Domingo, 26 de octubre. Tecopa (California)
Aquel parche blanco en el lecho del valle, que resultó no ser de arena, sino de arcilla seca y resquebrajada, estaba bastante más lejos de lo que parecía. Anoche aprendí hasta qué punto engañan las distancias en el desierto: lo que desde el camping me parecieron un par de millas, eran el doble. Pero valió la pena la caminata. Cuando llegué allí, el silencio era sobrecogedor, y el cielo sublime: pese a la luna nueva, había tantas estrellas que se veía más o menos bien. La sensación de aislamiento y absoluta soledad no podía ser mayor; me parecía ser el único ser humano sobre la tierra. Corría una brisa suave, casi sensual, y para darme el gusto de sentirme un recién nacido, me desvestí y me tumbé un rato en el suelo, mirando la espléndida bóveda estrellada. Aunque la noche era muy templada, la arcilla estaba fresca al tacto.
Pasaba de la medianoche cuando volví al camping, y como las ocho millas me habían abierto el apetito, antes de acostarme me comí un bocata.
A las seis de la madrugada me despertó la claridad, ya que no le había puesto el doble techo a la tienda. Aun así, esa noche descansé perfectamente. Levanté con lentitud el campamento, y a las 7:30 estaba tomando el desayuno en el restaurante, que era bastante caro, tirando a mucho. Por cierto, tenían todo el complejo en venta, tampoco barato: restaurante, gasolinera y camping se vendían por 2’5 millones de dólares. El holandés y la italiana aparecieron cuando yo estaba terminando mi colación, y me puse a leer fuera mientras ellos desayunaban. Al poco de abrir el libro, oigo una voz que dice: Good morning, Pablo! Era Jake, el viajero solitario que me había traído el día anterior. Había acampado esa noche en Panamint Valley, a unas ocho millas, y venía a hacer no sé qué y comprar algo en la tienda. Me preguntó si todavía necesitaba un ride a Death Valley y le dije que iban a llevarme los europeos. “¡Ah!, muy bien; bueno, voy a comprar.” Al minuto salió del local con las manos vacías: no había tienda. Me deseó buen viaje y se fue con una sonrisa. Comprendí que se había sentido solo entre los coyotes y que había venido únicamente para buscarme, no para comprar. Lástima que ya tuviese el viaje comprometido, porque su compañía me apetecía más que la de los otros; pero, bueno, a fin de cuentas él tampoco me dijo nada el día anterior. Me quedé contemplando, con un punto de nostalgia, cómo su coche se perdía en la distancia, fundiéndose con la carretera durante lentos minutos.
La ruta por el famoso parque nacional Death Valley, a lo largo de unas 150 millas, pasaba por los puntos de más interés y me resultó fascinante: unas magníficas dunas amarillentas, surcadas por muchas huellas de pequeños animales (reptiles, roedores, arácnidos), hacían un bonito contraste con el marrón rojizo de las montañas circundantes; en la desoladora llanura, el engañoso espejismo del aire caliente se aparecía por todas partes; la impracticable, inhóspita y casi infernal cuenca del valle era un campo de formaciones salinas a modo de enormes tormos que parecían haber sido levantados por un arado gigante, y su punto más bajo, a 86 metros bajo el nivel del mar, era un lecho de salitre que brillaba con un resplandor blanquísimo y cegador, y donde, en algunos puntos, se veían charcos de salmuera que, increíblemente, albergaban vida; en unas lomas de roca amarilla (pero no sulfurosa) el agua de las muy ocasionales lluvias había erosionado barrancos profundos; en otros montes, periódicas avalanchas habían formado cañones. La atmósfera, totalmente deshidratada, nos obligaba a una continua y abundante ingestión de agua. Hicimos paradas frecuentes, pues mis compañeros se mostraron muy curiosos por todo lo que veíamos, y muy locuaces; pero por alguna alergia física, o por escrúpulo ético europeo, únicamente pusieron el aire acondicionado cinco minutos, al pasar por un camino polvoriento que nos obligó a cerrar las ventanillas. Y si hay un lugar en el planeta donde necesitas viajar con el aire acondicionado, ese lugar es sin duda Death Valley. Así que el tour fue calurosillo, y tal. Menos mal que estamos en octubre.

