El “porno nuclear”

La mayoría de la gente medianamente informada está de acuerdo en que es el Gran Capital quien, básicamente, dirige el mundo. Con algunas excepciones, creo que podemos asumir esta idea como verdadera. Aquellos aún mejor informados pueden ir un poco más allá y señalar una serie de individuos o instituciones que ocupan la cúspide de la piramide: apellidos como Rockefeller, Rothschild, Du Pont, Bush, Morgan, o fondos de inversión como Black Rock, State Street y Vanguard, por nombrar sólo unos pocos, resultan muy familiares a los ciudadanos más al tanto de temas políticos y económicos. Estas familias y sus conglomerados poseen sabrosos paquetes de acciones -cuando no la totalidad- de las corporaciones más importantes del mundo en sectores clave como la energía, petroquímicas, medios de comunicación y audiovisuales, banca, industria armamentística, informática, farmacéuticas, fertilizantes, etc. De este modo, multinacionales como Exxon Mobile, Shell, Texaco, JP Morgan, Citigroup, Wells Fargo, BNP, Monsanto, Ratheon, Pfizer, Bayer, así como muchos otros bancos, compañías petroleras y todo tipo de empresas producen astronómicos dividendos a unas pocas docenas de sagas multibillonarias. Semejante riqueza les permite, a su vez, controlar -si no poseer directamente- las más importantes productoras de cine, redes sociales, plataformas de contenidos online, periódicos e incluso todo tipo de instituciones gubernamentales y no gubernamentales a lo largo y ancho del mundo, aunque sobre todo en Occidente: Neflix, Disney, la industria propagandística de Hollywood, Amazon, Microsoft, Facebook, Google, Yahoo, el New York Times, el Washingtong Post, el Wall Street Journal, la OMS, el foro de Davos y un largo etcétera. Con esas cantidades de dinero, poder e influencia, esas élites se hallan en posición de controlar el mundo, quizá con las salvedades de China, tal vez Rusia, y un puñado de países económica y políticamente irrelevantes.

* * * *

Desde que Rusia lanzó su Operación militar especial sobre Ucrania ha comenzado a extenderse la tendencia, prácticamente en todos los medios de comunicación y también por parte de periodistas, analistas, blogueros, escritores, influencers y demás gente independiente, a mencionar en sus contenidos una potencial (¡o inminente!) tercera guerra mundial que derivaría en desastre termonuclear. Estoy seguro de que muchos de ellos, sobre todo entre los independientes, expresan su sincero temor a que tales eventos, especialmente el segundo, puedan llegar a ocurrir. Pero es bien sabido que no hay forma de conseguir más clics para un artículo o vídeo que incluir en él las palabras “guerra mundial” o “bomba atómica” en letras bien grandes. Incluso los particulares que no elaboran tales contenidos, sino que simplemente “clican” en ellos, no suelen dudar en compartirlos, contribuyendo así de modo decisivo a su popularidad.

Esto es a lo que yo llamo porno nuclear. La naturaleza humana es tal, que la sangre, la violencia y su expresión más exacerbada: la guerra, funcionan en nuestro cerebro igual que la pornografía. El mecanismo psíquico que nos hace fijar la mirada en un almanaque lleno de señoritas ligeras de ropa es el mismo que hace a los conductores reducir su velocidad cuando pasan junto a un reciente accidente de automóvil: no por un repentino mor de la seguridad vial, sino por si acaso atisban algún cadáver calentito o una mancha de sangre fresca tiñendo el asfalto. Lo que vengo a decir con esto es: ¡cuidado con los alarmistas! La mayoría o una enorme cantidad de ellos sólo buscan invitarlo a “clicar” en sus publicaciones para sacarles más rendimiento.

