Viernes, 24 de octubre. Lee Vining (California)
La noche del miércoles, Phil llegó tarde y con ganas de acostarse, así que apenas hablamos. Aunque en mi habitación había una estupenda cama de matrimonio, preferí acostarme sobre la mullida moqueta que cubría el suelo para no usar las sábanas sólo por una noche. Y dormí perfectamente. Por la mañana me levanté pronto para charlar unos minutos con Phil, que era madrugador. Me acercó en coche hasta la carretera y, al despedirnos, me dijo: All the best, probably we’ll meet again in this life. Bueno, lo probable es que no volvamos a vernos, pero me gustó la frase. Le dije que mucha gente mencionaba con ligereza la idea, o incluso la promesa, de visitarme algún día en España, pero luego ni siquiera contestaban mis correos. I am different, fue lo último que me dijo. Ya lo veremos.
Como la mañana era bastante fresca y Oakdale, la siguiente town, estaba “sólo” a unas 9 millas, me puse a caminar. Ya llevaba más de la mitad de esa distancia cuando un tipo que iba a Sonora me dio jalón hasta Yosemite junction, unas millas al suroeste. El día se había quedado espléndido, soleado, con una temperatura ideal. En ese cruce no había más que una gasolinera y una tienda, pero el paisaje, muy similar al de mi tierra, era precioso: colinas no muy altas, pasto seco y wild oaks, un roble silvestre, pariente tan cercano de la encina que, de lejos, se confunde con ella. Poco después me recogió un vejete que iba con su hijo en un truck todo viejo donde llevaban unos tablones de madera. Imagen típica de las películas useñas. El viejo era alegre pero no muy charlatán, algo excéntrico, muy de campo y con un acento endiablado. El joven, como si tuviese tortícolis, me miraba de reojo pero sin disimulo: al dirigirse a mí, en lugar de girar la cabeza movía las pupilas en mi dirección. Tuve la sensación de que desconfiaban. Me dejaron en un pueblo pequeño y de aspecto turístico donde, al poco, me pilló un tipo cuya extraña actitud sólo se me ocurre atribuirla a cierta tara mental: hablaba bastante mal, levantaba el pulgar (en plan “a tope”) cada vez que se cruzaba con cualquier vehículo, pero de forma casi imperceptible, como si no quisiera que los otros conductores lo viesen. Pero lo más enervante era que, cada vez que un coche se acercaba por detrás, se echaba al arcén hasta casi detenerse para dejarlo pasar. Me dio un lift cortito, como él, y tras dejarme en mitad de la carretera se metió por un camino. Continué andando -¡qué remedio!- y, tras una hora o algo menos, me pilló un gabacho. Aún no serían las once, así que la mañana estaba dándome de sí. Es lo que tiene el madrugar. Este gabacho había ido a San Francisco por dos semanas para cosas de trabajo y se dirigía, como yo, a Yosemite (pronunciado yosémiti), así que cojonudo. Además, al entrar juntos, me ahorré pagar los 10 $ que cobran a los visitantes a pie.

De Escalon a Yosemite con el gabacho y dos más
Yosemite Park es comparable a Córdoba en extensión. Su parte más conocida, Yosemite Valley, está cerca del flanco oeste, por donde entramos. La carretera que va hacia allá tiene muchas curvas, que mi amigo la recorrió a una velocidad tan temeraria que llegué a asustarme. La garganta es preciosa, un perfecto valle glaciar en forma de U flanqueado por dos gigantescos macizos de roca granítica erosionada a lo largo de, imagino, decenas de millones de años. Desde ambos bordes se despeñan aquí y allá, incluso en esta época del año, varios saltos de agua en caída libre. Algo indescriptible, visualmente dramático. Las pinas laderas, a trechos verticales, casi no tienen vegetación, y todo el valle (quizá todo el parque) presenta testimonios de que la erosión continúa: colosales peñascos, caídos en recientes avalanchas, destrozan la arboleda de la zona baja y cambian el curso de los arroyos, lo que obliga a los empleados a un constante despejar sendas a base de motosierra: por doquier se ven árboles caídos y troceados en “lonchas” de hasta 2 m de diámetro. Pero, pese a los más de 4 millones de visitantes que recibe cada año, está muy bien cuidado. Nosotros elegimos un hike de unas tres horas, que hicimos sin dificultad gracias a que, sin saberlo, empezamos de modo que su tramo más duro, unos 200 ó 300 altos escalones en una pared vertical, nos pillaron de bajada. En el punto más alto de esa ruta el premio es contemplar la cascada Vernall, una de las pocas que no están secas en esta época. El agua, de un intenso verde esmeralda, rebosa de un lago en la parte superior y llena otro en la inferior. Desde allí la vista es sobrecogedora, aunque nada en comparación con lo que habría de ver hoy… El gabacho se volvió esa misma tarde a Stockton. Aunque seco como buen gabacho, que ni me dijo su nombre ni me preguntó el mío, se portó bien, compartió conmigo su agua y víveres, y en todo momento fue muy atento. Yo me quedé a pernoctar en uno de los campings del valle con idea de hacer al día siguiente otro hike, de unas ocho millas, que desembocaba a media altura de la carretera que cruza el parque, desde donde podría hacer dedo hasta el otro extremo. No había nadie en la oficina: tan sólo un letrero con un teléfono (50 ¢ la llamadita) para registrarse “a deshoras”, así que puse la tienda donde me pareció y no pagué. Como no había duchas, me lavé un poco en las gélidas aguas del río (al que le noté algo extraño, pero no comprendí lo que era hasta la mañana siguiente), y cuando oscureció hice un poco de tiempo y sueño paseando hasta Yosemite Village, un pequeño poblado donde, por un precio astronómico, compré unos bollos para acompañar el queso. Sin nada más que hacer, me acosté sobre las 9, y hoy a las 7 ya estaba en pie. No eran las 8 cuando me puse en marcha, venciendo el miedo de caminar a esa hora por una senda solitaria, pues se supone que el parque alberga osos y pumas en cantidad. Al pasar de nuevo junto al río comprendí qué era lo que me extrañó la tarde anterior: el agua no fluía; estaba estancada, pese a lo cual era clara como el cristal.
