Lunes, 8 de septiembre (continuación)
Esta mañana me he levantado a eso de las nueve, tras dormir divinamente: cálido, cómodo y en un silencio casi total. Durante un buen rato no he sabido qué hacer hoy, así que al principio he ayudado a Kelly, partiendo leña, encendiendo el fuego y preparando el desayuno. Ayer se habló algo sobre ir a pescar, así que he estado a la expectativa hasta que he comprendido que, de hacerse, será más bien tarde. También se habló de que Kelly me daría un ride hasta alguna parte dependiendo de hacia dónde me encamine. Pero a media mañana se fue de compras a Anchorage con doña Estupenda. ¿Podía ir con ellas para comprar un libro? No hace falta: nosotras te lo traemos. Y se marcharon sin tomar nota del libro. Así que ahí me quedé, trabando conversación con Mike, el cocinero: otro outcast que trataba de abrirse camino en Alaska, buen chico aunque de dudosos antecedentes; la historia de siempre en esta región. Después de pensarlo un rato decidí largarme a Seward. Aquella gente era muy maja pero de un descontrol total, y yo no quería perder mis contados días en Alaska pendiente del imprevisible proceder de unos jipis. Mike lamentó mi decisión, pero me dio un ride hasta la carretera principal. Antes de despedirnos me dijo que tenía tres días libres y que, de no haber estado su camioneta estropeada, se habría venido conmigo; y me encareció que, si yo volvía a Portage (era paso obligado) antes del miércoles, no dudara en pasarme por allí de nuevo.

Muchos jalones fueron precisos para ir de Portage a Homer.
Y fue mientras hacía dedo hacia Seward cuando se me unió Emiko, la japonesa, aunque al final no acabamos allí, sino aquí en Homer. Renuncio a intentar recordar la incontable cantidad de gente que, a lo largo de hoy, nos ha recogido; y además los rides han sido tan cortos que resulta aún más difícil seguirles el rastro. Mencionaré sólo dos: una pareja de vejetes que se detuvo a llevarnos sin que les pusiéramos el pulgar (en ese momento mirábamos el mapa) y, horas más tarde, unos “coleguitas” que nos subieron a la parte trasera de su pick-up (nos quedamos ateridos de frío en ese jalón). Al cabo de un rato, ese mismo coche volvió a recogernos en otro punto de la carretera, pero ya sólo iba el conductor y, además, estaba borracho perdido. Emiko, según me ha dicho, lleva quince meses seguidos viajando por su cuenta, aunque -no te lo pierdas- tiene un novio colombiano. ¿Cada cuánto se ven? ¿Qué mantiene el noviazgo? ¿Cuándo follan? Misterios insondables de la naturaleza. La chica, físicamente, no vale nada, pero es simpática y lista. No sé si su compañía ha entorpecido mi viaje o lo ha facilitado, pero al menos he estado entretenido. Eran ya más de las nueve cuando hemos llegado a Homer, donde nos hemos alojado en un hostal medio caro: ella porque lo tenía claro desde el principio, y yo porque no quería pasarme una hora buscando algo mejor. Luego se ha preparado una cena a base de arroz y noodles encontrados en el estante free food que hay en todos los albergues y me ha convidado, pues yo me quedé sin víveres por el camino.
Hay aquí un gachó francés que parece simpático; pero ya veremos qué hago mañana. Ahora estoy muy cansado.
Jueves, 11 de septiembre. Whitehorse (Yukón)
En Homer sólo pasé la noche del lunes. El martes amaneció tan nublado como acabó el día anterior, y con la misma llovizna. Una vuelta por el pueblo me convenció de que no había ninguna alternativa económica a mi caro hostal, y consultar mi correo en la biblioteca fue todo lo que aquella pequeña y remota localidad turística, casi inaccesible al autostopista, podía ofrecerme; así que decidí marcharme.
