Poder dual en la URSS: cómo Stalin quiso transferir al Estado la autoridad del Partido
Por qué el Partido Comunista se convirtió en un parásito del Estado soviético, y cómo Stalin intentó reformarlo, pagando por ello con su vida
(Nota: lo que sigue está sacado íntegramente de un artículo aparecido en el Substack de un tal Dr. Livci. Me he limitado a traducirlo, depurarlo un poco y hacerlo más inteligible. Las opiniones que se vierten en él, con un claro sesgo de revisionismo nacionalista ruso, son las del autor, no las mías.)
Por regla general, un estado no puede alimentar al mismo tiempo a una élite voraz, parásita y xenocrática, y a un ejército poderoso capaz de imponer su voluntad al mundo. Tal era el caso de la URSS. (EE.UU. es una excepción porque determinadas circunstancias le permiten imprimir dinero sin límites y sin consecuencias graves.) Para entender cómo la tardía élite soviética acabó hundiendo a su propio imperio, primero debemos conocer cómo la URSS era gestionada en la práctica. A tal fin, en este artículo me apoyaré en un libro escrito por Yuri Mujin en 2002: El asesinato de Stalin y Beria. De él están sacadas (salvo que indique otra cosa) las citas que aquí reproduzco. Pero, primero, unas líneas sobre Yuri para hacernos una idea de sus puntos de vista.
Yuri Mujin nació en la Ucrania soviética. Ingeniero metalúrgico de profesión, trabajó en lo que durante un tiempo fue la planta metalúrgica más grande del mundo, ubicada Kazajistán. Era, al parecer, muy bueno en su trabajo y llegó a ser subdirector de operación, pero en 1995 perdió su puesto cuando Kazajistán, ya libre de la tiranía comunista, vendió a extranjeros la planta construida por la URSS. Mujin se mudó a Rusia y se convirtió en opositor comunista, aunque nunca se unió al Partido Comunista Ruso porque los consideraba —con razón— unos vendidos y oposición controlada. Durante los años 90 fue bastante activo como autor y editor en varias revistas del estilo nazbol (nacional-bolchevique). Finalmente, Moscú tomó medidas duras contra los nazbols y Mujin fue detenido por extremista, pasando varios años bajo arresto domiciliario. Se ganaba la vida principalmente como autor y, al menos a principios de este siglo, cada par de años venía publicando algún libro sobre historia y política. El asesinato de Stalin y Beria ofrece una explicación bastante convincente de por qué Stalin fue asesinado y una descripción de los graves problemas estructurales de la URSS. Tras comenzar la OME (Operación Militar Especial) de Putin, Mujin perdió un poco los estribos y, en una emisión con Strelkov, dijo que la máxima prioridad debería ser terminar dicha OME, y que Navalni sería preferible a Putin. En protesta por esa declaración, Strelkov abandonó el estudio y, como consecuencia, Mujin perdió mucho crédito entre los nacionalistas rusos, de lo cual no ha llegado a recuperarse. Como es ucraniano, algunos atribuyen a esta circunstancia su postura de “detener la guerra a cualquier precio”; pero esto quizá no sea justo: bajo el mando de Putin no tiene sentido fingir una preocupación por Rusia para disimular una supuesta preocupación por Ucrania. Mujin podría ser abiertamente proucraniano y “liberal” (es decir, pro Occidente) en Moscú, donde vive, y las autoridades lo acosarían menos de lo que lo acosan ahora. Es más probable que simplemente piense que la OME es un preludio para desmembrar Rusia; de hecho, en el libro que aquí cito escribió sobre esa posibilidad.
No estoy de acuerdo con Yuri en todo, pero creo que acierta de lleno sobre la naturaleza parasitaria del PCUS (Partido Comunista de la URSS) y sobre cómo ese partido se transformó en un componente clave de la oligarquía que hoy gobierna la Federación Rusa. Nótese que esta valoración negativa del PCUS viene de un estalinista. Mi propia opinión sobre Stalin es que históricamente fue un gran hombre que durante unas pocas décadas cambió el mundo y la trayectoria del gran imperio ruso; pero lo culpo de que hoy existan “ucranianos” y “bielorrusos” y de haber dividido artificialmente el suelo históricamente ruso. Así que no soy ningún incondicional de Stalin; más bien tanto él como la URSS me resultan indiferentes; pero quien no sea capaz de considerar objetivamente lo que aquí se presenta nunca entenderá por qué la Rusia actual está tan mal. Empecemos, pues, citando a Mujin:
Para poder sobrevivir a la guerra civil y a los años inmediatamente posteriores, los bolcheviques se vieron obligados a tomar la única medida eficaz posible: reestructurar su partido y convertirlo en una organización de control omnímodo. Si nos abstraemos de las razones por las que lo hicieron, esa jugada fue, académicamente hablando, un doble crimen: contra la autoridad y contra el partido.
¿Por qué contra la autoridad? Porque la base de cualquier sistema legítimo de autoridad es el mando unipersonal y la responsabilidad. Sólo cuando el mando es unipersonal es posible exigir responsabilidades. Con dos jefes en un mismo departamento —uno oficial y un supervisor no oficial por encima— la responsabilidad desaparece. No se puede saber a quién exigírsela: si al jefe al que se le encarga oficialmente un asunto o al supervisor que le dice a éste, extraoficialmente, cómo hacer las cosas. El control es el signo más llamativo de la burocratización del sistema de gestión. Sin embargo, en los años inmediatos posteriores a que los bolcheviques tomaran el poder era cuestión vital para el Partido ejercer un control directo sobre el Estado. Y de hecho los bolcheviques, en aquel entonces, [por la cuenta que les traía] asumían la responsabilidad única y total de los resultados de su gobierno, mientras que los funcionarios estatales no.
