Norteamérica 57. Encuentros en la tercera fase; el agujero negro de Las Vegas

Lunes, 27 de octubre. Mismo lugar.

Pues nada; al final no hubo problema para salir de Tecopa; o mejor debería decir que no hubo solución, porque la cosa es que no he salido. Hoy me levanté tarde porque estaba muy cansado, y no era buena idea ponerme a hacer dedo a esa hora. En cuanto a los otros dos huéspedes, Caroline no iba en mi dirección, y Harris sólo podía darme un lift parcial que no me solucionaba gran cosa. En esto Aldine, la dueña, viene y me dice que me regala la estancia de hoy a cambio de quitarle la hierba junto a la entrada. No me lo pensé dos veces. El británico se mostró algo más comunicativo que el día anterior y estuvimos casi dos horas hablando de metafísica a la puerta del albergue, junto a su coche. Fue una interesante conversación tocante al por qué de viajar, la inquietud de conocer, la intrínseca infelicidad del viajero, el sentimiento religioso subyacente a muchas actitudes, la belleza inherente a las cosas, la llamada del desierto y la hostilidad del ser humano. Harris sugería que el atractivo del desierto tiene origen en la sensación de seguridad que inspira, ya que no esconde peligros ocultos, como sí hace el bosque: aquí, todo lo que pueda hacerte daño se ve a distancia. A sus veintisiete años y con sólo cinco de experiencia como profesor de instituto, Harris sugería muchas cosas; era todo un filósofo. Entre otras, asociaba la felicidad con el sexo y se declaraba poco sociable. Buscaba un sustituto para Dios, en el que no creía; aunque el desierto le hacía concebir dudas. Se preguntaba si tal vez la pureza de los colores del desierto tenía algo que ver con eso; pero ¿por qué precisamente la pureza? Pensaba que un deseo de diferenciarse de los demás lo empujaba a buscar gustos distintos a los de la mayoría, pero a fuerza de ello llegaba a apreciar de verdad lo poco común. Everything is about safety and survival —decía—. Le parecía plausible la idea de que los sonidos asociados al vientre materno sean los que más agradables nos resultan; o quizá el ritmo de unos pasos. Decía que sin desequilibrio de fuerzas no puede haber movimiento, y que por tanto en el alma de todo viajero había un desequilibrio: las personas felices o que están conformes con su vida no sienten el impulso constante de viajar. [Esta idea me pareció muy interesante y, desde aquel día, la tengo por una de mis certezas.] Expresó Harris muchas más opiniones que no tengo tiempo para recordar.

Pasé el resto de la mañana y una buena parte de la tarde quitando yerba en el jardín, más o menos hasta que llegó Roland, un alemán del este. Era bastante conversador, y estuvimos charlando, contemplando la puesta de sol desde la torre y cocinado una cena temprana hasta la llegada, ya anochecido, de un matrimonio de Illinois que volvía de acudir a la boda de un hijo. Entonces la conversación se animó aún más. Hablamos sobre sistemas educativos, el euro, el general descontento de los alemanes tras la caída del muro (aunque, si bien era compartido a un lado y al otro, nadie deseaba volver a la situación original, a decir de Roland), el ciclismo, el significado del porcentaje de participación en elecciones (que —de nuevo según Roland— era representativo de lo que un pueblo aprecia la democracia) y otras cosas más. Más tarde llegaron otros tres viajeros más, juntos: un inglés, un alemán y una española (como en los chistes) que se habían encontrado en San Francisco a través de una página web y que, como la mayoría aquí, venían a hacer una excursión por Death Valley. Curiosamente, ninguno de los presentes viaja en mi dirección, así que ya veré qué hago mañana. Con tanta gente, la charla se dispersó y yo me encontré hablando con la española, una barcelonesa que había venido por veinte días y parecía morirse de ganas por olvidarse un rato del idioma inglés. Poco a poco fue yéndose cada mochuelo a su olivo, me despedí de Roland —que salía temprano en la mañana— y Barcelona y yo nos quedamos los últimos.

Martes, 28. Cerca de Boulder City (Nevada).

