Norteamérica 12. Unos días entre los indios Cree, y otra fauna variopinta

Domingo, 2 de agosto. Mismo lugar

El marido de Barbara, Richard, era un mulato de Trinidad y Tobago que llevaba el pelo a lo afro y usaba perillita. Un hombre grave, de una afabilidad algo forzada, al que mi presencia allí parecía no hacerle ni puta gracia. Tenían dos hijos sin la menor mezcla aparente de sangre negra, pese a la raza del padre. La casa, muy desordenada y tirando a sucia, mostraba ese aspecto de los hogares donde a los niños se les permite saltar por los sofás y dejarlo todo por el suelo, sin la menor reprensión parental. Barbara, mujer amable, caritativa y un poco simple, cuidó muy bien de mí. El primer día me enseñó su restaurante, su trabajo (donde me dejó acceder a internet) y me llevó a visitar la bahía James, el río Chisasibi (que significa “gran río”) y la presa llamada LG1, o sea La Grande 1. También me presentó a una francesa (o quebequense), Jeannette, que hablaba algo de español y que, como quería practicarlo un poco, nos invitó a ir esa tarde a su tipi para tomar algo.

Cuando acudimos allí, la anfitriona nos ofreció té y café. En el tipi también estaba Jean Guillaume, un cineasta francés que vivía en Chisasibi desde hacía dos años y a cuya esposa, una francoparlante muy guapa, no sé si francesa o canadiense, conocí días después. Al cabo de un rato apareció por el tipi un indio que, en la conversación, dijo haberme visto haciendo dedo en la carretera. Le hice un comentario que pareció no sentarle nada bien: “¿Y no me recogió? Muchas gracias.” Me respondió que él no se fiaba de nadie. Durante esa reunión la charla -bastante interesante en general- versó sobre EE.UU., José María Aznar (al parecer es un tipo bastante popular, o quizá impopular, en Norteamérica) y Cuba. El debate estaba garantizado, ya que esta gente son de ideas izquierdistas y “humanitarias”. Por último llegó el marido de Jeannette, un francés bastante maduro que llevaba una coleta, tenía un hijo anterior al matrimonio y estaba enamorado de Cuba. Decía que le encantaría vivir en ese país, que los cubanos eran muy felices y que si no emigraban era porque no querían. [No sé en la actualidad, pero en la época en que yo hice este viaje los cubanos no podían salir de su país sin un permiso especial, lo cual hacía de Cuba algo parecido a una prisión.] Según él, todo lo que en Occidente se dice sobre Cuba no es más que propaganda; y criticaba a Aznar por alinearse con EE.UU. en ese tema. Ahí no creo que le faltara razón. Su esposa, viendo que el debate tomaba un cariz antiespañol, para evitar que yo pudiera molestarme propuso cambiar de tema; pero yo le dije que por mí no había problema en seguir hablando de eso, así que prolongamos la conversación durante un buen rato. A todo esto, el hijo de Barbara (que había venido con nosotros) no paró de jugar con -y tirar por el suelo- el azúcar, la leche, los vasos, los cubiertos, etc., para evidente desagrado de nuestra anfitriona y ante la total indiferencia de la madre. Ella y el niño fueron los primeros en irse, por suerte. Poco después también se marchó el indio gruñón, de repente, despidiéndose a la francesa. Al cabo de un rato se iba el cineasta, Jean Guillaume. Los demás nos quedamos hasta tarde.

Dado que, entre unas cosas y otras, la jornada se había pasado sin que nadie me dijera dónde podía poner la tienda, esa noche volví a dormir en el sofá de Barbara. Casi todo el día siguiente -hasta que me vine a la isla de Fort George, bien entrada la tarde- lo pasé en su casa, donde la buena mujer me dio de desayunar, comer y cenar (deliciosa carne de ternera, por cierto), y concertó para mí una visita, el viernes, a la central LG2 de Hydro-Québec, en Radisson. También estuve escribiendo un rato este diario y dando algún paseo; pero, en general, consideré el día un poco desperdiciado.

Isla de Fort George, en la desembocadura del Grande Rivière

Por fin me vine a la isla, a la que me trajo la pareja Bates: Violet y Henry. No están casados, así que no sé cuál de los dos lleva ese apellido. (Estos indios, por lo que estoy viendo, son promiscuos.) A la isla sólo puede llegarse por transporte fluvial. Hay un ferry, pero nosotros vinimos en el bote de Henry; y luego, desde la orilla, un autobús muy informal nos trajo, a un dólar por cabeza, hasta Barbara’s place. La pareja causa una primera impresión decididamente favorable, y los dos me han parecido estupendas personas. Violet, una mujer bastante gruesa y -por sus rasgos- quizá de pura raza india, tiene vitalidad y personalidad, es generosa, muy educada y respetuosa, está enamorada de la vida natural y se siente a las mil maravillas en este retiro de Fort George. Él, por su parte, tiene mezcla de sangre blanca y lleva un gran mostacho. Es un tipo afable que no se enoja por nada, charlatán, con una amena conversación, gran sentido del humor y un marcado espíritu práctico. Siempre está haciendo algo, pero no sé cómo se las arregla para que no lo parezca.

