Jueves, 11 de septiembre (continuación)
Todo el viaje transcurrió a lo largo de inacabables bosques de aspecto otoñal iluminados por el sol del atardecer y, en el horizonte, hacia uno u otro punto cardinal, siempre alguna cadena de altas montañas nevadas. Hasta pasamos muy cerca de un largo glaciar cuyo extremo, de un blanco muy puro, derritiéndose año tras año -lenta pero inexorablemente- en un yermo campo de montículos negros y lodosos, parecía una gaviota caída en un barrizal.
A veces, mientras Abe conducía incansable, yo dormitaba. Ya atardecía cuando llegamos a la frontera. Mi paso fue rápido, pero a él lo retuvieron más de media hora. Esperándolo en el coche, lo vi hablar largo rato con la oficial dentro del puesto. En cierto momento salió y vino a buscar algún documento en la guantera. Me dijo: “ya acabo; van a hacerme un pase.” Por fin regresó con unos papeles en la mano. –¿Todo resuelto? –Sí. –¿Y cuál era el condenado problema? –Bueno, hace unos veinte años tuve algunas condenas por peleas y tengo antecedentes penales. Pero desde hace quince estoy limpio; ni siquiera me han puesto una multa de tráfico; así que la agente ha accedido a hacerme un pase temporal de siete días para que pueda cruzar hasta los Lower 48; una vez allí, puedo solicitar del gobierno canadiense una rehabilitación permanente. Esto coincidía con lo que Hank, el exconvicto del albergue de Fairbanks, me había contado de cierta ocasión en que, en la frontera canadiense, le dijeron “we don’t want people like you in our country.” Tal vez Canadá se cuida mucho de ser el país receptor de toda la escoria yanqui. Pero significaba, también, que Abe me había mentido otra vez: ni era israelí, ni ignoraba por qué podía tener problemas en la frontera. ¿Un violento rehabilitado? Puede ser.
Nuestro viaje duró aún varias horas más hasta que, ya noche, llegamos a un lugar donde nos permitieron poner la tienda gratis. Para mi sorpresa, Abe sacó del maletero un saco de dormir, se metió en él sin desvestirse y se puso a dormir a la intemperie. Él dormía de cualquier manera -me dijo- y sólo se quedaba en hostales cuando necesitaba una ducha. Empezó a lloviznar al acabar de montar mi tienda, así que lo invité a compartirla. Cabíamos algo justos, pero bien. No obstante, al cabo de una hora lo oí moverse y vi que buscaba la cremallera del cierre. Dijo no sé qué sobre dormir dentro y salió a pernoctar fuera. Por un lado me alegré, porque me quedaba más holgado y, además, el hombre apestaba a tabaco; pero por otro lado lo lamenté, pues ahora tendría que calentar la tienda yo solo. Y, en efecto, pasé frío esa noche. Cuando me levanté, a eso de las 7:30, vi que el terreno estaba escarchado. Abraham llevaba ya una hora en pie, esperándome, y estuvo tomando un café mientras yo recogía mis cosas. Le pregunté si no había pasado frío. No, sólo un poco al final. Buen saco debía de tener, pensé. En cuanto me tomé mi café calentito, nos marchamos.
La mañana estaba preciosa: sobre la superficie del lago humeaba el vapor de agua, girando en lentas espirales ascendentes que acababan disipándose unos metros más arriba, y a media ladera de las montañas vecinas franjas delgadas de niebla imitaban las rayas de un pentagrama. Al cabo de dos o tres horas llegamos por fin a Whitehorse y paramos directamente en un McDonald’s, donde Abe quiso invitarme a desayunar; pero yo me había tomado un sándwich y tenía prisa por llegar al hostal y perderlo de vista: pese a agradecerle el largo jalón, lo último que me apetecía era pasar otro cuarto de hora con él, en silencio. Como no se orientaba bien con los mapas, tuve que indicarle qué ruta debía tomar para llegar a su destino, y en cuanto se lo hube explicado, dio media vuelta y, sin decir una palabra, se dirigió al restaurante. Yo me quedé allí pasmado, mochila al hombro, sin saber si seguirlo para despedirme o largarme sin más; pero cuando ya se había alejado unos pasos, se volvió de pronto y, como quien acaba de recordar algo, se acercó a mí, me dio la mano, dijo “nice to meet you” y se fue. Vaya un tipo extraño.

Último tramo con Abraham, de la frontera a Whitehorse
Sábado, 13 de septiembre. Whitehorse (Yukón).
A orillas del río Yukón, cuyas transparentes aguas tienen aquí un tono algo verdoso, Whitehorse es una localidad muy grata, con un ritmo de vida pausado y el tamaño suficiente (23000 almas) para tener de todo pero no tan grande como para resultar bulliciosa. Puede recorrerse fácilmente de punta a punta caminando, y sus calles son amplias y de buen aspecto. El hostal donde vine a parar hace ya dos días, regentado por un matrimonio alemán que entiende la aguja de marear, es muy agradable, más o menos asequible (20 CAD), bastante limpio y con buen ambiente. Hay gente maja con la que charlar y me siento a gusto, así que voy a quedarme hasta que me apetezca. He conocido a Pep Roig, Pepe para los amigos, un balear bastante simpático con quien he podido descansar de tanto inglés. Con sus 37 años, tiene un aspecto joven y un espíritu deportista. Fotógrafo de profesión, amante de la naturaleza y remero por afición, viaja por el Yukón y Alaska recorriendo caminos, montañas y ríos en busca de paisajes y vida salvaje. No entiende de filosofías y, cuando le hablas, no te escucha más allá de las cuatro o cinco primeras palabras, a las que asiente enérgicamente antes de que acabes la frase; pero está siempre de buen humor, tiene golpes chistosos y es agradecido, poco exigente y gran compañero de mesa.
