Jueves, 11 de agosto (continuación).
Desde Soldotna (¡y venga a pasar coches!), un chaval encantado de haberse conocido, que me subió para explicarme fáctica y empíricamente que él siempre recogía a los autoestopistas porque viajaba mucho, me llevó unas pocas millas hasta el siguiente pueblo. A eso de las seis y media empecé a pensar que tendría que ponerme a buscar un lugar para acampar, pero entonces veo, alucinando, que se para un motorhome. ¿Será a mí, Señor? Sí, hijo mío, a ti es. ¿A dónde vas?, me preguntó el conductor. Intento llegar a Anchorage. Pues vámonos a Anchorage, me dijo. Y subí. ¡Ah, amigo! ¡Eso es comodidad; eso es lujo! Mi nuevo benefactor era un nativo que vivía en Kodiak y que llevaba su viejo motorhome hasta Fairbanks, donde uno de sus vástagos lo necesitaba. Tenía que ser, cómo no, un indio quien rompiese la regla inquebrantable de que los motorhomes nunca recogen autostopistas. Un indio simpático, grande y orondo como un sol, exalcohólico rehabilitado y cristiano practicante, que había cambiado su profesión de mecánico diésel por la de carpintero-constructor. Viajaba en comitiva -a paso de caracol- con un amigo, también de Kodiak, que conducía el vehículo precedente. “Es mi amigo Donald -me dijo Steve- que me ha enseñado todo lo que sé sobre carpintería.” Steve era de esos conductores que esperan a última hora para frenar en un semáforo o al doblar una esquina, y no por tendencias suicidas, especial inclinación al riesgo o afición a los rallies, sino por una defectuosa apreciación de las distancias; y es que luego, los de este mismo género, titubean a la hora de adelantar en tramos suficientemente largos y con buena visibilidad.

Hasta Anchorage en el motorhome de Steve
El viaje fue precioso, bordeando el mágico río Kenai, de anchas y rápidas aguas azul turquesa, fabulosas para la pesca, a las que -sin embargo- Steve no prestó la menor atención: sin duda la sensibilidad hacia la naturaleza no era su punto fuerte. Cuando le conté que pensaba pernoctar en Anchorage me dijo que podía dormir en su autocaravana. Llegados a la casa de su hija me presentó al mentado Donald, un vejete agradable, simpático y charlatán; y enseguida me invitaron a cenar en un restaurante, aunque en aquella ocasión -cosa rara- yo no tenía hambre. “Tenemos que alimentarte”, dijeron. Steve había quedado en el restaurante con su gordo hijo y su gorda nuera, una pareja recién salida de la adolescencia, consumistas inmersos de lleno en la muy “americana” dinámica de trabajo y gasto, encantados de tener cada uno dos curros y de poder pagar toneladas de facturas: el coche, el móvil con pantalla azul, el nuevo frigorífico tamaño ropero, el DVD, la pantalla de 32″, etc. Para no despreciarles la invitación, yo me pedí un café con un postre gigante y empalagoso, typical USA, que me costó trabajo terminar. Al salir de allí nos volvimos a la casa y cada uno se metió en su cubil. Compartí la caravana con Donald y, antes de echarnos a dormir, estuvimos hablando un buen rato. Fue entonces cuando me contó su experiencia mística, que no tenía desperdicio. Era así:
Cierta noche iba yo en un avión y tenía de compañero de asiento a un pequeño indio que estuvo hablándome un momento. (No he sido capaz de determinar la importancia de este detalle.) Entonces pensé para mí: “¡Oh, Lord!, sure this is the perfect moment to see a vision.” Entonces vi por la ventanilla del avión el inicio de la aurora boreal: era como un camino flamígero, serpenteante, que se aproximaba desde el infinito y se acercaba zigzagueante; la luz se convirtió -tan claro como te estoy viendo- en figuras humanas que empezaron a danzar en círculo, seis, siete u ocho figuras humanas -las conté tres veces, tantas como Pedro negó al Señor- que hacían un coro del que yo mismo formaba parte, entrándome las figuras por un costado y saliéndome por el otro. Y así siguieron un rato hasta que se desvanecieron. Al aterrizar, sin decirle al piloto nada de lo que había visto, éste me refirió que durante el vuelo la cabina se había iluminado con un brillante resplandor mágico. Todavía sin decir una palabra a nadie -pues me juré que nunca lo contaría- fui al día siguiente a la iglesia y, al tocar a otro feligrés, éste se desvaneció, cayendo al suelo; y lo mismo volvió a sucederme una segunda vez con otra persona.