En la URSS no había diferencia práctica entre el aparato del estado y el partido comunista. Había un ministro del exterior, uno del interior, etc, pero no eran más que extensiones del partido. Mujin continúa, dándonos un ejemplo de cómo llegó a establecerse este statu quo:
Por ejemplo, durante la guerra civil de 1917-1920, los funcionarios de ferrocarriles no estaban específicamente al servicio de los bolcheviques. Supongamos que el ejército blanco o los campesinos rebeldes toman el control de cierta estación de ferrocarril o tramo de vías. ¿Qué les harán los blancos o los rebeldes a los trabajadores y mandos ferroviarios? Nada; éstos seguirán trabajando en sus puestos igual bajo los blancos que bajo los rojos. ¿Pero qué harán con los bolcheviques que supervisan a esos ferroviarios? Exacto: los colgarán. Así, llega un momento de gran responsabilidad para los bolcheviques, tanto por su propio mal trabajo como por el de los ferroviarios supervisados. Por tanto, en aquel momento de la historia de la URSS ese poder dual estaba justificado, ya que los supervisores comunistas eran más responsables de cualquier que los ejecutores del trabajo.
En otras palabras: si los bolcheviques no hubieran controlado las palancas del poder estatal durante la guerra civil, habrían muerto. La lógica que llevó al PCUS a microgestionar el aparato estatal entre bastidores es, pues, fácil de entender. A los trabajadores ferroviarios, o a los burócratas, les importaba un bledo el destino de la URSS a finales de los años 20 y principios de los 30. Esta indiferencia es comprensible, pero podía resultar letal para los propios bolcheviques. Mujin explica cómo evolucionó todo esto a largo plazo:
El sistema dual de gobierno condujo a lo siguiente: en cuanto pasaron las condiciones históricas que justificaban ese doble poder (o sea, cuando ser comunista dejó de constituir un peligro), su punto débil, la irresponsabilidad, se manifestó inmediatamente, y acabó destruyendo todo el sistema de gobierno.
¿Y por qué la transformación del partido en un órgano de control fue también un crimen contra el propio partido? Porque se suponía que era la élite intelectual y moral del país: Stalin había concebido el Partido Comunista como una especie de Orden de los Hermanos de la Espada, fanáticos de la Santa Fe. Pero para que eso ocurriera, cada comunista tenía que saber mucho sobre cualquier cosa, adquirir un vasto conocimiento para poder formarse una idea del futuro. Y saber mucho sobre todo no es tanto difícil como poco interesante. Lo que a los supervisores les interesa saber es cómo robar más, cómo trabajar menos, etc.
Así que, con su vida tranquila y segura, el supervisor sólo puede conocer lo que controla y, con la burocratización completa del sistema de gestión, ni siquiera mucho sobre eso. Ser supervisor es mil veces más fácil que ser el comunista que Stalin exigía. Y dado que, en realidad, los puestos de supervisor en el partido son los de sus dirigentes, Lenin y Stalin pusieron la espada de Damocles sobre todos los comunistas al convertir al PCUS en un partido controlador: a la primera oportunidad, la dirección del partido, su nomenklatura, se convirtió en una colección de sinvergüenzas estúpidos, perezosos y codiciosos.
Por eso los sovoks (como en Rusia se llama burlona o despectivamente a los estalinistas de la vieja escuela; caso de Mujin, por ejemplo) y los nacionalsocialistas son las mejores fuentes para entender por qué la URSS estaba tan mal y por qué lo está la Rusia actual. Era cuestión de supervivencia personal para los bolcheviques microgestionar el Estado porque los burócratas, trabajadores, etc., no estaban comprometidos con la revolución de octubre, y el hecho de que el gobierno provisional de Kerensky se derrumbara tan rápido es un testimonio de que el aparato estatal que los bolcheviques tomaron (básicamente, el de la Rusia zarista) ya estaba hecho unos zorros de todas formas. Pero una vez que la URSS se estabilizó y que ser un pez gordo o miembro del partido ya no conllevaba el riesgo de ser ahorcado o acribillado a bayonetazos por campesinos y cosacos muy justamente enfurecidos, el partido no renunció a su control directo sobre el Estado, pues mantenerlo era útil para que la nomenklatura se enriqueciese. En otras palabras, los supervisores en el partido pasaron de luchar por sus propias vidas a parasitar el país sin rendir cuentas a nadie.
Así pues, para controlar el poder en el país, el PCUS se reorganizó y construyó una estructura extraoficial paralela a la oficial y constitucional. Sobre el papel, se suponía que aquélla sólo gestionaba los asuntos internos del partido (la Constitución no contemplaba dicha estructura como órgano de administración estatal), pero en realidad, al controlar el poder constitucional, el PCUS gobernaba tanto el aparato del Estado como todo el país.
De este modo se llegó a una situación algo cómica: el verdadero líder de la URSS no era el jefe constitucional del país, sino el cabeza del partido.
Esta y no otra es la razón por la que el Primer Secretario del PCUS era siempre el tipo con el que los gobernantes extranjeros tenían que tratar, y el que siempre tomaba las decisiones en la URSS, en lugar de hacerlo el jefe nominal del Estado. Así también lo dice la Wikipedia:
Durante sus 69 años de historia, la Unión Soviética solía tener un líder de facto que no necesariamente era el Jefe del Estado, ni siquiera el Jefe del Gobierno, pero que casi siempre era el secretario general del Partido Comunista. […]
Tras la consolidación del poder por parte de Josef Stalin a finales de los 1920, el cargo de Secretario General del Comité Central del Partido Comunista devino un sinónimo de “líder de la Unión Soviética”, porque ese cargo controlaba tanto al Partido como (por afiliación) al gobierno soviético. A menudo el secretario general también ostentaba altos cargos en el gobierno.
