Sábado, 4 (continuación).
Esta mañana hacía tanto frío que me quedé en el saco hasta que el sol no empezase a calentar la tienda y pudiera también calentar mis primeros movimientos. Un rato más tarde, mientras desayunaba, se marchaba la pareja de Nueva Zelanda. ¿A dónde iban? Su acento austral no me permitió entender la respuesta. ¿Y tú? “Pues yo voy hacia el suroeste”, contesté vagamente para darles pie a que se ofreciesen a llevarme un trecho si ellos también llevaban esa dirección. Pero no coló.
Cuando me puse en camino eran ya más de las diez, y pasaban de las once cuando alcancé, por fin, el último semáforo de la ciudad, punto que estimé idóneo para hacer dedo. Unos segundos antes acababan de adelantarme los neozelandeses en su coche y supuse que, mientras yo me pegaba esa caminata, ellos habrían estado desayunando como señores en alguna cafetería de Golden. El caso es que unos cientos de metros más adelante los vi echarse al arcén: estaban esperando a que los alcanzase. ¿Entonces a dónde vas? A Revelstoke. Pues sube y vámonos. Cojonudo.
Por el camino -que no era menos majestuoso que la carretera Jasper-Banff- nos detuvimos en un par de sitios: uno de ellos, Rogers Pass, era un punto elevado desde donde se veía bien el icefield que alimenta los glaciares del Glacier National Park. Allí visitamos el pequeño museo y vimos un cortometraje bastante interesante sobre cómo combatían los aludes: provocándolos de manera controlada. El otro fue un pequeño mirador en mitad del bosque con una pasarela de madera a lo largo de la cual unos letreros mostraban la fauna y flora del lugar. Tal vez a eso lo llaman un “centro de interpretación”.
Por fin, Revelstoke. Ellos seguían hacia el sur en dirección a Nakusp, pero yo decidí tomarme el día libre aquí y continuar mañana (o tal vez pasado) a Sicamous, Kelowna y Osoyoos, en la frontera con EE.UU. Voy bien de tiempo: tengo seis días para hacer 336 kilómetros.

150 km con los neozelandeses, de Golden a Revelstoke
Como dice la guía, Revelstoke es el paraíso de cualquier montañero, pero yo diría que lo es de cualquier persona. Situada a las orillas del manso río Columbia, que discurre ahí entre arboledas -amarillo, ocre, verde- por un ancho y poco profundo cauce, y rodeada de montañas por los cuatro costados, esta bonita, limpia, asequible y tranquila ciudad, con su calle peatonal y sus curiosas tiendecitas, sus parques y sus soleados bancos, no va a gustarles sólo a los montañeros. A mí me encandiló desde el momento en que, aún antes de llegar, la vi asomar tras una colina, con las vías del ferrocarril brillando bajo el sol y, circulando por ellas, un largo tren de tres máquinas en cabeza y dos en el medio. No dudé un minuto en quedarme. El hostal es de tamaño mediano, bastante limpio y bien equipado, con cinco fogones, muchos cuartos de baño y otras facilities. Lo lleva un simpático japonés que está aquí temporalmente como working guest. Tras acomodarme, ducharme, comprar provisiones y mirar el correo electrónico, he dedicado las últimas horas de sol a actualizar el diario, aquí sentado a una mesa de terrazo sobre la orilla misma del Columbia, que -a quince metros bajo mis pies- fluye con lentitud de remanso. Ahora, diez minutos después del ocaso, el descenso de la temperatura ha sido instantáneo. Es hora de regresar al hostal.
Domingo, 5 de octubre. Mismo lugar.
Hay un sentimiento religioso detrás de las ideas de la dignidad humana, la civilización, la convivencia pacífica, la armonía social, etc. Suele decirse que la naturaleza hace su implacable trabajo indiferente a todo, pero quizá sea más acertado decir que la naturaleza es el resultado de un proceso implacable e indiferente a todo. Sea como fuere, tanto el choque entre especies como entre distintos grupos de una misma especie, e incluso distintos individuos de un mismo grupo, está dentro del orden natural de las cosas. Pretender que, para el caso humano, ese choque no es inevitable o incluso que -aun siéndolo- sería deseable evitarlo, entraña la hipótesis de que el hombre está en un orden superior de las cosas. Pero otorgarle semejante estatus, ¿no implica, acaso, que hay algo “divino” en él o que la existencia misma tiene un objeto? Y conferirle un sentido a la existencia, ¿no es ya religión?
Ayer tarde, al volver al hostal, había un nuevo huésped en el dormitorio (que por la mañana ocupaba sólo yo). Israelí, simpático, estaba haciendo en EE.UU. un máster sobre ecología y se había tomado diez días libres aprovechando su asistencia a no sé qué acto, curso o conferencia en cierta ciudad canadiense. Me ofreció echar unas partidas en la mesa de billar del albergue y allí estuvimos durante dos o tres horas dándole a los tacos y a las bolas mientras departíamos tranquilamente sobre temas varios: idiomas, gentes, países… El hombre sabía dialogar y, lo que es más raro, también escuchar. No estaba de acuerdo con mi opinión de que Canadá necesita más población para desarrollarse, y como argumento objetaba una sencilla pregunta: si el país necesita más gente, ¿por qué ponen trabas a la inmigración? Buena pregunta que no sé contestar. De hecho, ahí se centra precisamente mi mala opinión sobre la política canadiense. ¿Es cortedad de miras del gobierno? ¿Es egoísmo de una población que no quiere compartir sus enormes recursos? ¿Viene impuesto por EE.UU., que considera a Canadá su patio trasero, un coto privado cuyas riquezas quiere acaparar? Aparte, a mi afirmación de que el pueblo useño era muy inculto, objetó el israelí -cambiando el sentido en que yo había usado esta palabra y arrimando el ascua a su sardina- que se habían cometido muchas atrocidades en nombre de la cultura, y que ésta no bastaba a justificar ciertas cosas, como por ejemplo el exterminio nazi. Pasé un rato muy entretenido con él, y es una pena que se fuese hoy temprano, porque de haber partido más tarde habría aprovechado el ride que me ofrecía hasta Sicamous, que será mi último punto sobre la highway 1.
Esta mañana, domingo, he venido a visitar el parque natural Mount Revelstoke, que linda con el pueblo. Alguien me ha dado un lift hasta la cima de dicha montaña, desde donde se contemplan unas vistas espectaulares. Una vez aquí, puedes hacer varias caminatas interesantes. La más curiosa de ellas conduce hasta una sima que se abre en una grieta de la roca, y en cuyo fondo hay un gran bloque de hielo perpetuo que no se derrite ni en los días más calurosos del más tórrido verano. Esa grieta, aunque angosta, es practicable a pie y, al descender, se percibe con nítida claridad el progresivo y acentuado descenso de la temperatura, que en el fondo, a unos ocho o diez metros de profundidad, es -obviamente- igual o inferior a cero grados. O sea que, en un día como hoy, eso significa que con cada metro que se desciende, la temperatura baja un par de grados. Un auténtico frigorífico natural.
Ahora estoy sentado a una de las muchas mesas que hay en el área de picnic. Se está aquí de vicio. Las aves no parecen tener ningún miedo a la presencia humana, hasta el punto de que, si extiendes el brazo, no es difícil que algún pájaro se te pose en la mano, como en una rama. Ahora comeré algo y, cuando acabe, iniciaré el descenso.