La primera media hora de caminata fue muy agradable, a lo largo del río, sin apenas pendiente, por un bosque de grandes coníferas (pinos y secuoyas) y árboles de hoja caduca, lleno de graciosas ardillas que, indiferentes a la presencia humana, brincaban por piedras y árboles: hasta vi, muy de cerca, cómo una desenterraba una bellota, la limpaba y se la comía. Lo malo empezó después. Yo sabía -y más en vista del sinuoso trazado que esa senda tenía en el plano- que para salir del valle tendría que subir. Pero no imaginaba cuánto, ni cuán pendiente: al emprender el ascenso, el camino se volvió todo escalones que zigzagueaban por la pared de roca. Al cabo de sólo media hora ya estaba fatigado y tuve que hacer una o dos paradas. Después, los descansos fueron haciéndose más frecuentes y necesarios. Tras otra media hora estaba agotado, ¡y aún no había subido más que un tercio del cañón! Por momentos mis pasos se hacían más cortos y tenía que detenerme cada tres o cuatro minutos, sentarme y tomar aliento. Sudaba, tenía sed y no había agua, ni yo llevaba encima. Tan derrengado estaba que, en dos o tres ocasiones, consideré regresar, pero dudaba si las piernas me responderían en la bajada. No; había que seguir, a riesgo de tener que hacer noche en mitad del monte, lo cual no me hacía pizca de gracia. A medida que la mochila se volvía más y más pesada, yo necesitaba hacer descansos cada vez más largos; pero tampoco podía prolongarlos mucho, no fuera que me diesen allí las tantas, así que los limitaba a cinco minutos… pero sólo para pararme cincuenta metros más allá. Eso sí: las vistas que, desde aquella altura, había hacia el valle eran espectaculares. Por fin el zigzag empezó a suavizarse, la pared perdía su verticalidad y, por último, el terreno se tornó mucho más amable. Había tardado unas tres horas en avanzar apenas una milla. Aún me quedaban otras siete hasta la carretera, pero ¡cuán diferentes!: por un camino con mucha menos pendiente, tardé sólo dos horas más en cubrirlas. Además encontré un arroyo de aguas límpidas y gélidas donde saciar la sed. Por si los parásitos, bebí sólo unos tragos, ¡pero qué vivificantes! Cuando llegué al asfalto, no me lo creía. Aún tuve suerte -me dije- de no tener que sumar, a mi apurada situación, el verme perdido en el monte o toparme con algún animal salvaje.

De Yosemite a Lee Vining con Jim y Patrice
Eran más de las dos. Apenas llevaba un minuto haciendo dedo cuando me cogieron Jim y Patrice, un matrimonio de New York city, en sus cincuenta, que estaba haciendo un safari fotográfico. Buena idea, pues el paisaje a lo largo de toda esa carretera es fantástico, soberbio, majestuoso: grandes macizos de rocas, lagos de transparentes aguas verde esmeralda, amarillos parches de bosque caducifolio entre las coníferas, gargantas profundísimas, cañones… Al acabarse el parque todo cambia de manera drástica, pero es igualmente bello: el desierto, que aparece de pronto al dar una curva: un hondo valle, seco y pelado, de enormes dimensiones. Por su ladera lejana discurre una carretera, y los coches que la transitan se ven como minúsculas hormigas. Al fondo, sólo colinas peladas, blancas y rojizas. Al pie de ese valle aparece el extraño y casi mágico Mono Lake, un lago salino de orillas blanquecinas y un agua azul de la que emergen unas formaciones rocosas únicas: la toba calcárea, que al parecer resulta del contraste de salinidad entre el agua del lago (triple que la del mar) y la dulce de los acuíferos subterráneos. El aspecto de estas acumulaciones de toba me recordó, en versión gigante, a esos pequeños montículos que, de niños, hacíamos en la playa dejando resbalar la arena húmeda entre las manos. La visita al lago es de pago, pero como entré con Jim y Patrice me ahorré el tiquet. A la rojiza luz del atardecer, en mitad de la inmensidad del desierto, con sus playas blanquecinas y rodeado por montañas desnudas en las que sólo crece un arbusto amarillento que el polvo desluce, Mono Lake ofrecía un aspecto irreal, como de otro planeta. Pasé casi una hora con ellos mientras tomaban fotos. Fueron muy simpáticos conmigo, y Patrice se comportó como una madre, ofreciéndome de todo, insistiendo en que me llevara esto y aquello. La pobre no se daba cuenta de que, para un mochilero, cualquier artículo extra es una carga, nunca mejor dicho. Me prometió enviarme una de las fotos que me hizo en el lago. Y allí se separaron nuestros caminos: ellos se fueron hacia el norte, con destino al lago Tahoe, y yo me quedé a pasar la noche en Lee Vining, donde he encontrado un camping no muy caro. Tras poner la tienda y pegarme una muy necesaria ducha, me he dado una vuelta disfrutando de las últimas tonalidades rojizas sobre el desierto. Ahora estoy escribiendo en un bar, y como ya llevo aquí una hora y media, me voy antes de que me echen. Bien puedo decir que hoy ha sido, física y psicológicamente, una de las jornadas más duras de mi vida.
No paras! Que envidia más sana
Bueno, he parado hace ya mucho. Ten en cuenta que todo eso ocurrió en el 2003.