Así que ahí está: el verdadero jefe del estado en la URSS era uno de facto, no el cargo oficial. Los presidentes del consejo de ministros y del presídium (órgano superior del gobierno) eran los cargos estatales oficiales, pero ¿conoce algún lector el nombre de alguno de esos cargos en la URSS? Nótese que la Wiki dice que el secretario general (verdadero jefe de estado) “a menudo” ocupaba altos cargos en el Gobierno. ¿No es peculiar? El jefe del estado de facto, a menudo —o sea, no siempre— ocupaba algún puesto oficial importante en el gobierno, probablemente ni siquiera el más alto. Wiki afirma que el cargo de secretario general devino sinónimo de líder de la URSS después de que Stalin concentrara el poder, y esto es más o menos cierto, pero la URSS se volvió verdaderamente estalinista sólo a partir de mediados o finales de los años 30 y hasta el asesinato de este líder; un período breve. Sin embargo, al principio él no se había propuesto convertirse en el Zar Rojo que acabó siendo. Como ya he mencionado, cuanto más estable se volvía la URSS después de la guerra civil más tendía la dirección del partido a dormirse en los laureles y a parasitar el país; y era esa dirección la que controlaba el aparato estatal. Según cierta línea de pensamiento, no del todo errónea, Stalin “venció” a los trotskistas en la liza por el control de la URSS; pero hay un elemento en ese argumento que a menudo se ignora, sobre todo en Occidente: en gran medida, Trotski y sus seguidores más cercanos ni siquiera compitieron por el poder.
Mujin sostiene que este control del partido sobre el Estado fue criminal porque permitía a los supervisores eludir la responsabilidad y hacía inevitable que lo que debía ser la vanguardia intelectual nacional acabara estancándose y pudriéndose, proceso que ya había empezado en los años 20: los peces gordos del partido buscaban evitar asumir responsabilidades por asuntos arriesgados, y los trotskistas más que nadie. A diferencia de Stalin, la élite del partido pronunciaba sus encendidos discursos mientras que mostraba mucho menos entusiasmo por involucrarse en el día a día de la gestión estatal.
Después de que los bolcheviques tomaran el poder en Rusia, Stalin fue relegado a un segundo plano: en el gobierno presidido por Lenin ocupaba el modesto cargo de Comisario del Pueblo para las Nacionalidades; pero era requerido constantemente fuera de Moscú en todos aquellos asuntos de vital importancia para el país. En 1918 proporcionó pan a los bolcheviques, impidiendo que los blancos tomaran Tsaritsyn; y fue enviado como comisario a todos los frentes donde los rojos corrían peligro de derrumbarse.
Creo que ya en aquella época otros líderes bolcheviques empezaban a envidiarlo mucho, sobre todo la masa de socialistas judíos que se pasaron al bolchevismo en 1917. Creo que Lenin también lo envidiaba. A diferencia de otros dirigentes del partido, Stalin conocía bien Rusia, era un autodidacta incansable y podía organizar la realización de todo tipo de tareas difíciles. El resto de los líderes, muchos de los cuales sólo sabían hablar sobre revolución, a duras penas podrían afrontar tales dificultades con soltura.
Aunque parezca extraño, esta es la única explicación de que Stalin fuera nombrado Secretario General del Partido en 1922. Es decir, Lenin y otros líderes que ocupaban cargos en el Estado se reunían en el politburó según las necesidades y resolvían los asuntos que se acumulaban en el partido, que crecía rápidamente en número y donde, sobre todo, aumentaba de manera exponencial la cantidad de asuntos estatales que tenían ante sí los comités locales y regionales. Los diversos cargos de secretarios del partido se introdujeron entonces para que tomaran las decisiones del politburó, las comunicaran a los comités y supervisaran su cumplimiento.
Stalin era el único miembro de la élite bolchevique que había vivido en Rusia toda su vida, y a pesar de ser georgiano conocía perfectamente la mentalidad rusa por haber vivido bastantes años con campesinos durante los varios exilios en Siberia que le impuso el régimen zarista. Por supuesto, otros bolcheviques también habían pasado por el exilio durante diversos períodos, pero Stalin es único en el grado de integración al que llegó. Por ejemplo, a diferencia de los otros, él llegó a desarrollar el gusto por la caza y la pesca. Los campesinos, además de dejarle usar sus aparejos, incluso le regalaron armas para que cazara, saltándose la ley que prohibía armar a los exiliados. Eso apunta a que entabló una relación de confianza con ellos. En una ocasión, mientras pescaba en el hielo en invierno, cayó a un lago semicongelado y casi muere. La familia con la que vivía lo cuidó hasta su recuperación. También engendró un hijo con una campesina viuda y, aunque no lo ayudó económicamente, más adelante lo salvó de un probable fusilamiento a causa de las intrigas de Beria. En cualquier caso, ese hijo ilegítimo llegó a tener una vida bastante exitosa en la URSS por méritos propios, y vistos los destinos que aguardaron a sus hijos legítimos, quizá era preferible no serlo.
Volviendo al tema, incluso los antiestalinistas más acérrimos admitirán que Stalin era increíblemente culto en una gama muy variada de temas. Por ejemplo, al igual que Hitler (y lo traigo a colación porque Mujin, en su libro, dedica una parte a comparar ambos líderes), podía pasar de hablar de ópera y literatura a comentar detalles técnicos de automóviles y aviones. Como Hitler —y a diferencia de Lenin, Trotski y los socialistas judíos que llenaron las filas del partido—, no provenía de la intelectualidad. Según Mujin, Lenin y compañía sentían celos de Stalin, pero más bien creo que los intelectuales que componían la élite bolchevique simplemente lo despreciaban y no lo consideraban una amenaza; cosa que a la larga les supuso la perdición y cambió la trayectoria de la URSS.
