Norteamérica 8. Larder Lake y la variada concurrencia del Windsor Tavern

31 de julio (continúa)

Todo gira en torno a Windsor Tavern en Larder Lake

Fue muy oportuna mi llegada al camping de Larder Lake, porque después estuvo lloviendo un rato. El lugar que me asignó el encargado -hombre agradable, por cierto- no podía ser más húmedo, y un campista vecino que tenía allí aparcado su coche hubo de quitarlo, por lo cual me negó el saludo durante dos días. Pero allí planté mi tienda y aún tuve tiempo para ducharme y darme un paseo por el pueblo, donde trabé una breve y amigable charla con unos tipos que andaban por allí ociosos, y donde además descubrí un bar en torno al cual, más tarde, giraría toda mi estancia en el pueblo: Windsor Tavern. Estos encuentros, más el hecho de que el lugar era bastante plácido y el paisaje muy hermoso, me animaron a pasar allí más de un día, si bien la circunstancia decisiva fue el encuentro con Tamie, la camarera del Windsor. Ese local, pese a estar en Canadá, tenía un ambiente típico “americano”: semipenumbra, dos o tres hombres en la barra, otro jugando al billar… Sólo faltaba la música country. No bien entré y pedí una cerveza, la guapa Tamie (que, según supe después, tenía novio) no me quitó el ojo de encima hasta que se decidió a preguntarme mi procedencia, y empezamos a hablar. No tardaron en meter baza en la conversación otros clientes y, en media hora, ya había hecho tres o cuatro amistades casuales. Alguno de ellos me invitó a una cerveza. Al cabo de un rato ya había acordado con la camarera prepararles al día siguiente un par de tortillas españolas en la cocina del sótano, a cambio de que la compra de ingredientes corriera de su cuenta.

Cuando iba de vuelta al camping me di cuenta de que no llevaba encima la llave del candado que le había puesto a la tienda. No lo había usado desde que empezó mi viaje porque creía haberlo perdido, pero aquella mañana lo encontré y lo puse por primera vez. Volví grupas para ver si la llave se me había caído en el bar, pero como no la encontrara me llovieron enseguida varios ofrecimientos: una cizalla, una casa en la que pasar esa noche, un ride para volver al camping y un chófer que me llevó en un Dodge de tamaño descomunal. Al llegar al camping cortamos el candado y, en ese mismo instante, me di cuenta de que le había dejado la llave puesta. ¡Qué gilipollas! Buen barullo que monté para nada. Me metí en la tienda algo corrido, dispuesto a olvidar mi torpeza en manos de Morfeo.

Al día siguiente fui a pescar con Ben, un simpático danés acampado en una roulotte vecina que me había interpelado la víspera y con quien trabé una buena relación. Aunque al final sólo cogimos una pequeña trucha, la salida mereció mucho la pena. El día, soleado pero no caluroso, acompañaba. Embarcamos en un pequeño bote con motor fueraborda, estuvimos un rato pescando en medio de una de las ensenadas del lago y después recorrimos un poco la ribera, haciendo dos incursiones por tierra: la primera, en una idílica caleta escondida; la segunda, en una población sobre otra orilla, Virginia Town, aún más desierta y tranquila que Larder Lake, donde estuvimos paseando un rato, conversando con un hombre que se asoleaba en el muelle y por último tomando unos helados (riquísimos) que, a cuenta de Ben, compramos en la tienda, donde vendían de todo: desde comestibles hasta la prensa.

Por la tarde, las tortillas. Dos horas de cocina en el sótano del Windsor dieron como resultado un par de tortillas que hicieron las delicias de los clientes y me valieron una buena media docena de invitaciones a cerveza. Todo el mundo quedó encantado. Bueno: todos menos el novio de Tamie, el único que no me saludó ni me dirigió la palabra durante mi estancia en Larder Lake. Cuando al fin concluyó el evento volví al camping, justo a tiempo para que Ben me invitase a un paseo en su four wheeler [todoterreno] en busca de alces. No vimos ninguno y, además, pasamos un frío del carajo. Esa noche me acosté arrecido.

A la mañana siguiente el encargado del camping me invitó, espontáneamente, a desayunar con él y su mujer: café, tostadas, fruta y tortilla de verduras, además de la conversación. Por la tarde estuve en el Windsor. El bar era un auténtico biotopo que reunía a la variada fauna local. Había el gracioso del pueblo, que estuvo tomándome el pelo un rato pero luego se ofendió porque no le acepté una cerveza. Con un innegable ingenio mordaz, su ininteligible acento lo protegía de potenciales ataques. Envidioso de mi visera española, se había puesto una del mismo estilo pero macarra, en cuero negro. Había también el receloso porfiado, que no quiso probar mis tortillas porque -acabó excusándose- tenían cebolla. ¿No te gusta? — le pregunté. Sí, me gusta, pero a ella no le gusto yo. Jaaa, jaaa. Una disculpa tonta, porque un trocito no le habría hecho ningún daño y habría quedado bien conmigo. Había también, cómo no, el inevitable borracho pegajoso -y peligroso- al que es mejor no prestar atención. Me interpeló varias veces y no me dejó en paz hasta que lo ignoré de modo inequívoco. Había algún tipo normal, de buen rollo, y había por último un gordito impasible y bonachón acompañado de una mujer que afectaba un descoco algo peliculero aunque en el fondo era buena gente. El gordito me dijo que mañana irían varios de pesca en uno de esos catamaranes-barbacoa, y me invitó a acompañarlos. Acepté, por supuesto.

