Norteamérica 38. Adiós a la pequeña, fría en incomprensible Mariko

Miércoles, 24 de septiembre. Nanaimo (Columbia Británica).

El resto del viaje en ferry transcurrió sin pena ni gloria, deambulando por el barco y hablando aquí y allá con algún que otro turista. Junto al sitio que ocupé la mayor parte del tiempo había un norteamericano con su mujer. El hombre, de voz sonora y grave, no paraba de hablarme cada vez que tenía ocasión. Al principio me agradó, pero en cierto momento empezó a echarme un sermón sobre Dios, la otra vida después de ésta, etcétera, que -por improcedente y absurdo- me descolocó y me hizo rehuir a ese predicador aficionado, aunque viajaba en un camper [en Norteamérica llaman así a los pick-ups acondicionados para acampar] y me había ofrecido un lift. También charlé un rato con un canadiense que decía detestar a los estadounidenses y aseguraba que lo que les hacía falta era una buena patada en el trasero. Este tipo era bastante más simpático y más listo que el yanqui, o al menos se hacía querer más, aunque los dos tenían buen humor. A Mariko, después de comer, casi no la vi. No parecía estar muy interesada en mi compañía, así que aproveché para leer y dormitar un poco.

Llegados a Port Hardy decidimos quedarnos en algún camping, y me las ingenié para sacarle un ride a un matrimonio alemán que viajaba también en un camper y estaba, a la sazón, en la bodega esperando para salir. Me contaron, entre otras cosas -y es la segunda vez que oigo eso de un alemán- que en su país no hay mucha gente contenta con la reunificación de las dos Alemanias: los del oeste, porque “absorber” a la otra parte está costándoles mucho dinero; los del este, porque el sistema capitalista los obliga a trabajar para vivir. Esta pareja nos llevó al mismo camping al que ellos iban. Al llegar, como era de noche y no estaba iluminado, tuvimos que poner la tienda en la oscuridad, sobre un terreno empapado y lodoso, sin césped, desigual, en la atmósfera húmeda y neblinosa de la fría noche, y bajo unos altos árboles que chorreaban gotas de rocío. Nos las arreglamos como mejor pudimos, iluminados por la débil luz de nuestras agotadas linternas, y nos echamos a dormir. No hacía mucho frío y yo pronto me quedé dormido, pero en la madrugada, tal vez sobre las cuatro o las cinco, oí que ella se rebullía en su sitio, se levantaba y se iba. –¿Qué sucede? –Nada; no puedo seguir aquí. –¿Frío? –Sí. –¿Y a dónde vas? –A los servicios, que tienen calefacción. –Si te acercas a mí, estarás más calentita. –¡Oh, no, no, no! Pues muy bien, por fin me quedaba clara la cosa. De todas formas, me extrañó que tuviese tanto frío en la noche menos fría de las que habíamos pasado juntos, y pensé que a lo mejor tenía fiebre. Me levanté al amanecer y la vi regresar a la tienda. Me dijo que no había dormido nada en toda la noche, ni ido a tomar un café, ni nada; pero que en su deambular de madrugada vio, muy de cerca, a un oso pescando salmones en el arroyo vecino. ¡Afortunada, la muchacha!

Esta mañana todo estaba empapado de humedad, así que, sin prisas, me puse a quitar la tienda y ponerla a secar. Mariko había estado preguntando, en recepción, por los horarios de autobuses, pero había perdido ya el único que viajaba hacia Victoria. Estaba claro que eso de hacer dedo y dormir en una tienda era demasiado duro para ella. “Vas a tener que dejarme –le dije–, porque esto de la tienda te está matando. Me temo que mi modo de viajar resulta perjudicial para tu salud.” No contestó. Encerrada en un mutismo absoluto estuvo ayudándome a secar la tienda. Mientras lo hacíamos, el débil sol del amanecer iba arrancando humeantes vapores a las hojas y la corteza de los árboles, al humus del suelo, al doble techo de la tienda; vapores que, al contraluz, brillaban y se hacían fantasmagóricamente visibles, como ánimas que abandonasen un cuerpo muerto. Dado que Mariko quería coger el bus y, por tanto, tenía que quedarse un día más en Port Hardy, mientras que yo iba a seguir haciendo dedo –lo cual significaba deshacer nuestra asociación–, me pregunté por qué no se había ido aún. Como si hubiese escuchado mi silenciosa pregunta, en cuanto acabamos de recoger todo y le hube hecho el último pliegue a la lona, me dijo: “Bueno, me voy. Muchas gracias por todo.” Me quedé perplejo por aquella despedida tan seca, pero lo disimulé: “de nada”, contesté; y antes de que hubiese terminado de cerrar mi mochila, antes de tener tiempo a procesar ese repentino adiós, se fue.

