1 de agosto, Chisasibi (continuación)
Aún permanecí otro rato al borde de la carretera hasta que me persuadí de que no llegaría a mi proyectado destino; y como veía que pasaban bastantes más coches en dirección contraria, cambié mi plan de ruta y, caminando hasta la salida opuesta de Virginiatown, me puse a hacer dedo hacia el oeste. No obstante, tras un buen rato de espera allí advertí que los flujos de tráfico relativo habían había invertido también su dirección, o bien es que mi apreciación anterior había sido subjetiva y engañosa, como cuando al pagar en el supermercado tiene uno siempre la sensación de haberse puesto en la caja más lenta. (Dicho sea al margen: me llamó la atención que pasaran por allí tan pocos vehículos, y lo atribuyo a que, tal vez, fuese porque esa carretera cruza el límite provincial entre Toronto y Quebec. A lo mejor la población local de la zona arregla sus asuntos en su propia provincia y rara vez viaja a la vecina.) Sea como fuere, yo dudaba -como el burro del apólogo, que se murió de hambre porque no se decidía por ninguno de los sacos de pienso que tenía, equidistantes, a ambos lados- entre hacer dedo en una dirección u otra; y finalmente volví a cambiar de opiniión y me fijé de nuevo el destino inicial: hacia levante, sólo que esta vez, pese a la enorme distancia a que me hallaba del siguiente pueblo, en lugar de quedarme parado me puse a caminar, porque hacer autostop en un punto fijo de una carretera desierta es desmoralizante.
Levaba ya andados un par de kilómetros cuando me recogió un chaval que me desbarató la categórica clasificación de conductores según vehículo: ¡este iba en un 4WD nuevecito! Era, me dijo, dueño de un restaurante y una pizzería. Me llevó hasta Rouyn-Noranda, un pueblo de cierta entidad. Visto el escaso tráfico, fui a la estación de autobuses a ver si algún servicio me convenía. El único que encontré hacia el norte iba a La Sarre, pero ese pueblo no se encontraba a lo largo de mi planeada ruta, así que, tras dudarlo durante un tiempo excesivo (una hora, nada menos), resolví obviarlo en favor de proseguir mi azarosa trayectoria. Tardé otra hora más, y larga, en llegar al extremo opuesto del pueblo caminando a paso ligero. Maldigo estas condenadas y extensísimas poblaciones norteamericanas. Allí me puse a hacer dedo hacia Val-d’Or, y cosa de treinta minutos después me recogió un tío con el coche más destartalado que me haya echado a la cara. Además, al pararse, pegó un frenazo y un volantazo que no me hicieron ninguna gracia. Pero un jalón es un jalón, y la necesidad obliga a relajar las precauciones, así que me subí. Tenía el tipo una pinta de gitanazo que te cagas, moreno y sucio; además conducía de pena y, para colmo, sólo hablaba un francés quebequense, cerrado y casi ininteligible. Venía, me dijo, de llevarle sus hijos (este dato me tranquilizó un poco) a la madre, de la que estaba divorciado. Se buscaba la vida realizando dudosas actividades varias, poco definidas e inconexas: que si construcción, que si diseño por ordenador (¿?) de maquinaria minera, albañilería, carpintería… Y así, entre volantazo y volantazo, fuimos haciendo el camino.
Entre el centenar de objetos que tenía el hombre esparcidos por el interior del coche sólo le interesaba conservar a mano uno de ellos: una cajita de madera que resultó contener varios porros, de los que echó mano bien pronto y me invitó a compartir. No, gracias, no fumo. Así que era eso: se trataba de un porrero. Al pasar por no sé qué pueblo me llevé un mosqueo gordo cuando, inopinadamente, se desvió de la carretera y se puso a callejear; pero resultó que conocía un atajo para cruzarlo. Me preguntó, entre otras cosas, qué pensaba yo hacer en Val-d’Or, y al decirle que tenía intención de pernoctar allí me ofreció quedarme en su casa. ¡Vaya un brete! Aceptar su hospitalidad me parecía arriesgado; rechazarla era una descortesía. Pero me dije a mí mismo que si aquel tipo abrigaba malas intenciones sería estúpido llevarme primero a su casa, de modo que acepté. Al rato recibió una llamada telefónica, y al colgar me dijo que habíamos sido invitados a cenar en casa de unos amiguetes. Te cagas -pensé-, será la típica comuna en la que todo se comparte, incluyendo quizá mis pertenencias. Pero, ¿qué iba yo a hacer? Ya me había metido en la boca del lobo, así que no me quedaba sino ir.

