Miércoles, 15 de Octubre. Mismo lugar.
Gracias a unos nublados, la noche que pasé en el camping de las dunas no fue fría, aunque cayeron unas gotas de madrugada. En cuanto desperté, recogí la tienda y me largué de allí. El día amaneció algo neblinoso, pero fue abriendo a lo largo de la mañana y al final se quedó muy bonito.
Resignado de antemano a una larga espera, me planté en la carretera con mi libro en la mano y un letrero que decía: FROM SPAIN TO S. FRANCISCO; un fracaso experimental que no me sirvió de nada; así que al cabo de dos horas doblé el letrero y me puse a caminar. Sólo entonces conseguí el primer lift, al que seguirían tres o cuatro más, de escasa relevancia salvo los dos últimos. Uno, por una pareja de jipis piojosos (y no pongo al tuntún este calificativo), ella al volante, él de copiloto, a bordo de una van en cuya parte trasera, amén de mucha mierda y cantidad de objetos desperdigados, había un mugriento colchón cubierto con una sucia manta sobre la que se revolvía el más detestable perro lamedor con el que me he peleado hasta el momento: durante diez minutos no cesó de intentar chupetearme la cara y, lo que es peor, de gruñir hostilmente cada vez que, con el brazo o la pierna, lo alejaba de mí. No llego a entender qué placer encuentran los amos en que sus perros les llenen la cara de saliva, pero así los educan. Esta pareja no se mostró muy conversadora, bien porque no me dejaba lamer por el can, bien porque no llevaba marihuana (en contra de lo que, por lo visto, esperan los jipis de un mochilero, ya que casi todos los que me han llevado me preguntan si tengo). Él, sobre todo, estuvo reservado. Pero no se portaron mal y me dejaron a la salida de Port Orford, en un precioso promontorio junto al océano. El último ride también se hizo esperar; un par de horas o más, que pasé leyendo mi libro apoyado en un poste. De hecho, cuando me recogió Steve, estaba ya a punto de rendirme y coger un autobús hasta Brookings. Reforestador y carpintero, Steve vive con su novia, de alquiler, en una casita en el campo a unas dos millas de Gold Beach. Enseguida conectamos, y no tardó en ofrecerme pasar la noche en su casa. Durante el viaje estuvimos charlando de la prevalente estupidez norteamericana y de la desconfianza -alimentada desde la escuela- hacia los autostopistas. La carretera, muy pintoresca, discurría casi todo el tiempo junto a una larguísima y desierta playa batida por las olas del mar abierto; y el sol poniente iluminaba de costado las negras rocas que acá y allá, como restos de meteoritos, motean esa franja del litoral.
Ahora estoy en la biblioteca y acaba de llevar Steve, así que mañana seguiré.

De Florence a Gold Beach con varios conductores
Jueves, 16 de octubre. Eureka (California).
Llegados a Gold Beach, mientras Steve hacía un par de recados yo me di un paseo por la playa, batida su arena gris por las olas del Pacífico, cargado el aire con la humedad de la brisa marina. Habíamos quedado media hora después en un centro comercial y, como llegué antes, aproveché para tomarme el más magnífico cono de helado que pueda uno adquirir en este continente por 1’50 $. La guapa dependiente, de grandes y bonitos ojos, reaccionó agradecida -pero con poca modestia- al piropo que le solté. Llegado Steve, estuvimos un buen rato hablando y viendo el atardecer, acodados en la baranda de un muelle sobre la desembocadura del río. Enfrente, un león marino tomaba plácidamente la siesta encaramado a un solitario embarcadero de madera. La tarde era muy apacible. Para contribuir a la cena compré unos champiñones y una botella de vino de Oregón. Ya en su casa, Steve me presentó su novia Janya, una pelirroja con buenas tetas y una sonrisa automática que, al verme, exclamó: “¡Así que eras tú! Yo te habría recogido, pero no sabía si estabas haciendo autostop o no.” Resulta que había pasado en coche junto a mí antes de que me recogiera Steve; pero, como no suelo levantar el pulgar cuando veo que el conductor es una mujer, lógicamente pasó de largo. Poco a poco voy aprendiendo a no enojarme cuando la gente no me da jalón. Ella no cenó con nosotros porque ya lo había hecho y, además, tenía que salir no sé adónde. Steve preparó un riquísimo salmón a la brasa y yo unos riquísimos champiñones al ajillo. La casa estaba en un bonito y arbolado lugar donde reinaba un silencio sedante, no perturbado por ninguno de los pocos vecinos. Y allí estuvimos largo rato de charla, cenando y tomándonos el vino. Entre otras cosas, hablamos del autostop y sus vicisitudes. Al volver Janya, quedó acordado que pasaría dos días con ellos.
El dormitorio para huéspedes era sencillo pero cómodo: un colchón sobre un bajísimo somier, vestido con limpias sábanas y cubierto con el edredón de plumas más grueso y abrigoso que yo haya visto; una mesita en la que apenas cabía una lámpara, y otra junto a la cabecera, aún más pequeña y baja; algunos trastos por medio, y una escalera al desván, cuya puerta no podía cerrarse y por donde se escapaba todo el calor que el pequeño radiador generaba. No obstante esa pérdida térmica, dormí como un bendito, viendo a través de las ventanas, cuando a ratos despertaba, las copas de los árboles iluminadas por la luna y recortadas contra el cielo sin estrellas.
