Los tres pilares del poder: quien controla los medios dirige el mundo

1. Los pilares del poder y su prioridad causal

Tres son los pilares del poder: la coerción, el dominio económico y la persuasión ideológica; es decir: las armas, el dinero y los medios de difusión.

Creo que, objetivamente, este heurístico es una generalización bastante aceptable. La tríada esquematiza muy bien cómo la mayoría de las naciones, estados o imperios han consolidado históricamente su poder: las armas y el dinero representan el “poder duro”, estructural; los medios, que rara vez reciben el énfasis suficiente(1), son el “poder blando”, cuya tarea es fabricar consensos. Pero no debemos dejarnos engañar aquí por eso de blando, porque en realidad no lo es tanto: aunque la coerción se ejerce mediante ejércitos y armas, y la economía está dominada por el dinero fíat(2) y las instituciones financieras, el poder aún necesita persuadir a la sociedad para que acepte o respalde la coerción, para que idolatre el dinero o colabore con el pago de impuestos; y para eso precisa de los medios: imprenta, editoriales, cine, radio, televisión, internet, redes sociales, etc. Controlar los flujos de información, cualquiera que sea el medio utilizado, es crucial para que la coerción y el dominio económico funcionen.

Algún lector podría pensar que estoy pasando por alto otros pilares, como la ley, la ciencia, la tecnología, los recursos materiales, la religión, la burocracia… Pero no, no los he olvidado; es sólo que, aunque sean importantes para sostener la estructura del poder, dependen enteramente de alguno de los otros tres:

  • Para que la ley pueda mínimamente funcionar necesita la imposición policial (persecución del delito) o económica (imposición de sanciones); y eso significa o bien coerción o bien control monetario, sin los cuales la ley no es más que papel mojado. La confiscación de bienes por un lado y la policía, los tribunales, las prisiones y en última instancia el ejército por otro, son quienes garantizan el orden legal. Así que la ley no es un pilar del poder por derecho propio: es una expresión institucional de la coerción, respaldada por una reivindicación de legitimidad.
  • La tecnología y la investigación científica están, de un modo u otro, vinculadas al dinero: para su desarrollo requieren financiación, y para que el poder pueda usarlas después como arma es nuevamente necesario un respaldo económico.
  • Los recursos —el petróleo, el litio, la tierra cultivable, etc.— se protegen o se arrebatan con la fuerza, o bien se compran con dinero. Tampoco son, pues, un pilar esencial del poder.
  • La autoridad religiosa funciona mediante discursos, rituales, miedo a la condenación, promesas de salvación… Todos ellos ejemplos de persuasión ideológica, a menudo apoyada por la amenaza de la coerción(3).
  • Max Weber decía que la burocracia era una fuente de poder por sí misma(4), y argumentaba que, aunque a veces utilice la fuerza, el dinero o la persuasión, su efectividad diaria venía de la legalidad y del procedimiento administrativo; una especie de autoridad impersonal no reducible a ninguno de los tres pilares esenciales. Pero, si bien se mira, se comprende que la burocracia, al final, descansa sobre la coerción y la economía. Aparte de que, aunque la gente pague impuestos u obedezca las leyes porque todo el mundo lo hace o porque el no hacerlo tenga consecuencias, este gregarismo y este temor son, a su vez, productos de una persuasión anterior bien asentada en nuestras mentes.

Así que cualquier espina dorsal del poder que se nos pueda ocurrir descansa en última instancia en alguno de los tres pilares mencionados. Ahora bien: éstos no son mutuamente independientes, sino que en buena medida encajan unos con otros. A menudo la persuasión, es decir, los medios, están financiados por el poder económico y protegidos —o censurados— por las armas. Asimismo, para que se acepte el valor formal del dinero es necesaria, a fin de cuentas, la capacidad coercitiva del estado. Aun así, la persuasión es el pilar más primario. Sin una legitimación (factor mental), la fuerza no es más que bandidaje: no puede sostenerse por mucho tiempo ni crear una sociedad estable. Sin confianza ni conformidad con la moneda, la economía se limita al trueque o al mercado negro. Al fin y a la postre es la persuasión lo que hace que la gente consienta pagar impuestos, alistarse en el ejército, concederle valor al dinero fíat… La historia está llena de ejemplos de regímenes con grandes ejércitos y gruesas arcas públicas que cayeron porque perdieron la guerra del discurso ideológico (p.ej. la URSS en 1991).

