Viernes, 17 de octubre. San Francisco (California).
Paul y Sandy eran un matrimonio en torno a los cincuenta, de clase media acomodada; y no me explico cómo es que me recogieron. Quizá ellos tampoco, pues al principio pasaron de largo. Unos setenta metros más adelante se pararon y dieron marcha atrás. “Me dirijo a San Francisco”, les dije. “Bueno, no podemos llevarte a San Francisco hoy; tal vez otro día”, contestó Paul, graciosillo él. Ambos eran enfermeros de profesión y demócratas de opinión. Vivían en Seattle y, a la sazón, estaban parando temporalmente en Brookings, desde donde hacían excursiones de una jornada. Aquel día tocaba visitar el Redwoods National Park, que quedaba sobre la ruta que yo me había trazado. La simpatía fue instantánea y mutua. Cultos, simpáticos y habladores, enseguida entablamos animada charla sobre política, economía y sociedad. Habían estado en España, país que decían adorar (claro); viajaban mucho y detestaban a George Bush, por cuya mala imagen internacional –me dijeron– no era este el mejor momento para viajar fuera de los EE.UU.
Llegados a Redwoods me ofrecieron visitar el parque con ellos, prometiendo llevarme luego hasta Eureka para compensarme por la pérdida de tiempo que el paseo me supondría. Yo, desde luego, estaba encantado de haber conseguido un ride tan ameno, aunque no muy largo; y ellos lo estaban por la compañía de un español con quien intercambiar impresiones sobre los países respectivos. Aún seguimos un buen rato por la carretera, que atravesaba el parque de un extremo a otro, antes de dejar el coche en un parking para visitantes, junto a la playa, e iniciar nuestra ruta de senderismo. Elegimos un recorrido de unas seis o siete millas. El matrimonio venía bien equipado: antes de empezar a caminar se cambiaron de ropa y calzado, poniéndose el “uniforme” de Boy Scout y las botas de siete leguas. Me sorprendió, por cierto, el ritmo bastante vivo al que andaban los vejetes. [Tiene triste gracia que, en aquel momento, yo los viese como unos vejetes. ¡Ya quisiera hoy para mí su edad de entonces!]
Enseguida de ponernos en marcha entramos en pleno bosque, donde se espesaba la fronda y se hacía un silencio casi absoluto que invitaba a hablar en susurros o, mejor aún, a no hablar (aunque nosotros no estuvimos callados ni un momento). El redwood es un árbol pariente de la secuoya, menos grueso pero más alto e impresionante: el diámetro de algunos troncos sobrepasaba fácilmente los dos metros, y su altura podía alcanzar los cien. [Como una torre de 30 pisos.] Las copas estaban tan alejadas del suelo que apenas se oían los graznidos de los pájaros sobrevolándolas, y la cúpula que hacía el ramaje era tan espesa que la luz a duras penas llegaba hasta abajo. A esto se sumó que, poco después de empezar el hike, una niebla proveniente del Pacífico se enganchó en la parte superior de la espesura, como a treinta metros sobre nuestras cabezas, y entonces el silencio se volvió sepulcral; ni un mal bicho se oía, y la niebla le daba a la escena un aspecto fantasmagórico, casi espectral. Cuanto más nos adentrábamos hacia el interior, más sorprendente resultaba el bosque: pequeños regajos de agua clarísima, árboles de varias especies y tamaños, empinadas laderas cubiertas de musgo o helechos, profundas y estrechísimas quebradas (como de 20 m de hondo y 1’5 de ancho) por las que discurrían mínimos arroyuelos y cuyos taludes aparecían cubiertos de mohos, líquenes y unos diminutos helechos que destilaban un constante goteo de agua sobre la tierra. Con diferencia, el helecho era la planta predominante en aquel suelo. (Por cierto, aquel bosque no era del todo virgen: antaño ya fue parcialmente deforestado, y muchos árboles eran de segunda generación.) La senda pasaba por muchos puentecillos que vadeaban las gargantas de mayor anchura y profundidad, y desde los cuales podía verse, bastantes metros más abajo, el correspondiente arroyo, así como la infinidad de árboles muertos que, medio podridos y llenos de musgo, habían quedado tendidos de un lado al otro de la quebrada. A veces, en las vertientes, se abrían diminutos valles poblados de espesa e impenetrable vegetación. La última parte de la senda discurría mismamente –como dirían en mi tierra– por el cauce de un riachuelo, y no hubo otra que mojarse los pies; al menos, yo, que no llevaba botas, sino unas sandalias de goma modelo “subnormal”. Por suerte, el agua no estaba especialmente fría. Este riachuelo iba por una garganta de unos 5 m de ancho y 10 m de profundidad, de modo que avanzar por él era como caminar por una gruta de paredes húmedas, musgosas y rezumantes de agua. Con todo, quizá lo más fantástico de aquella caminata llegó al final del recorrido, poco antes de desembocar nuevamente en la playa, cuando ya empezaban a clarear los árboles muertos y la garganta se abría en un delta de cantos rodados: ahí la niebla espesó más, ocultando a nuestra vista el océano vecino -cuyas olas, no obstante, se oían romper en la arena sordamente- y dándole al bosque un aspecto verdaderamente irreal, como de lugar encantado o poblado de espíritus.

