Martes, 14 de octubre. Gold Beach (Oregón).
El domingo no hubo almuerzo, y como la cena corría a mi cargo empecé a prepararla poco después de que la familia volviera de sus cosas eclesiásticas. (Me hizo gracia el castigo, tan de pedagogía yanqui, que recibieron las niñas por algo que habían hecho: tenían que permanecer un rato de cara a la pared y sin moverse.) Para ponerme a cocinar necesitaba comprar algunos ingredientes, a lo cual mis anfitriones dijeron: “¡Oh! Nosotros no compramos en domingo; nuestra religión lo prohíbe; pero no podemos impedirte que vayas tú y compres: no es tu religión.” Bueno, digamos que el razonamiento podía ser procesalmente válido. De todas formas, les hice notar un problema: “Bien, iré a comprar, pero el supermercado está muy lejos.” La salida que tuvieron, anunque quizá cayese aún dentro de los estrictos preceptos mormónicos, no dejó de parecerme un pelín tramposa: “No importa, Wayne te llevará.” Vamos, que siempre hay algún modo de esquivar una norma inconveniente; pero, en fin, era su religión, no la mía. Así que Wayne me llevó hasta el supermercado, se quedó en el coche mientras yo compraba, y me trajo de vuelta. Así no vulneraban, en estricto rigor, la letra de ningún precepto, aunque tal vez sí el espíritu; pero estoy seguro de que el Señor no se lo tuvo en cuenta.
Preparé dos platos: unos champiñones al ajillo y un pisto. El primero les encantó; el segundo, creo que menos. Después dimos un paseo para cansar a los niños y que se durmiesen pronto. De vuelta en casa, nos hicimos todos juntos una foto [creo que la conservo por algún lado, junto con otra de la familia salvadoreña en Maryland: las dos únicas que me traje de aquel periplo norteamericano] y los chavales se fueron a la cama, no sin darme, como la noche anterior, un abrazo y un beso de buenas noches. Aún no era tarde, y como Wayne tenía que seguir haciendo alguna labor en el mismo lugar donde el día anterior estuvimos trabajando en la puerta, lo acompañé a Albany para ayudarlo. Me extrañó que su religión no le prohibiese trabajar en domingo, mas era su fe, no la mía. Allí estuvimos poniendo entre los dos un suelo de gres adhesivo, pero nos faltaban unos componentes y tuvimos que ir al Fred Meyers a comprarlos… aunque era domingo. Mientras esperábamos a que la imprimación se secara, fuimos al Safeway a tomarnos unas cocacolas… pese a ser domingo. De vuelta en casa, Wayne y yo nos quedamos un rato de charla. Heidi ya estaba acostada. Esa noche me puse los tapones para que no me molestase mi anfitrión, que se quedó hasta tarde diseñando un anuncio (pero, ¿no era domingo?) y tenía la música puesta.
El lunes -o sea, ayer- tuve el despertar más dulce que recuerda mi memoria: de algún modo, una inefable sensación de placer, de naturaleza y procedencia desconocidas, había encontrado el modo de colarse dentro de mi sueño a través de una de mis manos; y esa beatífica sensación inundó mi espíritu con una ternura tan repentina e intensa que me hizo despertar. Al abrir los ojos, lo primero que vi, a muy corta distancia, fue la preciosa cara de Celinda. Resulta que yo estaba durmiendo con un brazo fuera del saco y ella había deslizado una de sus suaves manos en la mía, y se había quedado así esperando a que yo despertase. Le di un largo abrazo, conteniendo a duras penas unas lágrimas de emoción. ¡Bendita niña!
Heidi se había ido a trabajar, y yo me puse a empacar mis cosas. Había llegado el momento de marcharse de aquel encantador hogar. Los niños me abrazaron, uno por uno, antes de irse al colegio. Wayne no podía sacarme de la ciudad porque tenía que ir a currar, pero me preparó un almuerzo que metió con mucho esmero en una bolsa de papel, como habría hecho un amante padre. Nos abrazamos y nos dijimos adiós.
Y ahí terminó mi suerte. Entre ayer y hoy he tenido que rectificar la opinión, anteriormente manifestada, de que es más fácil hacer autostop en EE.UU. que en Canadá. Aquello fue una falsa percepción, sin datos suficientes que la avalasen estadísticamente. Y es que en estos dos últimos días apenas he avanzado doscientas millas. Ayer, para empezar, al poco de situarme sobre la carretera vino la policía a visitarme: algún cívico vecino, con la loable intención de pasar a la historia como el hombre que denunció la presencia del más peligroso terrorista después de Ben Laden, debió de telefonear para advertir a las fuerzas del orden de que un sospechoso mochilero rondaba el lugar. El poli empezó muy duramente, e incluso me ordenó que levantara los brazos; pero luego, al comprobar que no tenía antecedentes, y quizá también al ver mi absoluta tranquilidad (pues mientras él comprobaba mis datos por radio yo leía un libro), bajó mucho el tono. Aun así -acaso frustrado por aquella medalla que se le escapaba, o simplemente para evitar la disonancia psicológica- me amonestó, antes de marcharse, porque “no sé en el estado de Washington, pero aquí en Oregón, cuando se hace autostop, no se puede permanecer en el arcén: hay que ponerse fuera del asfalto.” Pocas veces he escuchado una imbecilidad de semejante calibre.
