23 de julio (continuación)
Fue en ese albergue donde empecé a forjar una teoría del lesbianismo en las viajeras; teoría que desde entonces no ha hecho sino afirmarse, porque vengo observando que las mujeres que viajan en grupo, que son muchas, no prestan la menor atención a los hombres. [Esta peregrina idea, fruto quizá de la frustración más que de otra cosa, se vio desmentida con el tiempo y la madurez, pero como aquí estoy transcribiendo literalmente el diario de viaje que escribí, omitirla ahora sería faltar a la honestidad.] Por cierto que esa tarde una zorrita [dicho aquí en el sentido de “astuta y pícara”] costarricense hizo uso de sus atractivos para aprovechar mi masculina fuerza en su beneficio, usándome para subirle la maleta hasta la habitación. Era una señorita bien, muy apenada por haber olvidado su cámara y horrorizada por tener que compartir dormitorio con otras mujeres, así que peleó en recepción por algo “más privado”. Por suerte, vi a tiempo de qué iba y no me cuidé más de ella. Una vez que me deshice de su influjo fui a pasear por la ciudad hasta que a las 20:30 empezó la actividad organizada por el albergue para esa noche: un bar tour. Mi compañero de dormitorio, un joven surcoreano que apenas hablaba inglés, muy simpático y educado, se apuntó también y allá nos fuimos los dos.
En el grupo había una simpatiquísima pareja de Alemania que, por desgracia, se iba al día siguiente. Otros hombres y lesbis completaban la partida, liderada por un entusiasta guía francoparlante que hablaba bastante mal el inglés. No estuvo mal la cosa. Fuimos a un par de bares donde nos tomamos unas carísimas cervezas y yo dividí mi atención entre el surcoreano (se llamaba Yon, o Chon), los alemanes (de los que no sé decir quién era más majo, si él o ella) y un estadounidense colgado que no tenía compañero de charla. Había más varones que hembras, y éstas no confirmaron mi teoría; pero la guapa del grupo no habló con nadie y no tardó en irse. En el segundo bar me aburrí un poco: la cerveza me gustó menos y me tocó una compañía de mesa menos entretenida. Había un extraño trío, chica-chico-chica, bastante borrachos, cuya dinámica no entendí: parecía estar formado por una pareja y una carabina, gordita pero linda de cara, que a pesar de su aparente interés por mí me pegó un tremendo corte cuando, por hacerle un favor (pues maldito lo que me atraía), le dije que tenía los ojos bonitos. Pero lo de la pareja tampoco estaba claro, pues ella andaba coqueteando por ahí y a él parecía dársele un ardite. Cuando, en fin, me cansé de tanta mediocridad y tanto fracaso, me fui, arrastrando conmigo a Chon, que me hizo compañía hasta el albergue. No obstante, comoquiera que yo le había pagado una cerveza y se sentía en deuda conmigo (ya se sabe cómo son estos orientales), aprovechó una frase sobre “hambre” que hice al descuido e insistió en invitarme a comer algo. Compró una pizza pequeña en un Domino’s y nos la tomamos amigablemente en el comedor del albergue. Simpático el baboso, me había estado enseñando rato antes todas las ciento y pico de fotos que, en su cámara digital, había hecho los últimos días. También me enseñó cómo se escribían o decían algunas cosas en coreano, que al día siguiente olvidé.
En cualquier caso, un compañero de dormitorio como éste hizo que los que me tocaron al día siguiente me resultaran unos indeseables. Y es que, animado por lo agradable del ambiente y con la vaga esperanza de volver a encontrar a alguna de las chicas guapas, prolongué mi estancia una noche más; cosa que resultó ser una pérdida de tiempo, ya que ese día no tuvo nada que ver con el anterior. No recuerdo qué hice; seguramente patear la ciudad, tal vez algunas compras, conectarme a internet en la impresionante biblioteca pública de Montreal y enviar unas postales. Mi idea de ir al cine se disipó al ver los precios: en torno a 10 $. A lo mejor fui a la estación de autobuses a preguntar horarios; a lo mejor compré este cuaderno en que escribo. No estoy seguro de ninguna de estas ocupaciones.
