Jueves, 4 de septiembre. Mismo lugar.
Anoche descansé bien y, gracias a un paño abrigoso y ligero que me compré en Fairbanks, no pasé frío. Lo que sí me disturbó un rato, a eso de la medianoche, fue la ruidosa llegada de un coche y las voces de sus ocupantes. Al principio pensé que eran locales que venían de juerga y temí que fuesen a darme la noche, pero seguramente eran tan sólo viajeros o montañeros que se conocen la zona y saben dónde pernoctar gratis, ya que pronto dejaron de hacer ruido y, a partir de ahí, el silencio fue sólo turbado por el murmullo del río, el canto de algún pájaro solitario o el paso de un tren por las cercanas vías. El caso es que esta mañana, al salir de la tienda, ya no vi a nadie.
El río Chulitna discurre por un anchísimo cauce plano de origen glaciar y, en su mayor parte, seco en esta época del año, de modo que queda a la vista el lecho de cantos rodados y una multitud de isletas elevadas que, a juzgar por su abundante vegetación y arboleda, no deben de quedar inundadas durante las avenidas. En una de dichas isletas he puesto la tienda. Pese a la escasa pendiente de la cuenca, la corriente circula a una considerable velocidad y la superficie del agua hace un efecto visual muy curioso: parece convexa.
Por lo demás, Talkeetna es tan aburrido como absurdo es mi objeto aquí: esperar a que aclare para ver el McKinley; y el tiempo no tiene ningún aspecto de aclarar. Cuando ya te has recorrido varias veces la calle principal, no hay nada más que ver o hacer; de modo que, tanto si consigo ver el monte como si no, me iré mañana por la mañana. Menos mal que el “alojamiento” está saliéndome gratis. Por las mañanas llegan autobuses de turistas y se marchan a la tarde. Algunos visitantes se quedan a pernoctar, ignoro para qué; quizá con el mismo propósito que yo, pues este pueblo no sirve para otra cosa. Por cierto, Alaska no es tan cara como me habían dicho. Sí más que otros estados y, desde luego, que Canadá, pero aun así asequible. Un café cuesta 1’25 $ (o incluso 50 ¢ en una máquina), medio sándwich de pavo, 4 $, y por 25 ¢ te compras un par de plátanos. En una gasolinera puedes ducharte por 2 $, y el alojamiento en Fairbanks no me ha parecido más caro que en cualquier otro lugar.
Viernes, 5 de septiembre. Anchorage (Alaska)
Con esos pensamientos y otros cien del mismo estilo distraje mi cabeza ayer, hasta el punto de que no recuerdo ni cuándo ni dónde escribí lo último. Lo que sí tengo claro es que, aparte de tomar una ducha en la gasolinera, en todo el día no hice nada interesante. Pasé el día vagando por el pueblo como bote a la deriva: un rato aquí, otro allá, sentado en el parque, viendo gente jugar al frisbee, paseando por el puente del ferrocarril, explorando la ribera de cantos rodados o tomando el té en un local con viejas mesas y camareras de mirada audaz -otro té, por favor- mientras escuchaba a dos jóvenes y regordetas rubias de mirar atrevido, coqueto y vano, hablar en un idioma con resonancias rusas que resultó ser polaco, según les pregunté y sin que esta iniciativa mía cuajase en una charla. Al fin volví a mi tienda y me preparé para pasar la noche, que habría de ser más fría que la anterior, pues el cielo estaba despejado.
En esta ocasión no me disturbaron el sueño molestos vecinos ni ruido de motores, pero a indeterminada hora de la noche algo ocurrió que me puso los pelos de punta: desde las remotas profundidades del sueño provino un débil pero distinto sonido de pisadas sobre los cantos rodados que irrumpió en mi vigilia hasta despertarme; pisadas que llegué a escuchar con claridad y que se detuvieron de repente, como un vertebrado (animal o humano) que interrumpe su avance y escucha, espera, acecha u olfatea. Y así nos quedamos, la noche y yo, paralizados durante interminables minutos sin dar ninguno señales de vida. Hasta cuándo duró ese trance, no puedo decirlo; sólo sé que no volví a oir nada más y que mis sentidos, fatigados por la tensión y dado que no captaron ningún otro signo de movimiento alrededor, se relajaron hasta que caí de nuevo manos de Morfeo; y si bien durante esa noche volví a despertarme varias veces, fue a causa del frío o de una mala postura, sin preocuparme más por el origen de aquel ruido. ¿Había tenido uno de esos sueños vívidos con residuo onírico, o fue simplemente un animal cuyas pisadas se apagaron al pasar de los cantos rodados a la arena, dejándome la sensación de que se había detenido, cuando sólo fue el sonido el que se extinguió; o que permaneció inmóvil durante largo rato y reinició su movimiento después de que yo hubiese vuelto a dormirme? No llegué a saberlo.
