El inglés como lengua fetiche

Es Polonia. Entro a la ubicua libería Empik para comprar un simple cuaderno y encuentro que, salvo los dirigos al público infantil, el 95% de la oferta restante lleva en la tapa, acompañando a la ilustración o el patrón cromático de rigor, alguna palabra o expresión en inglés; sin que esto signifique que el otro 5% lo haga en polaco, sino que no lleva texto alguno. Me es imposible encontrar, en todo el gran expositor de cuadernos, una tapa identificable como inequívocamente polaca; y no puedo evitar preguntarme: ¿qué problema tienen en este país con su propio idioma? Y no me refiero a una simple proliferación de la preferencia por el inglés; ni siquiera de su preponderancia, sino de su absoluto predominio en detrimento del polaco, al que arrincona y sofoca hasta su total destierro (salvo, insisto, en la oferta para niños).

Si estuviésemos en España (donde, aunque quizá en menor grado, supongo que también se dará este fenómeno) no tardaría en asociar la respuesta a esa pregunta con la leyenda negra. Pero no existe una leyenda negra polaca y se trata, además, de un pueblo en general muy patriota. ¿Por qué, pues, esa fascinación por el inglés?

Por supuesto, es demasiado fácil evitar una explicación -probablemente compleja- de la causa última de tal hecho desviando la atención hacia otra cuestión aparentemente previa que, no por ello, resulta menos interesante: ¿estamos ante una espontánea preferencia popular que el mercado editorial se limita a satisfacer, o ante una preferencia editorial que la clientela se limita a comprar a falta cosa mejor? En lo que a esta cuestión concierne, yo supongo que, de algún modo, ambas causas son simultáneas y se retroalimentan mutuamente, aunque desde luego siempre cabe preguntarse qué vino antes, si el huevo o la gallina, si la demanda o la oferta; pero entonces entraríamos en una interminable discusión bizantina de casi imposible resolución y nuestro enemigo, la ignorancia, se habría abierto camino al conseguir que olvidásemos la cuestión esencial: Continue »

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¿Es efectiva la mascarilla permanente para prevenir la covid-19?

Las viejas divisiones sociales entre izquierdas y derechas parecen haberse quedado… pues eso: viejas, obsoletas, desde que se impuso el monotema de la -mal llamada- pandemia de covid-19 para traernos una nueva división que ha venido a reemplazar a las anteriores (porque, desde luego, si hay un denominador común a todas las sociedades desde tiempo inmemorial, parece ser el de estar divididas en dos grupos principales); y esta nueva división que se ha establecido espontáneamente es la de, por un lado, los alarmistas, los aprensivos, los compasivos y humanitarios, y por otro los despreocupados, los cínicos, los darwinistas, los insolidarios… En fin, en otras palabras y para simplificar: los de la mascarilla sí contra los de la mascarilla no, aunque obviamente no todo es blanco o negro y hay una infinidad de matices intermedios.

Huelga decir que, en dicho espectro de grises, yo me encuentro entre el marengo y el negro cucaracha, pero estaría dispuesto a moverme hacia el otro extremo si alguien lograse convencerme con argumentos y datos objetivos de la eficacia de la mascarilla, al menos tal como se regula a día de hoy prácticamente en toda España: es decir, su uso obligatorio en todo momento y lugar, sin importar las circunstancias, excepto en casa o para hacer deporte. Pero hasta ahora no sólo no he escuchado ningún argumento lo bastante convincente, sino que los cálculos que yo hago van más bien en la dirección opuesta. Y digo cálculos porque, aunque corren ríos de tinta al respecto y hay estadísticas para aburrir, todavía no he visto ningún medio en el que se publique el dato relevante en lo que a dicho efecto concierne, pese tratarse de un cálculo muy sencillo; de modo que, para hacerme una idea medianamente aproximada de cómo están las cosas, he tenido que hacerlo manualmente.

Veamos: mi idea consiste en comparar cómo evolucionan los contagios en distintos países cuya estructura social sea equiparable pero que difieran en las normas respecto a la obligatoriedad de la mascarilla. Para dicha comparación Continue »

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Breve opinión y crítica de Soros, rompiendo España

Vaya por delante, a modo de advertencia, que sólo conozco al señor Juan Antonio Castro a través de su habitual presencia en el insustituible programa de análisis político El gato al agua y que, en general, me parece un hombre respetable, hacia cuyas opiniones e intervenciones profeso bastane afinidad; pero ambas circunstancias no pueden, no deben impedirme ser crítico con una de sus obras cuando así me lo dicta el juicio.