* * * *

Y ahora, volviendo al Gran Capital… ¿de verdad piensa usted que los Rothschild y los Morgan, las Ratheon y las Bayer, van a renunciar de buen grado a sus colosales ganancias por el prurito de derrotar a Rusia o defender a Zelenski? Si se produce una guerra nuclear, todos quedamos incinerados; e incluso si esos sujetos obscenamente ricos no mueren instantáneamente (sea por sus -supuestos- búnkers a prueba de radiación, mansiones fortificadas o lejanas islas en el Pacífico), todo lo que les genera sus ganancias dejará de existir. Ya no tendrán más beneficios billonarios, ni sirvientes para segarles el césped, camareros para sus clubs privados, empresas que den réditos, pistas de aterrizaje para sus jets privados, óperas a las que asistir, Tiffany’s en los que desayunar… Nada. Piense en ello un minuto: si sólo con chascar los dedos pueden esas élites cambiar gobiernos, destronar monarcas, modificar políticas, promover tratados y leyes, traer epidemias, desatar conflictos armados, provocar crisis económicas, impulsar golpes de estado, cambiar mentalidades, manipular a las naciones y a las gentes… ¿no han de poder estorbar una guerra nuclear? Creer esto supondría, en mi opinión, una notable inconsistencia. Cualquiera que admita el inmenso poder del Gran Capital no puede -pienso yo- al mismo tiempo creer en que vaya a tener lugar el temido holocausto radioactivo. Lo que debemos hacer, me parece a mí, es intentar no dejarnos inducir el miedo ni el pensamiento, a la vista de una siniestra nube hongo como fondo de un artículo, de que tal cosa es una posibilidad real. Ignoremos esos escalofriantes señuelos. La guerra nuclear no va a llegar; al menos, no a causa del conflicto en Ucrania.

Categories: Opinión | Leave a comment

La colonización cultural

Lo que vengo a exponer en este artículo trae origen en una curiosidad, en una observación casual que hice cuando estuve visitando Georgia: al caminar por las calles de Tbilisi o de Kitaisi me di cuenta de que muchas mujeres no usaban sostén. Como acababa de estar en otros tres países europeos y en ninguno de ellos había advertido nada por el estilo, lo primero que pensé fue que quizá se trataba de una costumbre regional. Yo había llegado a Georgia sin tener la más remota idea del tipo de sociedad que me encontraría, y estaba por tanto mentalmente preparado para cualquier cosa; aunque debo confesar, por cierto, que al salir de allí cinco semanas más tarde no había hecho grandes progresos en ese sentido: dada la considerable diversidad étnica que hay en Georgia y la plétora de países cuyos turistas la visitan, se me hizo muy complicado distinguir entre nacionales y extranjeros. El surtido origen de las gentes del Cáucaso se mezcla en ese país con el batiburrillo de visitantes turcos, musulmanes, asiático-orientales, eslavos, judíos y europeos hasta el punto de que, si no fuera por el característico alfabeto georgiano presente en letreros, carteles y anuncios por todas partes, sería muy difícil saber en qué lugar del mundo encuentra uno.

(Como nota curiosa, hay sin embargo un fenotipo muy peculiar que se manifiesta en muchas georgianas; es un parecido de familia entre ellas, un algo en sus facciones -la nariz, los ojos, las orejas y la boca- que, una vez detectado, resulta signo inequívoco de su nacionalidad o, al menos, de un ascendiente común. Debe de haber habido, en algún momento de la historia de Georgia, un donjuán excepcionalmente exitoso, un vigoroso semental o un violador implacable que sembró sus genes en cientos de vientres de la población autóctona.)

El caso es que, algunos días después de haber observado esa peculiaridad en el vestir del sexo débil (o, más bien, en el no vestir), empecé a preguntarme si no sería una moda más que una costumbre; aunque, si tal era el caso, me extrañaba no haberlo observado antes en Occidente, que es donde surgen las tendencias que luego se exportan al resto del mundo. Desde luego, bien podía ser que lo de no llevar sujetador fuese una novedad con origen en Georgia, pero no sé por qué se me hacía a mí que salir a la calle sin sujetador no era el tipo de iniciativa con mucha probabilidad de aparecer en una pequeña sociedad ortodoxo-musulmana en el corazón del Cáucaso. Como explicación alternativa, cabía la posibilidad de que esa novedad hubiese nacido, en efecto, en las pasarelas de París o Nueva York pero que las féminas de Georgia la hubiesen adoptado antes incluso que el propio Occidente. Al fin y al cabo, este tipo de países periféricos son a veces los primeros que, en su afán por ser vistos como modernos, progresistas y liberales, aceptan con entusiasmo cualquier idea, por peregrina que sea, que salga de las factorías de ingeniería social del occidente colectivo. Y todos sabemos lo ansiosos que están los georgianos por ser considerados europeos.

