Norteamérica 37. Mariko se desmoraliza; un ride en el momento crítico

Lunes, 22 de septiembre (continuación)

El último jalón de ese día, hasta Moricetown, corrió a cargo de un nativo que me recordó a Jacob (el de Chisasibi) y que viajaba en una van con un niño y un perro. Gustoso nos mostró fotos de sus hijos, los hijos de su novia, y algunos de sus familiares.

Moricetown es una reserva india bastante pequeña que no tiene ni un mal café, una gasolinera o una mísera tienda. Nada. Pero está ubicada en un lugar idílico, arbolado, con mucha agua, rocas entreveradas de hierba, empinadas colinas… Ahí el caudaloso río Bulkley se precipita por una pequeña cascada -donde los nativos han construido unos canales para atrapar peces- antes de estrecharse aguas abajo y pasar a través de un angosto y profundo cañón sobre el que un puente posibilita el paso de vehículos a la orilla este. (Por cierto, tuvimos ocasión de ver a una india, ya mayor, que se ataba una cuerda al cinto y que, para intentar coger algún pez, sumergía en los remolinos del río una red al extremo de una percha con un aro; pero se marchó sin haber pescado nada.) Aún no iba el día muy avanzado y podríamos haber intentado seguir adelante, pero como el lugar era encantador y la tarde templada, tranquila y luminosa, decidimos pernoctar allí.

Trepamos la empinada colina del lado este -en lo alto de la cual se erguía un tipi hecho de madera- y nos hallamos ante una pequeña meseta de césped que podía, o no, pertenecer al camping vecino. Ante la duda, y para ahorrarnos la tarifa, acampamos más bien alejados de la oficina; aunque resultó no ser necesario porque no había nadie en ella. De todas formas, nuestro lugar era excelente, ya que desde el borde de la meseta, apenas a veinte metros de la tienda, disfrutábamos de un bello paisaje: las montañas en torno a nosotros, algunas casas a lo lejos, sobre similares altiplanos, y a nuestros pies el cañón, el río y la reserva india. Usamos a nuestro antojo los baños del camping sin que nadie nos dijera una palabra. Los otros campistas (un grupo de alegres alemanes que viajaban en tres RV’s, unos norteamericanos en una motorhome, y alguno que otro más) estaban, igual que nosotros, sin saber a quién pagar; así que la estancia nos salió gratis a todos.

Por fortuna la noche fue más templada que las anteriores, gracias a que el cielo estaba nublo, pero a cambio cayó una fina lluvia y, por la mañana, tuvimos que plegar la tienda mojada. Eso fue ayer. Nos habíamos levantado temprano para intentar recuperar el tiempo “perdido” la tarde anterior, pero no caímos en la cuenta de que era domingo y, por tanto, día de escaso tráfico: tardamos hora y media en conseguir el primer jalón. Era un indio que nos había visto a primera hora en la carretera, cuando se dirigía a misa, y que al salir de la iglesia, viendo que aún seguíamos en el mismo punto, decidió hacer una buena obra y llevarnos hasta New Hazelton, donde -dijo- tendríamos mejores posibilidades. Lo más meritorio del caso era que él no tenía necesidad de ir hasta allá: fue sólo para hacernos el favor.

Lo malo es que, como la mañana estaba lluviosa, el ánimo de Mariko decaía por momentos a medida que iba calándose nuestra ropa: la hora y media de espera en Moricetown ya la había desmoralizado bastante, ahora la lluvia hacía otro tanto y, para colmo, el frío envidó más. Por suerte, tuvo razón el indio en eso de que New Hazelton nos ofrecía mejores oportunidades: en menos de una hora nos recogió un mulato de Fidji que volvía de su jornada nocturna de trabajo en un aserradero. Era un chaval que tal vez había sido un poco crápula pero que ahora se había moderado porque tenía una hijita de once meses. ¿Hacer dedo? Él lo odiaba. Recogía a los autostopistas porque él mismo se vio obligado a serlo durante una temporada; pero lo odiaba. Y la verdad es que lo comprendo, pues los días de escaso éxito -como ese domingo- lo hacen a uno cogerle cierta aversión a semejante modo de transporte.

Nos dejó en el cruce de Kitwanga, donde desemboca la Stuart Cassiar highway (ruta 97) que viene desde Watson Lake, unos 730 km más al norte. Al ver el tráfico afluente, que no era escaso, Mariko y yo nos acordamos del bueno de Karl, que nos había dicho que por esa carretera apenas circulaban vehículos; y pensamos que, casi con seguridad, yendo por ahí habríamos ahorrado uno o dos días de viaje, ya que la ruta que tomamos por consejo de Karl era de 1800 km, o sea 2’6 veces más larga; si bien, por supuesto, nunca tendré la certeza. ¿Cómo nos habría ido en caso de tomar la Cassiar highway? Imposible saberlo; como tampoco sabré, aunque hubiésemos ganado tiempo, cuáles habrían sido las condiciones de nuestro viaje (frío, lluvia, moral) y si habría valido la pena.