Posibles objeciones

Desde luego alguien puede sostener que la recíproca es igualmente cierta: la persuasión depende del dinero y de la fuerza en la misma medida que lo contrario: al fin y al cabo —dirá— el relato sin la fuerza puede quedar reducido a mera conversación. Por ejemplo —continuará— un canal de comunicación que publique verdades contra un dictador puede acabar clausurado, o su director “suicidado”. Estoy de acuerdo; pero volvemos a lo mismo: ¿cómo obtuvo ese dictador la fuerza necesaria para amordazar a la verdad? A los medios de difusión se los puede silenciar mediante la fuerza, pero ésta hay que organizarla antes; y una organización a escala nacional precisa, por un lado, de gente dispuesta a hacer uso de la violencia en nombre del líder (soldados, policía, torturadores); por otro, que esa gente obedezca las órdenes en lugar de desertar, rebelarse o usar las armas contra el dictador; y por último un pueblo mayormente obediente, ya que no se puede vigilar a cada ciudadano las 24 horas del día. Nada de esto surge de la nada: las estructuras de poder siguen necesitando la persuasión para reclutar sicarios leales y para domesticar a la ciudadanía.

Del mismo modo podría objetarse contra la precedencia causal de la persuasión sobre el dinero señalando que aquélla no puede sosenerse o incrementarse sin éste: la prensa, las antenas de radiotelevisión, los servidores de internet, el salario de los influencers… todo eso cuesta dinero. En efecto, esta dependencia mutua parece llevarnos al dilema del huevo y la gallina, pero si escarbamos lo suficiente en la cadena de causalidad nos daremos cuenta de que, antes de que los poderosos obtuvieran su capacidad y poderío económico, en algún momento tuvieron que emplear el discurso persuasivo.

Un tercer reparo podría echar mano de ejemplos del pasado que —aparentemente— desmientan la precedencia de la persuasión: después de todo, aunque los reyes medievales —pongamos por caso— usaban la coerción (levas feudales), los medios económicos (tierra, tributos) y la persuasión (sermones religiosos), y aunque en general es verdad que la tríada que he expuesto resiste muy bien los cambios históricos, ha habido ejemplos que parecen desafiarla. Pongamos por caso a los imperios nómadas, como el de los mongoles, que con un mínimo de persuasión conquistaron vastos territorios mediante la movilidad, la caballería y los sistemas de tributos. Bien, casi todo eso es cierto salvo que la persuasión fuese mínima: Genghis Kan se presentaba como el elegido de Tengri (cielo eterno), sus conquistas se legitimaban como un mandato divino para la unificación bajo una “yurta plateada”, y los guerreros mongoles creían que perecer en la batalla les aseguraba un lugar en el paraíso (como la yihad islámica o las valkirias nórdicas); y todo esto es narrativa, discurso.

Veredicto

Como se ve, la persuasion es el talón de Aquiles de toda teoría del poder puramente materialista. Como nos enseñan los antropólogos, homo sapiens ha dominado porque somos capaces de cooperar con flexibilidad en sociedades grandes, y esa cooperación gira en torno a constructos y ficciones compartidas: relatos, mitos, ideologías… Ningún ejército, ni banco central ni policía secreta puede funcionar sin un relato que legitime su existencia o la haga necesaria, o como mínimo inevitable(5). Diez mil soldados no lucharán y morirán sólo por un salario, ni sólo bajo amenaza o porque estén encadenados (no se puede encadenar a diez mil personas y lograr que sean, a la vez, combatientes efectivos), sino porque creen en una historia: la nación, los dioses, la libertad, el comunismo, la civilización, la raza, o simplemente “nosotros contra ellos”. Incluso las policías secretas más conocidas de la historia se reclutaron entre un pueblo que ya creía en algo: lealtad al soberano (p.ej. la guardia pretoriana en Roma), una ideología (p.ej. la NKVD soviética), o una visión paranoica del enemigo (p.ej. el Mossad israelí).