Pero aparquemos de momento aquíe esta curiosidad y vayamos a otras dos que observé, también en Georgia, respecto a la apariencia exterior, al aspecto decorativo, de la gente que vi por la calle: por un lado, los tatuajes y piercings, y por otro las prendas rotuladas. En cuanto a los primeros, me fijé en que son sumamente populares, más en las mujeres que en los hombres, y menos en los mayores que en los jóvenes. Elementos, se entiende, al estilo del que se lleva actualmente en cualquier país occidental; o sea que no hablo del clásico y burdo tatuaje de ex-presidiario, zarcillo herencia de un pasado turco ni perforación de tribu mongola, sino al modo contemporáneo, como los que exhibe uno de cada dos viandantes, entre quince y cuarenta años, en Europa o en América; es decir -y claramente en este caso- una moda importada del “primer mundo”.

En cuanto a las prendas rotuladas… bueno, este tema lleva llamándome la atención desde que era joven: en casi cualquier país del mundo, cuando una prenda -normalmente una camiseta o una gorra- tiene letras o palabras grabadas, en nueve de cada diez ocasiones éstas están escritas en inglés o pertenecen al mundo anglosajón. Aunque cuatro de cada cinco georgianos (y esto vale para marroquís, hispanos, tailandeses, japoneses, polacos, rusos…) no habla o ni siquiera entiende inglés, la mayoría de los rótulos que vemos impresos en la ropa vienen en este idioma; lo cual no tiene, en principio, el más mínimo sentido: ¿por qué habría un fulano de comprarse una camiseta rotulada en un idioma que ni él mismo entiende, habiendo otras en la lengua propia o, en su defecto, con bonitos dibujos sin texto? Bueno, pues existe una razón: la de que el comprador de esa prenda intenta -aun no siendo consciente de ello- dirigir a los demás un mensaje; un mensaje que no siempre es, paradójicamente, aquél que viene impreso en la camiseta de marras (bobadas sin sentido, con frecuencia), sino el de que el portador se considera un ciudadano contemporáneo, moderno, “internacional”. (¡Como si ser moderno fuese algún tipo de virtud!, cuando -en mi opinión- las más de las veces sólo evidencia un complejo provinciano.) Y otro tanto puede decirse de muchas tiendas, restaurantes, comercios, negocios y productos de todo tipo que, fuera de los países angloparlantes, se bautizan con palabras inglesas. Georgia no es una excepción a este fenómeno. Si quiere el lector entretenerse un momento, ponga la palabra “gorra” o “camiseta” en un buscador, vea las imágenes que se le muestran como resultado y dígame cuántas están en ruso, en hindi, en chino o en español.

 

“¡El cosmopolitismo!”, dirá alguno. “Es para que todos puedan entenderlo, ya que el inglés es el idioma universal de hecho.” ¿De veras? Si yo quiero llegar al máximo número de receptores con el -a menudo perfectamente absurdo- slogan impreso en mi camiseta, ¿no será mucho más eficaz que dicho eslógan esté en español, entendido por todos los españoles, que no en inglés? No, no se trata de maximizar el número de receptores del mensaje: se trata de que el mensaje es otro; no lo que dicen las letras de mi gorra de béisbol, sino lo que yo digo poniéndome esa gorra.

Permítanme otra breve digresión sobre esta colonización del inglés que sufrimos. Cuando viajo suelo escribir un pequeño diario, a cuyo efecto siempre intento comprar, sobre la marcha, algún cuaderno de notas que, a ser posible, tenga una portada con motivos o palabras del país que estoy visitando. ¿Puede usted creer que, a veces, me ha sido totalmente imposible encontrar un tal cuaderno en ninguna tienda? Recuerdo en concreto los casos de Polonia y Japón, donde las portadas de todos los que pude ver o bien no tenían ningún dibujo o estaban rotulados en inglés, o con dibujos o fotos propios del mundo anglosajón; pero nada que perteneciese al idioma o la cultura nacionales. Interesante, ¿no es cierto? ¿Se imagina un británico o norteamericano ir a comprar un cuaderno a la papelería de la esquina y que todo lo que encuentre esté rotulado en chino, español o ruso?

Hay una última observación que hice durante mi viaje a Georgia: la religion vegetariana ha echado raíces ahí también, pues en sus ciudades no hay escasez de restaurantes de ese tipo. Y puede uno apostar el cuello a que el rechazo a la carne, el pesacado o los productos lácteos no es una invención georgiana. Esa idea les ha llegado de Occidente.

