta 1997. Con el dinero acumulado en sus cuentas se adquirió una fábrica de pinturas en Croacia y una de muebles en Holanda, empresas que sirvieron de “compensación” para el liderazgo de Komi durante la adquisición de Komineft por parte de LUKOIL.

Así que los conocidos de Kruglits en su época del Komsomol —esos peces gordos e inversores generosos— conducen directamente al círculo íntimo del mismísimo Román Abramóvich, conocido e influyente oligarca ruso [de origen judío] que también es oriundo de Komi. Esos potentados no viven en Rusia, pero gestionan negocios relacionados con el saqueo de los recursos naturales de Komi, y todos los ingresos son desviados al extranjero. ¿Por qué Komilux se registró en Luxemburgo? Es revelador ver que estas personas, que —vivan donde vivan— ostentan el verdadero poder en Rusia, se aseguraron de “compensar” a la vieja nomenklatura por los ingresos que perdió al venderles sus acciones de Komineft. Parece claro que la razón de ser de Komilux y la utilidad de registrarla en Luxemburgo era, precisamente, que esos influyentes rusos no tuvieran que aportar ni un rublo al presupuesto estatal.(4)

Pero volvamos a esas empresas anodinas de las que Yuri Mujin afirma —parece que con razón— que es donde realmente se concentra el poder en Rusia. A estas alturas, a nadie sorprenderá saber que la primera hornada de bancos en la FR también salió del Komsomol. Como cuenta Kruglits, los CJCT recibían patrocinio estatal y sus directores viajaban gratis a Europa. Gracias a esos centros, el Komsomol tenía libertad para comprar cualquier cosa en Europa (ordenadores, electrónica, ropa…) y revenderla en la URSS libre de impuestos en una época en la que no sólo la clase dominante, sino también los rusos de a pie adoraban Occidente y todo lo que viniese de allí. Aparte, aunque en la URSS la gente tuviese dinero, había pocas cosas en qué gastarlo. Por todo eso, el Komsomol podía vender dentro, con enormes márgenes de beneficio, todo lo que compraba fuera, además de servir de cobertura para quienes hacían negocios ilegales (tráfico de alcohol, p. ej.); eso, aparte de los ingresos procedentes del trabajo normal del Komsomol: fabricar muebles y ropa, o hacer proyectos de construcción.

Hablando de lo cual, una extendida leyenda mantiene que el motivo de conceder esos privilegios al Komsomol fue facilitar que los jóvenes se autofinanciaran —bajo control estatal, eso sí— para, ante la crisis de vivienda que se avecinaba, construir sus propias casas; pero yo sigo sosteniendo que fue el modo de asegurarse de que quienes dirigían el país continuaran al mando cuando llegase el momento de dinamitarlo. De hecho, les resultó muy práctico que los primeros bancos y sociedades anónimas de la FR salieran directamente del Komsomol. Así que conviene examinar con un poco de detalle de dónde salieron estas organizaciones:

A principios de los 90 ya había más de seiscientos CJCT en la URSS. No pagaban ningún impuesto al Estado, aunque debían contribuir con el 30% de sus ingresos a los fondos nacional o local para esos mismos CJCT; fondos, a su vez, gestionados por los consejos coordinadores de dichos centros y destinados al “desarrollo de la creatividad científica y técnica y a objetivos sociales” (en 1989, el flujo total de dinero que movieron esos fondos alcanzó los 1.500 millones de rublos). Y tras obtener el derecho a disponer de efectivo sin restricciones los CJCT se convirtieron en la cuna de la élite empresarial rusa, aparte de alimentar la inflación: el capital del Komsomol creció a pasos agigantados y en aquella época no había nada en qué gastarlo.

Lo que el autor quiere decir con “sin restricciones” es que no había un límite en la cantidad de dinero que los CJCT podían retirar de sus cuentas para pagar los bienes, servicios o mano de obra que necesitaran. Por contraste, las empresas estatales —o sea, todas— tenían prohibido pagar a sus empleados, en concepto de horas extra o trabajo adicional, más del 50% de su salario base. Continúa la cita:

Las comunidades juveniles se reservaron para sí mismas, en los años 90, un estatus muy lucrativo como intermediarias.

