Norteamérica 35. 1400 km con el generoso y solitario Karl

Domingo, 21 de septiembre. Prince Rupert (Columbia Británica)

Pese a lo bien que me encontraba en Whitehorse, mientras permaneciese allí no estaba conociendo otros lugares, así que tenía que irme antes de que aquel sosiego me dejase clavado en el pueblo demasiado tiempo, dado que en esa región el otoño había acabado ya: cuando llegué, aún amarilleaban las hojas en los árboles; al marcharme, menos de una semana después, ya se habían quedado desnudos. Tras un día que estuvo nublado y frío, al siguiente amanecieron nevadas las crestas de las montañas, con un blanco grisáceo que se confundía con el de las nubes. Aunque aún había días claros, ya eran todos fríos o ventosos, y había que salir bien abrigado, con gorro y guantes. Apenas se veía gente por la calle, salvo los indios gorrones y borrachos, siempre prestos a pedirte unos centavos, holgazaneando cerca de las licorerías o junto a las barracas del Salvation Army, donde les dan comida y cama. Por cierto, la penúltima noche de mi estancia en el hostal vino un negro, con su mujer y dos hijos, pidiendo alojamiento fiado, a lo que los alemanes se negaron. Quizá hicieron bien, pero los encontré un poco estirados y bastante selectivos. Ella no me cayó bien: demasiado tiquismiquis para regentar un hostal. Aparte, había algo de falso en su rígida política “ecológica” y de reciclaje.La noche anterior a mi marcha me despedí del albergue con una entretenida partida de Pictionary entre seis o siete huéspedes, que por último salimos a pasear para intentar ver la aurora boreal; pero apenas pudimos atisbar algunos débiles resplandores. (No obstante, la mañana siguiente, unos japoneses que se habían quedado hasta muy tarde contaron haberla visto fabulosa.) Y en la fría mañana del miércoles, tras los adioses de rigor, Mariko y yo nos situamos sobre la ruta 1 para emprender nuestra aventura con destino Prince Rupert, en la costa pacífica de Columbia Británica. Atrás quedaba, para siempre, el plácido y relajado Whitehorse.

Tras un primer y anónimo lift de pocos quilómetros, que nos dejó en un cruce bien situado, enseguida nos recogió Karl, un camionero que conducía un Western Star -el Rolls Royce de los camiones, nos dijo- de 600 CV, propiedad de una empresa que fletaba al estilo tramp, y que arrastraba un semirremolque doble, sin carga. Karl era de Alberta, se encontraba más solo que la una, sus hijos le habían salido ranas (incluso uno metido en la droga), estaba divorciado y hablaba un inglés muy difícil de entender, cosa que entorpecía mucho la comunicación pero que, por lo visto, no le impidió disfrutar de nuestra compañía. Tenía, sin ser huraño, ciertos detalles de poca sociabilidad (por ejemplo, no responder al saludo de los otros camioneros en ruta). Pero ese rasgo del carácter se veía sobrepasado, o por su necesidad de compañía, o por una innata bondad, pues la amabilidad y solicitud que nos mostró superaron todo lo previsible.

Aunque -como queda dicho- nuestra intención era viajar por la Cassiar highway (ruta 37), que se bifurca de la Alaska highway (ruta 1) apenas unas millas antes de Watson Lake, un rato antes de llegar a esa bifurcación Karl nos disuadió de hacer dedo allí, aduciendo que la 37 casi no tenía tráfico, estaba sin pavimentar en su mayor parte y, como mucho, conseguiríamos un ride hasta Dease Lake, a mitad del camino, donde podríamos quedarnos colgados una semana entera. Era mejor -nos dijo- seguir con él un poco más, hasta Watson Lake, donde esperaba encontrar alguna carga que transportar en dirección sur y donde, en cualquier caso, teníamos bastantes más oportunidades de encontrar jalón. No sé si toda esta información era objetiva o si nos la dio sobre todo para seguir teniendo compañía un rato más, pues otros conductores que -como se verá- nos recogieron los días sucesivos habrían de confirmarla sólo parcialmente: si bien la Cassiar highway -nos dijeron- tenía poco tráfico, quienes toman esa ruta están mejor dispuestos a coger autostopistas; y si por un lado se tarda más en conseguir un ride, probablemente será uno mucho más largo, ya que apenas hay localidades intermedias. Sea como fuere, seguimos su consejo. Nunca sabré qué tal nos habría ido por la 37, pero -por lo que más adelante contaré- creo que habríamos tardado uno o dos días menos en llegar a Prince Rupert.