Después de Georgia, mi siguiente parada fue Bielorrusia. Ya sabe: esa autocracia rusoparlante que vive de espaldas a Europa y está gobernada desde hace treinta años por un déspota de mente cerrada y enemigo del progresismo. Pues bien: cuando me pongo a caminar por las calles de Brest, ¿qué es lo que advierto? Que muchas mujeres tampoco llevan sostén. Esto, desde luego, me hizo descartar la hipótesis previa de la “costumbre local” que barajé estando en Georgia, y concluir que se trataba, ya sin lugar a dudas, de una moda de más extenso alcance. Así que me fui al ordenador, hice una búsqueda y… ¡eureka!: resulta que ir sin sujetador es la última tendencia femenina en el año 2022. Y desde luego no se trata de una moda como otra cualquiera, sino que es bastante audaz, por decirlo suavemente; una que, además, transmite -o así lo leo yo- un mensaje especialmente progresista o feminista: una idea al estilo de “Sacudámonos la opresión patriarcal y dejemos que nuestras tetas hablen por nosotras”.

30+ Hot And Sexy Braless Girls - Barnorama

Y junto con esta moda también observé en Bielorrusia la misma proliferación a que me he referido arriba: piercings y tatuajes, así como prendas, negocios y productos de todo tipo, tanto nacionales como importados (incluso de Rusia), rotulados en inglés. Del mismo modo abundan allí los lugares de comida vegetariana, muy populares entre los jóvenes acólitos de la Iglesia Verde.

Ahora bien, Bielorrusia no es Georgia, ¿verdad? El gobierno bielorruso no anhela (al menos oficialmente), como el georgiano, incorporarse a la Unión Europea ni a la OTAN, ni está dispuesto a rechazar la cultura propia para sustituirla por la occidental; razón por la cual me resultó incluso más chocante que en Georgia encontrar una sociedad visiblemente propensa a adoptar los estándares de consumo y las desinhibidas modas occidentales; una sociedad, en suma, culturalmente más colonizada de lo esperado. Y me atrevo a suponer que en Rusia ocurre exactamente igual, siendo Bielorrusia, en cierto modo, una especie de “extensión” de su vecino mayor.

Estas dos experiencias recientes me han inspirado la reflexión que constituye el objeto último de este artículo, y que es la siguiente: Rusia puede ganar la guerra militar que libra contra la OTAN sobre suelo oficialmente ucraniano; Vladimir Putin puede hablar todo lo que quiera sobre religión o valores tradicionales y promulgar todas las leyes que vea oportunas para preservar el patrimonio cultural ruso, proteger la iglesia ortodoxa, la familia y los niños, sujetar con rienda corta a la mafia transgénero, evitar la inmigración indiscriminada y mantener la política de Moscú a salvo del lobby verde; Lukashenko puede gobernar su país con mano de hierro; los países del BRICS pueden lograr crear un nuevo polo de poder mundial, descabalgar al petrodólar y acabar con la hegemonía norteamericana… pero la colonización cultural del mundo por EE.UU. es una realidad, quizá irreversible; una empresa que las industrias del mercado y de los mass media norteamericanos acometieron hace bastantes décadas y que no ha encontrado oposición desde entonces. Simplemente no han tenido competencia alguna. Y esta es acaso, mucho más que la militar o económica, la principal amenaza para todos esos nobles objetivos que Putin dice perseguir, porque con la colonización cultural puede finalmente llegar -y seguramente lo hará- la victoria decisiva del globalismo, pese a todos los supuestos esfuerzos de determinada sociedad para mantenerse alejada de él.

No puede negarse, creo yo, que la moda es un ingrediente esencial de la cultura, que a su vez puede identificarse con las tradiciones. La historia nos proporciona no pocos ejemplos de sociedades que comenzaron aceptando y asimilando los hábitos de comer, vestir, adornarse, u otras manifestaciones de una cultura foránea dominante y acabaron “comprando” el paquete completo de sus costumbres, opiniones y valores.