Aparte de unos veinte japoneses que han venido con idea de ver la aurora boreal, los otros huéspedes son: un holandés, también simpático, que se ha ido hoy; Chris, de Toronto, que trabaja con ordenadores, charlatán y animado, muy friendly y bastante independiente; Katherine, una canadiense que podía ser mona pero se queda en pasable, aunque está buena de cuello para abajo; es lista, algo escandalosa y un poco vanidosa: dice que unos meses atrás se rapó el pelo para espantar a los hombres; y George, un inglés con buena pinta que acaba de llegar hoy.
Martes, 16 de septiembre. Mismo lugar.
Estos días he conocido un poco mejor a George. Es ingeniero de estructuras y se ha tomado una temporada sabática para viajar. Muy británico, de Birmingham, purista del inglés (y del té), perfeccionista de la pronunciación y con un acento cockney realmente encantador, distinguido y musical. Es uno de esos raros ingleses que toman lo mejor que su cultura puede ofrecer y que van por el mundo despreciando los vicios reaccionarios de su país a la vez que siembran britanismo con su flemática conducta. Su conversación es ágil, inteligente y burlona. Por cierto que, en cuanto llegó, Kate se encaprichó de su acento, se rió con él más alto que con nadie y se apresuró en presentarse: “By the way, my name is Katherine, and yours?”. Le gusta el muchacho y no ha perdido el tiempo con él: ayer por la tarde se fueron juntos a jugar al golf y no aparecieron hasta esta mañana. Así funcionan las cosas en los youth hostel: todos estamos de paso y sabemos que, quien quiera algo, o aparca los disimulos o se le escapa la ocasión.
Pepe, Chris, George y yo hemos formado un grupito bastante majo, y juntos hemos discutido sobre España e Inglaterra, Europa y Norteamérica, cocina, coches, bebidas, té, viajes, costumbres, cine y literatura. Cuando se da esa conjunción de personas con afinidad de carácter o actitud resulta penoso que se disuelva; pero hoy empezó la diáspora: Pepe ha tenido suerte, el jodío: tras pasar tres días planificando y preguntándose cómo iba a ir hasta Kluane -si en bus o a dedo- y cuándo -si ayer u hoy-, llega una chica de Ontario, monilla pero seca como un cardo, que va en la misma dirección y que le ha ofrecido llevarlo en su coche, así que se fueron juntos esta mañana. ¡Buena suerte, amigo! Ya estoy echándolo de menos, pues enseguida me habitué a su compañía alegre, desenfadada y algo superficial. George parte mañana a Dawson City, y yo me iré hacia Prince Rupert con Mariko, una japonesita cuya ruta y fechas coinciden con las mías y que se ha animado a hacer dedo juntos por la Cassiar highway. Chris se queda hasta el sábado y regresa a Toronto.
Hoy, de despedida, he preparado unas lentejas, “otra de mis extravagancias españolas”, según palabras de George. Me han quedado de rechupete. Mi estancia aquí ha estado marcada por la cocina y mis escasos platos me han conferido fama de gourmet. Una japo a la que he enseñado a hacer tortilla de patatas (y que tengo ahora mismo enfrente, viéndome escribir) se ha quedado asombrada –me ha dicho– de que dedique mucho más tiempo que la mayoría de la gente a cocinar. Quizá lo que para un español es la cosa más elemental, para esta fauna sea cosa de gastrónomos sibaritas. Desde luego, casi todos los platos que veo preparar en los albergues me parecen bastante cutres, sean del país que sean. Ni siquiera Pepe, cuando viaja, se prepara algo más elaborado que una sopa de noodles. Por cierto, la japo que me mira va a quedarse cinco meses trabajando en este hostal. Es muy simpática, pero no es mi tipo; y estos japos no te invitan a su país ni locos.
Así es que la estancia en este albergue, en esta ciudad, se me ha pasado volando; y ese insensible paso del tiempo me ha recordado mucho a La montaña mágica, de Mann: te levantas, desayunas tranquilamente, prolongas el café un largo rato charlando con alguien, te das una vuelta por el pueblo para hacer algún recado o comprar algo, y ya es llegado el momento de preparar el almuerzo. Cuando quieres darte cuenta, estás tomando un té de sobremesa con otros huéspedes. La tarde se te va en unas horas de lectura o conversación, conectarte a internet, ir al cine o darte un paseo cerca del río; y ya estás otra vez en la cocina, listo para hacer algo de cena. Una última cerveza en compañía llena el rato que falta para irte a la cama. Yukon time, el tiempo del Yukón, es como llaman aquí a esa tranquilidad, esa ausencia de prisa en la vida: igual que fluyen las aguas del río Yukón, suave y mansamente, sin rápidos, sin sentirlo. Tal vez sea el río lo que marca ese patrón temporal, esa pauta de vida; el omnipresente río Yukon, que según parece hizo esta tierra, la fiebre del oro y todo lo demás, y que vio nacer, a sus orillas, tantas localidades al norte del paralelo 60: Whitehorse, Dawson City, Eagle… Los barcos de grandes palas que estuvieron recorriéndolo hasta hace apenas medio siglo han quedado ya convertidos en museos dispersos por toda esta zona, varados en tierra como durante su vida activa los ponían, al llegar el invierno, para que el hielo no les destrozara el casco al congelarse el río. Por doquier se ven, en Whitehorse, viejas fotografías de barbados pioneros en roñosas cabañas de troncos, panning for gold.