Martes, 29 de julio de 2003. Chisasibi (Quebec)
Bien, lo hice. Y no puede decirse que no me haya acompañado la suerte en este reciente tramo del viaje, porque hacer dedo desde Larder Lake a Chisasibi [unos 1000 km] y llegar en dos días es una hazaña récord. Pero eso lo contaré cuando llegue el momento. Ahora me toca hablar de “los canadienses” Lucas y Hellen.
Ya me había sorprendido ella cuando hablamos por teléfono días antes y le anuncié que estaba en Estados Unidos, camino de Montreal, desde donde podía ir hasta Drummondville a hacerles una visita, pero su calurosa acogida, a mi llegada, me sorprendió aún más. Desde el primer momento me trató como si me conociera de toda la vida (aseguraba acordarse de mí, cosa que dudo). [Esta duda que expresén en el diario era infundada: como he sabido después, Hellen tiene muy buena memoria, y aunque sólo nos habíamos visto una vez, bastantes años atrás, me recordaba perfectamente.] Es una mujer muy agradable, aunque algo dominante, y tiene un verdadero interés (pasión, más bien) por su profesión y todo lo relacionado con ella: el lenguaje y los idiomas. Habla un español casi perfecto y sin apenas acento, aunque por falta de interés o de previsión no ha educado a sus hijos en el bilingüismo, aprovechando que Lucas habla español nativo. En su casa se habla francés, lengua que él parece controlar muy bien.
Me temo que, durante mi estancia con ellos, le arrebaté su habitación a Kate [la hija], pero todos fueron conmigo tan amables como si yo no estuviese molestando en absoluto. Ni siquiera me dejaban fregar los platos, y sólo me permitieron encargarme de cocinar cuando hicimos unas tortillas de patatas (que, por cierto, fueron un éxito). Estuve cuatro o cinco días, y no me quedé más no por falta de ganas, sino por no molestar: era ya más de lo que en un principio había planeado.
Hellen es la típica madre que sólo respira y ve por la nariz y ojos de sus hijos. Cualquier conversación que tenga que ver con ellos, o con los idiomas, le encanta. Si se tratan otros temas, se desentiende un poco. En cualquier caso, es una excelente anfitriona. Por contraste, en Lucas descubrí una faceta radical, reaccionaria, que no le conocía y que hace que su inteligencia luzca menos. Con una memoria portentosa para los números y los datos, su avidez por el conocimiento es enorme. Todo le interesa, y sus puntos de vista acerca de las cosas están sólidamente fundamentados, aunque desde mi punto de vista algunos sean erróneos. Tiene, por otro lado, un gran sentido del humor, es muy transigente y nada orgulloso. Pasamos unos buenos ratos montando en bici, jugando al Scrabble (por cierto, Hellen tiene bastante mal perder y cada dos por tres le vetaba a su marido palabras que eran válidas), al balón o al bádmington con los niños y conversando sobre temas muy variados.
Kate es una chica excesivamente buena, tipo angelito, tímida e introvertida, que nunca molesta a nadie, siempre cede en todo y no protesta por lo que le toque hacer. Esos días el matrimonio tenía una discusión permanente porque Hellen la había apuntado (no sé si por razones religiosas o de apariencia) a una especie de ayuda social, una hora por las mañanas, y apenas estaba durmiendo nada. Lucas se oponía a esa actividad, pero la madre se salió con la suya. Emanuel, por su parte, es un chaval simpático, agradable y cariñoso, centro de atención esos días porque está jugando la temporada de verano en un equipo de fútbol local y todo gira alrededor de sus partidos. Si Kate habla un español deficiente, Emanuel lo habla peor.
Estuvo también de huésped en la casa un primo de los muchachos, algo bruto pero buen chico, con el que me llevé muy bien y que cuando me fui lamentó mi marcha, creo. Otro personaje que pasó por allí cada día para quedarse varias horas fue una gorda de risa chillona y mirada huidiza que no sé muy bien lo que pintaba ni a qué iba (alguna amiga o pariente ociosa), que no hablaba una palabra de español y que, por tanto, apenas participaba en la conversación, ya que Hellen, por consideración hacia mí (y desconsideración hacia ella), cuando yo estaba presente usaba sólo el español; pero estoy seguro de que no me perdí nada.
Un día fuimos en un school bus, con el equipo de Emanuel, a ver un partido de los Dragones de Drummondville contra los Dragones de otra localidad (empataron). Con viaje y todo, fue una tarde entretenida. Una mañana estuvimos en la piscina, donde me quedé con las ganas de nadar porque no tenía gafas. También, una tarde, fuimos a ver un pequeño festival de folclore que había en la ciudad. Y así, entre actividades varias, mi tiempo con ellos se fue volando, con gran pesar por mi parte. Se dormía bien en aquel piso silencioso, en una construcción de seis apartamentos (peor vivienda que donde residían la vez anterior).

De Drummondville a Montreal en coche
El día de mi marcha Lucas me llevó hasta Montreal, nada menos, donde me compré una guía de viaje del Canadá. Mi amigo estuvo regateando con un moro usurero el precio de una habitación para mí, cercana a la terminal de autobuses, pero no hubo trato, así que nos dimos un gran paseo hasta el albergue juvenil, donde por suerte encontré alojamiento para esa noche. Una vez hecha la reserva y ya más relajados nos paseamos por la calle St. Catherine hasta que cruza con no recuerdo cuál otra en la zona más cutre de la ciudad (que, por cierto, pese a lo cosmopolita, bulliciosa y llena de mendigos, no parece peligrosa), y ahí nos tomamos unas hamburguesas en un McDonalds, a pleno sol, divirtiéndonos en poner a parir, sin malicia pero sin bajar el tono (hablábamos en español, claro está), a un tipo cualquiera que ocupaba una mesa vecina y que nos oía ajeno a nuestra charla. Una chiquillada, pero nos echamos unas buenas risas.
Después de admirar durante un buen rato a las excelencias femeninas que pasaban por delante (el lugar era un auténtico escaparate y pase de modelos), volvimos hasta el coche, Lucas me llevó hasta el albergue y nos despedimos efusivamente. Con lástima lo vi alejarse, porque es un compañero sencillo, afectuoso y entrañable.