Como dice la cita anterior, a principios de los 20 estaba aumentando el número de afiliados al partido y también el de tareas prosaicas, difíciles e ingratas asociadas con su propia gestión y la del país, lo que llevó al politburó a crear secretarios para supervisar dichas gestiones; pero en 1922 no había distinción entre los asuntos del partido y los del Estado, y como Stalin había demostrado ser un solucionador de problemas suficientemente eficaz, la élite bolchevique asumió que era un candidato ideal para endosarle esa creciente carga de trabajo burocrático. Los bolcheviques querían disfrutar de los beneficios que dominar un estado semifuncional suponía; no deseaban controlar ruinas, sino algo que pudieran ordeñar. Pero como en esa fecha tanto el Estado como el país eran un desastre, se esperaba que la burocracia del partido encargada de supervisar el aparato estatal organizara y construyera cosas, y esto era algo de lo casi ningún miembro de esa burocracia quisiera responsabilizarse. Los revolucionarios profesionales como Lenin y Trotski estaban en su elemento criticando, subvirtiendo y socavando, pero construir algo en sentido positivo era superior a ellos. Aquí es donde Stalin empezó a acumular poder e influencia.
Oficialmente, el secretariado máximo estaba a cargo de Sverdlov, que también era el jefe del órgano legislativo del país; o sea, la cabeza nominal del poder soviético. Así que, en la práctica, el partido lo dirigía su esposa, K.T. Novgorodtseva, cuyo puesto formal era la jefatura de la secretaría del Comité Central. Stalin la reemplazó en este cargo y le dieron el título de Secretario General. Se preveía que organizara la ejecución de lo que ordenaran los mandamases del politburó, es decir, Lenin y Trotski; nada más.
Trotski, oponente y enemigo de la URSS y de Stalin que en aquellos años ocupaba muy altos puestos en el gobierno bolchevique, comentó lo siguiente sobre este nombramiento: “La delegación de Petrogrado liderada por Zinóviev, que promovía la candidatura de Stalin para Secretario General, ganó en el congreso. La victoria fue tanto más fácil cuanto que Lenin no dio la batalla. No opuso resistencia a la candidatura de Stalin porque el puesto de secretario, en las condiciones de aquella época, tenía una importancia completamente subordinada. Mientras el antiguo Politburó permaneciera en el poder, el Secretario General solo podía ser una figura subordinada”.
Como se ve, se suponía que Stalin simplemente iba a ser quien hiciera el trabajo real y aceptara la responsabilidad, mientras que el politburó pronunciaba discursos y fijaba los planes. Pero a largo plazo esto no funcionó porque al final se hizo evidente para todos que, cuando había que hacer algo, Stalin era la persona a quien acudir.
Ni Trotski, ni Lenin, ni probablemente el propio Stalin pensaron que si el partido emprendía la tarea de controlar el aparato estatal, quien se convertiría en líder del país no sería el jefe técnico de ese aparato, sino el jefe técnico del partido. Aunque, en realidad, todo dependía de quién ocupara este puesto. Al fin y al cabo, quienes precedieron a Stalin en ese cargo no llegaron a acercarse siquiera al peso que él ganó con rapidez. Stalin comenzó a trabajar mejor que Lenin, Trotski y los demás, así que todos empezaron a verlo como un líder.
Piénselo. ¿En qué consistía el trabajo de Lenin como Jefe del Estado? Los funcionarios acudían a él y le preguntaban cómo hacer esto o aquello. Lenin pensaba y encontraba una solución.
¿Y en qué consistía el trabajo de Stalin como líder del partido? Los trabajadores y funcionarios a quienes esas mismas cuestiones daban dolor de cabeza acudían a él y le preguntaban qué hacer. Stalin pensaba y encontraba una solución. Pero él, gracias a su conocimiento del pueblo ruso, a su incansable autoformación y a su cuidadoso estudio de los asuntos, lo hacía mejor que Lenin.
Tanto en su Testamento como en sus Cartas al Congreso, en diciembre de 1922 Lenin escribe una línea que trasluce perplejidad: “El camarada Stalin, al convertirse en secretario general, ha concentrado en sus manos un poder inmenso…”
¡Cómo! Él no se “convirtió” en secretario general: fuisteis vosotros, el politburó (Lenin, Trotski, etc.), quienes lo nombrasteis para el puesto que antes ocupaba la esposa de Sverdlov. Él no “concentró” poder alguno: vosotros se lo disteis.
Esta frase de Lenin demuestra que ni él ni Trotski entendieron hasta el final de sus días lo que había sucedido: por qué su secretario llegó a tener más poder que ellos mismos, que ocupaban los cargos oficiales más altos del Estado.
Pocos entienden esta sutileza hasta el día de hoy. Todo el mundo piensa que el poder otorga autoridad y que así son las cosas. Pero la cuestión debe considerarse de forma más fundamental: la base de la autoridad está en a quién obedece la gente. No surge de los cargos oficiales, sino de la subordinación. De aquí que, si a la gente le resulta útil obedecer a determinada persona, entonces ella será la que adquiera autoridad, incluso sin tener un cargo. Stalin es un ejemplo claro de esto. Él solo ejecutaba las decisiones del politburó, presidido por los jefes oficiales del Gobierno: primero Rýkov y luego Mólotov; pero no fueron éstos quienes se convirtieron en los líderes del país, sino Stalin.