El punto de inflexión en el negocio del Komsomol ocurrió justo antes del colapso de la URSS, cuando el 12 de marzo de 1990 se celebró en Moscú la conferencia fundacional de una unión que englobaría a los CJCT, a las pequeñas empresas de capital-riesgo y a las empresas innovadoras de la URSS. […] En el transcurso del debate, quedó claro que los centros juveniles no cumplían en absoluto con su nombre: solo el 17% de las asociaciones se dedicaban a actividades productivas y científicas; el resto se especializaba en intermediación a pequeña escala. No todos supieron salir de ese brete, pero los CJCT que mejor se movieron acabaron recibiendo la mayor parte de la industria rusa. Así, al poseer su propio capital y haber establecido relaciones comerciales con el liderazgo del país, esas asociaciones comerciales juveniles se aseguraron oficialmente el lucrativo estatus de “intermediarias”. En cuestión de meses, en la URSS apareció una red de mercados de materias primas, compraventa de valores y otras plataformas de intercambio creadas a partir de los CJCT.

El siguiente paso era casi obligado: el país necesitaba desesperadamente un nuevo sistema de instituciones crediticias. Los miembros del Komsomol dieron un golpe de efecto: el capital acumulado por los fundadores de esas plataformas de negociación se convirtió en la base de decenas de bancos. Por lo general, surgían como filiales de empresas exitosas. Ejemplo: a partir de un CJCT nació el conocido MENATEP, que eventualmente solicitó un préstamo al banco Zhilsotsbank, pero como éste no estaba autorizado a conceder préstamos a un mero centro de creatividad, sino sólo a otro banco, MENATEP se registró como una “explotación subsidiaria” del CJCT para poder recibir préstamos sin obstáculos.

El desarrollo posterior del capitalismo del Komsomol estuvo marcado por los numerosos escándalos de la ola de privatizaciones de Chubais. Los bancos recién nacidos usaron sus fondos para pujar en las llamadas “subastas de préstamos por acciones”, donde fueron vendidas las mayores empresas rusas [por una fracción ridícula de su valor real. N del T]. Los ganadores de estas subastas son ahora conocidos por todos: la revista Forbes los incluyó en su famosa lista de las personas más ricas de Rusia.

Así que a principios de los 90, antes de que la URSS desapareciera oficialmente, el Komsomol ya estaba facilitando la actividad económica oficial y extraoficial. Luego, cuando se crea la FR, el Kremlin simplemente formaliza lo que ya existía, desmantela las redes de protección social que amparaban a la población y elimina las restricciones legales que limitaban la capacidad de saqueo y robo que tenía la nomenklatura. Fueron esos bancos incipientes los que aportaron el capital al sistema malvelsador del que surgió lo que hoy conocemos por oligarquía “rusa”(5), sistema cuyo principal arquitecto fue Vladímir Potanin, un hombre que empezó su carrera en el Komsomol (cómo no) vendiendo carísimas máscaras decorativas. Probablemente también actuaba como intermediario y gestionaba múltiples negocios paralelos con absoluta discreción. Un artículo generoso con él describe así su papel en el sistema de préstamos por acciones:

A mediados de los 90 Potanin organizó unas famosas subastas bajo el concepto de “préstamos a cambio de acciones”, gracias a las cuales un puñado de empresarios se hicieron con las mayores empresas industriales de Rusia a precios de ganga. Ahora Potanin lidera esta evolución gradual. Fue uno de los primeros magnates rusos en dedicarse a labores filantrópicas [así las adjetiva el artículo, sin ruborizarse; la negrita es mía. N del T] a principios del siglo XXI, y trató de ganar prestigio en Occidente donando un millón de dólares anuales a la Fundación Guggenheim.