De Virginiatown a Val-d’Or, con trasbordo en Rouyn-Noranda
Cuando llegamos a Val-d’Or, resultó que la invitación no era en casa de unos “amiguetes”, sino de sus tíos, un matrimonio de lo más simpática y formal. Hablaban un francés mucho más inteligible que el del sobrino y tenían, además, muy buen gusto culinario: la pizza y los macarrones que nos ofrecieron estaban riquísimos. Al despedirnos de ellos, pensé: “Ahora viene lo peor: a juzgar por el coche, este tipo tendrá una casa destartalada, hecha una mierda, y me tocará dormir en algún colchón lleno de bacterias y manchado por todo tipo de flujos corporales…” De camino pasamos por un videoclub a alquilar un par de películas (Quebec-Montèal y The transporter) y también por una grocery a comprar media docena de cervezas, que pagué yo para contribuir en algo. Cuando llegamos a su casa me quedé alucinado: estaba totalmente nueva, y era impresionante: un salón súper espacioso, dos habitaciones, un cuarto de baño a todo lujo, una cocina que te cagas y un gran sótano. Por lo visto la habían constrido entre él y su tío, y la tenían en venta.
Comiendo panchitos y bebiendo cerveza vimos ambas películas. De la segunda aún entendí algo; pero la primera era toda de diálogos en un incomprensible francés de Quebec que mi benefactor, de vez en cuando, me “aclaraba” con sus igualmente incomprensibles explicaciones. Por fin, ya cansados, nos fuimos a acostar. Me tocó dormir en un colchón sobre el suelo, pero estaba nuevo y muy limpio. El hombre me ofreció una toalla limpia para ducharme, y luego quiso, además, regalármela. No pude aceptarla porque llevaba mis mochilas a tope. Al día siguiente, de bon matin, me llevó hasta el mejor punto para hacer dedo en direccción norte, hacia Amos, y nos despedimos afablemente. Fue una de las experiencias más didácticas de mi vida para aprender que no debe uno fiarse de las apariencias.
Al poco de ponerme en el arcén pasó una conductora que, al principio, me hizo el consabido gesto de “ir ahí nomás”, pero en seguida se lo pensó mejor y paró a recogerme. Algo feúcha pero sonriente, no muy ajada pese a su edad premenopáusica, encajaba en el tipo de las que pueden tener ciertas intenciones “cariñosas”, aunque luego no hizo nada que corroborase esta hipótesis. Quizá algo que dije defraudó sus espectativas; quizá algo que no dije o no hice; o quizá no las tuvo en ningún momento y yo me había equivocado de medio a medio. No supe qué pensar; pero el caso es que me llevó a Amos, que era para mí lo esencial.
Me habían dicho que la catedral de ese pueblo merecía una visita, pero yo preferí aprovechar que era aún temprano para intentar avanzar lo más posible aquel día. Tuve que caminar, como de costumbre, dos o tres kilómetros para situarme en las afueras de Amos, y allí me dispuse a esperar, extendiendo el pulgar a todo vehículo que pasaba. El tráfico era mínimo, el día estaba frío y amenazaba lluvia; y estas circunstancias, al cabo de una hora, empezaban ya a inquietarme. Por fin me pilló un tío en un Jeep pintado en plan camuflaje y con grandes parches de minio. Era un obrero electricista, hombre de pocas palabras que, dos horas después, me dejó sin contratiempos en Matagami. Allí le pregunté al encargado de la gasolinera por los modos de ir hasta Chisasibi, pero me dijo -en un cerrado francés québecois- que no había ningún transporte público, así que mi única posibilidad era hacer dedo. Tuvo la amabilidad de prestarme el material necesario para confeccionar un letrero, en el que me aconsejó que pusiera “Radisson” porque -me dijo- hay más gente que va a la presa que al asentamiento indio.

De Val-d’Or a Amos y de ahí a Matagami (The Gate)
En menos de cinco minutos me recogió una pareja de amables vejetes. Al principio pasaron de largo, dispensándome por las ventanillas abiertas toda suerte de sonrisas, parabienes y deseos de suerte, pero cien metros más allá dieron media vuelta y me ofrecieron llevarme hasta un lugar mucho mejor para hacer dedo: The Gate, la “puerta” -literalmente- de la ruta a James Bay. Esa carretera, por lo visto, la financió Hydro-Québec, el gigánte eléctrico de la provincia y uno de los mayores del mundo, para dar servicio a sus colosales presas hidroeléctricas en el gran norte.