A principios del siglo diecinueve la sociedad española era muy tradicional. Pese a su victoria sobre las invasiones napoleónicas, una vez que se expulsó a los intrusos la población comenzó a adoptar las modas francesas, no sólo en el vestir sino cada vez en más ámbitos a medida que pasaban los años. Europa era, ya se sabe, una civilización “culturalmente superior”. Dos o tres décadas más tarde los españoles se habían tragado ya la mayoría de los valores franceses, lo que hizo, a su vez, que la política en España cambiase drásticamente. Y ese fenómeno de la absorción de costumbres foráneas continúa. ¿Quién habría imaginado, hace sólo tres décadas, que en España íbamos a acabar celebrando Halloween, una fiesta tan absolutamente ajena a nuestra cuna católica, a nuestro propio folclore y herencia cultural?

Con esto no quiero decir que haya nada intrínsecamente “malo” en las modas, en los hábitos alimenticios o en las producciones de televisión extranjeras, ni que las sociedades deban aislarse del resto del mundo y rechazar toda influencia cultural extraña. Me limito a hacer constar el hecho de que todas estas influencias tienen, al final, un fuerte impacto en los valores y prioridades de un pueblo; tanto más cuando, como es el caso de los medios de comunicación prevalecientes, las redes sociales, el cine, el vegetarianismo o el no llevar sostén, se han diseñado con el objeto de diseminar determinados mensajes y creencias sobre cómo debe vivirse virtuosamente. Y esto, al fin y a la postre, no puede sino acabar en cambiar la sociedad objeto; o, dicho de otro modo, en una mayor colonización cultural.

Y en el mundo actual, donde ya no hay barreras a la comunicación ni al transporte, es más fácil que nunca que se dé este fenómeno. Además, conviene notar que el flujo de la moda ha sido unidireccional durante las últimas ocho décadas: se originan en Occidente (sobre todo en EE.UU.) y viajan hacia el resto del mundo. Casi nunca sucede a la inversa. Esta es la razón por la cual, a nivel global, no se ven camisetas rotuladas en ruso por doquier, ni franquicias japonesas en cada esquina, ni películas argentinas en cada sala de cine ni gazpacho en todos los supermercados del globo como sí se ve la Coca-Cola, pese a ser aquélla una bebida vegan-friendly y ésta no. El intercambio cultural no es multidireccional, sino que viene sólo de un lado. Las creencias, actitudes, ideas, modos de pensar, etc., promovidos por Occidente son ubicuos: en todos y cada uno de los anuncios, revistas, películas, documentales, series, comestibles, portadas de cuadernos, envoltorios, gorras, camisetas, etc., y no digamos en las redes sociales, hay algún mensaje, abierto o subliminal, que el mundo entero puede ver, percibir y en última instancia absorber, aunque sea de manera subconsciente. Y tras dichos menasjes hay una maquinaria profesional, muy especializada y efectiva, con décadas de experiencia, bien subvencionada y engrasada.

Permítanme relatar otra pequeña historia. En uno de mis viajes, por pura suerte estuve pasando una semana en la tierra y entre los indios cree de Chisasibi, a las orillas de la bahía James, provincia canadiense de Quebec. Tuve ocasión de dormir en el improvisado teepee (tienda india) de una familia y de charlar varias veces con el organizador de la conmemoración que andaban entonces celebrando. Esto es más o menos lo que, en tono apenado, me contó:

Nuestra nación (los cree) recibe un montón de dinero del gobierno en ‘compensación’ por los espolios territoriales y la limpieza étnica del pasado. Además, se nos anima a practicar nuestro modo de vida tradicional, para lo cual nos dan importantes incentivos económicos, como viviendas, motonieves, autonóviles, combustible o electricidad gratuitos, a condición de que quien se apunte al proyecto se comprometa a permanecer aquí y continuar nuestras tradiciones, seguir cazando y pescando, criar algunos renos y continuar erigiendo teepees de vez en cuando. En suma, una vida libre y prácticamente gratis. Pero nuestros hijos lo rechazan. Prefieren hacer lo que ven en la tele, estudiar en Montreal o en Quebec, trabajar y vivir allí, en el sur. Algunos de nuestros jóvenes incluso se avergüenzan de su apariencia nativa: quieren SER blancos, parecer blancos, vestir y maquillarse como en la metrópolis, abandonar nuestro lenguaje, hablar sólo francés o inglés… Pese a todo el dinero que nos dan y las ventajas de vivir aquí, la juventud continúa emigrando; nuestra población declina y al final nuestra comunidad desaparecerá.

