Cómo el empoderamiento sexual de la mujer está creando sociedades de eunucos

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El instinto de reproducción —o sexual, mejor dicho— empuja a los machos de homínidos (y de muchas más especies) a copular en toda ocasión que sea posible, siempre que las circunstancias lo permitan sin poner en riesgo la supervivencia; es decir, salvando la necesidad de satisfacer otras necesidades más básicas como eludir un grave riesgo físico, buscar y consumir alimento, descansar o atender a los cuidados propios o de la progenie, así como, en el caso de especies sociales, evitar ser expulsados del grupo. Homo sapiens no es ninguna excepción a ese instinto. Durante decenas de miles de años la conducta sexual de los varones ha venido dictada por el oportunismo: allá donde no hubiese peligro de daño o conflicto social, intentaban —presumiblemente, en cada buena oportunidad que se les presentara— acceder a las hembras en edad de concebir u otras aún apetecibles. Los frenos más eficaces a dicho intento eran básicamente de dos tipos: por un lado, el posible conflicto con otros machos, ya que entre ellos ejercen un control mutuo sobre el acceso a las hembras del grupo, recurriendo a menudo a jerarquías o alianzas que, viniendo en último término respaldadas por la violencia, obliga a una cuidadosa evaluación de costes, pues de lo contrario podría conducir a lesión o muerte. Por otro lado, las fuertes restricciones sociales, cooperativas y de parentesco, en especial con objeto de evitar el incesto, del que las distintas culturas han hecho un tabú en virtud de un mecanismo adaptativo innato. En ausencia de estos dos tipos de freno —o sea, en cualquier contexto sin restricciones internas— la agencia de las hembras para elegir o rechazar a un macho ha tenido siempre una efectividad muy limitada, dada la mayor fuerza física de éste: una hembra sola, sin respaldo de parientes varones ni alianzas femeninas, y sin un macho protector, difícilmente puede rechazar a un “pretendiente” que insiste. Pero, aun con tales restricciones, los varones tenían amplio margen de maniobra para, cuando menos, intentar acceder sin riesgo personal ni reproche social a las mujeres no sometidas a otra autoridad o vigilancia.
Los antropólogos opinan que, cuando homo sapiens empezó a vestirse, la influencia de las prendas corporales en la moderación del instinto sexual fue —contra lo que a veces se piensa— nula o muy limitada. Las culturas primitivas que viven en climas cálidos son parcas en indumentaria (de hecho, en muchos casos las prendas que llevan ni siquiera pueden considerarse “ropa” y su función es muy distinta), y en ellas el atuendo ni intensifica ni atenúa la manifestación de dicho instinto. A este respecto, esas culturas están insensibilizadas, en el sentido de que la visión de los genitales femeninos no produce en los varones el mismo estímulo sexual que en cualquiera de nosotros. Es, en cierto modo, parecido a cuando vamos a la playa o a la piscina: el cerebro se pone en “modo bañador” y los umbrales del estímulo aumentan.
En el mundo “civilizado”, por contra, las cosas son muy diferentes, ya que desde hace milenios toda la gente va vestida la mayor parte del tiempo; y esta mínima exposición de los órganos sexuales femeninos hace que, cuando en alguna ocasión quedan a la vista (parcial o totalmente), el varón experimente estímulos muy vigorosos: dilatación pupilar, aumento de la atención, activación del sistema nervioso simpático y respuesta genital. Por eso en la inmensa mayoría de las sociedades actuales la vestimenta sí que tiene una eficacia significativa como modulador del umbral de excitación, pues aumenta o disminuye de manera directa la probabilidad de que el impulso instintivo masculino se traduzca en intento activo: a mayor exposición de los pechos, muslos, nalgas o entrepierna, más poderoso es el disparador psicológico. En sociedades donde la inmensa mayoría de las mujeres cubren esas partes del cuerpo, el cerebro masculino procesa la desviación de lo habitual como una señal de mayor receptividad, activando mecanismos atencionales y motivacionales con más intensidad que donde la desnudez es cotidiana. Estudios en psicología social y evolutiva han medido que, ante imágenes de mujeres con vestimenta más reveladora de lo usual, la dilatación pupilar aumenta, la fijación visual se prolonga, se activan áreas cerebrales asociadas a la recompensa y al deseo, y se reporta mayor atracción. No es que esto, trasladado a situaciones reales, dispare automáticamente el intento de acceso carnal, pero sí aumenta el interés sexual y estimula el instinto; y el varón, para refrenarse (por contexto inapropiado, respeto a normas o para evitar conflictos), debe ejercer un control inhibitorio activo sobre su respuesta motivacional, lo cual exige un mayor autodominio conductual. Este esfuerzo se traduce en demanda de recursos y, a veces, en estrés o frustración: los estudios de supresión de pensamientos sexuales muestran que cuanto más vívido o atractivo es el estímulo más difícil es ignorarlo y antes se agota la capacidad de autocontrol en tareas posteriores (efecto “fatiga del ego”). Así pues, al combinar esporádicos estímulos altos con estrictas normas de inhibición, la sociedad contemporánea impone a los varones una carga de autorregulación que no tienen quienes viven en contextos de estímulo constante pero culturalmente débil, como las sociedades tribales con desnudez habitual. En cierto modo, esa es la razón por la cual en Occidente, durante siglos y hasta hace poco, cuando en casos de agresión sexual la víctima llevaba ropa escasa o directamente provocadora, tal circunstancia (en que la exigencia de inhibición es más difícil de satisfacer) solía estimarse como atenuante a la hora de apreciar la gravedad de la transgresión, y tanto los tribunales como la propia sociedad se sentían menos inclinados a condenar severamente al transgresor.