De Panamint Springs a Tecopa con los europeos, cruzando el parque nacional Death Valley
En saliendo del valle, a medida que subíamos y subíamos (hasta alcanzar los 1300 m de altitud), la temperatura se iba haciendo más soportable. Ya fuera de los límites del parque, el desierto continúa aún durante muchas millas. La pareja me trajo hasta Tecopa, un antiguo pueblo minero donde ahora sólo viven viejos, turistas raros, y enfermos que necesitan calor o sequedad. En realidad ni siquiera es un pueblo, sino una serie de casas móviles o prefabricadas, muy distantes unas de otras y esparcidas por una superficie de varias millas cuadradas con centro, más o menos, en una instalación de aguas termales. Pero ni tiendas, ni restaurantes, ni gasolinera; tan sólo una oficina de correos y un teléfono público de monedas. El entorno no es tan árido como el de Darwin, pues aquí y allá se ven algunos árboles y arbustos, pero el silencio, subrayado por la brisa, es el mismo.
Decidí quedarme en Tecopa porque hay un albergue. Es muy pequeño y algo caro para lo que ofrece. Cuando llegué no había nadie: ni huéspedes ni encargado; solamente un letrero diciendo que había habitaciones disponibles y que se instalase uno donde quisiera, que ya vendría el anfitrión. Me hizo gracia esa confianza. Como todas las puertas estaban abiertas, me acomodé donde me plugo y estuve descansando un rato. Al cabo llegó Aldine, la dueña, que aprobó mi instalación, me informó de los precios, me hizo la ficha y charló conmigo un ratito mientras me explicaba cómo funcionaba todo allí, cuáles eran las simples reglas, dónde y cómo disponer de los víveres: resulta que ella, sabiendo que muchos huéspedes llegan sin provisiones, ignorantes de que en Tecopa no hay tienda, tenía algunos comestibles y bebidas en un pequeño almacén. El sistema era sencillo: coges lo que necesites y depositas el precio indicado en un cestillo. Otra prueba de confianza social. Como me sobraba tiempo, a sugerencia de Aldine y para entretenerme estuve una hora aplastando latas de aluminio en una pequeña prensa fijada a un poste. Lo hace para que ocupen menos a la hora de reciclarlas.
Una ducha y unos sándwiches me dejaron como nuevo. El atardecer fue divino, y el crepúsculo muy relajante: vi la puesta de sol en una pequeña torreta de madera que hay junto al albergue y desde la que se goza de una vista privilegiada del lugar, la rocosa tierra circundante y la Sierra Amargosa hacia el oeste, cuyas montañas se veían ya oscuras bajo la azul claridad del cielo. Este lugar es ideal para una cura de estrés… siempre que disponga uno de vehículo para ir a Shoshone, el pueblo más cercano, y hacer de vez en cuando la colada y la compra. A todo esto, se habían dejado caer por allí otros dos viajeros, a cuál más seco. Harris, un británico que está recorriendo el país durante cuatro meses, y Caroline, una australiana (para variar) asentada en Washington, DC. Ésta ha dicho hola, soy Caroline, y no ha vuelto a abrir la boca hasta el final de la tarde. Harris ha contestado con monosílabos a mis preguntas y tampoco ha añadido nada; sólo al final hemos empezado un amago de conversación sobre el tema de por qué USA es un país tan poderoso; pero la intrusión de Caroline ha dado al traste con la charla, porque es de esas personas omniscientes con las que no se puede hablar.
Ahora es de noche y no tengo nada que hacer salvo leer. La única preocupación que se me presenta, no menor, es cómo salgo mañana de aquí. Porque llegar ha sido fácil, pero esto es el culo del mundo y por aquí no pasa ni Dios.