Domingo, 7 de septiembre. Mismo lugar.
¡Vaya puta mierda de albergue!, si se me permite decirlo. Encima de todas las restricciones que ya he mencionado, el personal es antipático y gilipollas. El único punto positivo es que se nos permite a los huéspedes hacer llamadas locales, gratis, si duran menos de tres minutos.
La jornada de ayer fue muy amena e interesante. Brillaba el sol, aunque hacía fresco, y Alex me llevó con él a visitar la bahía Turnagain, que es preciosa. La carretera discurre flanqueada por el mar (a 50 m) y por las montañas (a 100 m) en un bonito contraste. Tuvimos la suerte de coincidir con el momento de mayor intensidad de la merea entrante, tan grande en esta latitud del Pacífico (la diferencia de nivel entre bajamar y pleamar puede alcanzar el equivalente a cuatro pisos de altura) que producía un fenómeno curiosísimo e impresionante: el agua marina, al inundar el llano, negro y desnudo lecho de la bahía, lo hacía en una única ola que -como el correr de una cortina- avanzaba incesante playa adentro, desde mar abierto, a lo largo de varias milas, sepultando bajo diez pies de agua el lodo bituminoso del lecho, que en un instante desapareció de nuestra vista. Esa singular ola, que se formaba en la bocana de la bahía (donde, por cierto, vimos también unas cuantas de las pequeñas ballenas beluga) y no se detenía llegar a su extremo, iría seguida -es de suponer- por otras, pero mucho menos espectaculares, ya que avanzarían sobre el agua traída por esa primera, no directamente sobre la arena.
Continuamos por la carretera hasta el lago Portage, en el que morían dos glaciares y donde algunos arroyos venían a drenar sus aguas color azul grisáceo, tan frías que -por repetir las acertadas palabras de Alex- más que agua parecían hielo líquido. Y, de hecho, diríase que estaban más frías que el propio hielo. Aquí las llaman glaciar waters, y en efecto provienen -como claramente podía verse- del deshielo de los glaciares, que las destilan desde su extremo inferior en arroyos que se despeñan montaña abajo formando cascadas. También el agua del lago tenía ese color, pero perdía su oscuridad grisácea y adquiría un tono cobalto más claro.
Otro espectáculo digno de ver en aquella excursión fueron los centenares de salmones que, en sus últimos días de vida y con el lomo rojo y lleno de lamparones, trataban desesperadamente de hacerse camino hacia los desovaderos, aguas arriba de un cristalino arroyo. Tantos había y tan cerca nadaban de la superficie, que podrían cogerse fácilmente con las manos.
En un estand de por allí probé por primera vez un corn-dog, bocado antes muy popular y actualmente en declive, según Alex. Es como un hot-dog que, en vez de pan, va embutido en una masa de harina de maíz frita. Es barato y muy sabroso. Al regresar a Anchorage nos pasamos por el local donde trabajaba Sunny, una amiga suya (y no sé si algo más), y allí nos tomamos, on the spot, dos o tres pintas de cerveza y un shot de licor de manzana. La chica era maja y tuve una animada conversación con ella mientras Alex entrevistaba al cantante que actuaba allí esa tarde. Cuando me separé de ellos, quedamos en que llamaría más tarde a Alex para que viniese a recogerme al albergue y tomar unos últimos cacharros en otro local donde Sunny estaba de camarera, pero no fui capaz de dar con él: o tenía el móvil apagado, o no supe marcar bien el número; de modo que, tras dejarle un mensaje, y otro en casa de ella, me acosté.
Ahora son las 11:20 y el hostal está casi desierto. Se nota el final de la temporada alta. He pasado frío esta noche porque, encima de que el albergue no tiene la calefacción encendida, me han asignado un dormitorio en el sótano, que es el lugar más fresco; y además nos hemos quedado sólo dos huéspedes de los cinco que éramos el día anterior, por lo cual somos menos a calentar el espacio con nuestros cuerpos. Y me temo que pagué mi frustración con mi tímido vecino, un tipo bastante simpático de Arizona que estaba deseando hablar, pues cuando intentó trabar conversación yo me hice el sueco. Ahora, al pensar en sus ojillos tristes y avergonzados, me remuerde la conciencia; pero no tuve ocasión de reparar mi error porque esta mañana se fue muy temprano. Por cierto que he hecho un nuevo intento -fallido- de contactar con Alex y Sunny, así que lo intentaré más tarde. Según me dijeron, hoy me darían un lift en dirección a Homer, pero ya veremos.
Lunes, 8 de septiembre. Homer (Alaska)
Ayer, por fin, conseguí hablar con Alex. Todo fue con retraso y la salida de Anchorage se demoró hasta la una y media. Me dijo que sería cosa de un rato y al final fueron más de dos horas. Si me hubiese dicho cuánto iba a tardar habría tenido tiempo sobrado para salir a comprarme un libro. Se presentó con Sunny (no, no era su novia) y me dieron un jalón de unas 30 millas hacia el sureste. Luego me invitaron a un restaurante, y pasaban ya de las cuatro cuando terminamos de comer. Allí nos despedimos.

De Anchorage al camping de Kelly cerca de Portage. Al este, glaciares.
Apenas me puse en la carretera me recogió el primer conductor que pasó. Era una mujer que tenía un camping cerca de Portage, donde me ofreció lugar para la tienda por cinco pavos. Acepté, claro. Era un terreno bastante grande y, según entendí, lo llevaba a medias con su hermano. Todavía están construyendo algunas cabañas. Cuando ya me había instalado, cambió de opinión y, por el mismo precio, me ofreció quedarme en una de éstas, así que mientras yo desmontaba otra vez la tienda y me mudaba, ella preparó la cama, arregló el desorden y encendió la estufa. Los demás huéspedes eran, por lo visto, clientes fijos; a saber: una mujer de estupendo aspecto y cara curtida que parece rumiar aquí su amargura; una pareja de hippies en una roulotte; un joven que trabaja como cocinero en un restaurante cercano; el chulo de la jefa, que es un pelirrojo con un perro más crudo que el copón (el perro); y un amiguete que hace de electricista. Ayer estaban también su padre y su hermano, pero se fueron a la tarde.
Para retribuirles el buen trato preparé la consabida tortilla española, que -como siempre- fue un éxito a pesar de las precarias condiciones en que hube de hacerla: sin útiles de cocina adecuados y a la débil luz de una Coleman; eso, por no mencionar a los tres o cuatro babosos perros gigantes husmeando por allí, a todos los porretas estorbando, o al electricista -que padecía del mal de San Vito- dando brincos por todo el lugar. Con diferencia, la mejor de todos, la más atenta y menos excéntrica, era Kelly, la dueña. Como pronto comprendí, aquello era una guarida de jipis. Tres o cuatro veces, como poco, me ofrecieron un chute de marihuana. Por suerte, al menos tenían cervezas frías. El cobertizo, que hacía las veces de cocina, comedor y salón, no dejaba de ser pintoresco, con sus paredes de troncos y su techo de lámina. Dentro de un bidón ardía una candela. Mientras estuvimos allí llovió un par de veces, y otras tantas se despejó, apareciendo el cielo estrellado. Doña Estupenda apareció, cenó un poco y desapareció sin haber probado mi tortilla. El cocinero se fue con ella, juntos pero no revueltos; y como ocupaban distintas cabins, no supe a qué atenerme; y sigo sin saberlo, porque parecen ir cada uno a su rollo. Poco a poco los comensales fueron desfilando a sus habitáculos y, al cabo, me fui yo también, dejando allí a Kelly con su chulo y el electricista.