Martes, 21 de octubre. Mismo lugar.
El paseo de ayer también fue interesante. Empezando por Mission, el barrio hispano, con centenares de taquerías y alguna que otra iglesia (entre ellas la soberbia Mission Dolores, que no visité por vergüenza de no pagar la “donación sugerida” de 3 $), subiendo luego hacia el ayuntamiento con su enorme cúpula, y desviándome después hacia la limpia y pequeña Japantown, donde se me antojó almorzar en un caro pero original restaurante en el que los clientes se sentaban a una barra circular provista de un canal también circular por el que navegaba un carrusel de barquitas que transportaban unos platitos con algo así como nuestros pinchos. Al nomás tomar sitio, te ponen delante unos palillos, un té y tres complementos esenciales de la comida japonesa: una jarrita de salsa marrón, una bolita de una pasta verdosa extremadamente amarga y un cuenquito con unas hojitas de una verdura rosa que sabe talmente a colonia. Los dos primeros son para condimentar la comida (principalmente sushi) y el tercero para eliminar del paladar el sabor de los anteriores bocados. El cliente va eligiendo los que se le antojan de entre los pinchos que pasan frente a él, y al acabar le cobran en función de los platos que haya acumulado, cuyo precio depende del color. El sushi es, básicamente, un corte de pescado crudo sobre un taco de arroz y sujeto a él por una hojita de alga. Curioso. [Me hace gracia esta detallada descripción y esa genuina sorpresa por mi primer encuentro con el sushi, el wasabi, el gengibre y ese estilo de restaurante japo que ahora, en cambio, me resulta tan familiar.] Después seguí camino a través de las bonitas lomas de Russian Hill y de Pacific Heights, hasta llegar a The Marina, un parquecillo junto a la bahía en la parte norte de la ciudad –a unas dos millas de la Golden Gate y su puente– donde se congregaban deportistas, pescadores, solitarios y otros espíritus que aprecian la quietud, la belleza de la bahía, la luz del atardecer y el graznido de las gaviotas. El regreso lo hice por Columbus Street, que, discurriendo en diagonal a la cuadrícula principal N-S / E-O que forman las calles, atraviesa –entre las colinas Nob y Telegraph– por tol medio del animado y variado barrio “latino”, también llamado Little Italy o North Beach. Así llegué al financial district, pasando al pie mismo del rascacielos piramidal que se llama, cosa extraña, The Pyramid, hasta desembocar en el distrito comercial, donde están todas las tiendas. De allí, a la estación y a “casa”.
En conjunto, creo que la ciudad se merece una estancia más larga, una visita más detenida de al menos cuatro o cinco días completos; pero no tengo ni el tiempo ni el dinero. Los hostales son demasiado caros para demorarse más de dos noches y mi estancia con esta familia no es muy feliz. Mis anfitriones no muestran ningún agrado particular por mi compañía ni tampoco por mi presencia. A mi anuncio de que me voy mañana no han hecho la menor objeción, siquiera con la boca chica. Será por esa frialdad que la falta de simpatía ha sido mutua; aunque, de los dos, prefiero a Claire. Tampoco me caen bien los hijos, en especial Max el consentido, que es (¡sorpresa!) insoportable. Hoy no he ido a S. F. porque quería leer, pensar y decidir sobre mi ruta para mañana; y además les había prometido a mis anfitriones un plato español. Emil no ha dicho si le ha gustado y ni siquiera me lo ha agradecido. Así que mi tiempo aquí está finiquitado. Pese a lo acaudalada que es esta familia, no me han ofrecido pagarme los ingredientes, cervezas, etcétera, que he comprado. Sí, ya lo sé: ellos me han albergado y dado de cenar dos noches, y en términos puramente contables les quedo debiendo. Pero no es eso; es, sencillamente, que dados los criterios y las costumbres estadounidenses no me ha parecido lo habitual. Si invitas a un huésped, lo invitas, ¿no? Pero, bueno, no puedo quejarme. El fallo ha sido mío, por venir.
Un detalle divertido: cuando llegué, Claire me dijo que su mucama -a la que conocería hoy- hablaba español, así que asumí que era sudaca. Pero, al verla, resultó que ni tenía cara de hispana ni hablaba bien mi idioma: era una yanqui como otra cualquiera, que había aprendido algo de español. Por cierto que Claire, en cierto momento, me reveló no tenerle ninguna simpatía a Santiago. Afirmaba que era un machista inmaduro. Estoy de acuerdo en el adjetivo, no tanto en el sustantivo. De todas formas, aunque en el matrimonio de Santos los dos tienen mucha tela que cortar, Claire sólo ve los defectos del cuñado. Aparte, el señorito Max es claro ejemplo de deplorable educación: a raíz de cierto retraso en el habla (que quizá era cosa temporal) empezaron a llevarlo a médicos y logopedas, y a tratarlo como un enfermito. A mí me ha parecido que lo único que tiene es un mimo descomunal, y cada vez que quiere eludir o conseguir algo chantajea a sus padres -que se dejan- con la misma inverosímil afirmación: “no me encuentro bien”. Bueno, mañana más aventuras.
