Norteamérica 52. Un bonito día para morir; la legandaria San Francisco

Viernes, 17 de octubre. Mismo lugar.

Esta mañana a las 8:15 ya estaba en la carretera. Casi dos horas esperé el primer jalón, que sólo me llevó hasta Fortuna. Era un vaquero agradable con un acento ininteligible y una curiosa actitud hacia el riesgo de coger a autostopistas. “Si alguno me agrede, allá él con su conciencia. Y, ¡qué diablos!, hoy es un bonito día para morir.” [Aún recuerdo perfectamente aquella frase.] Me dio lástima no seguir más tiempo con él, porque -con su sombrero cowboy adornado estilo indio- parecía una de esas personas que te pueden enseñar mucho de la vida. Al despedirnos me dijo que estaba seguro de que encontraría un super ride. Y acertó: treinta minutos más tarde encontré un super ride: era un locatis, estudiante de arte y danza, que conducía a toda leche su gran camioneta por aquel bonito paisaje que me recordaba a Extremadura: las mismas gastadas colinas, el mismo pasto seco, el mismo género de árboles que la encina (Quercus) aunque otra variedad. . Me llevó más de 200 millas, aunque por desgracia su incesante y desenfadada conversación era bastante superficial: paridas acerca de los calentones que se llevaba a causa de las clases de baile que impartía. Pero, en fin, muy simpático el amigo Louise.

De Eureka a Fortuna con el vaquero, a Petaluma con el locatis, y a San Francisco en bus

Serían cosa de las dos y media cuando me dejó en Petaluma, a 40 millas de “Frisco”. Y, en vista del nulo éxito tras una hora haciendo dedo, acabé por coger un autobús, que llegó sobre las seis a San Francisco, pasando por el mítico Golden Gate Bridge. Mi primera impresión fue la de una ciudad bastante limpia, luminosa, en cuyas viviendas y edificios predominaba el color blanco. Por sus calles -algunas de las cuales tienen una fuerte pendiente, como muestran las películas- circulan tranvías y trolebuses. Es animada, viva, diversa, europea y bastante cara. No me extraña que a la gente le guste tanto. El hostal en que me he alojado, donde ahora escribo, es de los más baratos (18 $). Tolerable, ni bueno ni malo, alberga a una multitud de gente que llena el pequeño salón común y donde predominan los indiferentes. El edificio está en el centro y es bastante viejo, pero las camas no son malas y están limpias, aunque los dormitorios, mixtos, tienen demasiadas literas. Pero, en fin, será sólo una noche, porque mañana me voy a casa de la hermana de Celine.

Sábado 18. Cerca de San Francisco.

…y no sé cuánto duraré en ella. Este lugar está bastante alejado de Frisco y no resulta fácil ir y venir, así que no me sirve muy bien como base de operaciones, que es lo que yo planeaba. Además la acogida no ha sido muy entusiasta: Claire tardó tres cuartos de hora en ir a recogerme a la estación porque estaba en la peluquería, y Emil, su marido, “no podía” porque estaba haciendo cosas en el jardín. Aparte, no me hizo ningún caso cuando Claire me trajo. ¡Vaya bienvenida! Así que, con la primera disculpa que encuentre, me largo. Eso sí: la casa es una verdadera exageración, con 200 m² por planta, de diseño, formas cubistas, grandes cristaleras, galerías, habitaciones gigantes, tres salones como polideportivos, seis o siete cuartos de baño, chimenea tamaño cortijo, piscina que te cagas con jacuzzi caliente incorporado, jardín inmaculado, alarma, sistema eléctrico inteligente conmutado, un frigorífico como un armario, cuatro ordenadores, varios televisores, cochera de dos plazas… una pasada de lujo. Menos mal que son “demócratas”… Tienen, además, una camioneta de puta madre y un BMW que ya ni te cuento. Vamos, la releche. Y aquí he pasado el día holgazaneando, charlando con Claire, lamentando no haber ido a visitar San Francisco, y leyendo: he terminado The Cider House rules, de John Irving. Lo he encontrado muy emotivo, cargado de mensaje, casi inolvidable, con personajes de mucha fuerza y carácter. Una historia sobre héroes silenciosos e ignorados.

Lunes 20. Mismo lugar.