Esta fue una de las experiencias más reveladoras de mi visa, y un claro ejemplo de lo que hace la colonización cultural.

Por consiguiente, y volviendo al tema de Rusia, me temo que para preservar de modo efectivo sus valores y tradiciones es necesario mucho más que ganar la guerra en Ucrania u organizar un segundo polo de poder en torno al BRICS. La amenaza existencial a Rusia de la que tanto habla Putin no viene tanto de una hipotética agresión militar por parte de la OTAN, sino del hecho real de la colonización cultural. Y es en este terreno donde se debería librar la guerra, más que en el campo de batalla.

Huelga decir que yo no sé qué puede hacerse, si es que se puede y suponiendo, claro está, que se quiera hacer algo. Imagino que sería necesario algún tipo de contraofensiva cultural. Y con eso no me refiero a censurar las emisoras angloamericanas, prohibir los restaurantes vegetarianos, cerrar los McDonald’s o bloquear Facebook e Instagram, sino acometer un esfuerzo serio y a largo plazo para promover y reforzar lo que es ruso, proponer alternativas atractivas y plausibles, volver a la producción cinematográfica de calidad y que no sea una réplica de Hollywood, confrontar o directamente ridiculizar la basura woke de Netflix o Disney, apuntalar el orgullo nacional, explicar a la población lo esencial que es comer carne, educar a la ciudadanía para que valore lo que les es propio y tratar por todos los medios de superar el nefasto complejo de inferioridad que la mayoría de naciones no occidentales han albergado y nutrido desde hace muchos años. E igual cosa deberían hacer otros países. De lo contrario, al final las semillas del globalismo, el individualismo y el relativismo moral seguirán extendiéndose y creciendo hasta la definitiva desocialización (vale decir: deshumanización) de los pueblos, haciendo así estéril, para el supuesto propósito de proteger los valores y las tradiciones, cualquier victoria económica o militar.

Categories: Ensayo, Opinión | Leave a comment

Los topónimos foráneos

A la hora de referirnos a nombres propios y topónimos foráneos nos encontramos con un par de dificultades lingüísticas, la traducción y la transliteración, que responden a dos facetas diferentes de una misma cuestión.

La transliteración tiene que ver con el aspecto fonético, y básicamente consiste en tratar de escribir con el alfabeto propio el nombre o topónimo del idioma original de modo que se lea lo más parecido posible. Así, por ejemplo, el nombre anglosajón John se transliteraría en español como “Yon”, New York sería “Niu York”, y el país donde nació Yakira Kurosawa, que en su idioma se escribe 日本, se escribiría “Nihon” en español.

Por su parte, la traducción tiene un enfoque más semántico, suponiendo que en el caso de nombres propios y topónimos pueda hablarse de significados. A menudo, más que de la traducción de un nombre estaríamos hablando de su equivalencia. Un nombre propio foráneo sólo puede “traducirse” cuando exista en el idioma objeto uno etimológicamente equivalente. Por ejemplo, el mencionado John inglés sería el Juan español, pues provienen de la misma raíz (probablemente de un mismo y único personaje histórico), mientras que el Reijo finlandés no tiene equivalencia alguna en nuestro idioma. Con los apellidos es algo diferente, pues aunque muchos sí tienen un significado concreto (Smith en inglés y Seppanen en finés significan lo mismo que Herrero), en la práctica nunca se traducen. El caso de los topónimos es, en cambio, bastante distinto, pues rara vez encontramos equivalentes etimológicos o semánticos en el idioma objeto. No hay, por ejemplo, ninguna palabra española que tenga nada que ver con London, y además este topónimo no representa concepto alguno más que el de la ciudad concreta a la que denomina. En cambio, el nombre autóctono de Japón, que como queda dicho es 日本 (nihon), sí que puede traducirse, y significa “origen del sol” (de aquí que a veces digamos “país del sol naciente” para referirnos a él.)