En este libro, los autores (Aurora Ferrer y Juan Antonio Castro Arespacochaga) tratan de explicarnos -o quieren convencernos de- que el magnate de las finanzas internacionales George Soros ha sido agente indispensable en los acontecimientos que desembocaron en el referéndum secesionista catalán del 1 de octubre de 2017. El tema, desde luego, presenta un enorme atractivo, sobre todo para quienes desean la permanente indisolubilidad de la nación española; pero es precisamente esta circunstancia la que, a mi parecer con dudosa honestidad, se aprovecha para inducir al potencial comprador a efectuar un desembolso bastante poco provechoso. Intentaré, a lo largo de este artículo, explicar por qué opino así, pero ya avanzo que Soros, rompiendo España me parece una obra decepcionante, mediocre y muy mejorable. No llegaré a tanto como desaconsejar su lectura (siempre alguna idea puede uno sacar en claro), pero desde luego no recomiendo su compra porque me parece que no se debe recompensar una publicación que crea deliberadamente injustificadas expectativas (pronto desmentidas, eso sí, por su pobre contenido).

Para poner cierto orden en mi análisis, lo dividiré en tres partes: forma, contenido y conclusiones.

La forma

Si atendemos a la redacción, a lo gramatical y literario, a la edición en sí: lo que concierne a la sintaxis, ortografía, puntuación, mayúsculas, sangrados, etc., enseguida se echa de ver que son bastante deficientes: no es ya que el libro parezca el trabajo de un mal universitario o de un pésimo literato (que lo parece, y mucho), sino que la editorial no le ha dedicado ni un mínimo esfuerzo de revisión; que no se han gastado ni un céntimo o invertido un minuto en correcciones antes de mandarlo a imprimir. Da toda la sensación de que se han limitado a mecanografiar unos apuntes a ordenador, darles formato de paginación y, sin tan siquiera pasarles el corrector automático del procesador de textos, llevarlos a imprenta y ponerlos a la venta. Sería proceloso y aburrido consignar aquí todos y cada uno de los fallos que he encontrado (y, además, tampoco quiero darles hecho un trabajo que les correspondería a ellos), pero valgan algunos ejemplos para ilustrar lo que digo:

– En la pág. 114 encontramos la palabra dwe (“miembros clave dwe Integrity Initiative”, sic) y en la 97 la palabra the (“the reconocido prestigio”).
– En la pág. 98 hay una expresión ininteligible para el común de los lectores: “una carta enviada a Donald Tusk, cc. Frans Timmermans”. ¿Quién carajo sabe lo que significa “cc.”? (Yo se lo digo: son las siglas en ingleś de carbon copy, que coinciden -por pura casualidad- con las de su traducción al español: “con copia a”.) Una bobada, sí, pero poco les habría costado aclararlo.
– Frecuentes incorrecciones ortográficas como “gobierno central Español” o “Embajadas Británicas” (ninguna de esas palabras se escribe con mayúscula), o escribir “sobretodo” en lugar de “sobre todo”, falta que ningún universitario debería permitirse.
– Expresiones como “antes de todo” (en lugar de “antes que nada”, pág. 118) o “Se pregunta el diputado británico de por qué las agencias…” (sobra el “de”).

Hay muchos más, pero aquí lo dejo. Son sólo algunos ejemplos de errores y malos usos que hasta el corrector ortográfico más básico habría subsanado, y que ya de entrada delatan la mala calidad de la publicación; lo cual, por cierto, no tendría tanta importancia si, al final, el libro resultase una lectura provechosa; pero no lo es. Continue »

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Vox, con la paguita universal

Vamos mal, y de nuevo hay malas noticias para los librepensadores.