Ayer fue un día muy bien aprovechado. Me fui por la mañana a Frisco y no volví hasta anochecido, muy cansado de tanto andar: primero caminé desde la estación hasta los muelles, y luego recorrí todos éstos -que son muchos y variados- hasta llegar al famoso Pier 39, rebosante de tiendas y restaurantes sin solución de continuidad, a cual con mejor vista, dispuestos en dos niveles (el segundo, una estructura de madera) a lo largo de todo su perímetro, uno de cuyos lados da sobre unas plataformas flotantes en las que se amontonan más de un centenar de focas tomando el sol. Después fui al también turístico Fisherman’s dwarf, un sector junto al mar donde se concentran los restaurantes de marisco y que termina a la altura del muelle Hyde Street, donde han montado el parque marítimo: seis o siete barcos antiguos de madera, tanto veleros como de paletas, esperando a los visitantes. Me resultó interesante el paseo a lo largo de los muelles, todos perpendiculares a una calle que bordea el puerto y que se llama The Embarcadero, así como suena. Al fondo, siempre, una bonita vista de la bahía o de su bocana, llamada The Golden Gate, y de al menos uno de los puentes que unen la ciudad con “el continente”, que son el Golden Gate Bridge y el Bay Bridge, ambos magníficas, colosales obras de ingeniería.

Pero mi recorrido no se quedó ahí: visité la bonita plaza Levi’s, donde está la sede de la conocida marca de ropa vaquera; subí por los empinados escalones que llevan hasta la mítica colina Telegraph Hill, desde cuya Torre Coit se tiene una espléndida vista de la ciudad y de la bahía; di un tranquilo paseo por el parque acuático, donde abordé a unos mejicanos tomándolos por españoles (por cierto, una de las chicas no estaba nada mal y parecía asequible, pero estuve corto de reflejos); subí por la empinada y estética Hyde Street, que alberga una de las líneas del cable car, un tranvía casi sólo para turistas y halado por un cable embutido en el asfalto; recorrí la famosa Lombard Street, que con sus ocho curvas presume de ser la calle más sinuosa del mundo; ascendí a Nob Hill, desde donde se gozan algunas de las vistas más típicas y espectaculares de la ciudad (los rascacielos del distrito financiero a un lado, el puente Golden Gate al otro). Pero lo que más me impresionó de todo fue mi recorrido por el barrio chino.

El Chinatown de San Francisco es, por lo visto, el mayor del país. Pese a ser domingo, una multitud de gente poblaba las calles en un apresurado y bullicioso ir y venir, entrar y salir de tiendas, restaurantes y mercados desde donde frenéticos vendedores voceaban sus productos o discutían precios con voces enojadas, y donde un mar de letreros, sólo en chino, anunciaban mercancías y ofertas. Tras los escaparates, o por las puertas y ventanas abiertas de par en par, cuando no exhibidos directamente en la calle, había un millar de alimentos, condimentos y objetos que no había visto jamás y cuya naturaleza y utilidad me intrigaba. Chinatown es otro mundo, una ciudad dentro de otra, donde una cara occidental llama la atención. Aquello, en verdad, no es apto para turistas, o al menos no está enfocado a ellos, salvo un sector del barrio lleno de bazares con interesantes artículos de precio asequible y donde los letreros están en ideogramas y en inglés. Allí estuve, durante tres cuartos de hora, siguiendo a una curiosa marcha que, al mando de un chino con cara de gángster, gafas oscuras y gestos enérgicos, y escoltada por dos estandartes, iba ejecutando una especie de danza de dragones al ritmo de un frenético e incansable repicar de bombo y una estridencia de platillos. Cada cierto tiempo, no sé si a modo de maldición o de bendición, de amenaza, advertencia o recompensa, se paraban a la entrada de alguna tienda y bailaban hacia su puerta a un ritmo más vivo y eléctrizante si cabe, finalizando el homenaje o anatema con una traca de petardos. Había algo en aquella música -cuya simple pauta se repetía sin cesar- que me hipnotizaba y me invitaba, me empujaba, a seguir a la procesión. Pero finalmente fue la fuerza de la gravedad la que me sacó de aquel hechizo cuando la marcha embocó una de esas pinas calles, porque iba ya muerto de cansancio y no me sentía con fuerzas para subirla; aparte de que no estaba en mi planeado itinerario.

Tras aquel largo recorrido, poco me quedaba por ver, de modo que volví a “casa”. La impresión de San Francisco fue favorable: una ciudad muy cosmopolita, de ambiente laboral; y una de las pocas en EE.UU. (junto con Nueva York) donde en el centro hay viviendas, barrios de bonitas casas construidas principalmente sobre sus colinas y cuyos precios -cosa curiosa- no son desorbitados a pesar de las magníficas vistas que tienen y del prestigio de la ciudad. La razón es que muchas de tales viviendas no tienen más acceso que mediante largísimas escaleras de madera, de modo que sus moradores no pueden llegar en coche, y ni siquiera en bicicleta.

Emil vino a recogerme a la estación y estuvo algo más comunicativo que el día anterior. Incluso se dignó a llevarme, para una corta visita nocturna, al campus de la afamada y elegante universidad de Stanford, en Palo Alto: bajos edificios estilo español con paredes color terracota y tejados de tejas. Y colorín, colorado, lo de ayer se ha acabado. Mi paseo de hoy, otro día.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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