O sea que los trotskistas y revolucionarios profesionales pensaban que podían, desde los puestos más altos del Estado, disfrutar de la autoridad y el poder que debían acompañar a esos puestos, mientras delegaban en Stalin el trabajo ingrato; y tal vez habría sido así si hubiesen heredado un aparato estatal funcional y un país medio intacto. Pero en la joven URSS todo tenía que construirse desde cero, y pronto se hizo evidente que, entre la dirección del Partido, Stalin era el único que realmente trabajaba y asumía responsabilidades. Ya a principios de los años 20 la “ética” generalizada entre la élite bolchevique podía resumirse en esto: evitar como la peste toda responsabilidad y riesgo pero beneficiarse de los frutos materiales del control total. Esa élite a menudo criticaba a Stalin, pero nunca asumió por su cuenta la responsabilidad ni rindió cuentas cuando se trataba de gestionar y construir el país desde los cimientos. Así fue cómo Stalin llegó a acumular tantos favores e influencia y cómo, básicamente y pese a su subordinación nominal a los jefes del Estado, acabó siendo el tipo que de facto dirigía la URSS. Y no obstante, antes de haber consolidado su poder real llegó a pedir que lo relevaran de sus funciones como secretario general hasta en tres ocasiones, de modo que los trotskistas —y la gente que luego él mismo purgaría— tuvieron varias oportunidades para frenar su influencia; pero esas peticiones fueron rechazadas. La última ocasión en que lo hizo, en 1927, incluso pidió que la figura de Secretario General fuese eliminada. Huelga decir que dicha petición tampoco fue atendida.
Mujin nos ofrece su explicación:
Intente entender esto: quienes podían reemplazarlo rehuían a toda costa el puesto de líder, pero también temían quedarse sin líder. ¿Por qué?
Porque ya tenían más beneficios que Stalin, y él los liberaba de la responsabilidad personal de tomar sus propias decisiones. Bajo el líder, y sin necesidad de trabajar, pensar o profundizar, podían decir cualquier cosa y criticar al propio líder como quisieran. Al fin y al cabo, serían sólo “sus opiniones” y podrían estar equivocados, ya que como todo el mundo sabe incluso una persona inteligente puede equivocarse.
Recuérdese que estamos en 1927, y en aquel momento aún no era arriesgado criticar abiertamente al Secretario General. El politburó tenía todos los privilegios. Las purgas más exhaustivas de Stalin contra la élite del partido no empezarían hasta años después. Si el Comité Central y el politburó no hubieran sido tan reticentes a tomar las riendas por sí mismos, muchos de ellos habrían llegado a viejos en lugar de ser fusilados cuando Stalin consolidó el poder y decidió —con bastante acierto— que esas personas eran, en el mejor de los casos, parásitos inútiles y, a menudo, saboteadores activos; pero como en aquella época aún no se había convertido en el Zar Rojo, el Comité Central pudo rechazar —y lo hizo— sus solicitudes de relevo y de eliminar el Secretariado General, creando así de hecho, a causa de su propia pereza, cobardía e inclinaciones parasitarias, al hombre en que Stalin acabaría convirtiéndose y que, una vez concentrado todo el poder en sus manos, buscaría romper gradualmente el estrangulamiento que la jefatura del partido ejercía sobre el país. La SGM (Segunda Guerra Mundial) y los acontecimientos que la rodearon detendrían gradualmente este proceso, pero Stalin nunca lo abandonó; y esto, finalmente, le costó la vida. Aleksandr Elikseev, historiador ruso, hace aquí un resumen aceptable:
Una vez completada la colectivización y logrados los primeros éxitos de la industrialización, Stalin pensó en cómo poner fin al dictado de los funcionarios del partido y trasladar el centro de poder a donde debía haber estado: las estructuras estatales. La reforma constitucional, de hecho, apuntaba a lograr ese mismo objetivo. La Constitución de 1936 consagraba explícitamente diversos tipos de derechos y libertades de los ciudadanos, lo que dio motivos para que muchos observadores la calificaran como la más avanzada y democrática. Hoy, señalando los acontecimientos de 1937-1938, se ríen de esto. Pero Stalin sí que planeaba llevar a cabo una democratización a gran escala, y eso sin imitar al sistema multipartidista de Occidente, en el que el poder pasa de un grupo financiero e industrial a otro.
Josef Vissarionovich [Stalin] propuso celebrar elecciones en verdadera competencia para el Sóviet Supremo, órgano creado para sustituir al engorroso sistema multiescalonado de los congresos de sóviets. El libro de Y. N. Zhukov El otro Stalin contiene una fotocopia del proyecto de papeleta de voto que se planeaba introducir en las elecciones de 1937. En ella pueden leerse los nombres de tres candidatos rivales que se presentaban a las elecciones del Consejo de Nacionalidades en el distrito de Dnipropetrovsk. El primer candidato debería provenir de la asamblea general de trabajadores y empleados de la fábrica, el segundo, de la asamblea general de campesinos colectivizados, y el tercero, de los comités locales de distrito del partido y del Komsomol. También se conservan muestras de los protocolos de votación, que establecían, para futuras elecciones, el principio del carácter alternativo.
Es obvio que en tales elecciones los candidatos de las organizaciones del partido tendrían competir duramente con los de organizaciones públicas y los ajenos al partido, lo cual, sin duda, habría eliminado a los partidócratas blindados, acostumbrados al pensamiento izquierdista (como durante la guerra civil y la colectivización).
Al mismo tiempo, se planeaba aplicar otro filtro, éste en el partido. Stalin abogaba por que la elección de sus dirigentes, en todos los niveles, fuera secreta.
Pero estos planes preocupaban mucho a la oligarquía del partido, y sus secretarios argüían a gritos que había muchos enemigos del pueblo en el país y que unas elecciones libres prematuras serían peligrosas.
Estos acontecimientos tenían lugar a mediados de la década de 1930, en vísperas de la adopción de la Constitución de 1936. A las preocupaciones mencionadas en la cita anterior sobre la posibilidad de que saliera electos elementos hostiles, Stalin respondió lo siguiente:
“Si el pueblo elige aquí o allá individuos hostiles, significará que nuestra labor de agitación está mal ejecutada, y mereceremos plenamente esa desgracia”.