La prioridad temporal y lógica le pertenece a la persuasión, que es condición necesaria para organizar y mantener tanto la coerción como el poderío económico. Quizá la persuasión, por sí sola, no baste para ejercer poder sobre grandes sociedades, pero sí que puede persistir sin ayuda de los otros dos pilares (pensemos en los profetas o los filósofos), mientras que, sin ella, no cabe imaginar una coerción duradera ni una economía funcional. La relación es asimétrica, pero si hay que escoger el pilar más esencial en términos de origen y pervivencia, la persuasión siempre va antes.

2. Los principios sociales se establecen gracias a los medios de difusión

Dado que el agente de la persuasión es el relato, y que éste se propaga mediante los medios de sifusión, quienes controlen los medios dirigen la sociedad. No es por capricho que los ideólogos de cualquier sistema siempre intentan hacerse, antes que nada, con la comunicación. No es tanto que quienes dirigen los medios tomen las riendas del gobierno —aunque algunos podrían hacerlo— ni que establezcan personalmente las directrices administrativas o legales, sino que, al moldear las mentes, determinan las líneas principales según las cuales el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial ejercen su función, y consiguen que el pueblo consienta o confirme con su voto. La aprobación social mayoritaria —es decir, el consenso— es absolutamente clave para la viabilidad y la persistencia del liderazgo mediante la persuasión, dado que esa aquiescencia minimiza la posibilidad de que los políticos y legisladores se desvíen del discurso, y de que el pueblo rechace las reglas establecidas u opte por la desobediencia civil.

¿Quién controla los medios?

Desde hace décadas —y cada vez de forma más notable— la mayoría de las herramientas de persuasión (periódicos, editoriales, cine, televisión, radio, redes sociales…) están en manos de un número relativamente pequeño de personas e instituciones (tras las cuales, en última instancia, siempre hay personas).

Hoy día, seis estudios de Hollywood studios (Disney, Warner Bros., Universal, Paramount, Sony y Netflix) controlan la inmensa mayoría de la producción global de cine y televisión(6), así como —mucho más importante— de su distribución(7), que es la auténtica palanca del poder mediático. Las excepciones son China e India, cuyas audiencias nacionales son inmensas(8); pero, aun así, dependen de los seis gigantes estadounidenses para la distribución de sus contenidos allende sus propias fronteras. Por su parte, Europa tiene fuertes canales y productoras públicas(9), pero éstas a menudo coproducen sus contenidos con EE.UU. (aproximadamente el 40%), y para la difusión en el extranjero su dependencia de las seis grandes es absoluta.

Respecto a otros medios, unos 200 periódicos estadounidenses son propiedad de un puñado de fondos de cobertura; en Reino Unido, el control del 70% de la prensa nacional está en manos de sólo tres milmillonarios (Murdoch, Rothermere y los hermanos Barclay); el grupo Sinclair Broadcast, en EE.UU. llega al 40% de los hogares; iHeartMedia posee más de 850 estaciones de radio; las plataformas Meta, X/Twitter, TikTok y YouTube son también propiedad de apenas unos pocos directores corporativos milmillonarios…

Los medios de comunicación son, técnicamente hablando, un oligopolio.

Si la propiedad de los medios estuviese dispersa de forma más o menos homogénea entre muchos miles de personas o entidades en el mundo, estaríamos expuestos a la amplia variedad de prismas mentales que habrían emergido, de manera espontánea y natural, de lo que la gente normal y corriente piensa; y esto haría que la persuasión se acercase a la “neutralidad”: cada grupo, sociedad o nación tendría algo distinto que decir, y no habría un pensamiento dominante. Pero como los medios de persuasión están concentrados en unas pocas manos, el resultdo es que esa pequeña minoría tiene una desproporcionada capacidad para moldear lo que miles de millonas de personas creen, temen, desean, o aceptan como legítimo.

Un rayo de esperanza…

Sin embargo, por muy pequeña que sea esa minoría, su número no baja de unas pocas docenas (o un centenar, como mucho) que, con toda probabilidad, están hermanadas en varios “racimos” con sus propias metas e intereses; y habría que suponer que cada uno de esos racimos va a lo suyo, y por tanto que intenta imponer su propia visión del mundo y escala de valores, ofreciéndonos así al menos unas pocas alternativas entre las que optar, en lugar de sólo una. Este no es el panorama ideal, descrito en el párrafo anterior, de incontables mentalidades en oferta, pero es mucho mejor que el pensamiento único. Ahora bien, ¿ocurre esto, en realidad? Bueno, más bien no. La dinámica interna del mencionado oligopolio está llena de matices, pero el resultado es casi tan descorazonador como el panorama de una pensée unique.