Durante las últimas décadas, no obstante, este panorama ha cambiado de manera radical. Gracias al gradual empoderamiento de la mujer promovido por los estados, su vestimenta ha ido volviéndose notablemente más provocativa: marcados escotes, notoria ausencia de sujetador, reveladoras transparencias, mallas que moldean o destacan nalgas y vulva, sostén como prenda exterior, etc. Para llegar a esta situación sin que se produzca un incremento de la conflictividad o de los intentos de agresión sexual ha sido imprescindible lograr lo que los psicólogos llamarían un “alto grado de control inhibitorio internalizado” del hombre, y que yo llamo domesticación. Este autocontrol sistemático ha sido producto de varios factores: educación prolongada, asunción de normas y reglas sociales, miedo a la desaprobación o exclusión social y, también con frecuencia, empatía y reconocimiento de la mujer como sujeto con derechos. El resultado ha sido la más extraordinaria domesticación del varón (medida en términos de separación entre estímulo visual intenso y respuesta conductual) que ha visto la historia humana; y el hombre que se resista a ella es carne de presidio.
Pues bien: mi tesis es que la general y creciente tendencia a usar en público prendas cada vez más próximas al erotismo (inconcebibles en sociedades con mayor tolerancia hacia la respuesta activa del instinto sexual masculino) puede muy bien interpretarse como una declaración muda pero inequívoca del empoderamiento sexual de la mujer occidental y del sometimiento que ejerce sobre el varón. Esta declaración es casi siempre inconsciente: no digo —aunque casos habrá— que la mujer que se pasea por la calle enseñando las nalgas esté pensando “¡qué domesticados estáis, cómo os domino!”; no. Más bien, con toda probabilidad, pensará algo así como “me siento libre, segura y atractiva”; pero esta seguridad y libertad son producto, por una parte, de la educación y las normas sociales, y por otra —en última instancia— de que el Estado ejerce, mediante su monopolio de la violencia legítima, una contención de la masculinidad. Esa libertad no existiría sin estos factores, y la asimetría del equilibrio así logrado es muy chocante: la ropa provocativa estimula el instinto masculino, pero la domesticación evita que éste se traduzca en actos. La mujer obtiene así validación sin coste, atención sin agresión.
No obstante, maticemos todo esto un poco. Por un lado, el riesgo no ha desaparecido por completo y aún cabe un mayor grado de domesticación: las mujeres que se visten de forma muy provocativa siguen estando estadísticamente más expuestas a intentos de acercamiento no del todo pacíficos y, en determinados contextos, incluso a agresiones. El sometimiento del hombre no ha eliminado su instinto; sólo lo ha inhibido gracias a un frágil equilibrio. De hecho, en períodos de ruptura del control social (saqueos de ciudades, colapsos de autoridad, situaciones de guerra) la vestimenta femenina provocativa desaparece inmediatamente porque, en tales situaciones, los varones dejan de aplicar ese autocontrol aprendido. Por otro lado, no sólo se ha domesticado al hombre, sino que se ha logrado relajar las normas de censura mutua de las propias mujeres. Y por último —punto éste de particular interés— existe un componente oculto de competencia femenina: vestirse de forma más provocadora no sólo sirve para atraer hombres, sino para desplazar a otras mujeres en la jerarquía de atención. Esto no es empoderamiento frente al varón, sino rivalidad entre ellas. Hay aquí una paradoja, ya que vestirse para atraer la mirada del hombre —aunque sin mayores consecuencias— significa que ellas continúan adaptándose a las preferencias de ellos.