En lo que sigue, y para no extenderme demasiado, me centraré en los topónimos, que son el objeto de este artículo. Continue »

Categories: Ensayo, Opinión | 5 Comments

El camelo del Green new deal

Como auténtico ecologista que me considero desde la adolescencia -es decir, cuatro décadas antes de empezar a interesarme la política-, no creo que mucha gente pueda darme lecciones sobre qué significa amar la naturaleza y respetar el planeta. Salvo mi pecadillo venial de juventud, que consistió en haber llevado durante un tiempo una chapita de “anti-nuclear” (la recuerdo muy bien: un sonriente y resplandeciente sol colorado sobre fondo amarillo, con la leyenda “¿Nuclear? No, gracias”), y que espero me sea perdonado -pues por entonces era aún más ingenuo y no sabía que, aunque peligrosa, la energía nuclear es una de las más limpias que ha desarrollado nuestra civilización-, el resto de mi vida he adoptado los hábitos más respetuosos con el medio ambiente compatibles con un decente bienestar personal. Además, habiendo estudiado una buena cantidad de química, física, termodinámica y meteorología, creo que tengo una idea bastante aceptable sobre qué es lo que contamina más o menos y qué contribuye al balance energético de la atmósfera lo bastante como para provocar su calientamiento general.

Mucho antes de que el movimiento “verde” adquiriese la popularidad de la que goza hoy en día, yo había desarrollado mi conciencia ecológica de modo espontáneo, motivado por mi propio romanticismo, afición por la naturaleza y una preferencia por la vida rural. De hecho, en mi temprana juventud era tan naíf que, durante muchos años, abrigué la idea de convertirme en un Jeremías Johnson redivivo… ¡Pobre diablo! Pero esa es otra historia. Lo que vengo a decir ahora es que cuando la Agenda verde irrumpió en nuestra realidad sociopolítica yo olí enseguida el engaño y empecé a despreciar a los que, sin serlo, se denominaban ambientalistas. Y no es que piense que el lema principal de dicha agenda sea falso: por razones puramente técnicas (que no desarrollaré aquí), resulta que el calentamiento global es un hecho medido e indisputado entre los científicos libres; y además tengo el convencimiento de que, en su mayor parte, trae causa en la humanidad; pero esto no quita para que la Agenda verde sea un camelo. ¿Por qué? Porque no aborda el problema principal y porque entraña insalvables contradicciones. Para no hacer este artículo excesivamente largo, mencionaré sólo tres de las deficiencias por donde asoma el engaño. Continue »

Categories: Opinión | Leave a comment

El tormento

Los habían hecho tumbarse boca abajo, en paños menores, en el centro de una ampla pieza redonda y vacía, sobre el frío suelo de marmol grisáceo. A pocos centímetros sobre sus cabezas una plataforma de madera les impedía incorporarse, y le recordó al modo en que transportaban a los esclavos en los barcos negreros rumbo hacia América. En torno a ellos y la tarima, un salvaje de tez oscura guiaba a un caballo del ronzal, dando vueltas a paso ligero. Al extremo de la cola, el caballo tenía atada una cuerda que arrastraba, tres o cuatro metros tras de sí, una pesa de tamaño regular, como la cabeza de un mazo, forrada en apretada gamuza. En su caminar, el caballo agitaba la cola incesantemente de un lado a otro, de modo que la pesa al extremo de la cuerda recorría en zigzag, como un látigo, a gran velocidad y casi sin rozamiento, el suelo del aposento; como el disco en una pista de hockey sobre hielo o como en ese juego en el que dos contrincantes, a ambos extremos de una mesa totalmente lisa y limitada en su perímetro, intentan colar en la meta del oponente una ficha grande que se desliza y rebota con celeridad de vértigo al golpearla con un cilindro plano provisto de un asa. Por alguna extraña razón, entre sus cuerpos y el piso se interponía una escasa pieza de tela basta, pero la frialdad del suelo los atería igualmente. Continue »

Categories: Relatos | 2 Comments

Slava Ukraini

(Imagen: pinterest.com)

Sí, yo también pronuncié esas palabras en una ocasión. Pero, antes de juzgarme a la ligera, permítanme explicar cómo sucedió.