Dos minutos después me puse en marcha yo también. Cuando salí del camping vi su pequeña figura, apenas cien metros delante de mí, alejarse entre los árboles y hacia la carretera. ¿Adónde se dirigía? Tal vez al pueblo vecino para buscar alojamiento. Me intrigaba mucho saber qué le había hecho yo para merecer esa espantada. Como mi paso era más largo que el suyo, no tardé en llegar a su altura, y se lo pregunté: “What did I do wrong?” “No –contestó ella–, what did I do wrong?” Yo repetí mi pregunta y ella, por toda respuesta, repitió la suya. Insistí: “Are you not going to tell me? Well, whatever I did wrong, I am sorry. I have always tried to be kind to you. And I like you.” No me respondió, así que seguí caminando a mi ritmo y no tardé en dejarla atrás. Llegado al cruce de la carretera que iba al sur, me detuve y me puse a hacer dedo. Al poco llegó Mariko a donde yo estaba y me preguntó: “¿Vas a hacer dedo?” “Sí.” “¿Puedo ir contigo?” “Por supuesto que puedes.” Y entonces se puso a llorar. Le pregunté que qué le pasaba. “Me dijiste que tenía que dejarte, pero no entiendo qué es lo que he hecho mal.”

¿Cómo explicar mi estupor, mi incomprensión ante aquellos sentimientos así derramados? La barrera del lenguaje y la de la cultura se habían coligado para levantar un muro a nuestro mutuo entendimiento. Durante un rato tratamos de explicarnos el uno al otro: “yo no dije, yo hice, yo quise decir, yo no pretendo, yo pensaba que tú, como tú no me dijiste…” Acordamos tratar de decir lo que pensábamos y lo que queríamos, pero ya poco tiempo nos quedaba juntos para llevar a cabo ese acuerdo. Entretanto, no prestábamos ninguna atención al tráfico que pasaba ni levantábamos el pulgar; y aún estaba Mariko acabando de enjugar sus lágrimas cuando un coche se paró a nuestro lado: –¿No queréis un ride? Esto acabó con nuestra conversación, que tampoco pudimos –aunque quisimos– reanudar al bajarnos, pues en menos de tres minutos ya otro vehículo nos había recogido, y nos dio un jalón hasta Campbell River. Era un escocés, bastante mayor, que había emigrado desde Glasgow a los veintisiete años, allá por los 60, porque los astilleros del Reino Unido, con la presión del mercado japonés, estaban cerrando y despidiendo gente. No tenía familia propia y hacía mucho –dijo– que había dejado de echar de menos su país.

Nos depositó en un buen sitio, justo en el último semáforo de Campbell, al inicio de la autovía; pero hubieron de transcurrir dos horas hasta conseguir el siguiente lift. Por suerte, el día era soleado y cálido y aquella larga espera no fue dura. Pese a los buenos propósitos que nos habíamos hecho, Mariko no estaba nada conversadora, de modo que durante aquel rato apenas cruzamos una palabra. El hombre que nos llevó a Nanaimo –la meta que nos habíamos fijado– era un mestizo que usaba una gran coleta negra y tenía muy a gala su mitad de sangre india. Despreciaba al hombre blanco y, sobre todo, a los estadounidenses. En particular, odiaba a los cazadores, que llegaban con sus helicópteros y armados con AK-47 para matar alces a diestro y siniestro, sólo por el trofeo de la cornamenta. Y odiaba también a la gente que tiraba basura en el monte. “Hay que respetar la tierra, pero el hombre blanco no respeta nada.” Este tipo –pensé yo– no ha estado en su vida en una comunidad indígena ni ha visto cómo los indios respetan la tierra llenándola con todo tipo de basuras y desperdicios. Pero, en fin, ¡indio tenía que ser quien nos sacara de Campbell! Por lo demás, era un hombre muy desenfadado y simpático. Nos dejó cerca del hostal, donde yo alquilé un espacio para poner mi tienda y, Mariko, una cama, pues le hacía mucha falta un buen y largo descanso. Por primera vez en toda una semana llegábamos a algún lugar con tiempo suficiente para dar un paseo, conocer el sitio y hacer compras.