Su padre, un clásico de la nomenklatura, fue representante del comercio exterior de la URSS en varios países. En última instancia, esos préstamos a cambio de acciones tenían por finalidad conseguir dinero para la campaña de reelección de Yeltsin en 1996: los bancos surgidos del Komsomol se lo proporcionaban a cambio de recibir acciones de empresas estatales. En cualquier caso, lo más importante es que nada de esto fue accidental. Alexander Ershov, doctor en historia, escribe:

La historia de los últimos años del Komsomol es la del surgimiento de los empresarios y funcionarios de la ola Yeltsin. Los demócratas [se refiere a los políticos reformistas, como el propio gobierno Yeltsin. N del T] confiaban más en ellos —menos adoctrinados pero con experiencia real en la gestión— que en los viejos funcionarios soviéticos.

Ershov señala correctamente que la mayoría de los miembros del Komsomol no se convirtieron en oligarcas, y ni siquiera se hicieron particularmente ricos en los 90, pero no puede dudarse que la primera generación de oligarcas “rusos” salió directamente del Komsomol a través de sus bancos, sus mercados de intercambio y el privilegio del efectivo sin restricciones. También es muy importante esa percepción de los exmiembros del Komsomol como “democráticos” y “menos adoctrinados”: la gente corriente —sobre todo, la juventud— confiaba más en ellos.

La URSS, durante la perestroika, estuvo básicamente haciendo propaganda continua contra sí misma. Como la nomenklatura quería liquidar el país, tenía que intentar convencer al pueblo de que la URSS estaba abocada al fracaso. No lo consiguió: cuando la cuestión fue sometida a referéndum, la inmensa mayoría de los ciudadanos votó por preservar la Unión(6). Pero la nomenklatura no era una panda de perfectos idiotas: como sabían que la campaña de descrédito nacional dañaría su propia imagen, se aseguraron de que la organización en la que sus hijos actuaban como directores fuera percibida como guay, democrática y menos adoctrinada: si los campesinos y la plebe piensan que somos unos carcas, hagamos al menos que nuestros hijos parezcan molones y emprendedores. Así, cuando llegue el momento de dinamitar el país, ellos tendrán toda la pasta (bancos, los mercados de valores, etc.)

Hay que admitir que, por parte de la clase dominante de un país que quiere liquidarlo y que necesita asegurarse seguir en la élite del estado que surja después, no deja de ser ingenioso. El ejemplo del carbón de Vorkuta que hemos visto pone de relieve un entramado que no habría sido posible sin la aprobación de Moscú al más alto nivel, lo cual confirma que la propia nomenklatura manejaba los hilos del Komsomol. Es decir, esa imagen guay, democrática y no dogmática era parte de una farsa para hacer que la gente confiara en las instituciones que surgían de ellos. Y ciertamente se esforzaron por aparentarlo. Estrecho asociado de Potanin fue un tal Serguéi Lisovski:

En su web, Serguéi Lisovski se nos presenta como pionero en publicidad sociopolítica y experto en tecnologías electorales modernas. Fue el productor general de la campaña juvenil “Vota o pierde” y convenció a los jóvenes para que participaran en las elecciones y votaran a Yeltsin, un candidato que antes, a la juventud, le traía totalmente sin cuidado. Próspero hombre de negocios, tres veces senador, Lisovski dice debérselo todo al Komsomol.

Cuando los miembros del Komsomol, que conocían todo este sistema, trajeron el mercado a esta sociedad cruel, donde cada uno va por libre, estaban naturalmente mejor preparados para la dura lucha.

Serguéi Lisovski era pinchadiscos en todas las fiestas del Instituto de Ingeniería Radiofónica hasta que le ofrecieron ser instructor del Comité de Distrito Bauman del Komsomol. […] En 1987 registró el “Centro Juvenil de Ocio”. Al igual que los CJCT, podía manejar dinero en efectivo y fijar tanto los precios de las entradas como sus propias tarifas para los artistas. Alla Pugachova(7) cobraba normalmente 36 rublos por concierto, pero cuando actuó en el estadio olímpico Lisovski le pagó 1000 rublos.

También se hizo con la discoteca más popular de Moscú, con un club nocturno, un canal de televisión y una agencia de publicidad y conciertos; y todas ests gallinas le ponían huevos de oro.