Tuve que esperar más de dos horas hasta conseguir el primer jalón, a cargo de un jipi en un truck hecho una mierda, que me llevó -a través de un bonito paisaje boscoso- hasta Waldport. Era un porreta bastante simpático que vivía en una casa alquilada en mitad del bosque, un lugar envidiable, con su chica y otra pareja. Supongo que una especie de comuna. Muchas horas de espera, dos jalones más y una larga caminata me llevaron hasta Florence, donde vi las dunas.

De Corvallis a Florence con un jipi y dos jalones más.
Florence está en la costa pacífica. El camping era bastante bonito, con muchos árboles grandes y altos. Tenía cientos de parcelas para RVs y una pequeña sección para mochileros, donde el terreno, bastante húmedo, era arenoso bajo la pinocha y permitía clavar los vientos de la tienda con la mano. No había nadie en la oficina, y el campista-anfitrión no estaba de servicio (en Norteamérica es costumbre que, pasada la temporada alta, uno de los clientes del camping haga de encargado a cambio de permanecer gratis), así que decidí ignorar los sobres y el buzón para las autoliquidaciones en tanto alguien no me reclamase el pago; cosa que nadie hizo. De hecho, en la sección de mochileros únicamente estaba yo.
El acceso a las dunas desde la carretera es de pago, pero para los residentes en el camping es gratis, así que, como aún me quedaban un par de horas de luz, me fui a visitarlas, aunque quedaban algo alejadas. Aparecieron al cabo de una senda a través de los pinos, donde el bosque se abría: enormes, impresionantes, formando verdaderas colinas entre las cuales algunos parches de arboleda trataban de sobrevivir resistiéndose al implacable avance de la arena. La vereda por donde yo había llegado desembocaba en una depresión rodeada por altas dunas y con el pinar a mis espaldas, así que desde allí no podía verse el asombroso paisaje de película que yo imaginaba y esperaba. Si quería ver algo, tenía que trepar hasta alguna de aquellas cimas. Elegí la más alta, y me costó un considerable esfuerzo, pues no es nada sencillo caminar sobre la arena cuando forma semejantes pendientes, en algunos lugares tan acusada que resulta casi impracticable. Cuando por fin llegué a lo alto, dos mares aparecieron ante mi vista: en primer plano uno de arena, muy ondulado, y al fondo otro de agua, mucho más llano en comparación. A la grisácea luz de aquel atardecer nublado las dunas presentaban un aspecto fantástico, como de otro planeta, y se extendían a lo largo de la costa en una larga franja de considerable anchura, tal vez una milla, todo lomas y senos de fuerte pendiente que hipnotizaban e invitaban a dejarse caer rodando -o deslizándose- hasta el fondo, como por una montaña rusa. (Comprobé, por cierto, que para nada tienen las dunas esa forma de luna en cuarto creciente que nos enseñaban los libros de geografía de la EGB.) A lo lejos, el océano gris y, en el cielo, algunas franjas de color atardecer. Pero algo echaba a perder toda esa bella armonía: por desgracia, el gobierno ha convertido esa zona en parque recreativo (Oregon Dunes National Recreational Area, se llama) para moteros y four wheelers [lo que ahora llamamos quads], y esa fauna no sólo rompía el silencio con el impertinente, agudo e incesante zumbido de sus vehículos, sino que mancillaba con sus rodadas la inmaculada superficie de arena, haciéndola parecer una cacerola fregada con estropajo de acero. Estos ricos, ociosos y caprichosos norteamericanos no tienen mejor cosa en qué divertirse, y llenan sus fáciles y vacías vidas con las extravagancias más destructivas.
Volví al camping antes de que se me echara la noche encima. A las siete, la oscuridad en mi pequeño refugio era casi total, pero como no tenía nada de sueño y Florence quedaba a tres millas de distancia me fui a los servicios, me senté en un banco y me puse a leer. Estuve allí más de dos horas, y durante ese rato llegó un tipo a ducharse que se pasó bajo el chorro veintitantos minutos, de esos minutos especiales que llaman “de reloj”. Cuando acabó, había tanto vapor que aquello parecía una sauna. Aquí todo es derrochar; especialmente cuando no lo paga uno.