Sea como fuere, y pese al tráfico que desde la ruta 97 se incorporaba a la 16, en el cruce de Kitwanga tuvimos que esperar otra hora y media hasta que, con la moral de Mariko alcanzando niveles críticos y la mía decayendo, conseguimos un nuevo lift. Era un indio que iba a coger setas, una labor característica de aquella temporada: gente de todo tipo se dedica a buscarlas por el bosque, andando monte arriba y abajo, para venderlas -a razón de cinco o seis dólares la libra- a los compradores que se hallan por toda la zona, con lo cual pueden sacar más de 200 $ en una jornada de diez horas. Este hombre iba a Terrace y, amablemente, nos llevó hasta las afueras, que es donde se ponen los autoestopistas.

Terrace era el punto mínimo al que aspirábamos llegar ayer, si bien lo ideal era alcanzar Prince Rupert para tener la seguridad de coger esta mañana el ferry que va a Port Hardy (en la isla Vancouver), ya que sólo sale los días pares. De lo contrario, tendríamos que esperar hasta pasado mañana. A mí me daba igual: no tenía prisa y prefería no rendirme, seguir haciendo autostop, pero Mariko parecía decidida a llegar ayer mismo como fuera, a cuyo fin había tenido la previsión de preguntar por horarios de autobús para tomar uno en caso necesario. Al principio, cuando nos pusimos a hacer dedo en Terrace, parecía animada a aguantar conmigo hasta conseguir jalón, pero al cabo de más de una hora sin suerte se vino abajo y decidió ir en autobús. Así que, dejando mientra tanto su mochila a mi cargo, se acercó a la gasolinera vecina para que le confirmasen cuándo pasaba el próximo. Eso significaba nuestra separación.

Al verla alejarse, dos sentimientos opuestos brotaron en mí: pena, por un lado, de perder su compañía; alivio, por otro, de no tener que cuidarla ya ni comerme más el coco con su impenetrable conducta o la incertidumbre de un acercamiento. Pero, en aquel preciso momento, un coche se detuvo a mi lado: me daban jalón hasta Prince Rupert. Durante unos segundos sentí el mezquino impulso de cargar mi equipaje y dejar allí a Mariko, por desleal; pero no lo hice. Cargué también su mochila y, pidiéndole al conductor que esperara un momento, fui a buscarla a la gasolinera.

Varios rides de Smithers a Prince Rupert, haciendo noche en Moricetown

Nuestro agradable benefactor trabajaba instalando tendidos eléctricos para BC Hidro, la hidroeléctrica de la Columbia Británica, y era el padre de un tal Les McCarthy, conocido deportista, por lo visto, integrante del equipo nacional de snowboarding. Nos invitó a unas cervezas que llevaba en el coche y paró varias veces a lo largo del camino para que pudiésemos hacer fotografías del espléndido paisaje que nos rodeaba por los cuatro costados. Bajo un cielo gris blanquecino, bosques fantasmagóricos poblaban las laderas de las pinas y rocosas montañas, cuyas cimas quedaban ocultas por la bruma o las nubes, que todo lo invadían: subiendo por las gargantas, bajando desde los picos, inundando las quebradas; nubes bajas que rozaban el terreno, nubes a media montaña que se deshacían en jirones acá o allá; y altísimas cascadas, despeñándose montaña abajo, alimentaban los arroyos que llevaban hasta el Pacífico toda el agua que le sobraba a la tierra.

Una vez en Prince Rupert, el señor McCarthy, tras recomendarnos un par de sitios para cenar, nos dejó en la puerta misma del hostal. Resultó ser un lugar barato y agradable, aunque con poco ambiente. Quizá muchos de los huéspedes estaban allí, como nosotros, sólo para coger hoy el ferry; y, de hecho, al menos cinco lo hemos hecho. A mí no me habría importado esperar un par de días más y tomar el de pasado mañana, pero tampoco estaba seguro de que valiese la pena. Por su parte, Mariko estaba tan contenta que decidimos salir a cenar juntos, pero las muchas labores que teníamos pendientes (secar la tienda, hacer colada, organizar todo, llamar por teléfono, ir de compras…) llenaron todo nuestro tiempo y, cuando por fin acabamos, eran ya más de las once, así que no pudimos. Ni siquiera tuvimos ocasión de dormir mucho, pues hoy, a las seis de la mañana, ya estaban sonando los despertadores. Ayer habíamos acordado con otro huésped compartir un taxi hasta la terminal, y así lo hicimos. Llegamos a punto, le pagamos al taxista el precio acordado y embarcamos en el Queen of the North sin problema de reservas.

Ahora mismo estoy en el salón de la cubierta 6, oyendo hablar a los muchos alemanes que visitan esta provincia del Canadá. Mariko está en paradero desconocido, y ahora intentaré encontrarla para ver si comemos algo. De momento, nuestra única preocupación es dónde pasar esta noche, pues el ferry llega a las 22:30 y el alojamiento en Port Hardy parece estar todo ocupado. Hasta ahora la navegación está siendo muy agradable. Vamos por un canal de tranquilas aguas que discurre entre el continente y las islas, con montañas a ambos lados. Bonito, pero no asombroso. Tal vez este trayecto valga la pena si vives en Prince Rupert o ya estás ahí por cualquier otra razón, pero no sé si mis cinco últimos días de hacer autostop han valido la pena.

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Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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