Norteamérica 55. Darwin: donde la geografía y el alma se encuentran

Sábado, 25 de octubre. Panamint Springs (California)

La noche fue bastante más fresca de lo que aquel paisaje hacía predecir; pero resulta que Lee Vining está a unos 2000 m de altitud; lo cual también ayuda, en parte, a explicar por qué me cansó tantísimo subir la ladera del valle Yosemite. Esta mañana, tras levantar la tienda muerto de frío, me fui hasta el cruce para hacer dedo allí y recoger el posible tráfico de la 120.

En un principio Bob pasó de largo, pero debió de remorderle la conciencia y dio media vuelta; no a los 100 m, como otros, sino algunos kilómetros más allá, ya que hasta los diez minutos de haber pasado no volvió a por mí. Un arrepentimiento de efecto retardado. Este Bob se dedicaba a vender instalaciones contraincendios; y acababan de operarlo, contra todo pronóstico, de un tumor en la médula espinal. La homilía religiosa no se hizo esperar: me soltó un sermoncillo con pretendida base científica aunque, por suerte, poco insistente. Al comprender que el argumento de Laplace (“Dios es una hipótesis innecesaria”) que yo oponía a sus razones era muy difícilmente refutable, cortó el rollo. Con él recorrí bastantes millas a lo largo del valle elevado, increíblemente hermoso, que discurre entre Sierra Nevada al oeste (la columna vertebral de California), y otra sierra algo más humilde al este, allende la cual se encuentra Death Valley. El lecho de este valle por donde íbamos tiene unas tres millas de anchura, es casi plano, muy abierto y bastante árido, haciendo así un bonito y llamativo contraste en aquellos lugares, aquí y allá, donde algunos sembrados, parches de vegetación o arboledas de tonos otoñales interrumpían la monotonía parda y rojiza. Cada uno de esos oasis tenía su pequeña localidad.


En una de ellas, al sur de Bishop, paramos a tomar un desayuno en condiciones, con huevos, salchichas, tostadas y todo lo demás. Bob pagó la cuenta, dejando a mi cargo la propina. Nuestros caminos se separaban en el cruce de Lone Pine: el suyo hacia el sur, dirección Los Ángeles, y el mío hacia el este, para enfilar Death Valley. En aquel punto el paisaje se había vuelto aún más árido, el valle se ensanchaba, y la única vegetación (aparte de los árboles junto a las viviendas) que había en aquella superficie casi plana, hasta tan lejos como abarcaba la vista, eran unos arbustos espinosos de poca altura, y otros amarillo pálido.

Al borde de la poco transitada carretera a Death Valley me tocó hacer la espera más larga de todo el viaje: nada menos que cuatro horas estuve allí de plantón hasta que alguien me dio un ride. Jim, o Jake, era un hombre que viajaba por el placer de viajar, y que se disculpó ante mí por el Gobierno Bush. Al poco de ponernos en marcha comprendí por vez primera lo que era el desierto: montes, colinas y cerros de tierra, piedras o arena y moteados por escuálidos arbustos y cactus dispersos… La cinta de asfalto se abría paso ora en una interminable recta que cortaba por lo sano las lomas, ora serpenteando entre los cerros. Tuve la suerte de que Jake, o Jim, en lugar de ir directamente a Panamint Springs (un icónico punto, obligada parada en esa ruta), a mitad de camino tomase el rodeo para visitar Darwin. A partir del desvío la carretera empeora, pero tras ver el pueblo hasta me pareció demasiado buena, y llegué a preguntarme por qué las autoridades aún le daban mantenimiento en vez de dejar que los elementos acabasen con ella: o era un error administrativo que nadie se había tomado la molestia de corregir, o era una declaración de intenciones.

Semioculto entre las colinas, perdido en mitad de un lacerante pedregal, a poca distancia de unas viejas construcciones de madera que, en la falda de un monte, algún día lejano dieron vida a una actividad minera, silente y desolado como un pueblo fantasma se extiende Darwin, el más extraño e inexplicable lugar que yo haya pisado jamás. Disperso en una superficie de dos o tres hectáreas, es un heterogéneo grupo de moradas de la más diversa naturaleza y procedencia: casas y chabolas hechas con maderos o piedra, rulós y autocaravanas ajadas por el sol, refugios semiexcavados en la roca o en el suelo; y todo sin el menor orden ni concierto, sin nada que se parezca a una calle o tenga pretensión de serlo. Algunos de esos habitáculos desafiaban a cualquier posible descripción; por ejemplo una especie de domo semiesférico que lucía el rótulo de un instituto científico (¿traído hasta allá por algún excéntrico que lo compró en una subasta?) y a cuya puerta había colocado un cerdito-hucha enorme pintado en blanco, rosa y celeste. Y por si aquel aislamiento fuera poco, aún había un vecino que, ermitaño entre ermitaños o anacoreta de vocación, huyendo quizá del estresante bullicio del pueblo, había plantado su ruló a media milla de distancia.