Vamos, que el amigo Donald era todo un iluminado, y nunca mejor dicho: iluminado por la aurora boreal.
La mañana del miércoles, tras pegarnos una muy grata ducha en la casa de Steve’s daughter (que a esa hora ya estaba vacía), ambos caballeros me llevaron a desayunar a un McDonald’s y, después, a una tienda del Salvation Army para comprarme unos pantalones (¡un dólar y medio!) que estaba necesitando, y que también pagaron ellos. Además, me ofrecieron quedarme otro día en la caravana, a gastos pagados, pero yo tenía prisa por avanzar hacia el este y rehusé. Así que, como último -y no pequeño- favor, me condujeron a la salida de la ciudad, hasta un buen spot para hacer dedo. Durante unos momentos, antes de despedirnos, pensé que no iban a hacerlo, pero gracias a Dios lo hicieron: Donald me transmitió la bendición divina: God bless you, lo cual que me dejó transido de bienaventuranza y éxtasis. Nos intercambiamos nuestras respectivas direcciones y me dijeron que les escribiera. También me invitaron a volver algún día a visitarlos a Kodiak y me aseguraron que, si iba, podrían conseguirme un trabajo allí. Gente más agradable no se puede encontrar. Estaban felices de haberme recogido, y Donald en particular (creo que Steve tenía otras preocupaciones) disfrutó con mi compañía y conversación.
Pese a todo, aquel spot no era tan bueno (ni los alaskeños tan humanitarios) y tardé bastante en conseguir el primer lift, a cargo de un vejete con un gran truck, aficionado al juego (cada año iba a Las Vegas) e inmerso en no sé qué turbios negocios “legales”, que me llevó hasta la bifurcación de la ruta 3. Allí no tardó en recogerme uno al que, a falta de mejor nombre, llamaré Abraham. Conducía un pequeño Kia de cuatro puertas y cambio manual. Parecía una especie de jipi: llevaba una gorra yanqui con el escudo de Harley Davidson, usaba largas barbas y bigotes, anticuadas gafas con montura de pasta y vidrios culo de vaso. Me dijo que iba a Tok, así que me venía fenomenal. Por desgracia, tenía puesto a todo trapo un CD de rock duro de la peor clase, con abundantes berridos y juego de distorsionador. Hechas las presentaciones (para lo cual bajó momentáneamente el volumen), al decirle mi nacionalidad me respondió que él era israelí. No sé por qué, nada en él encajaba con mi idea de los judíos. [Después he comprendido que aquella idea mía era errónea.] Tenía un acento muy dejado y hablaba bajo, sin apenas vocalizar y con frases escuetas que me costaba bastante entender, así que no llegué a saber (o tal vez es que no llegó a decírmelo) qué hacía. Sólo pillé que vivía en Alaska desde hacía años y que ahora se dirigía a Chicago. No obstante, había algo extraño en torno a él. No parecía muy comunicativo, y en pocos minutos ya nos habíamos quedado sin conversación, así que volvió a poner la música a toda pastilla, atronándome los oídos durante un buen rato, tanto que me impedía disfrutar del bonito paisaje. En contra de lo habitual, no parecían interesarle en absoluto mis andanzas ni lo que me traía por allí, pero sí quiso saber si tenía pensado cruzar la frontera. “En un par de días”, le dije. Más tarde, sin venir a cuento, añadió que él quizá tendría problemas para cruzarla, ya que en la última ocasión los había tenido. Le contesté que, aunque con los tiempos que corrían era normal, me parecía raro que con su pasaporte tuviese problemas en algún control. De hecho, el coche no era alquilado, sino propio, ya que los israelíes pueden ir por EE.UU. como Perico por su casa, igual que si fueran estadounidenses; no necesitan visado e incluso pueden quedarse allí cuanto tiempo se les antoje.