De Harbor a Eureka con Paul y Sandy
Eran más de las 16:30 cuando volvimos a donde habíamos dejado el coche, y continuamos viaje en cuanto Paul y Sandy volvieron a cambiarse de ropa. Como aún tardaríamos una hora en llegar a Eureka, ya no podría avanzar más ese día, de modo que tendría que buscarme algo allí. “No te preocupes -dijo Paul-, algo encontraremos”. Por el camino me entró el hambre y eché mano de los víveres que Steve me había preparado esa mañana. Al ofrecerle al matrimonio compartirlos, me dijeron que iban a invitarme a cenar en Eureka después de encontrar un camping para mí. Pero, llegado que hubimos, resultó que el único que había estaba a siete millas. Probamos entonces a buscar un motel barato, pero no encontramos tal cosa: lo menos caro costaba 32 $. “No pasa nada –les dije–; dormiré en el camping aunque quede lejos.” No quisieron oír hablar del asunto: “¡Oh, no! Buscaremos un motel que quede cerca del extremo sur, para que puedas hacer dedo mañana sin problema, y te lo pagaremos.” Con la boca pequeña protesté que me hacían sentir un mendigo, pero insistieron: “Déjate invitar por hoy, y ya harás tú algo igual por un autoestopista en España.”
El motel más meridional de la ciudad costaba 42 $, y el encargado, un indio impertinente, no estaba muy conforme con admitirme. En cuanto solté mis mochilas en el suelo y Paul le dijo que él pagaba mi alojamiento, el indio le preguntó si es que me conocía. –Sí. –¿Desde cuándo? –Desde hoy. –¿Y de qué? –De la carretera. Todas aquellas preguntas me parecieron estúpidas y un poco indignantes, así que le dije a Paul –fingiendo una indignación aún mayor– que nos fuésemos de allí, pues había otros moteles más baratos en la zona. Entonces el indio dio un bandazo: “¡Oh, no, quédese! –y a partir de ahí se dirigió a Paul, supongo que por ser quien pagaba– Yo soy un conocedor de personas, cincuenta años en el negocio, conozco a la gente, pero hoy no te puedes fiar de nadie. Es usted muy generoso por pagarle la habitación, gracias. Somos de la misma edad; conocemos a la gente; yo ya tengo 62 años.” Paul le hizo saber que él tenía 49. “¡Cómo! ¿Y por qué parece tan ajado? (Era todo un diplomático aquel tipo.) Yo tengo 62 y estoy como un chavalito.” Paul le preguntó si de verdad lo encontraba tan ajado. ¿No será la barba canosa, que me da aspecto de ser mayor? “Bueno, no tenemos la misma edad pero estamos en el mismo grupo de edad”. Claro, ese famoso grupo que abarca de los 49 a los 62. En fin, el caso es que cedió, Paul pagó, yo dejé mis cosas en la habitación (que tenía muy buen aspecto) y nos marchamos. Antes de abandonar el aparcamiento, el indio salió y nos interceptó para disculparse con Paul por su brusquedad inicial (nuevo error, pues la ofensa más bien recaía sobre mí) y repetirle que era muy generoso, que él (el indio) era un conocedor de gentes, y bla, bla. Parecía no querer dejarnos marchar.
En Eureka fuimos a un restaurante bastante bueno donde cenamos que te cagas de bien. Lo mío fue crema de nosequé, con algunos mariscos y un pescado exquisito, aunque la guarnición no me gustó demasiado. Entre los tres nos cargamos una botella de vino chardonnay chileno, buenísimo. Al terminar la cena me llevaron de regreso al motel y, antes de despedirnos, me recomendaron un par de lugares que visitar en Arizona. Aparte, al saber que pensaba pasar por San Diego, Paul me facilitó el teléfono de un hermano suyo que vivía allí y estaría encantado de recibirme, o incluso de acogerme unos días.
La pareja más jodidamente simpática, alegre y generosa que me he encontrado en este viaje. Ese día (es decir, ayer) se gastaron más de setenta dólares en mí. Y por la noche dormí de puta madre.