Pues sí: hace dos o tres años, quienes creemos en la libertad como segunda piedra angular (por detrás de la igualdad) de una sociedad mínimamente respetable, nos alegramos mucho del repentino salto al escenario político español de un partido que no comulgaba con piedras de molino, que se apartaba de casi todos los postulados inducidos -cuando no directamente impuestos- por la agenda ideológica global, que desdeñaba la corrección política y que defendía un modelo de nación sensato, cohesionado, independiente y próspero. Y durante este tiempo los más ingenuos entre nosotros -o quizá los más desesperanzados- hemos podido seguir más o menos aferrados a esa tibia ilusión en torno a la fuerza de resistencia que Vox suponía frente al marxismo ideológico y a los ‘enemigos del comercio’ (por usar la expresión de Antonio Escohotado). Por supuesto José Abascal y los suyos no han estado exentos de errores y pasos en falso, pero hasta ahora -al menos, en lo que yo conozco- no habían hecho nada que desmintiese su manifiesto programático y los valores que dicen defender.

Pero se conoce que les han bastado apenas unos meses de ocupar medio centenar de escaños en el Congreso para que su ardor guerrero y su oposición erga omnes los hayan abandonado, bien porque el sueldo y las prebendas de diputado supongan una fuerza de atracción irresistible a corta distancia (como un campo gravitatorio, inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre diputado y sillón), bien porque la influencia del pensamiento único y del discurso político dominante sea tan intensa en las proximidades de las Cámaras (como lo es el ruido electromagnético junto a un transformador) que no haya mente capaz de permanecer inalterada, sin deformar, víctima de un fenómeno que podríamos llamar ‘histéresis ideológica’. Sea como fuere, el hecho es que Vox no se ha opuesto a la aprobación de la paguita universal (lo que llaman el “ingreso vital mínimo”) suscrita por el resto de fuerzas políticas en España. Pese a no creer en esta medida económica -y de hecho estuvieron atacándola con saña hasta el último minuto-, Abascal y sus diputados no han sido capaces de votar en contra, quedándose en una abstención tan meliflua como, en mi opinión, desacertada. Continue »

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De Don Benito a Miajadas

Me publica recientemente el Hoy, diario de Extremadura, una carta al director cuyo texto original, muy suavizado por la censura editorial, decía exactamente así:

“Tiene narices que un andaluz pueda viajar desde Ayamonte hasta Pulpí, atravesando cinco provincias sin ser molestado por la policía, y que yo no pueda ir de Don Benito a Miajadas sin que me detengan. Y esa medida, nadie se engañe, no es para “proteger a la población”, excusa pueril y mendaz donde las haya, sino para que el bellotari de turno pueda seguir alardeando de estar en el Podio de Menos Contagios y pastoreando así votos a base de adular al pueblo extremeño, crédulo y sumiso hasta la náusea, con ese triunfalismo chauvinista e identitario tan pernicioso. No advierten mis paisanos que las buenas cifras no las debemos aquí, en última instancia, a gestión eficaz de pandemia alguna, sino al vergonzoso atraso económico en que cuatro décadas de socialismo y PER han sumido a nuestra región. Encima, para que seamos la única comunidad que no puede desplazarse entre provincias.”

En efecto, si Extremadura ha estado durante esta dizque pandemia del coronavirus entre las regiones españolas con menor número de contagios, tanto en términos absolutos como relativos, no se debe al mérito de ningún político, técnico, experto o gestor, ni a las tan drásticas como absurdas medidas de aislamiento personal y desinfección callejera adoptadas por las autoridades municipales o autonómicas, sino al simple y prosaico hecho de que esta región tiene muy baja densidad de población y apenas actividad económica, turística o industrial en comparación con el resto de España, lo que se traduce directamente en un menor movimiento de población; de manera que, claro, si la gente no se mueve no hay posibilidad de contagio mutuo. Y a pesar de esto, no contentos con habernos tenido tres meses casi sin salir de casa y disfrazados de cirujanos, incluso en municipios donde no había ni un solo contagiado, para evitar la dispersión de un virus inexistente, resulta que cuando se autoriza a nivel nacional el desplazamiento entre provincias de la misma autonomía, va Guillermo Fernández Vara, el gobernador extremeño, y solicita que en su taifa se mantenga durante dos semanas más la prohibición de rebasar los límites provinciales, no sea que los contagios aumenten un poquito y lo desplacen a él del podio que comparte con los barones de las tres o cuatro regiones menos afectadas por la covid. Es decir: que se fastidie un millón de personas para que el político de turno pueda seguir luciendo su medallita de bronce. Estoy por apostar a que en algún texto legal esa decisión puede encajar como falta punible, pero en España hemos llegado ya a un grado tal de tolerancia respecto a la ineptitud y deshonestidad política y administrativa, que cualquier cosa nos parece aceptable.