Por cierto, conducía bastante bien, pero estaba obsesionado con no quedarse sin combustible, de modo que en cuanto el depósito iba al 75% de capacidad paraba para repostar. Le ofrecí contribuir con los gastos, pero rehusó. Fumaba como un carretero, pitillo tras pitillo, y aunque abría la ventanilla cada vez que se encendía uno, las colillas del cenicero -que con frecuencia se olvidaba de cerrar- apestaban el coche y me apestaron la ropa. En el espacio entre dos “canciones”, y por sacar conversación, le pregunté en qué trabajaba. Well, I work for the Lord Jesus Christ. Vaya -pensé-, otro iluminado. A modo de prueba indudable de la existencia divina me contó que en cierta ocasión, haciendo dedo (a lo cual fue muy aficionado en otro tiempo), lo había llevado un cura católico que, pese a tener por principio no dar nunca rides a autostopistas, al verlo a él al borde de la carretera sintió que Jesús le ordenaba que lo recogiera. Buscando entre mis escasos conocimientos se me ocurrió que los judíos no creen en Jesucristo, y le hice un tímido comentraio al respecto. Abraham me corrigió: no todos los judíos descreían de Cristo. (En efecto, unos días más tarde, otro chaval al que le referí el caso me dijo que entre los hebreos hay una especie de secta o logia llamada “Judíos por Jesucristo”.) Pese a estos breves intercambios, hicimos la mayoría del trayecto en silencio, inmerso cada uno en sus preocupaciones. De cuando en cuando, Abe se peinaba la barba con la mano. Al cabo, volvió a la carga con el tema de la frontera, y como yo le comentara que también tenía mis dudas (llevaba conmigo un papel de cuya eficacia no estaba muy seguro), me preguntó si, en lugar de quedarme en Tok, intentaría pasar hoy a Canadá con él. “Pues sí, tal vez, y así salgo de dudas.” Después de todo, resultó que él tenía la nacionalidad estadounidense. ¿Y puede conservar su pasaporte israelí?, le pregunté. “Bueno, puedo solicitarlo.” ¿Cómo, solicitarlo?, ¿es que, siendo israelí, no tenía pasaporte de su país? No, es que él no era israelí, pero sí alguno de sus ascendientes. ¡Acabáramos! Entonces, al principio no me había dicho la verdad. En cualquier caso, yo entendía ahora menos aún por qué podía tener problemas para pasar al Canadá; así que le pregunté cómo es que los tuvo en anterior ocasión. “No sé, no sé por qué; la última vez, que fue hace años, tuve problemas.” Habría querido preguntarle sobre la clase de esos problemas, pero no me atreví a insistir.
Le gustaban las motocicletas, y tenía una vieja Harley Davidson en su casa. En una de las paradas que hicimos (algunas de ellas repentinas, bruscas, para mear, tomar un café, comprar un sándwich, echar gasolina o simplemente buscar un disco entre los doscientos de su colección ambulante) advertí que, además de en la gorra, llevaba el escudo de esa marca en el coche y en la cazadora. Así que era un judío roquero-motero que trabajaba para Jesucristo. “Soy una especie de misionero -me dijo en determinado momento-. Transmito la fe en Cristo.” Conducía sin parar, incansable, impasible, silencioso, salvo algún comentario de vez en cuando que yo no entendía. Por suerte, finalmente puso otro tipo de música, menos estridente y a un volumen no tan alto. Cuando empezó a sonar Sultans of swing, de Dire Straits, le dije: “Esta canción me encanta.” Toda su respuesta fue: “yes“. Parecía a disgusto conmigo, pero no; estaba sólo preocupado por el paso de la frontera: quería llegar esa misma tarde y, si tenía problemas, intentarlo de nuevo a la mañana siguiente durante el cambio de guardia porque, según me dijo, en ese momento los agentes están menos atentos.

De Anchorage hasta la frontera con Abraham