Esa reseña sobre Lisovski debería ser más que suficiente para demostrar que la imagen progre del Komsomol no era más que una operación dirigida desde arriba para crear artificialmente apoyo popular y que los ingenuos rusos de a pie confiaran en sus instituciones financieras o votaran por Yeltsin cuando el pinchadiscos del Komsomol se lo dijo. El antisovietismo, y especialmente el antiestalinismo, eran sellos distintivos de la propaganda de Yeltsin, y esa propaganda la hacían miembros del Komsomol. Fiódor Lisovski, padre de Serguéi (conocido sobre todo por sus trabajos en física e ingeniería radiofónica, y al parecer tiene, en efecto, una obra enorme y muy respetable en esas materias), fue también fue jefe del comité regional del partido en Moscú entre 1987 y 1989… justo cuando su hijo empezó a dirigir el moderno y cool centro juvenil regional del Komsomol.

Otros famosos personajes que empezaron en el Komsomol fueron los infames mercaderes Mijaíl Fridman, Mijáil Khodorkovsky y la ucraniana Yulia Timoshenko.(8)


En resumen: el Komsomol tenía privilegios que sirvieron a sus miembros —e hijos— para convertirse en los gobernantes del Nuevo Orden Corrupto que surgiría al abolir el anterior; la URSS se depuso por sí sola, sin ayuda de nadie; y el Komsomol fue necesario para garantizar que siguieran al mando las mismas personas, pero aún con más poder y privilegios, a resultas de lo cual sus ciudadanos de a pie salieron peor parados que antes.

Cabe, por último, mencionar que hubo pocos entre la geunina nomenklatura soviética que se hicieran después famosos oligarcas en la FR. Los más notorios son o bien “dinero nuevo”, o bien salidos directamente del Komsomol. Pero esto no significa que dicha “genuina nomenklatura” se quedase en la calle: al fin y al cabo, el objetivo principal del Komsomol era garantizar que el estado profundo de la FR estuviera compuesto por las mismas personas que dirigían el estado profundo soviético de Gorbachov.


1 Kommunisticheski soyuz molodyozhi: Unión Comunista de la Juventud.

2 Por eso a Yeltsin no le hizo ninguna gracia el bombardeo de Yugoslavia, aunque no se atreviera a desafiar abiertamente al “amigo americano” ayudando a los serbios en modo efectivo alguno. En realidad, todo el conflicto entre Occidente y Rusia se resume en que Rusia quiere ser más intocable dentro del sistema global.

3 Una de las varias —como la propia Rusia— que conforman la Federación Rusa (FR).

4 Los pesos pesados del Komsomol de Komi estaban, pues, metidos hasta el cuello, mucho antes de que la URSS estuviera clínicamente muerta, en los planes para saquear y empobrecer la república; y esta dinámica abarca a todo el país.

5 El entrecomillado de este adjetivo es un guiño que el autor hace a los lectores que están al tanto de que, en realidad, gran parte —si no la mayoría— de esos oligarcas son judíos, no auténticos rusos eslavos

6 Aunque la campaña de autodesprestigio había —lógicamente— desacreditado también a las élites, éstas lo compensaron parcialmente al fomentar, con mucho éxito, el separatismo en algunas repúblicas étnicas minoritarias; pero ésa es otra historia.

7 Alla Pugachova, diva pasada de moda, se mudó a Israel —ella es judía— al comenzar la intervención militar en Ucrania, y no para de llamar “esclavos estúpidos” a los rusos, por contraste con los dignos ucranianos; y aun así, cuando estuvo en Moscú para un asunto privado, el portavoz oficial de Putin le besó la mano.

8 Fridman regentó un centro de diversión juvenil llamado Strawberry, pero como buen judío les pagaba muy poco a los intérpretes, al contrario que el más generoso Lisovsky. Khodorkovsky hizo una fortuna vendiendo electrónica de Occidente en Rusia y lavando dinero a finales de los 80. Timoshenko vendía películas occidentales de contrabando en sus días del Komsomol, incluyendo porno.

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