En ferry de Prince Rupert a Nanaimo, y a dedo hasta Nanaimo.

El albergue no está mal: es pequeño, asequible y tiene una buena ubicación. Los huéspedes no destacan ni por sociables ni por lo contrario. Al principio, sólo una me dirigió la palabra: Sandra, de Canadá, una ciclista que viaja sola. Hay un par de guapitas que, claro, no saludan, y otra que tampoco saluda pero además es fea, así que tiene doble problema. Pero, en general, el ambiente no es malo, los encargados son agradables y, salvo por un radiocasete en el patio que escupe rock duro, resulta bastante tranquilo. Como está en un lugar algo elevado, la vista desde el backyard, donde he puesto la tienda, es muy bonita: hacia abajo se ve el canal que separa la isla del continente, y éste se encuentra enfrente, a la altura de los ojos, con las montañas al fondo. Mariko y yo salimos de compras y trajimos comida y unas cervezas, para celebrar nuestra llegada. Así, entre las compras, un breve paseo por el downtown, una merienda-cena y las cervezas, se pasó la tarde. A eso de las diez Mariko desapareció -supongo que tendría sueño o estaría muy cansada- y yo me quedé un rato en la terraza, haciendo algo de vida social, hasta que el frío -y el ininteligible acento de un par de contertulios- me echó de allí. Pasé una noche agradable, y el despertar ha sido delicioso, ya que el sol templó la tienda desde primera hora y me levanté casi acalorado.

Como Nanaimo me pareció una ciudad agradable, pensé ayer en quedarme un par de días, y así se lo comuniqué a Mariko; pero ella -por mucho que me hubiese dicho, cuando se echó a llorar ayer mañana, que le gustaba viajar conmigo- no estaba dispuesta a pasar aquí más de una noche, de manera que hoy era el día de nuestra definitiva separación. Nada más levantarme salí a dar una caminata, bajo el dulce sol matutino, a lo largo del paseo marítimo, y fue tan agradable que se afianzó mi decisión de permanecer en Nanaimo al menos hoy también. Al regresar, Mariko se había levantado ya, tras doce horas de sueño. Mantenía sus planes de marcha y estaba preparando sus cosas. No me prestó mucha atención, así que me puse a escribir un rato el diario mientras esperaba a que acabase. Cuando ya lo tuvo todo listo, se acercó para despedirse. En verdad me apenaba su marcha, y al decirle que la echaría de menos se me saltaron unas lágrimas silenciosas que me avergonzaron un poco. Pero ella se rió, me pidió mi email y le dijo a alguien que nos hiciera una foto juntos. ¿Qué autobús cogerás? El de las cinco de la tarde. ¿Qué vas a hacer hasta entonces? Llevar la mochila a la estación de autobuses y luego ir a pasear. ¿Pasearemos juntos? Sí, claro. Así que quedamos, para más tarde, en el paseo marítimo.

Hace ya un par de horas que acabo de dejarla (¿o es ella quien me ha dejado a mí?), en una esquina, camino de la terminal de buses. Hemos estado casi tres horas paseando a lo largo de la orilla, viendo los barcos y los yates, charlando acerca de nosotros, la vida y los viajes, y tomando un té en una pequeña pero deliciosa tetería en lo mejor del puerto, junto al club náutico. Al deciirnos adiós, quedamos en vernos a mi paso por Vancouver, ya que en Victoria será imposible: ella sólo se quedará allí esta noche, o sea que se habrá marchado antes de que yo llegue. ¡La pequeña, fría e incomprensible Mariko!, enfadada consigo misma, que ha venido a Canadá por un año huyendo de su propio carácter. Como me dijo Cristina, la psicóloga [esa es otra historia que a lo mejor escribo algún día], tengo una especial afinidad por los casos difíciles, por los desafíos, un sexto sentido para escoger siempre a quien no me conviene. Por suerte, aquí, en el albergue, la intrascendente conversación de Sandra, la ciclista, me ayuda a despejar mi cabeza de obsesiones.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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