Norteamérica 7. Un inglés estrafalario y suerte en la carretera.

Jueves, 31 de julio de 2003. Isla de Fort George (Quebec).

La isla de Fort George está en la desembocadura del Grande Rivière (Gran río) a James Bay. Aquí se ubicaba la aldea de Chisasibi antes de que fuese trasladada -por seguridad- a la orilla sur cuando, dos o tres décadas atrás, se construyó la presa aguas arriba. Hace un perfecto día de verano, que pasaría por cálido incluso en nuestra península Ibérica. La información meteorológica prevé, por lo visto, 35 ºC de máxima. En medio de un cielo totalmente azul, el sol brilla y calienta con toda la fuerza que puede tener en estas latitudes. Apenas hay unas nubes altas por poniente. Continúo escribiedo la crónica de mi viaje sentado aquí a una mesita, en esta espléndida mañana, junto a la casa “de verano” de los Bates, una simpática familia de nativos (con mezcla racial) que me han acogido como la cosa más natural. Esta gente lleva una vida con bastante arraigo de tradiciones y no exenta de lujos. El interior de las casas es muy confortable, están bien aisladas y las ventanas son de aluminio. Pero luego cada familia tiene su tepee (el tipi, la tienda india), en el que, por cierto, de noche se está de maravilla.

Venía contando que me alojé en el albergue de Orillia, regentado por un matrimonio alemán. A mi llegada sólo había otro huésped, un inglés renegado que llevaba años viajando, desde que su novia lo dejara y él, al parecer, vendiera su casa en Londres y se pusiera a recorrer mundo. Tenía un acento de mil demonios, pero me recibió con una sonrisa y un apretón de manos. La habitación, en el sótano de la casa, era algo sórdida, con un par de catres (uno ocupado por él) y un sofá. La cocina y el cuarto de baño, sin estar sucios, no eran más acogedores. Tal vez la poca luz y el olor a humedad eran los que hacían el lugar poco agradable. Pero yo no iba a pasar allí muchas horas, así que no me importó gran cosa. Tras un buen rato de charla con el inglés y el matrimonio, y obtenidas las indicaciones necesarias, me fui a comprar comida y más tarde a pasear por la ciudad.

Orillia es una tranquila localidad veraniega, muy bien cuidada, con una bonita orilla del lago que incluso tiene una pequeña playita. La actividad me recuerda a la de algunas ciudades costeras del norte de España en verano: gente paseando, haciendo deporte, montando en bici, patinando, tomando el sol, leyendo junto al río o desarrollando cualquier otra plácida actividad.

Hete aquí que, ya cerca de la orilla, escucho sonido de música (Total eclypse of the heart, by Bonnie Tayler [sic]) y, cuando me acerco al lugar de donde proviene descubro una representación, una especie de teatrillo al aire libre donde unos chavales evolucionan y gesticulan al ritmo de la música. Poco desarrollado, sin perfeccionar, pero muy bonito. Me quedé hasta que terminó, y luego a la siguiente representación, del mismo estilo pero menos bonita. Por último cantaron unas canciones en español (eran mejicanos), desafinando horriblemente, y ahí acabó la cosa. Pasé allí un buen rato y finalmente me acerqué a uno de ellos para felicitarlos, lo cual dio inicio a una conversación en la que mis interlocutores fueron relevándose, a cual de más “categoría”, hasta que hablé con el mero cabecilla. Resultó ser un grupo religioso-humanista de chavales que hacían una gira por Canadá llevando la fraternidad allende las fronteras mejicanas. [Por lo que he aprendido andando el tiempo, imagino que serían evangélicos, muy dados a ese tipo de cosas.] Parece que el objetivo principal era alejar a los chavales del vicio y la hetiquez mundanas mediante actividades espirituales y moralmente sanas. El cabecilla era simpático, pero en cuanto empezó a hablarme de Dios ya me echó para atrás. De hecho, me habría unido a ellos de grado cuando me lo propuso, pues había muchas chavalitas en el grupo, pero el carácter cristiano de la partida me hacía prever largos sermones y magros magreos. Con todo, no descarté la posibilidad y retrasé la decisión para más adelante, a la tarde, cuando previsiblemente me los encontrase de nuevo por el centro.

Estuve casi todo el día paseando la ciudad, y por la tarde fui al cine aprovechando que era el día semanal (¿martes?) del espectador en la provincia de Ontario. Vi Johny English, de Míster Bean. Graciosilla, con un par de golpes muy buenos, pero no más. Al regresar al albergue me encontré con que había dos nuevas huéspedes que formaban una pareja -no lesbiana- algo descompensada: una era profesora, de unos cuarenta y pocos, un poco amargada, que parecía adolecer de una permanente disonancia cognitiva, pues sus actitudes contradictorias la llevaban, por un lado, a adoptar una actitud de flirteo y, por otro, a mostrarse reticente, resabiada, irónica y como escarmentada del trato con los hombres. Simpática, pero iba de muy lista y estar de vuelta de todo, pese a lo cual tengo la seguridad de que no supo clasificarme. La otra, bastante más joven, como de unos veinticinco, decía estar viajando porque no tenía trabajo ni dinero y había terminado los estudios. Mucho más natural que su tutora o mentora, conservaba todavía la frescura y la capacidad de sorprenderse. Lástima de chica, porque eligió una compañía que no tardará en instilarle la desilusión en el alma. ¿Qué hacían juntas? Ni me lo contaron ni les pregunté; pero no parecían parientes; y eran demasiado dispares en edad para ser amigas. A pesar de todo, su presencia alegraga el cotarro y pensé en pasar algún día más allí, si se terciaba. En cualquier caso, tratando de no aparentar demasiado interés, continué mi relajante jornada de paseo.