No puedo decir que el día de hoy haya sido especialmente bonito ni exitoso. Por la mañana, tras un desayuno con cereales (¡maldición!: acabo de darme cuenta de que me he dejado un sándwich en el albergue; ¡con qué gusto me lo comería ahora!), recogí mis cosas y esperé a que alguno de los otros huéspedes saliera hacia Death Valley, con idea de bajarme en Shoshone y hacer dedo en la carretera principal.

Los primeros que zarparon —aunque se habían levantado los últimos— fueron los del trío multinacional. La oronda Ester (presumo que ella escribirá su nombre con hache intercalada) se hizo una foto conmigo porque —dijo— era muy divertido haberse econtrado a un extremeño en mitad del desierto californiano. [Creo que aún conservo esa foto por algún lado.] Estos jóveneos me llevaron a Shoshone, y allí me puse a hacer dedo en la dirección más improbable, hacia Amargosa Valley. No obstante, el quinto o sexto vehículo que pasó me recogió. Era un hombre gordo, desaliñado y simpático con quien atravesé el desierto, por unas rectas infinitas que se perdían en el horizonte, hasta la carretera que va a Las Vegas, adonde después me dio jalón un ex-policía de esa ciudad. Hacía el curioso pronóstico de que, en unos años, “Vegas” —como aquí la llaman— será una ciudad fantasma debido a la falta de agua; y entonces será un buen momento para comprar inmuebles, porque más tarde la vida volverá a Vegas; aunque no me explicó cómo, si el agua —según él— se habría acabado. Me dejó en el aeropuerto, que está dentro de la ciudad. Y ahí empezaron los retrasos que me han hecho lamentar no haber pasado la noche en Las Vegas, aunque la idea no me apetecía mucho y el ex-poli me desanimó diciendo que era una ciudad peligrosa. El caso es que, para llegar desde el aeropuerto a Boulder City, ya algo alejada del enorme núcleo urbano (con veinte millas de diámetro, Las Vegas es gigantesca), tuve que coger nada menos que cuatro autobuses distintos. Tardé en total cuatro horas para hacer sólo quince millas; aunque, eso sí, me salió barato. Pero en Boulder City me bajé en la parada equivocada y tuve que caminar media hora hasta llegar al visitor center, donde, de haber llegado veinte segundos antes, una pareja de canadienses que iban al camping podrían haberme dado un ride hasta allí. [Me pregunto cómo diablos pude saber esto, ya que no vuelvo a hacer ninguna referencia a esos canadienses en el diario.] No tuve más remedio que ponerme a caminar; pero el sol del atardecer me daba de frente, no veía bien a los coches que venían y la carretera no tenía arcén, así que una hora más tarde, pasado el ocaso, todavía no me había recogido nadie. Y aún me faltaban 4 km para el camping, así que, de seguir andando, no podría llegar allí con luz. Por otra parte, está en una carretera lateral, de manera que si dormía en él, mañana tendría que desandar lo andado; y además, según alguien me dijo, no tiene duchas. Así que finalmente he optado por no ir y ahorrarme, de paso, los 10 $ que cuesta.

Tres jalones de Tecopa a Las Vegas y cuatro autobuses hasta Boulder City

Pero, entonces, ¿dónde pasaré esta noche? Este suelo es pedregoso y no puedo poner la tienda en ningún lado. No me queda otra que dormir a la intemperie, aquí al abrigo de un centro de información turística que está cerrado hasta mañana; y que salga el sol por Antequera. Así no tendré que andar más de la cuenta. Por suerte la noche está templada, y además puedo leer y escribir a la luz de un foco que permanece encendido. Lo que espero es poder salir mañana pronto de esta olla, de este valle en cuyo centro está Vegas, que parece —cual enorme masa gravitatoria— no permitir a la materia alejarse de ella: la mayoría de los coches que pasan por la vecina carretera van hacia la famosa Ciudad del Juego, pero muy pocos salen. Me pregunto si en el centro de Las Vegas habrá un sumidero, un pozo sin fondo, un agujero negro que engulle todo lo que entra. En fin, no va a ser mi mejor noche, pero tampoco creo que llegue la sangre al río.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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