Como a unos mil pies está el cementerio, limitado por una alambrada, azotado por el viento y donde, entre retamas, cien o doscientas cruces oxidadas clavadas en el suelo resisten el paso de los lustros. Tiene también Darwin un salón de baile clausurado, una polvorosa gasolinera en desuso, con dos de esos antiguos surtidores cilíndricos, y para guinda, como un acto de fe, una desierta barraca de correos, símbolo de la verdadera poesía de ese pueblo que, borrado del mapa, aún tiene una dirección en el servicio postal, persistencia absurda de los gestos civiles en medio de la geología hostil. Y desperdigados por todas partes, como caídos del cielo, o acaso como aberrantes efloraciones de los arbustos, tres o cuatro centenares de viejos coches desguazados dormían el sueño de los justos, naufragados desde tiempo inmemorial en aquel arrecife donde cualquier esperanza de reparación es ilusoria. No sólo un recambio difícilmente encontraría su camino hasta allí, sino todo tipo de suministros. Me pregunté cómo aquella gente obtenía lo más básico y cotidiano sin una sola tienda, almacén o gasolinera donde comprarlo. La localidad más cercana, Lone Pine, se halla a 40 millas; pero ¿acaso alguna de las chatarras que había por allí funcionaba? Ni siquiera parecía que hubiese agua. En cualquier caso, a lo mejor nadie la necesitaba, ya que -pese al censo de 100 ó 200 almas, según el letrero a la entrada- no vimos el menor signo de que estuviese habitado, como si una fuga radioactiva o un ángel exterminador hubiesen acabado con toda la población.

[Diez o quince años después volví a Darwin, precisamente con Phil, el que me había hospedado en su casa de Escalon; y en esa ocasión sí vi “gente”; en concreto dos personas: el empleado de correos, con el que hablamos un momento, y luego un tipo que, por esa ley de hospitalidad que dicta el desierto, nos invitó a unas cervezas en su casa, inesperadamente fresca bajo el calcinante sol.]

Dejando atrás el pueblo, continuamos camino -nunca mejor dicho- por una imposible carretera de grava y piedras que se adentraba en un paisaje de aspecto lunar, montes y roquedales tal vez de origen sísmico o volcánico donde predominaban los colores rojo herrumbre, blanco, beis y marrón oscuro. Pasamos por antiguas minas junto a las que aún se mantenían en pie, gracias a la extrema sequedad ambiente, viejas tolvas de madera; y por un pozo con una bomba y una roñosa tubería que quizá iba hasta Darwin. En mitad del camino vimos una tarántula de unos 10 ó 12 cm de diámetro, el cuerpo peludo en tensión, el espeluznante aguijón enhiesto, a la que estuvimos martirizando tirándole chinitas. Al coronar uno de los agrestes montes se abrió ante nosotros un valle en cuyo fondo se veía zigzaguear, sobre la arena y entre las dunas, la carretera principal. Ahí paramos el motor del jeep y nos detuvimos a escuchar: el silencio y la quietud eran absolutos. El sol poniente acentuaba aún más los tonos rojizos del paisaje y ponía un tinte sepia a la blanca arena del lecho del valle. Comprendí entonces, en todo su significado, lo que una novela leída durante mi juventud describía como la llamada del desierto. Y es que hay algo en él que lo hace fascinante e hipnótico.

De Lee Vining hasta Lone Pine con Bob, de ahí a Panamint Springs con Jake el solitario

Aquel camino se unía de nuevo a la carretera a la altura de Panamint Springs, y allí me despedí de Jim. Ese punto, aunque en los mapas viene marcado como una localidad, consta exactamente de tres instalaciones en medio de la nada: un hotel-restaurante, una gasolinera y un camping. Al poco de llegar me puse a charlar con una pareja de europeos (él holandés, ella italiana) que dijeron haberme visto hacer dedo este mediodía en el cruce, y me han ofrecido darme mañana el jalón que me negaron hoy. Ellos van a Las Vegas, donde acudirán a una convención tal vez sobre astronomía. Después de cenar (cada uno por su cuenta) nos dimos un largo paseo por la solitaria carretera bajo la bóveda celeste, hablando precisamente de astros y de átomos. Al volver me he puesto a escribir, más de una hora hace, teniendo por techo el magnífico cielo estrellado, por música los grillos (aparte de un maldito generador eléctrico) y por compañía un gato que hace guardia junto a mí. La temperatura es ideal. En todo el complejo no estaremos más de veinte o veinticinco personas, y la mayoría ya duermen a esta hora. Los últimos minutos de la tarde fueron espléndidos, con la luz del crepúsculo haciendo destacar, entre las sombras del valle, el parche blanco de tierra que es su lecho, e iluminando lejos, hacia el este, la cresta de las montañas tras las cuales se encuentra el valle de la Muerte. Ahora, en la oscuridad, se ve un resplandor por encima de esas montañas: es el demencial alumbrado de Las Vegas, a cien millas en línea recta. Quizá antes de echarme a dormir aún me dé un paseo hasta ese lecho de tierra blanca, que ejerce sobre mí un influjo magnético. Aunque las distancias en el desierto son engañosas, parece estar a unas dos millas de aquí. Este lugar es sencillamente mágico.

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Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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