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Tres Álamos en Pliushija

Otra pequeña gema del cine soviético es la película que comento en este artículo: Tri Topoliá na Pliuschihe, del año 1968, dirigida por Tatiana Lioznova y escrita por el longevo dramaturgo Alexander Borshagovski. Es una sencilla historia, visualmente simple pero bastante emotiva, que a través de un breve episodio en la vida de una aldeana nos presenta con gran acierto narrativo (e interpretativo) unos personajes muy genuinos y bien definidos, a la vez que muestra varios aspectos primorosamente escogidos de la vida rural y urbana en la Rusia de mediados del siglo XX.

En apentas hora y cuarto de metraje los creadores de esta poco conocida obra son capaces de exponer los anhelos y alegrías, las dificultades, los problemas, esperanzas e inquietudes de una variedad de tipos humanos en aquella tierra y aquel tiempo: la ruda franqueza de la gente de campo, las diversas actitudes -con frecuencia ambiguas desde un punto de vista personal- frente al sistema que instauraron los bolcheviques, sus lados menos bueno y menos malo; el viejo pastor, ya muy pasado de calores, cuya experiencia y sabiduría se dejan entrever; un filántropo lisiado de guerra, comprensivo y afable, que hace de cartero y sobrelleva como puede el mal humor de su mujer; un padre de familia tosco y seco, impopular por su sobriedad, medio furtivo, que quiere mantener cierto grado de libertad e independencia frente a los omnipresentes koljós (cooperativas agrarias características de la URSS, basadas en la propiedad colectiva de los bienes producidos, con una administración igualitaria pero excesivamente rígida y burocrática); una gorda gruñona convencida de las bondades del sistema y con cierto mando en plaza; la forma típicamente rural, casi desprovista de sofisma y artificio, en que surgen las amistades o las relaciones sentimentales; la niña que escucha, sin entender, a Edith Piaf en un pequeño transistor; y entre todos ellos Nurka, oriunda de una aldea vecina, que con desenfadada resignación Continue »

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El cortauñas

Cuando, durante mi primera juventud, impulsado por un arrollador anhelo interior (el análisis de cuyo origen dejaré para otra ocasión), más fuerte que cualquier otra ambición o deseo que pudiera concebir, proyectaba meticulosamente lo que habría de ser mi futura vida lejos, muy lejos del mundanal ruido, las sociedades urbanas y -casi también- las humanas; cuando con tesón e inventiva (dignos de encomio y -la verdad sea dicha- también de mejor fin) planificaba cada detalle de una existencia nómada y solitaria en plena naturaleza, como los tramperos de otros tiempos y otras tierras, como algunos aventureros de aquello que se llamó “la frontera” durante la colonización hacia el oeste del continente norteamericano; cuando, en fin, trataba de dar solución a cada una de las posibles cuestiones prácticas (y, de hecho, las resolvía, al menos en su aspecto teórico) que semejante tipo de vida me iba a plantear, había no obstante un detalle que me dio muchos quebraderos de cabeza y me tuvo atribulado durante todos los años (¿cuántos fueron?: ¿tres, cuatro?; es difícil, pasadas las décadas, calcular, sin otra referencia, el tiempo que pudieron ocupar ciertas etapas anteriores en nuestra vida) que mantuve aquel proyecto, aquella ilusión, tal vez fantasía; y dicho obstáculo, problema irresoluble que de hecho lo fue, porque desgraciadamente crecí, maduré y el torrente de la vida me arrolló por sus cauces inapelables hacia destinos muy, muy distintos del que yo había imaginado, pereciendo por el camino, de muerte natural, aquellos planes antes de que yo hubiera podido encontrarle solución, era el siguiente: ¿cómo el cazador-recolector que yo proyectaba ser iba a ingeniárselas para cortarse las uñas cuando tocase? Continue »

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El rosario

Cuando murió mi abuelo — es decir, el abuelo por antonomasia, el único al que conocimos mis hermanos y yo; porque el otro, el materno, había fallecido años atrás, antes de que naciésemos, y siempre fue para nosotros –o al menos para mí– tan imaginario como pueda serlo un personaje de ficción: imaginario no por inventado o irreal, claro está, sino porque, para hacerme una idea de su carácter y apariencia, no tuve más remedio que imaginarlo a partir de viejas fotos y lo que de él me contaran, que son los recuerdos bondadosos –y por fuerza parciales, poco objetivos– de mi madre y su familia.