Miércoles 22. Escalon (California).
El tiempo pasa imparable. Las últimas veces que me han preguntado por cuánto más estaré en Norteamérica he contestado, para simplificar, que un par de meses; pero eso va siendo cada día más inexacto. Durante la próxima semana quizá pueda responder aún que “algo menos de dos meses”, pero muy pronto, antes de darme cuenta, tendré que decir “un mes y medio”, luego que un mes, y así… Cada día que paso así tan tontamente, tan insensiblemente, es un día menos que me queda para volver a España. Es curioso cómo el tiempo se percibe, en un viaje de medio año, con una escala distinta que en uno de dos meses, como cuando fui a Argentina. Las semanas que estuve allí me pareció mucha; pero son exactamente las mismas que me quedan aquí, y ahora se me antoja poco, como si estuviese ya en la etapa final. No digo que tenga la sensación de estar terminando este viaje, pero refuerza esa impresión del vertiginoso paso de los días y de que, en breve, me encontraré viendo transcurrir los últimos.

De Los Altos a Manteca en transporte público, de ahí a Escalon con Phil
Los eventos de hoy han sido escasos, pero con sustancia. Tras una nada cálida despedida de mis anfitriones, salí por la mañana de Los Altos haciendo una combinación de tren y autobús que me llevó hasta Manteca, donde llegué poco después del mediodía. Escogí esa localidad porque reunía las dos condiciones requeridas: 1) quedaba en mi camino, y 2) era lo bastante pequeña para poder salir de ella a dedo. Tuve suerte, ya que el autobús me dejó cerca del extremo este del pueblo; y luego tuve más suerte aún porque, algo más de media hora después, me cogió Phil. Conducía un truck muy antiguo (si bien totalmente renovado), viajaba solo, tenía cuarenta y siete años y se dirigía al próximo pueblo, Escalon, donde vive. Tan sólo once millas, pero algo era algo. ¡Y tan algo fue! Primero me dijo que podía ducharme en su casa. “No, gracias, pero estaré encantado de tomarme una cerveza contigo.” La cerveza se convirtió en un almuerzo (que pagó él) y éste en un ofrecimiento de pasar la noche en su habitación de invitados, que sí acepté. Desde el primer momento se abrió a mí sin reservas y, literalmente, puso a mi disposición su casa. Pasamos un rato haciendo limpieza mientras bebíamos unas cervezas más (también a su costa) y luego nos relajamos en el jardín tomando otras birras de su propio frigorífico. “Your money is no good here”, me dijo. Nos acercamos al río para bañarnos, pero iba crecido y sucio, así que volvimos a Escalon y allí, en su backyard, consumimos otros jugos de cebada, que esta vez, para variar, corrieron de su cuenta. Finalmente, como tenía que asistir esa tarde a una conferencia en Stockton y luego a una cita con cierta madre soltera y ligable, me dio la combinación de la puerta, me puso en la mano las llaves de su truck, me explicó cómo funcionaba y me otorgó la más amplia carta blanca. Por un momento dudé entre lo prudente (no coger el pick-up) y lo divertido (darme una vuelta en él); pero como probablemente jamás se me volvería a presentar otra ocasión de conducir un vehículo semejante, opté por lo segundo. Al regreso de mi paseo en auto estuve pegando una cabezada, me duché, y aquí me encuentro. Phil no ha vuelto ni es probable que lo haga pronto. Soltero, sin hijos ni más preocupación que cuidar de sí mismo, gasta su sueldo (es profesor en una penitenciaría) en mantener su casa (limpia como los chorros del oro) y en darse caprichos. Dice tener ascendencia suiza al 100% y haber estado en Europa, Asia, África y Sudamérica, así que conoce bien la aguja de marear. Conocerlo ha sido un nuevo golpe de suerte para mí, aunque signifique haber perdido varias horas de hacer dedo. Y lo mejor de todo es que es un forofo de los Beatles. Él podrá –dice– discrepar de los ingleses políticamente, pero siente que siempre ha de estarles agradecido por los Beatles.