…y una decepción

Aunque es cierto que esos “racimos” compiten ferozmente en la mayoría de aspectos (beneficios, cuota de mercado, propiedad intelectual…), la mala noticia es que están profundamente alineados respecto a un reducido número de creencias fundacionales que protegen su sistema compartido. Ellos jamás permiten que se desfíe la “legitimidad” de ese sistema: el capitalismo es bueno, la propiedad privada debe protegerse, el consumismo es natural y saludable, el liderazgo occidental (en concreto el de EE.UU.) es legítimo, la democracia es el mejor de los sistemas, la única economía realista es el libre mercado, la estructura de poder existente es en esencia justa… Estas son las asunciones de fondo, las “reglasd del juego” que ellos nunca rompen. Se trata de una armonía estructural de intereses sobre bases fundacionales. El oligopolio está de acuerdo en lo que no puede cuestionarse, aunque luche continuamente sobre lo que se puede debatir: el aborto, la inmigración, el cambio climático, la justicia racial… Al observador medio se le antoja que estos desacuerdos son una auténtica batalla por las ideas, pero para el ciudadano crítico son pequeñas desavenencias dentro de un armazón que jamás pone en duda sus premisas básicas.

Para que el lector español entienda mejor esta dinámica, piense en las tertulias televisadas (El Hormiguero, La Sexta Noche, El Objetivo) entre “rivales” de distintos partidos políticos. En una apariencia de enemistad feroz, los participantes (PSOE, PP, Vox) se asignan colores (rojo/azul/verde), se insultan, se acusan de fementidos, hablan de “mejorar España”, etc. Los promotores son siempre los grandes grupos de comunicación (Atresmedia, Mediaset, RTVE)(10), poseen el plató, pagan el espectáculo y no les importa quién “gane” el debate: sólo el show, la audiencia, la continuidad del sistema. Los espectadores (millones de televidentes, usted y yo) eligen bando, se implican emocionalmente, creen que el conflicto es real, tuitean, defienden a “su” político. Pero jamás vemos un programa en que los contertulios se alían contra el promotor para decir que, en realidad, ambos trabajan para los mismos “amos supremos” y que el debate es un montaje para que el público no pregunte por qué el 90% de la prensa pertenece a tres grupos empresariales; ni vemos un guión en que la audiencia se cuestione por qué está financiando una televisión que sólo emite peleas fingidas; nadie que se levante y diga que, en lugar de un bipartidismo de mentira, deberíamos tener democracia directa, sorteos de representantes o asambleas ciudadanas sin medios privados.

¿Coordinación o intereses compartidos?

Entonces, los dueños de los medios de comunicación ¿cómo coordinan —si es que lo hacen— la protección de sus intereses comunes? Pues hay pocos casos documentados de coordinación explícita(11), pero la armonización tácita y estructural es ubicua: quienes controlan los medios suelen seguir el mismo manual sin necesidad de un apretón de manos(12). La coordinación no se hace mediante llamadas telefónicas, sino que resulta de una cosmovisión compartida. Es, además, bastante común que una misma persona se siente en varias juntas directivas a la vez: Goldman Sachs, Disney, el Consejo de Relaciones Exteriores…

En cualquier caso, la verdad es que ni siquiera necesitan coordinarse: para ellos, el simple mecanismo de los intereses compartidos de clase funciona a la perfección, pues produce idénticos resultados sin que haga falta una reunión o un acuerdo. La mayor parte de las veces los participantes se conducen como consideren oportuno, pero bajo el acuerdo tácito, nunca discutido, de que nunca dirán (por seguir el ejemplo anterior): “Los debates están amañados y usted debería dejar de verlos”. Los dueños de medios de difusión no dejan de engañar a la ciudadanía para su propio beneficio. El engaño sistemático es una característica intrínseca de cómo opera el oligopolio de los medios: moldea la línea editorial, el modelo publicitario, las reglas de acceso al juego y los límites aceptables de opinión; y esto lo hace constantemente, aunque no en cada artículo o emisión. Basta con ver cómo toda la industria de la publicidad y, en muy gran medida, toda la propaganda política están edificadas sobre el fraude. La comunicación empresarial está plagada de lavado de imagen verde (falso ecologismo), de etiquetado ético que enmascara unas cadenas de suministro explotadoras. Toda la arquitectura de la estructura mediática, con tácticas que sirven a sus propios intereses, embauca sistemáticamente al público.