Decía, digo, que cuando murió mi abuelo — que tuvo, por cierto, la suerte de hacerlo en su pueblo y en su casa, como Dios manda, como seguramente preferirá morir casi todo el mundo, inesperadamente además, sin agonía ni mucho sufrimiento, sin darse apenas cuenta de lo que pasaba; una muerte relativamente temprana, tal vez la mejor que pueda a uno llegarle, cuando aún no se han presentado las enfermedades y los achaques invalidantes que desproveen a la vida de casi toda dignidad y atractivo, y que nos hacen depender de los demás para todo, pasar por el trago vergonzoso, quizá humillante, de la asistencia ajena incluso para las necesidades más íntimas; cuando aún no se ha convertido uno en una carga para sus familiares y es posible dejar, en la memoria de quienes se quedan, un recuerdo bueno o, cuando menos, decoroso y respetable, una imagen decente de uno mismo y, sobre todo, esa añoranza por los muertos a quienes se habría deseado disfrutar, en vida, todavía unos años más.

Cuando –a ver si concluyo– murió mi abuelo en aquella España rural, arcaica y casi oscurantista de los años setenta, estuvo rezándose el rosario en casa durante, por lo menos, todo el resto del verano, hasta que se acabaron nuestras vacaciones y hubimos de volver a la capital. A partir del día de su entierro, además de establecerse, por comprensible deseo de la viuda, una regla de quietud respetuosa, quizá un punto más lóbrega de lo preciso, se decretó esa nueva rutina diaria: el rezo del rosario. Para mí, como para –imagino– mis otros hermanos, aquella media hora resultaba un verdadero e innecesario plomazo, sobre todo por lo incomprensible; y es que, aunque hubieran intentado explicárnoslo –que no fue el caso–, ¿cómo hacer entender a una pequeña cuadrilla de revoltosos llenos de energía la utilidad de esos rezos? Por mucho que hubiésemos querido a mi abuelo (y, la verdad, a aquella edad no creo que se hubiese desarrollado aún en nosotros, al menos en los menores, el sentimiento afectivo del amor consciente; aparte de que yo, de hecho, a duras penas comprendía bien qué era eso de la muerte ni cuáles eran en realidad sus consecuencias, su trascendencia ni –menos aún– su esencia), ¿para qué servían los rosarios, salvo para hacernos perder un precioso tiempo que podríamos dedicar mucho mejor a hacer trastadas, derrotar indios Sioux o pelearnos entre nosotros? ¿Cuál era su finalidad? ¿A quién o qué ayudaban? De algún modo, yo intuía que obedecían a un deseo –que más bien fue imposición– de mi abuela, cuya figura oscura y enjuta, no obstante, no aparece –al menos en mis recuerdos– con demasiada nitidez en el cuadro familiar de las novenas, ignoro si por simple fallo de mi memoria o porque mi madre, siempre tan devota ella, pero más pedagógica y –sobre todo– autoritaria, a menudo sustituía a su suegra como guía en las oraciones. Pero, eso aparte, a mí no se me alcanzaba bien por qué había que estar allí todos los días, sentados en círculo, durante ese largo rato, aburrido y estéril, recitando hasta el hartazgo monótonos e inacabables avemarías; máxime cuando –cosa curiosa– mi padre parecía estar exento de tal obligación, como sin con él no fuera la muerte de mi abuelo, o como si el difunto hubiera sido más pariente de su nuera y nietos que de su propio hijo; y de este modo –razonaba yo para mí–, si alguien podía estar ausente durante el rosario, entonces la cosa no podía ser tan inexcusable. Percibía yo eso como una más de tantas injusticias que sufrimos los hijos durante nuestra crianza. Continue »

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