Esta mañana me despertó la intensa claridad del día. Al salir de la tienda, sólo permanecía nublada una parte del cielo, justo hacia el noroeste, cubriendo la cadena montañosa, aunque no del todo, ya que algunos picos parcialmente nevados asomaban tímidamente entre las nubes desgarradas. “¿Es ése el McKinley? -le pregunté a un fulano que andaba por allí, pero que no lo sabía de cierto aunque suponía que sí-. Pues no es tan impresionante ni tan alto como me había imaginado, pero de todas formas es bonito.” “Yes, it is“, me respondió. Y nos pusimos a charlar. De nombre Alex, dijo ser neoyorquino y andar viajando por Alaska para hacer un reportaje a base de entrevistas espontáneas. Me propuso una y accedí. Mientras me filmaba, con el presunto McKinley de fondo en la clara mañana, me hizo una serie de preguntas, cada una de las cuales habría yo necesitado un día entero para responder. Al finalizar, seguimos charlando, olvidándonos por un rato de las montañas. Me ofreció llevarme a Anchorage una vez que hubiese hecho dos o tres entrevistas más. De ponto alzó la mano e indicó el horizonte a mi espalda. Al girarme, vi que las nubes habían ido abriéndose y que, entre ellas, había emergido una enorme masa blanca cuya altura doblaba la de los primeros picos entrevistos. ¡El McKinley! Ese sí que era él. “Es inconfundible -me había dicho alguien el día anterior, y no mentía-, you can’t miss it.”

Posición relativa del McKinley respecto a Talkeetna
Era, en efecto, inconfundible: destacando sobre todos los demás por su singular elevación e impresionante aspecto, parecía querer subrayar la magnitud de su maciza consistencia. Y a medida que las nubes medias se deshacían en jirones como una tela podrida, podíamos verlo cada vez mejor. Estuvimos contemplándolo un buen rato. Luego, Alex se puso a entrevistar a otro señor que apareció por allí. También eligió filmarlo con el McKinley de fondo, pero unos cúmulos nacientes fueron poco a poco ganando el terreno que los altostratos habían cedido y, al cabo, la montaña quedó de nuevo oculta. ¡Por Dios que era tímida! Pero yo estaba muy contento porque mi espera había sido fructífera: “A lo largo del año, el McKinley se ve un día de cada tres, por término medio”, me había dicho un vecino de Talkeetna; y la estadística se había verificado al pie de la letra: el monte se dejó ver en la mañana del tercer y último día que yo había decidido pasar allí. Ya podía marcharme tranquilo.
Mientras Alex hacía una entrevista más -esta vez a una solterona local- yo desarmaba la tienda y empacaba mis cosas. Nos pusimos de camino a Anchorage pasado el mediodía. El viaje fue bastante bonito, pues durante casi todo el trayecto la carretera discurre cercana a otra cadena de montañas hacia levante, altas y nevadas, en las que se distinguen un par de glaciares.

De Talkeetna a Anchorage con Alex
Anchorage tiene 300.000 habitantes y es una ciudad tan fea como otra cualquiera. El tráfico es relativamente denso y la gente no parece especialmente simpática. El albergue donde me quedo es muy poco hospitalario: no hay devolución si cancelas la reserva, la puerta se clausura a la una de la madrugada, la cocina de 23 a 08, y los dormitorios de 10 a 17 (vamos, que no puedes echarte una siesta). Además, no es barato: 20 $; así que de momento he reservado sólo un par de noches, y no me dolerá irme. En cuanto a los huéspedes, salvo un japonés que me ha dirigido la palabra, el resto va a lo suyo. Esta vez no hay la pareja de viajeras de rigor. Aunque los hostales son, supuestamente, lugares con un ambiente idóneo para conocer gente y trabar amistades, lo cierto es que eso sólo me ocurre las menos de las veces; de modo que voy a tener que poner en entredicho ese mito.
Una salida a comprar comida y un largo e infructuoso paseo para comprar un libro (he terminado de leer The Russia house y necesito nuevo combustible) han completado mi tarde de hoy.