Llegados a Watson Lake, Karl consiguió, en efecto, un flete para llevar a Dawson Creek; y como había que esperar largo rato su turno para recibir la carga, nos llevó, mientras tanto, a visitar el famoso Plate Forest, o bosque de matrículas, un curioso lugar inaugurado, al parecer, allá por los años 60. Consistía en una especie de bosque de estacas de unos 3 metros de altura, sobre las cuales había clavadas unas 50.000 placas (cálculo mío, grosso modo), en su mayoría matrículas de vehículos, pero también señales de tráfico, letreros de carretera y placas de todo tipo y procedencia, incluyendo algunas troqueladas exprofeso para ser expuestas allí. Sobre todo las había norteamericanas, pero también muchas de Alemania y Suiza. No vi inguna española. Entre esta visita y hacer otros recados se nos pasó un largo rato; y en vista de que la carga para el camión se retrasaba repetidas veces, pensamos Mariko y yo en tratar de aprovechar las dos o tres horas que quedaban de sol intentando conseguir otro jalón. No obstante, como esta “deserción” podría decepcionar a Karl y hacer que no quisiera volver a recogernos si, para cuando hubiese recibido ya el cargamento, no habíamos tenido suerte, se lo planteamos a él antes de tomar una decisión. Nuestro temor resultó infundado: nos dijo que, si no conseguíamos ride o si cambiábamos de opinión, podíamos ir a buscarlo al cargadero, o a tal restaurante, así como contar con su ayuda si volvía a vernos en la carretera; de manera que, con esta seguridad, probamos suerte durante hora y media. Pero sólo conseguimos pasar frío. El sol se acercaba al horizonte, el escaso tráfico raleaba y ningún camionero nos recogía, así que decidimos volver grupas en busca del ininteligible Karl, que era una apuesta segura.

Según nos acercábamos al cargadero, vimos su Western Star venir hacia nosotros. Nos extrañó que estuviese ya listo, pues sabíamos que había otros camioneros esperando antes que él; pero era que había llamado por radio al último camión despachado para preguntarle a su conductor si había visto a una pareja haciendo dedo y, como su carga estaba ya pronta, vino exprofeso a buscarnos y recogernos. De modo que allí estábamos de nuevo Mariko y yo, bien calentitos en la cabina tractora de nuestro amigo, y bien ahumados también, pues fumaba como un carretero y no abría la ventanilla ni un tantito así. Ya empezaba a oscurecer cuando, una vez estuvo listo el flete -que al final se dilató más de lo esperado- continuamos nuestro viaje hacia el sudeste por la bellísima Alkan (Alaska) highway. Al cabo de varias horas, sobre las once y media, Karl se detuvo a pernoctar en un área de descanso que reconocí de mi viaje de ida en autobús; y para mantener caliente la cabina dejó el motor en marcha toda la noche, atronando todo el mundo: a los otros viajeros que, aparcados allí, trataban de descansar, a los huéspedes del motel vecino, y a Mariko y a mí. Él se acostó en la cama de la cabina y, como era grande, nos ofreció un sitio a cualquiera de nosotros. Yo le cedí el honor a Mariko y me acosté sobre el piso en mi esterilla, pero ella, sin aceptar la cama, intentó dormir nada menos que en uno de los rígidos asientos.

Huelga decir que, entre el ruido, las vibraciones, el calor y la dureza del piso, apenas pude dormir. Nos “levantamos” a eso de las siete y estuvimos tomando un café en el restaurante del motel mientras, por la ventana, contemplábamos el manso caer de la nieve sobre los árboles, los coches y el asfalto. Reanudamos el viaje bajo la blanca precipitación y a través de las colinas nevadas durante millas y millas. Mariko y yo nos turnábamos entre el asiento del copiloto y la cama: en el uno, para disfrutar del paisaje y los animales que de vez en cuando se veían; en la otra, para echar una cabezada y compensar la falta de sueño. Con eso, además, también nos turnábamos el peso de atender a la “conversación” de Karl. Hicimos una parada para hacer fotografías, otra para almorzar y otra para tomar un café; y sobre las cuatro de la tarde llegamos por fin a Dawson Creek.

1400 km, de Whitehorse a Dawson Creek, con Karl

Conductor infatigable, Karl nos había llevado, en total, 1400 kilómetros. Pese a lo embarazoso de tener que asentir constantemente a frases que no entiendes -o, peor aún, pedir que te las repitan-, el viaje fue agradable, pues era un hombre tolerante y con él no hacía falta prestar una permanente atención, para no meter la pata, a cada pequeño movimiento que haces. Además, a lo largo de todo el viaje nos ofreció varias veces su casa en Rycroft -unos 90 km más al este- y llevarnos él mismo a Prince George al día siguiente si es que había carga que transportar hasta allí. Nos pareció muy bien, pero al telefonear a la oficina le echaron la bronca por coger autostopistas y le dijeron que había carga, pero sólo a Grand Prairie, apenas 70 km al sur de Rycroft. Entonces modificó su oferta en consecuencia: podríamos pasar el viernes en su casa mientras él hacía el viaje de ida y vuelta, y el sábado -que era su día libre- nos traería otra vez a Dawson Creek para que pudiésemos mantener nuestros planes. La propuesta era tentadora, pero Mariko tenía los días contados (antes de volar a Japón, se entiende) y la rechazamos. Para despedirnos, no obstante, estuvimos comiendo juntos y, como invité yo, Karl se quedó tan encantado que, para compensar, nos regaló a cada uno una cámara fotográfica de usar y tirar. “Sois unos autoestopistas de lo más entretenidos -dijo para mi asombro, pues me parecía que debía de haberse aburrido como una ostra con estos dos pánfilos que tan sólo asentíamos bobamente cuando nos hablaba y no añadíamos una réplica que hiciera pensar que habíamos comprendido- no como otros que no hablan nada y te aburren”. Tal vez se encontraba tan solo que su necesidad de escuchar voces humanas se satisfacía con lo mínimo. En cualquier caso, me alegro de que nosotros también le sirviésemos para algo. Prometí enviarle una postal desde España y le dijimos adiós al pobre y solitario Karl, tan ávido de compañía.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
Esta entrada fue publicada en Norteamérica en autostop. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.