Esto es muy coherente con lo que, para él, debería ser la verdadera función del partido: actuar como vanguardia intelectual y moral de la población, no como un mecanismo de control que no rinde cuentas y es incapaz de inspirar al pueblo. En cualquier caso, el Gran Terror le impidió llevar a cabo plenamente sus planes. Esto puede sonar extraño porque suele asumirse que ese terror lo inició Stalin, pero no fue así: fueron los activistas del partido en los niveles inferiores quienes lo iniciaron, en respuesta a las proyectadas elecciones; y fueron perfectamente capaces de hacerlo porque, por entonces, Stalin aún no había concentrado el poder, y por tanto no controlaba del todo las actividades del partido. La amenaza que los cuadros superiores percibieron, para su confortable modo de vida, en las elecciones que proponía Stalin tenía fundamento, así que reaccionaron en consecuencia y se pusieron a denunciar a cualquier elemento potencialmente “peligroso”; lo cual, por cierto, no significa que todas las víctimas del terror fuesen inocentes (aunque muchísimas lo eran). De hecho, Stalin utilizaría los excesos cometidos por muchos barones del partido durante el terror para, a su vez, purgarlos a ellos. Aparte, algunos de los denunciados eran delincuentes o subversivos que los órganos de seguridad locales no querían como candidatos a las elecciones. Del mismo ensayo anterior:
En estas condiciones, dado que era ya imparable un terror bajo cuyas ruedas, en cambio, resultaba muy fácil caer, Stalin decidió sumarse a él. El engranaje de la represión comenzó a funcionar y las proyectadas elecciones se frustraron. Al mismo tiempo, los iniciadores de esa represión cayeron víctimas de su propia sed de sangre: fueron destruidos como “enemigos del pueblo”.
Aun así, Stalin logró algunos éxitos reformistas. Por ejemplo, según la Constitución de diciembre de 1936, se levantaron las restricciones de derechos impuestas a ciertas categorías sociales consideradas “explotadoras”. También consiguió que las elecciones fuesen anónimas, lo que de algún modo las acercaba al calificativo de “libres”. Por otra parte, Stalin incrementó significativamente el papel del gobierno en el sistema estatal y político. Comenzaron a formarse diversas estructuras operativas y de coordinación en el Consejo de Comisarios del Pueblo, se aumentó el número de vicepresidentes de dicho consejo y se introdujo el puesto de Adjunto de Personal en cada comisariado.
Como vemos, ya que no podía detener el terror, Stalin lo aprovechó para sus propios fines. Aunque sus reformas sólo se realizaron parcialmente y no llegaron a ser lo que él planeaba, no debemos despreciar su importancia ni malinterpretar su intención. No es tanto que, como buen comunista, quisiera que el gobierno lo controlase todo; ya lo hacía el partido, de todas formas; sino que quería transferir la autoridad del partido al Estado, lo cual indica que para él ambos aparatos eran —y debían ser— diferentes. Sus proyectadas reformas iban, más que nada, dirigidas como un golpe para el partido, y esto independientemente de que, para un país en vísperas de la SGM, era cuestión de vida o muerte tener un aparato estatal más fuerte, que no estuviese gestionado por incompetentes “revolucionarios profesionales” sin responsabilidad real. Otro indicador de la importancia de las reformas es que fue precisamente el capital acumulado gracias a ellas lo que le valió a la URSS el prestigio económico, industrial y militar del que disfrutaría durante más de 40 años: el Estado se fortaleció parcialmente a expensas del partido, y esto permitió a la URSS convertirse por algún tiempo en una verdadera superpotencia.
Allá por 1926, Stalin había publicado un artículo en el Pravda donde refutaba la idea del judío Grigori Zinóviev de que “dictadura del proletariado” era sinónimo de “dictadura del partido”. Cierto es que no conviene otorgar mucho valor a lo que dice o escribe un bolchevique porque, en buena medida, suele tratarse de alguna tapadera para justificar el terror; pero hay excepciones, y esta es una de ellas. Hemos visto que Stalin tuvo un conflicto con el partido y que tomó medidas para rehacer la URSS según sus propias preferencias, así que vale la pena prestar atención cuando aborda específicamente este tema. Lo siguiente es un fragmento (parafraseado; Stalin no era un escritor elegante) de la mencionada refutación de Stalin a Zinóviev:
Dictadura, en el sentido estricto de la palabra, es el poder basado en la violencia, porque sin elementos de violencia no hay dictadura. ¿Pero puede un partido ser un poder basado en la violencia contra su propia clase, contra la mayoría de la clase trabajadora a la que se supone representa? Está claro que no. De lo contrario, no sería una dictadura sobre la burguesía, sino sobre la clase trabajadora.
El partido es el maestro, el guía y el líder de su clase; no un poder que ejerza violencia contra la mayoría de los trabajadores: si lo fuera, no tendría sentido afirmar que la persuasión es el método fundamental del partido proletario ante los trabajadores; y tampoco habría necesidad de decir que el partido debe convencer a las masas sobre la corrección de su política y que solo así puede considerarse un verdadero partido de masas capaz de liderar al proletariado en la lucha. De ser así, el partido tendría que imponerse mediante órdenes y amenazas contra el proletariado, lo cual es absurdo y completamente incompatible con la concepción marxista de la dictadura del proletariado.
Tales son las tonterías a las que conduce la “teoría” de Zinóviev de equiparar el liderazgo del partido con la dictadura del proletariado.
Insistimos: Stalin escribió eso en 1926, o sea que ya en aquella época —relativamente temprana— de la existencia de la URSS no le entusiasmaba la idea de que el partido y el Estado fueran sinónimos. Era éste, no aquél, lo que en la concepción de Stalin debería identificarse con la dictadura del proletariado; ergo, el Estado no debería ser una extensión del partido. Zinóviev fue ejecutado en 1936.