A la mañana siguiente, Janya se levantó cuando Steve y yo desayunábamos, y se nos unió. Ahí constaté que ella, quizá por ser más lista que él, tenía bastante menos interés en mi conversación. Luego los varones nos fuimos a la ciudad, donde Steve me prestó una bici para que hiciera tiempo mientras trabajaba un rato. Pasé la mañana vagando por la playa, que a unos 2 km del pueblo estaba salpicada de enormes rocas que parecían llovidas del cielo (y entre las cuales, por cierto, dejé una memorable cagada), y luego en la biblioteca, despachando el correo y poniendo al día el cuaderno. Allí me recogió Steve y, como acordamos la tarde anterior, nos fuimos -parando en Port Orford para comprar pan italiano- hasta donde tenía otro de sus trabajos, un interesante proyecto estatal para intentar, mediante una cuidadosa replantación, bajar la temperatura -y evitar la evaporación- en un sector del río con objeto de crear un hábitat favorable al salmón, que por las talas indiscriminadas está en alarmante decadencia. La deforestación masiva no sólo hace que los lechos de los ríos, ya privados de sombra, se calienten, sino que la calidad del agua se deteriora por culpa de la mayor erosión del terreno, a la vez que aumenta la escorrentía y la fuerza del caudal debido a la ausencia de obstáculos naturales, como eran los árboles muertos por putrefacción. Pero ese proyecto -me dijo Steve- no tiene nada que ver con la sostenibilidad y el equilibrio del medio ambiente: su objetivo es devolver el salmón al río para que los pescadores puedan disfrutar de su “deporte”; aparte, su realización es muy dificultosa -pues exige convencer a los propietarios de los terrenos para que autoricen la plantación y cuiden los árboles- y muy cara, por los muchos salarios que hay que pagar, durante años, hasta que vuelva a crecer la arboleda. Además de ese proyecto, han instalado una piscifactoría (también la visitamos) para criar salmones y echarlos al río con idea de que, siguiendo su instinto, vuelvan para desovar en él; pero no vuelve ni uno, según demuestran las cifras, en continuo descenso, de la cabaña “salmonífera”. Así que, de momento, ninguno de los dos programas está dando resultado.
Lógicamente nuestra charla derivó hacia la ecología. Mi conclusión -con la que Steve estaba de acuerdo aunque prefería no pensar en ello- fue que seguiremos deteriorando irreversiblemente el planeta porque la ecología sale demasiado cara; y que sólo habrá un cambio radical (o bien un colapso civilizatorio) cuando la gente se dé cuenta de que no hay recursos suficientes para sostener nuestro nivel de vida y -como me dijo el taxista canadiense- la sociedad entre en pánico. Aparte, antes que renunciar a nuestros privilegios para que los países menos favorecidos puedan mejorar su nivel de vida, nuestra cegera y cortoplacismo siempre encontrará disculpas con las que justificarnos. Aun así, este tema no dejaba de plantear una cuestión ética: ¿quién es nadie para predicar una renuncia hoy en favor de un hipotético ciudadano de mañana? ¿Debe el hombre sacrificar, siquiera en parte, su presente actual y tangible para que, de manera previsible pero incierta, el hombre futuro pase menos privaciones? ¿No es legítimo decir: “el que venga detrás que arree”, como arrearon las últimas bacterias generadoras de oxígeno, los últimos dinosaurios o los últimos neandertales?
Por último, dimos un paseo por una bonita colina junto al mar, desde la que se divisaba un magnífico paisaje: el océano, las olas batiendo sobre la playa, los rociones de espuma transportados por la brisa, unos arrecifes que imitaban las vértebras de un monstruo, el sol que declinaba. De vuelta a casa nos pusimos con la cena: él preparó salmón al horno, muy rico pero menos que el del día anterior; yo, unas judías verdes con guisantes para chuparse los dedos. Janya trajo el vino y se encargó del postre: un pastel que, como estábamos ya llenos, dejamos para el día siguiente. (Estaba bueno, pero muy empalagoso, con tanto merengue que le pone esta gente a los postres.) Janya tendría unos 28 ó 30 años y decía que quería dedicarse a viajar por todo el mundo; pero al manifestarle mi opinión de que viajar por sistema era un síntoma de inadaptación, y acaso de infelicidad, me pareció que se le enfriaban de pronto las ganas. Quizá no tenía mucha personalidad. Por otra parte, me sorprendió su desdén hacia el “símbolo de identidad” de la basura reivindicativa del colectivo jipi.
Hoy de mañanita, cuando me levanté, Janya me aguardaba para una rápida -e inopinadamente cordial- despedida, y enseguida se marchó. Stevie me tenía lista una taza de té chai acompañada por un trozo del pastel de la noche anterior, y además me preparó (igual que Wayne días atrás) algunas viandas para el almuerzo. Luego me llevó hasta la parada del bus condal que, por 2 $, me llevaría hasta Brookings. Su despedida fue bastante más calurosa que la de Janya. Hasta prometió volver a la parada un rato después, por si yo había perdido el bus. Estoy seguro de que lo hizo. Cuarenta minutos más tarde llegué a Brookings, y una hora después -cuatro millas andando- al extremo sur de Harbor, donde me puse a hacer dedo. Tardé otras dos horas en conseguir el primer ride: eran Paul y Sandy, mis nuevos bienhechores. Cortesía suya, hoy será la primera vez en este viaje que duerma en un motel, con habitación individual propia. Pero esa historia la escribiré mañana.

De Gold Beach a Brookings en bus, de ahí a Harbor andando