3. Entonces, ¿quién controla los medios de comunicación? Personas y corporaciones

El oligopolio mediático es un reducido círculo de élites interconectadas y, a menudo, superpuestas a través de a) conglomerados o grupos de propiedad compartida, b) juntas directivas entrelazadas, c) matrimonios, amistades, redes de clase, y d) inversores comunes. Es raro que unos mismos individuos sean los propietarios únicos de Hollywood + periódicos + TV + redes sociales, pero la unidad funcional entre estos sectores es muy real. He aquí una lista de los principales inculpados, con indicación de los medios que controlan o en los que tienen mucho peso. (Me centraré en el caso de EE.UU. porque globalmente son los más relevantes.)

  • Rupert Murdoch: Wall Street Journal, New York Post, Times of London, The Australian, Fox News, Fox TV.
  • John Malone: Warner Bros Discovery, CNN, TNT y otros canales de TV.
  • Jeff Bezos: Washington Post, Twitch (Amazon).
  • Mark Zuckerberg: Meta-Facebook.
  • Elon Musk: X-Twitter
  • Vanguard/BlackRock: Disney, Warner, Neflix, New York Times, WSJ, Comcast, iHeart, Meta, Alphabet.
  • Algunas familias, como los Redstone, los Roberts o los Smith, son también accionistas importantes de buen número de estudios y canales.

En concreto y muy especialmente, Vanguard and BlackRock son los jugadores clave en casi cualquier compañía mediática, del sector que sea; son la columna vertebral de todo el sistema. El poder financiero estructural en todo el Occidente Colectivo(13) está, en gran medida, en manos de esas dos corporaciones. Entre una y otra son los dos principales accionistas de: Apple, Microsoft, Amazon, Google (Alphabet), Meta, Nvidia, Tesla, JPMorgan Chase, Goldman Sachs, Citibank, Disney, Warner Bros Discovery, Netflix, Comcast, Fox, News Corp, ExxonMobil, Chevron, Pfizer, Moderna, Johnson & Johnson… Y lo más curioso: BlackRock y Vanguard son los mayores accionistas el uno del otro; una extraña y ofuscadora circularidad.

Y esto, ¿qué significa en la práctica? Pues que, aunque esas dos compañías no controlan el funcionamiento diario de los medios ni dirigen el mundo como un consejo de administración, son los cimientos financieros sobre los que descansa el orden empresarial occidental. Ninguna gran corporación en Norteamérica o en Europa puede ignorarlos. Mediante su concentrado poder de voto deciden los criterios de lo que pueden o no pueden hacer los presidentes de empresa, qué fusiones están “autorizadas” y qué actitudes políticas no entrañan riesgo para el sistema. En gran medida, tienen el poder en sus manos: no de forma absoluta ni dictatorial, sino estructural y sistémica. No es que usen su capacidad de voto (¡y de veto!) de manera maliciosa: es que podrían hacerlo si quisieran; y todos los demás lo saben. Esta latente amenaza moldea los comportamientos sin tener que dar una sóla orden. Son la élite del poder; y en la actualidad concentran ese poder a una escala que no tiene precedente histórico.

Pero, entonces, ¿quiénes son las personas de carne y hueso que hay tras esas dos corporaciones? Pues esta es, para mi análisis, la cuestión más importante de todas; y por desgracia la más oscura. La respuesta no es nada satisfactoria porque se esconde dentro de un laberinto diseñado, precisamente, para ocultar los individuos concretos que estamos buscando. Y esto es inquietante.