Para ir concluyendo, abordaremos por qué Stalin fue asesinado. En mayo de 1941, él ya había dejado de reunirse con el politburó: prefería reunirse directamente con sus ministros, lo cual concordaba con su preferencia por trabajar a través del aparato estatal y marginar al partido. Volvemos a citar a Mujin:
…cuando Stalin se convirtió en el jefe de la URSS [en mayo de 1941 se nombró a sí mismo Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo] el politburó comenzó a considerar únicamente cuestiones de personal, propaganda, condecoraciones, indultos y control sobre las estructuras de poder del Estado. Si en 1940 el politburó se ocupaba de casi todos los asuntos de la economía nacional, desde el presupuesto estatal hasta la organización de la restauración en empresas individuales, en 1952 ya no trataba prácticamente cuestiones económicas; los únicos casos en que se acordaba del dinero se refieren al pago de honorarios a “escritores progresistas” y la asistencia a “periódicos progresistas” en el extranjero; es decir, cuestiones de propaganda. En otras palabras, Stalin, al no permitir a la nomenklatura interferir en los asuntos del poder soviético, la expulsó de hecho de la administración estatal.
En aquella época, Stalin firmaba las decisiones conjuntas del partido y del Gobierno como presidente del consejo de ministros. En nombre del partido esos documentos los firmaba uno de los secretarios: primero Zhdanov, luego Malenkov. No obstante, la sociedad siguió reconociendo la autoridad de la nomenklatura, pero sólo —nótese bien— porque Stalin seguía en el puesto de secretario. Era su autoridad como líder lo que confería autoridad a todo el aparato del partido, pero cada paso para apartar a éste del poder estatal privaba a sus cargos de sus comederos. Juzguen ustedes mismos: ¿acaso el director de una fábrica, subordinado únicamente al gobierno soviético, le haría regalos a los funcionarios del partido si no pudieran destituirlo de su puesto, evaluar su trabajo, recompensarlo o sancionarlo?
Así que, en 1941, el partido había sido más o menos despojado del poder y de las responsabilidades importantes, aunque mantuvo intacta su autoridad porque Stalin era su secretario general. La nomenklatura aún podía saquear en cierta medida (como el ejemplo de Mujin sobre los directores de fábrica), pero en conjunto no tenía control sobre el rumbo del país. En 1952, cosa de un año antes de su asesinato, Stalin estaba preparando poner freno incluso a estas últimas oportunidades de saqueo: planeaba renunciar a su puesto como líder y asumir sólo el cargo de Jefe del Estado, lo cual, como Mujin enfatiza más arriba, despojaría al partido de la autoridad que indirectamente le venía de él:
Lo que había que conseguir [neutralizar al partido] estaba claro, pero ¿cómo hacerlo? ¿Simplemente anunciar que el PCUS va a ser apartado del poder? ¿Para qué? El partido había perdido a la mitad de sus miembros en el frente y, en cuanto a su aparato, tampoco estaba compuesto exclusivamente por sinvergüenzas, especialmente en los niveles inferiores. Además, ese anuncio sería un mal ejemplo para aquellos países donde los comunistas aún no han llegado al poder y donde el poder ¡debe ser tomado!
La operación de privar formalmente a la nomenklatura del liderazgo directo del estado debía realizarse sin dolor y sin demasiado ruido. El proceso debía ser natural. Y Stalin tomó un bisturí en sus manos: en junio de 1952 convocó el XIX Congreso del PCUS, que se celebraría en octubre. Según los historiadores, la decisión de convocar ese congreso fue inesperada para el aparato del partido. En agosto se publicó el borrador del nuevo estatuto del PCUS, lo cual indica que Stalin convocó el congreso precisamente con el fin de cambiar tanto el estatus como la estructura organizativa del partido.
En otras palabras: Stalin no quería liquidar totalmente al partido porque eso desacreditaría y desmoralizaría a otros países donde los comunistas estaban en guerra. Además, aún quedaba gente decente en él que podía serle útil. Su lucha era en concreto contra la nomenklatura parasitaria. En primer lugar, pretendía abolir el politburó y reemplazarlo por un presídium del comité central (no confundir con el presídium estatal del Sóviet Supremo). El politburó no rendía cuentas a nadie, pero el nuevo órgano las rendiría ante dicho comité. Este novedoso presídium existiría para gestionar los asuntos del Partido. Mijail Pazin, un historiador ruso, lo expone así:
Si antes el politburó decidía las cuestiones sin coordinarlas con nadie, ahora el presídium estaría obligado a coordinarlas con el Comité Central. Esto significaba que el partido quedaba privado del órgano que gobernaba directamente el país y aparecía un órgano nuevo que dirigía sólo al partido. El borrador del nuevo estatuto estaba redactado de la siguiente manera: “… Se propone transformar el Politburó en un Presídium del Comité Central del Partido, organizado para dirigir el trabajo del Comité Central entre plenos. Dicha transformación es conveniente porque el nombre ‘Presidium’ se ajusta más a las funciones que realmente desempeña el Politburó en la actualidad.” Es decir, Stalin confrontó al partido con un hecho consumado: el nuevo órgano debía liderar sólo al partido, sin interferir en las actividades del poder soviético.
Debemos recordar que en aquella época, octubre de 1952, el politburó ya no controlaba nada de especial importancia en lo que a asuntos del estado se refiere, por lo que la citada frase del nuevo estatuto (el presídium debe ajustarse más a las funciones que realmente desempeña el politburó en la actualidad) es clave. Stalin estaba dando pasos para formalizar el statu quo existente. El presídium tendría 25 miembros, frente a los 7 del politburó, además de 11 “candidatos”, y al parecer Stalin seleccionó personalmente a aquéllos; de manera que, además de formalizar la situación que existía de facto, la vieja guardia quedaría diluida entre los nuevos nombrados.