Fue durante mi primer viaje a Ucrania. No sabía nada de ese país excepto que era una ex república socialista soviética, que casi todo el mundo hablaba ruso y que había guapas mujeres. Aprovechando que a los ciudadanos europeos no nos pedían visado para entrar, simplemente crucé la frontera desde Polonia, donde a la sazón me encontraba, y al cabo de un largo viaje en marshrutka me hallé en Lviv, la “capital occidental” del país. Ahí busqué alojamiento en un youth hostel que, como casi todos, estaba lleno de gente joven -nacionales en su mayoría, en este caso- más algún que otro viajero como yo, y que me acogieron con bastante agrado. Gracias a Couchsurfing (aquella extremadamente útil pero malhadada plataforma), no tardé en trabar contacto con un puñado de cordiales ucranianos deseosos de conocer forasteros (a quienes predicar su causa, según años más tarde comprendí), y en menos de una semana ya tenía una docena y media de personas con quienes juntarme para salir por ahí a tomar algo, charlar y conocer la ciudad. Empero, pronto empecé a percibir, entre esta gente -y, de un modo más vago, en general en Lviv-, cierta atmósfera que me resultaba familiar, por haber visto anteriormente algo parecido en otros dos lugares: Cataluña e Irlanda. Lo que hallé de común entre las tres sociedades fue ese impreciso pero inconfundible espíritu de oposición, de antagonismo y “rebeldía provinciana” -si se me admite la expresión- en virtud del cual la actitud de la gente se centra, antes que en fructífera creación o construcción material o intelectual, en estéril negación y descrédito de “los otros”. Continue »

Categories: Opinión | Leave a comment

El orden internacional basado en reglas

La “comunidad internacional” que suscribe el orden “basado en reglas”. (Imagen: vk.com)

Durante los últimos meses, los líderes, periodistas, políticos y élites de todo occidente están repitiendo a menudo esta expresión: Un orden internacional basado en reglas.

Aunque el término se acuñó al acabar la Guerra Fría, ha saltado a la actualidad cotidiana tras el reconocimiento por parte de Moscú, el 21 de febrero de 2022, de las RR.PP. de Lugansk y Donetsk como estados independientes, llegando a todos los rincones del planeta y resonando a lo largo y ancho de todo el Occidente Colectivo desde Alaska hasta Nueva Zelanda. En particular, esta consigna la repiten con especial frecuencia tanto el dudosamente legítimo 46º presidente de los Estados Unidos de América, José Bocazas Robinette Biden, cada vez que se encuentra delante de un micrófono, hasta esa cyborg globalista y loro de la Casa Blanca que es la Sra. Úrsula Vonderleyen, actual presidente de la Comisión Europea. “Debemos congregarnos en torno a un orden internacional basado en reglas”, eruptan cada día los altavoces de nuestros televisores y dispositivos electrónicos; “Aspiramos a un orden mundial basado en reglas”, leemos en todas las terminales mediáticas propiedad de los heraldos de dicha divisa.

Y desde luego suena bien, como no podía ser de otro modo habida cuenta la habilidad de esa gente para idear y presentarnos bonitas frases que acarician el oído y encandilan la mente. El orden internacional basado en reglas… Hmm… A primera vista, uno sólo puede pensar: “Claro que sí; ¿por qué íbamos a desear nada diferente?” Siempre que pensamos en “orden”, subconscientemente contrastamos esa idea con su contraria: “caos”; ¿y quién quiere el caos? Luego está lo de “internacional”, que suena también la mar de justo: queremos el orden no sólo para nosotros, sino para todas las naciones del mundo. ¿No es generoso por nuestra parte, los occidentales? Aspiramos a traer el orden a todo el planeta; y no un orden cualquiera, no, sino uno basado en reglas…

Pero… espera un momento… ¿Reglas? Continue »

Categories: Opinión | 3 Comments

Ejercicios de sociopolítica

(Imagen: latest-law-news.blogspot.com)

Hoy voy a proponerle al lector algunos ejercicios (que espero encuentre entretenidos) relativos a una situación sociopolítica. Expondré un escenario ficticio, aunque verosímil, y haré algunas preguntas. Creo que esta puede ser una buena forma de razonar y desarrollar nuestros propios puntos de vista sin que el sesgo ideológico que cada uno de notros tiene nos estorbe demasiado.

———————————————–

Érase una vez un joven país llamado República de Katlunya (RK); tan joven que aún estaba aprendiendo a conocerse y construirse a sí mismo. Pese a los anhelos, albergados durante décadas por gran parte de su población, de segregarse de Iberka (el reino del que había formado parte desde la noche de los tiempos), esta república se hizo por fin realidad aprovechando una época de fuerte declive de su madre patria más el apoyo de la Confederación de Uropia, una alianza de países ricos adversaria política y económica de Iberka.

Sin embargo, no todos los ciudadanos de la RK estaban tan contentos con su nuevo estatus, Continue »

Categories: Ensayo | Leave a comment