En efecto, con enorme frecuencia —y a menudo de manera inconsciente— la elección de ropa más ajustada, escotada o reveladora tiene como función última (evolutiva) o próxima (psicológica) la de captar, gestionar o testear la atención de los varones. No es que esto sea una ley universal: muchas mujeres se visten así por comodidad, moda, presión grupal, autoexpresión o simplemente porque les gusta cómo se ven ante el espejo, sin mayor intención directa hacia el varón; pero es válida en el caso general. Entiéndase bien: normalmente la mujer no se dice a sí misma “voy a vestir estas mallas para ponérsela dura a Fulano”, sino que sigue una lógica de “me veo bien”, “estoy sexi”, “hoy me apetece esta ropa”; pero dicha sensación de “verse bien” ya incluye implícitamente la anticipación de la mirada masculina como validación. Es un comportamiento adaptativo calibrado finamente, aunque no sea estratégicamente explícito. Hay de esto clara evidencia empírica. Varios estudios de psicología evolutiva muestran que las mujeres aumentan el uso de su ropa más sexi durante los días de mayor fertilidad del ciclo ovulatorio, lo cual revela que hay una base biológica adaptativa: llamar la atención de posibles parejas cuando la probabilidad de embarazo es mayor. En contextos de búsqueda de “ligue” (citas, discotecas, Tinder…) la relación entre ropa provocadora e intención de atraer al hombre es directa y autoinformada. Y aunque muchos atuendos sexis son menos cómodos que alternativas más holgadas, la mujer tolera esa incomodidad como coste a pagar por condicionar la percepción y respuesta del hombre.
La paradoja consiste en que un empoderamiento completo debería llevar, en principio, a vestirse sin la menor atención a las preferencias estéticas del varón o a su posible excitación sexual, o sea atendiendo exclusivamente a criterios de comodidad, funcionalidad o gusto propio (sea ésto dicho con cierto escepticismo, pues ese “gusto” se ha forjado, casi siempre, anticipando la atención masculina). Así ocurre en algunos países —pienso, por ejemplo, en Finlandia— donde muchas mujeres tienden a vestirse con ropa “antilíbido” y, en ocasiones, casi estrafalaria. Ese vestuario eminentemente práctico o cómodo sería inoperante como ostentación del sometimiento masculino, y por tanto no puede ejercer esa función “declarativa de poder” que yo le atribuyo a la ropa sexi. Quizá en tales países la autonomía personal femenina se conquistó, interiorizó y asumió hace mucho tiempo, y ya han superado esa etapa. Ahora bien: esta paradoja, antes que desbaratar mi tesis, la refuerza, ya que en las sociedades donde la mujer se viste de forma provocativa y el hombre ha sido domesticado, el mensaje de fondo que puede captarse (de forma clara por el varón analítico, quizá sólo débilmente y de manera subliminal por los demás) es el siguiente: “mirad cómo me visto, cómo os provoco sexualmente sin que podáis mover un dedo ni mirarme siquiera al escote sin que caiga sobre vosotros todo el peso del reproche social y el poder coercitivo del Estado. Obligaros a inhibir de manera humillante vuestro instinto masculino es la prueba última del dominio que ejerzo sobre vosotros”. La psicología social define el poder como la capacidad de imponer costes a otros sin sufrirlos uno mismo. Pues bien: la impotencia ante la provocación es la prueba de ese poder, y en torno a la ropa provocativa hay un componente inconfundible de exhibición de inmunidad. Para un varón cuyo programa biológico incluye responder con deseo y aproximación frente ciertos estímulos, ser forzado a inhibirse ante ellos cuando se exhiben de manera intencional puede ser experimentado como una castración simbólica. La sociedad le dice “tu deseo sólo es válido cuando y donde nosotros permitimos; tú no eliges, nosotros controlamos tu respuesta”. Y esto, desde la óptica del instinto puro, es una humillación, lo admitamos o no.
He de hacer hincapié, para no suscitar paranoyas, en que la inmensa mayoría de las mujeres no formula mentalmente ese mensaje ni se le pasa por la imaginación. Sería muy raro —aunque puede ocurrir— que hubiese una intención deliberada de mortificar o envilecer. Quizá se trate sólo de un mensaje producido por el subconsciente colectivo femenino y que la mujer individual transmite sin darse cuenta.
Sea como fuere, bien puedo concluir diciendo que el empoderamiento sexual de la mujer produce sociedades de eunucos. Esta afirmación es, por supuesto, una exageración deliberada; pero contiene una verdad incómoda. “Eunuco” es aquí una metáfora del varón desactivado, no en sentido fisiológico sino conductual: aquél que, recibiendo estímulos que su biología interpreta como “cópula posible”, ha internalizado tan profundamente la prohibición de actuar que su respuesta externa se asemeja a la de un emasculado. Así, las sociedades occidentales han invertido la antigua asimetría: antes, la mujer cubría su cuerpo de arriba a abajo para no provocar el deseo del hombre; ahora, él debe cubrir su deseo en igual medida para no alterar la paz social o acabar en el calabozo. Y muchos varones pagan un precio real —bien como ansiedad, frustración o necesidad de entornos segregados (gimnasios, prostitución, pornografía)— por gestionar un impulso que el espacio público ya no permite expresar ni siquiera en formas suaves. De hecho, algunos jóvenes educados en este nuevo régimen desarrollan verdaderas dificultades para iniciar relaciones normales por miedo a transgredir. Quizá la mayoría de los hombres se adapten sin trauma y el grueso de la población masculina haya internalizado las nuevas reglas sin percibirlas como humillantes; pero eso es precisamente lo que hace más válida la metáfora: a efectos prácticos, se nos ha convertido en eunucos.