Para esa noche habíamos quedado, con los del Windsor, en que la cena, a base de carne de alce que traería Mary, la india cree, la prepararía una de sus amigas; pero llegué tarde (no me di cuenta de que sus horarios son muy distintos de los nuestros) y ya se habían marchado todos, salvo la cocinera y Loreine, que esa noche sustituía a Tamie. Al final no habían asado carne de alce, sino de ternera, pero estaba deliciosa de todos modos.

El desayuno de mi tercer día allí corrió a cuenta de Ben, en su caravana, donde me ofreció -entre otras viandas- una deliciosa mermelada casera de fresas hecha por su reciente -pero antipática- esposa. Quiso invitarme también a cenar (tenían pescado), pero no pude aceptar porque ya estaba comprometido. Esa tarde, mientras me afeitaba la cabeza en los aseos, me encontré allí con otro calvo que hacía exactamente lo mismo, y que me facilitó alguna información de valor práctico.

Escarmentado de la noche anterior, acudí quizá demasiado puntual a mi cita en casa del gordito. Me recibieron con una cerveza (aunque no apetecía demasiado, porque el día estaba fresco) y estuvimos bebiendo mientras esperábamos al resto de la partida: la mujer que lo acompañaba la víspera, su “maridovio”, más una amiga a la que había visto en el Windsor. (La mayoría de la gente con la que me relacioné esos días eran treintañeros.) Esta amiga vivía en Toronto y andaba pasando unos días en Larder Lake. En la víspera me había parecido asequible, pero resultó no serlo.

El día era algo frío y lluvioso, pero la salida no estuvo mal. A mí me pusieron una caña en la mano y, entre varios pescadores, cubrimos tres flancos de la embarcación. En total cogimos seis o siete peces, dos de ellos truchas, la captura más estimada. No cuento a los pikes (lucios) que mordieron los anzuelos porque, por alguna razón, los devolvíamos al agua. Como en mi sedal sólo cayeron dos de estos últimos, no contribuí efectivamente a las provisiones.

Tras la pesca me esperaba una ligera decepción, pues se suponía que íbamos a preparar una especie de cena con todo lo capturado pero resultó que no fue exactamente así. Llegados a casa del gordi nos pusimos, en efecto, a limpiar y cortar el pescado y a cocinar unas patatas a modo de guarnición, pero las truchas, lo más abundante (en peso) y sabroso que habíamos pescado, fueron al congelador para que miss Toronto se las llevase a su casa. Me quedé, la verdad, un poco chafado, porque además con las otras capturas no había suficiente para comer todos, de modo que aquello fue más bien un aperitivo. Acabada la reunión, nos fuimos al Windsor a tomar unas cervezas (de nuevo me invitaron), y allí me despedí de ellos, porque al día siguiente me iba. Tamie, el primer día, había prometido darme alguna dirección o teléfono de gente que conocía en Chisasibi, para facilitarme las cosas, pero no la vi por ningún lado, así que me fui al camping un poco desilusionado. Como no me había llenado el estómago en todo el día, cené algo de mis propias provisiones y me acosté siendo aún temprano.

No habría pasado más de hora y media cuando oí unas voces: Tamie y Mary venían a buscarme para ir a tomar una cerveza en el Windsor y darme allí, con detenimiento, toda la información que necesitaría para mi viaje a Chisasibi (el asentamiento indio donde ahora me hallo); así que allá nos fuimos. Nos sentamos a una mesa y Mary estuvo explicándome cómo llegar, con quién contactar y qué hacer. Esta india era de raza cree por ambas líneas y tenía en Chisasibi parientes y amigos (por eso decidí ir allí y no a otro lugar cualquiera). Luego me llevaron de vuelta al camping en su coche, un desmesurado vehículo estadounidense de los años 70, a todo lujo aunque algo hortera. A su marido -me dijo Mary- le encantaban los coches grandes. Muac, muac, encantado de haberos conocido y gracias por todo. Así acabó mi estancia entre aquella amable gente de Larder Lake.

[Hoy, al transcribir estas notas, me entristece darme cuenta de que no recuerdo casi nada de aquel episodio: ni un solo rostro, casi ningún evento, apenas alguna vaga imagen: la gorra negra del graciosillo, cizallar el candado de mi tienda, Tamie y Marie viniéndome a buscar… Todo lo demás se lo han tragado el tiempo y el olvido.]

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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