Igual de preocupante para el partido fue la siguiente jugada de Stalin, ya mencionada: pidió ser relevado de la secretaría general. Se proponía dejar de liderar el partido, si bien conservaría su cargo formal de Jefe del Estado (que le correspondía por ser el presidente del Consejo de Ministros). Es de este modo cómo planeaba que la autoridad se transfiriera del partido al Estado. Sin embargo, cuando anunció su intención de dimitir, el pleno se volvió loco:
Al enumerar los candidatos para la secretaría del Comité Central, Josef Stalin, que presidía el pleno, no ofreció su nombre, contra lo esperado. Cuando sus compañeros de partido intentaron nominarlo, él pidió que lo liberaran del puesto. Según una versión, Stalin quería dejar incluso el cargo de Presidente del Consejo de Ministros; pero el escritor Konstantín Símonov, que estuvo presente en el pleno, escribió lo contrario en sus memorias. El líder aceptó presidir las reuniones del recién elegido presídium, pero pidió ser relevado de la obligación de dirigir la secretaría. El asociado de Stalin, Georgi Malenkov, intervino: bajó al estrado y, como si hablara en nombre de todos los presentes, pidió al generalísimo que continuara en su puesto. Se oyeron voces desde la sala:
“¡Por favor, quédese! ¡Retire su petición, por favor!”
El mariscal Semión Timoshenko, levantándose de su asiento, dijo que si Stalin se iba “el pueblo no lo entenderá”. Repitió que todos los participantes del pleno habían elegido a Stalin como su líder. La sala estalló en aplausos. Tras una larga pausa, Stalin no tuvo más remedio que agitar la mano [y ceder].
Esta escena recuerda un poco a la leyenda de Julio César rechazando ser nombrado Rex. Un escéptico podrá argüir que, en realidad, Stalin no tenía intención de dimitir y que aquella juegada fue una prueba de lealtad, pero tal juicio resulta poco convincente, ya que Stalin llevaba recortando el poder del partido desde 1936, y diez años antes ya había manifestado que la dictadura del partido y la del proletariado eran cosas distintas. No digo que tuviese la intención de renunciar a su poder personal, sino la de trasladar ese poder sacándolo del politburó y llevándoselo consigo hacia el aparato estatal, dejando como regalo de despedida a 18 nuevos miembros leales a él. El politburó sabía que su propia autoridad estaba vinculada específicamente a Stalin, de modo que se hacía imperativo que éste no saliera vivo del cargo de secretario general. Por eso, al ceder ante la histeria del pleno, Stalin firmó su propia sentencia de muerte: en menos de cuatro meses fue asesinado, y sus reformas canceladas. Su sucesor, Nikita Jruschov, heredó formalmente la vieja autoridad de Stalin.
No está claro quién lo asesinó. Los principales sospechosos son Jruschov y Beria, y hay sólidos argumentos para ambas hipótesis. Mujin presenta un caso convincente contra Jruschov, pero Beria también era un villano magistral, amén de uno de los espías más competentes en la historia, de modo que no se lo puede descartar. Si Mujin lo hace es sólo porque cree que Beria era en verdad un buen tipo, pero en mi opinión eso es imposible, porque él quería abolir el pasaporte interno en la URSS, y eso no es algo que haga un buen tipo. Beria escribió lo siguiente a Malenkov:
Las restricciones sobre libre circulación y residencia en el territorio de la URSS provocan justas críticas e insatisfacción por parte de los ciudadanos.
Cabe señalar que la práctica de restricciones que impone el uso de un pasaporte interno no existe en ningún otro país. En muchos países capitalistas —Estados Unidos, Inglaterra, Canadá, Finlandia y Suecia— la población no tiene esos pasaportes, ni se hacen anotaciones sobre antecedentes penales en los documentos personales de los ciudadanos.
El Ministerio del Interior de la URSS considera necesario abolir estas limitaciones, existentes en las localidades de la Unión Soviética y en las zonas de acceso restringido a lo largo de la frontera.
Si Beria se hubiera salido con la suya, quizá Rusia sería ahora mayormente no rusa (es decir, no eslava), pues fue precisamente el régimen de pasaportes internos lo que impidió que durante la era soviética sus ciudades se convirtieran en guetos repletos de churkas (ciudadanos de otras etnias, procedentes de las repúblicas del sur de la Unión). Aunque critico duramente a Jruschov, sólo por esto me alegro de que impidiera que Beria tomase el poder. Desde el punto de vista patriótico, tenía muchos puntos a favor: fue indispensable para ganar la SGM, ya que supervisó la evacuación de la industria soviética más allá de los Urales durante el conflicto; impidió que los alemanes obtuvieran una sola gota de petróleo en el Cáucaso; desenmascaró a muchos espías auténticos; fue clave en el rápido desarrollo de la bomba atómica por parte de la URSS… Sin embargo, demostró que estaba dispuesto a malgastar y hundir todo el imperio eliminando el sistema de pasaportes internos. Basta esta razón para incluirlo sin dudar en la categoría de villano: no era un parásito declarado, sino algo más peligroso: un saboteador muy competente e inteligente que esperaba su momento.
Resumiendo: el aparato estatal soviético no era más que una extensión del partido, y éste se convirtió en un parásito del Estado. Stalin, con bastante acierto, consideró que el partido chupaba la sangre a los mismos trabajadores a los que se supone debía representar; en otras palabras: el partido era la nueva burguesía, con su propio interés de clase, que era no trabajar, buscar rentas y volverse en general cada vez más decadente y degenerada. Esta situación llegó a un punto crítico a finales de los 80, cuando la propia élite del partido puso en marcha la liquidación de todo el país. ¿Por qué? Porque vieron que las élites parasitarias de Occidente vivían mucho mejor que las propias, y quisieron lo mismo. Pero eso merece otro artículo por derecho propio.