Barbara’s place es, en realidad, una parcela de terreno absolutamente indefinida -como todas aquí- en la que hay tres construcciones (casa, cochera-almacén, y letrina) y un tipi, por cierto de lo más acogedor: el suelo está alfombrado con ramas de abeto, hay un hogar en el centro y, sobre él, un tinglado de madera que lo mismo sirve para colgar un perol como para tender la ropa o ahumar pescado. Lo primero que hice al llegar fue plantar mi tienda junto a la casa, y luego estuve hablando un buen rato con la pareja. Esta parte de la isla, antiguo asentamiento del poblado, está llena de casas muy dispersas que los habitantes usan como chalés de recreo. Aparte, se yerguen un par de construcciones comunales, una iglesia católica y una suerte de anfiteatro. Estos días, de miércoles a domingo, está celebrándose aquí una especie de fiesta con motivo de no sé qué, tal vez de nada, durante la cual la gente hace vida campestre, con juegos, bailes y música. Son unos festejos de carácter muy local, y sólo una docena de turistas, o algo más, rompemos la homogeneidad étnica con nuestra llamativa presencia. En un principio pensé quedarme sólo hasta el viernes, pero he decidido prolongar mi estancia hasta el final. Mañana, lunes, me iré.

La noche de mi llegada fue la más fría de todas, y tuve que dormir con el abrigo de llama puesto. La experiencia me sirvió para comprobar que mi saco aguanta bien una temperatura moderadamente baja y que, siempre que no baje de cero grados, es viable pernoctar en la tienda si me pongo algo de abrigo extra. Por cierto: esa noche vi, por primera vez en mi vida, las indescriptibles “luces del norte” (northern lights), o sea, la aurora boreal. El principal inconveniente de este lugar, medio taiga y medio tundra, con altos arbustos y bajos pinos, son las miríadas de mosquitos suicidas (los califico así porque no hacen nada por evitar que los mates: su estrategia reproductiva se basa en el número), que han mermado de forma considerable la calidad de mi -por lo demás- placentera estancia. La falta de agua corriente y electricidad, en cambio, no me han supuesto ningún problema.

El jueves lo dediqué a la exploración, dándome algunos paseos para cogerle “la medida” a la isla -que es bastante grande- y al asentamiento. Volví a encontrarme con el guasón de Jacobs, el hijo de Zabeth, la familia que me trajo desde “La Puerta” hasta Chisasibi. Con él he tenido largos ratos de conversación todos estos días. En fin, como mis actividades aquí en la isla no merecen un relato cronológico -dado que el factor tiempo es irrelevante- escribiré las anécdotas que me hayan parecido más notables según se me vienen a la cabeza.

Un par de conversaciones con Henry (¿Bates?) me hicieron descubrir a un hombre relativamente culto, aparte de un manitas profesional, que entiende de carpintería y mecánica y que maneja todo tipo de recursos. Él me enseñó el significado de algunos topónimos canadienses que vienen del cree, como el ya mencionado chisabi (río grande), de donde vienen no sólo Chisasibi, sino también Chesapeake (una enorme bahía en Virginia, EE.UU., más conocida por la ciudad del mismo nombre). Manitoba, la provincia canadiense, procede de manitoo abu, que significa algo así como “el lugar donde se sientan los espíritus” (más exactamente, “la criatura está sentada”). Saskatchewan, otra provincia, tiene su etimología en saskayoon (“donde el río sube”), que describe una tierra llana o el final de un río. El propino nombre de Canadá, según Henry, también tiene origen indígena. Y la palabra inglesa squaw, que significa “esposa”, viene de sguoh, que en cree simplemente quiere decir “mujer”. Durante mis días aquí, tanto Henry como Jacobs han sido mis guías y maestros. También lo ha sido Violet un poco, pero como es un personaje importante en el pueblo ha estado muy ocupada recibiendo visitas. Jacobs, por su parte, es una bellísima persona, generosa y muy servicial, que está siempre tratando de ayudar a los demás. A gentleman, como simple y espontáneamente me lo definió Henry.

También hubo baile el jueves. Durante horas los intérpretes estuvieron tocando música escocesa, indiferentes a una pista vacía por completo. Nadie se lanzaba a bailar hasta que en un momento dado se decidió alguien y, entonces, se llenó de gente: era una danza que supongo sería conocida por todos, algo compleja, con constante intercambio de parejas formando grandes círculos. El programa de festejos incluía baile todos los días, pero el viernes murió una mujer vieja y se decretó una suerte de luto que implicaba la cancelación del baile. A la mujer la enterraron el sábado.

Otro día fuimos Henry, Violet y yo a dar una vuelta bastante larga en bote, hasta la orilla norte, a un precioso lugar donde Violet tenía una tienda “de campaña” que usaba muy rara vez. Por allí estuvimos buscando y recogiendo unas pequeñas bayas de sabor ácido pero dulce. Después nos acercamos, en la barca, hasta donde el río desemboca en la bahía. Esperaba yo que el agua fuera allí salada, pero no. Estaba, eso sí, muy fría, aunque como hacía calor daba gusto meter los pies en ella. La superficie estaba plana como un plato y el contraste de temperaturas creaba aquí y allá bolsas de aire frío que atravesábamos como quien de pronto entra a un lugar con aire acondicionado. Aquel paseo fue una gozada, muy relajador y refrescante.

Pese a que traje muy pocas provisiones a la isla, no he pasado hambre ninguna, ya que aquí la comida abunda y todo el mundo te ofrece. Además, los festejos incluyen algunos ágapes gratis para todo el mundo. Una tarde hubo bistec (delicioso) y mazorca de maíz, y a la mañana siguiente un completo desayuno a base de zumo, huevos revueltos, embutido, bacon y tostadas. Esta noche habrá ganso. Aparte, Jacobs no ha parado de ofrecerme café, leche, fruta, pollo, carne de alce y todo tipo de viandas, incluyendo sodas, pero ni cerveza ni alcohol, que está prohibido en Chisasibi, y especialmente en la isla.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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