A la noche cometí el error de quedar con el inglés para tomar unas cervezas: fueron las tres horas más mareantes de mi vida, con los cinco sentidos puestos en lo que me decía pero sin ser capaz de entender más de una palaba de cada veinte; cosa que él parecía no advertir, o más bien no le importaba. Su aspecto no podía ser más estrafalario: llevaba pantalones y camisa vaqueros, descoloridos -imagino que deliberadamente- a lamparones con lejía, y un sombrero de cuero negro. Parecía un playboy, y me recordaba al de la película Midnight cowboy. Como se iba dos o tres días más tarde, el hombre estaba tratando de vender a toda prisa su coche, un Toyota Celica negro bastante macarra -como todo en él- que había comprado de segunda mano para no depender del transporte público y que, al parecer (según cotilleo de la alemana, dueña del albergue), no tenía seguro, ni él licencia para conducir. No eran, desde luego, el vendedor que yo habría elegido ni el coche que habría comprado. Se tomó allí mismo cosa de 3 ó 4 pintas en lo que yo me tomaba una, y al final se puso algo beodo. Padecía una incontenible diarrea oratoria: su torrente verbal era tumultuoso, constante, enérgico. Sólo me hizo tres o cuatro preguntas, cuyas respuestas, apenas iniciadas, utilizaba como rampa de lanzamiento para nuevas ofensivas en su discurso. Acabé con una jaqueca de cojones y me sentí muy agradecido cuando dijo de volvernos. Lo único que saqué en claro de aquella “conversación” fue que Australia es, al parecer, el país ideal para los mochileros: mucho más barato que Norteamérica, la gente allí está encantada de recibirlos, traerlos y llevarlos, y conseguir un ride es pan comido. Eso habría que verlo. El hombre había comprado un tipo especial de billete de avión que funcionaba con millas de vuelo, o algo así, y luego se acumulaban bonos. Pero ¡a saber qué le entendí, con aquella lengua de trapo!

A nuestro regreso no había ni rastro de las muchachas. Fue buena precaución ponerme los tapones para los oídos al acostarme, porque al quitármelos de mañana descubrí que el inglés roncaba como un oso. Fui a buscar pan para mi desayuno y, a la vuelta, estaban ya todos levantados. Las chicas, en contra de lo que me habían dicho la víspera, guardaban su equipaje para irse. Supongo que Orillia, o aquel albergue, no se ajustarban a sus expectativas de ligue playero. Eran, por cierto, estadounidenses, y su paso por Canadá iba a ser corto. Al parecer su destino era Montana, donde algo tenían que hacer. Dado que su ruta coincidía parcialmente con la mía y que yo no había vuelto a encontrarme con los mejicanos de la partida cristiana, estuve a punto de pedirles jalón, pero no lo hice. Sin embargo, una vez que se hubieron subido a su coche, cuando estaban a punto de marcharse fueron ellas quienes me lo ofrecieron, así que acepté. Empaqué rápidamente mis cosas, las acomodé como pude en el Jeep (que, no te lo pierdas, iba hasta los cojones de equipaje, ¡para sólo dos personas!) y me fui con ellas hasta Sudbury, donde me dejaron -por prisas y por torpeza- a tomar por culo del centro de la ciudad. Menos mal que pude coger un bus que me llevó al downtown, pero aún tuve que pegarme una larga caminata hasta que dejé atrás los satélites y encontré, a más de tres millas de distancia, un punto adecuado para hacer dedo. Allí rotulé en un papel mi destino, North Bay, y me puse a esperar.

Orillia-Sudbury-North Bay-Larder Lake

En algo menos de media hora (y gracias a Dios, porque hacía un calor del carajo) me cogió un tío con una furgoneta granate que decía tener una tienda de antigüedades. Me sonó a piratada. Circulaba además haciéndose el Justiciero de la Carretera, o el Vengador Escarlata, señalando las faltas de los otros conductores y haciéndole la pirula a uno que se la hizo antes a él. Pese a todo, su conversación era agradable y su inglés inteligible. Además, en North Bay me hizo el favor de llevarme hasta bastante fuera, donde un par de gasolineras seguidas facilitarían mi labor. El tráfico allí no era muy abundante y, aunque pasaban tantos camiones como coches, no me cogió ningún camionero. Tuvo que ser un simpático pelirrojo pelado al uno quien me llevase en su sedán azul hasta Larder Lake. Usaba gafas de sol mil reflejos, tenía cincuenta y tantos años (que no aparentaba) y mantenía una amena, fluida, inteligente e inteligible conversación. Como por el camino, que fue largo, le conté que unos días atrás alguien me había hecho descubrir los Tim Hortons, el tipo se paró en una de esas cafeterías y me invitó a un double creme-single sugar (él se tomó un double-double). En realidad yo me dirigía a Kirkland Lake, que era también su destino (y, si hubiese ido con él, a estas horas ya estaría en el Yukón), pero durante la charla me dijo que esa localidad no tenía camping, mientras que Larder Lake (a unas 15 millas) sí, así que cambié de opinión, y él fue tan amable de dar todo un rodeo para llevarme hasta allí y dejarme en la misma entrada del camping. Un tipo excelente, de los dos mejores con los que me he topado hasta ahora. Y fue además una gran suerte que me cogiese, porque ese día cayeron un par de chubascos que, de haber tenido que esperar mucho en el arcén, me habrían puesto como una sopa; así que, al final, el día no pudo resultar mejor.

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Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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2 respuestas a Norteamérica 7. Un inglés estrafalario y suerte en la carretera.

  1. Sofía dijo:

    Bueno, pues voy siguiendo tu viaje con mapa de google maps al lado para verlo mejor. A esperar el siguiente capítulo.

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