La actividad para esa noche, que empezaba también a las 20:30, era ir a ver un “concierto” de música africana que había con ocasión del festival Juste por rire (“Sólo por reirse”) que se celebraba esos días en la ciudad. El grupo, bastante más aburrido que el de la víspera, era -si cabe- más desequilibrado: había unas lesbianillas y un par de andrófobas (francesa una de ellas) que, cómo no, se hicieron amigas entre sí; luego, tres “amiguetes” muy colegas y cerrados, la guía, una pareja normal de australianos, y yo. El festival era un auténtico coñazo, por lo que comprendo que la gente empezara a “perderse” pese a lo emocionada con el concierto que estaba la guía. Aparte de ésta, los únicos con los que hablé fueron los australianos, más o menos simpáticos (sobre todo él). Cuando no aguanté más el aburrimiento, me marché. Al llegar al albergue, sólo uno de los tres coleguitas había vuelto. Los otros dos llegaron tarde, se acostaron sin poner sábanas sobre los colchones y roncaron de lo lindo. Ya en Lake Placid (escarmentado por mi primera noche de camping, junto a la carretera) me había comprado unos tapones para los oídos, pero de todas formas dormí fatal, porque al acostarse el que ocupaba la litera encima de la mía se subió de un salto y me despertó bruscamente; el pajillero de los cojones, que luego debió de pasarse toda la puta noche meneándosela o cosa parecida, pues cuatro o cinco veces volvió a despertarme el insistente traqueteo de la litera. ¡Menuda escoria de gente! No iba yo prevenido contra compañeros de este tipo.
Por la mañana, sin haber apenas descansado, me puse en marcha tras desayunar el resto de mis provisiones y un Egg McMuffin que le habían regalado a Lucas en el McDonalds del día anterior. Osé hacer autostop, cosa que en las ciudades grandes resulta bastante difícil; pero no fui desafortunado. Primero me fui en autobús hasta las afueras, donde me encontré con otro tipo que hacía dedo en dirección opuesta (hacia Montreal) y que, entre parabienes y ofrecimientos (su casa, su teléfono, un ride con un “amigo”), me dijo que tuviera cuidado porque en ese lugar estaba prohibido pedir lift. No le hice caso y busqué un rincón apropiado, donde tras un buen rato de espera me cogió un vejete, ingeniero él, que había estado trabajando en España muchos años (en las minas de Cantabria, creo) y me dio jalón hasta un satélite cercano. Rato después, un hombre angelical me llevó hasta otro satélite, el último del área metropolitana, donde -me dijo- tendría muchas más posibilidades. Tres minutos más tarde volvió a aparecer, disminuyó la velocidad al pasar junto a mí, abrió la ventanilla y, diciendo “lunch time!”, me lanzó al vuelo una hamburguesa que había ido a comprar para mí a un McDonald’s cercano. Me quedé pasmado y apenas acerté a darle las gracias y hacerle un gesto de despedida mientras se alejaba.

De Montreal a Toronto en autostop
Hasta Toronto [¡más de 500 km!] me llevó un moro que me cogió al poco de estar allí esperando. Un moro con pinta sospechosa que no hablaba francés y apenas chapurreaba el inglés, que llevaba un collarín terapéutico y que decía tener un terrible dolor de cabeza. Fui hablando con él todo el camino, o mejor dicho escuchando su disparatada conversación acerca de la fraternidad, la religión, su suegro al que iba a recoger en Toronto, su oficio de camionero que no ejercía desde que tuvo el accidente, lo desgraciada que era su vida en los últimos años, los hijos que no tenía, etcétera. Un tipo inquietante, como suelen ser los moros, que me invitó a una Coca-Cola y una chuchería de chocolate cuando le conté que el anterior conductor me había comprado una hamburguesa; un tipo que, extrañamente, no parecía tener el menor interés en saber de dónde venía yo ni lo que hacía, y que ni siquiera me preguntó mi nombre, pero que al final resultó ser O.K. Me dejó en un lugar de la ciudad donde podía coger un bus al centro y me dijo adiós con afecto. Se alegraba, dijo, de haber hecho el viaje conmigo y no aceptó mi ofrecimiento de compartir el gasto de combustible.