Era media mañana cuando me puse a hacer dedo para salir de allí por la misma carretera por la que había venido, ya que no había otra. Homer era uno de esos lugares “último rincón del mundo”. Eso sí: por mucho que viva, no podré maldecir lo bastante al ingeniero que diseñó ese tramo de carretera: doble carril en cada sentido, con una acera en lugar de arcén, a lo largo de una fuerte pendiente de 4 ó 5 millas de largo. O sea, un insalvable escollo contra los autostopistas, ya que en toda esa distancia -o sea, hasta coronar la cuesta- no ofrece un maldito lugar donde un conductor bienintencionado pueda detenerse a recogerte. Para colmo, el día era cálido y lluvioso, combinación idónea para hacerle la vida imposible a un caminante: si se quita el impermeable, se cala desde fuera, y si se lo deja puesto, el sudor lo empapa desde dentro; sobre todo si lleva quince o veinte kilos a hombros. Y como subir la mil veces maldita cuesta me llevó dos horas, para la hora de comer aún apenas me había alejado del pueblo. Justo cincuenta metros antes de dejar atrás aquella acera a prueba de autostopistas, un jovenzuelo completamente insípido paró y me dio un corto jalón hasta Anchor Point; y aunque el muy canelo iba hasta el final de esa localidad, me dejó a la entrada, así que me tocó caminar de nuevo otro rato.
El segundo lift del día me lo dio, decenas de coches después, una vieja en un viejo Volvo lleno de vieja chatarra, que viajaba con dos viejos, apestosos, babosos y besucones perros que, para colmo, despelechaban, y que no dejaron de restregar sus fétidos y bacterianos hocicos y sus salivosas lenguas por mi cara, pelo, gorra e impermeable; ¡mal rayo los parta! El caso es que la mujer -que pese a mis aspavientos no llegó a concebir siquiera la idea de que sus canes pudieran resultarme molestos- era bastante simpática. Como hacía algunas mariconadas artesanales para los turistas: pirograbados de osos, medallas con lobunas figuras, etc., se consideraba una artista. Confesó no coger nunca a autostopistas y se apresuró a explicarme por qué me había recogido a mí: no era muy probable -razonaba- que un malhechor de aviesas intenciones se tomara la molestia de echarse 20 kg a las espaldas para cometer fechorías. Este jalón también fue bastante corto (cosa que agradecí por primera vez) y al dejarme en Happy Valley la vieja me regaló uno de los fetiches de su confección: un alce magnético para el frigorífico; ¡valiente ridiculez, con los colgantes tan monos de lobos y osos que tenía! Ni siquiera puedo prenderlo de mascota en la mochila. Encima, me pasó su dirección para que le enviase una postal desde España. ¿Pero qué se cree esta gente? Te dan un ride de mierda, limpias su asiento de pelos perrunos con tus pantalones, te quitan de un buen spot (donde hacer dedo) para dejarte en uno malo, y encima se sienten acreedores a una postal como si te hubieran hecho el favor del siglo.
El tercer lift, muchas decenas de coches después, me lo dio Jamie, el tío más majo que ha parido madre: el típico currelas bigotudo, melenudo, bebedor y buena gente que va por la vida regalando el dinero que no tiene; igual que la tía Cándida. Un hombre simpático y optimista que estaba encantado de haberme recogido y desolado por no poder llevarme más lejos, ya que había quedado con unos amigos en el campo para tomar unas birras. En el ratillo que pasamos juntos tuvimos una agradable, animada y desenfadada conversación. Nos despedimos en los mejores términos, pero el hombre me dejó… ¿dónde?, sí: en mitad de la nada más absoluta y rectilínea: recta por un lado, recta por otro, sin arcén y con un tráfico que pasaba, ignorándome, a toda velocidad. Me quedé allí un buen rato levantando el pulgar inútilmente, y acabé por ponerme a caminar. Llevaba ya otro buen rato andando (“bueno” por lo largo, claro, porque maldito lo que tuvo de bueno) cuando paró por fin un coche: era Jamie otra vez, que había terminado la reunión con sus amigotes e iba a Soldotna a hacer efectivo un cheque, porque -decía- apenas tenía un dólar. “¿Y todo este rato has estado andando?” me preguntó. Pues sí, casi todo. “¿Y nadie te ha recogido desde entonces?” Nadie, amigo Jamie. El hombre estaba agobiado por su responsabilidad: se sentía mal por haberme dejado allí. Cuando llegamos a Soldotna se fue directo al banco, dejándome dentro del coche con el contacto puesto; y, al salir, me dio las gracias por no habérselo robado (¡así está la humanidad!) Luego me llevó hasta las afueras del pueblo y -¡no te lo pierdas!- me regaló veinte pavos. No quise aceptárselos, pero el tío insistió: “What goes through, comes through”, me dijo; así que tomé el billete con no poca vergüenza. ¡Bendito Jamie, sin apenas dinero, y regalándolo! Uno de los hombres más humildes que he conocido.

De Homer a Soldotna con la vieja de los perros y el santo de Jamie