BlackRock es una sociedad anónima cuyos mayores accionistas son inversores institucionales (Vanguard, State Street, Fidelity). Por otra parte, como accionista menor (en número de títulos, pero no en importancia) está su fundador y presidente, Larry Fink. Es él quien ejerce el control, pero no mediante la propiedad de las acciones (apenas tiene una fracción) sino mediante su influencia. Lawrence D. Fink nació en 1952 en el seno de una familia judía (¡sorpresa!); fue cofundador de BlackRock en 1988 y ha sido su presidente desde el primer día. Personalmente posee 1-2% de la compañía, pero la controla gracias a su posición, reputación y relaciones (es frecuente que tenga reuniones personales con primeros ministros, presidentes de gobierno y directores de bancos centrales). Es, con diferencia, la persona más importante detrás de BlackRock.

Vanguard, en cambio, es algo más extraño. Está estructurada de forma única con un modelo de mutua, y sus dueños son los mismos fondos de inversión que tiene en su propia cartera de valores; fondos, a su vez, propiedad de los inversores individuales (gente normal como usted y como yo). Esto significa que el “dueño” de Vanguard —en el sentido tradicional— no una persona ni familia concreta. Como corporación mutualizada que es, la poseen todos y nadie a la vez; pero —y esto es lo esencial— la dirige un consejo de administración cuyos miembros son elegidos, en teoría, por los accionistas de los fondos: millones de inversores que, irónicamente, en realidad nunca votan. Así que, cuando buscamos a los hombres de carne y hueso que hay detrás de Vanguard, no encontramos a sus propietarios sino a sus administradores: personas que comparten origen de clase, círculos sociales e intereses con Larry Fink. Éstos son quienes toman las decisiones… sin rendir cuentas a nadie.

Vemos, en suma, que tras BlackRock y Vanguard —y por tanto tras los medios de persuasión de masas— lo que hay en realidad es una tela de araña en cuyo centro se encuentra Larry Fink como individuo más poderoso, rodeado por anteriores ejecutivos de BlackRock, por funcionarios de Hacienda y altos cargos de la Reserva Federal(14) que intercambian periódicamente sus puestos, y por consejeros de administración que dirigen simultáneamente —mediante cargos que se solapan(15)— BlackRock, Vanguard, JPMorgan y el Consejo de Relaciones Exteriores, entre otras instituciones.

Así que, aunque no haya una única persona o familia que sea dueña de esas dos corporaciones, ambas están dirigidas por gente de la misma clase: educados en la Ivy League, con formación financiera, e interconectados por juntas directivas y puestos gubernamentales. Son una red social con idénticos intereses y una cosmovisión compartida. Si quieren imponerle a la sociedad determinado relato, se lo imponen. Son ellos quienes, en última instancia, deciden lo que usted o yo pensamos, creemos, valoramos, anhelamos u odiamos.

4. Dirigiendo económicamente el mundo: otra vez la persuasión

Los principales actores de este drama no sólo pilotan sociedades mediante los medios de comunicación: también ejercen poder directo sobre la economía global gracias a sus empresas y a su influencia personal.

Dominio económico

Autoridad formal no es lo mismo que poder efectivo. En todo estado moderno las decisiones cotidianas las toma el gobierno (federal, regional, local…) En teoría, los gobiernos actúan de manera autónoma y sólo están limitados por las leyes. Mediante impuestos, normativas, presupuestos, emisión de deuda, etc., determinan casi todos los aspectos de nuestras vidas diarias. Legalmente no están en modo alguno bajo la autoridad de ninguna empresa, por muy grande o multinacional que sea. Ellos tienen la autoridad formal.

El poder efectivo, sin embargo, ya es otra cosa. Y la realidad es que el tipo de corporaciones que he expuesto ejercer un enorme poder sobre los gobiernos formales. Mediante mercados de bonos, puntuaciones crediticias, donaciones políticas, puertas giratorias, superposición de cargos, etc., influyen de manera efectiva en cómo los gobiernos conducen sus políticas; y esto hasta tal punto que, sin su aprobación, un cabeza de gobierno puede durar poco ocupando el cargo. Aunque ningún dirigente occidental ha sido nunca abiertamente depuesto por BlackRock o Vanguard, varios han visto frustrados sus programas a causa, quizá, de tal o cual comportamiento del mercado de bonos en el que esas empresas fueron principales actores. Por eso, aunque un primer ministro pueda ignorarlas tal vez un tiempo, si le retiran la confianza a su política fiscal se disparará el coste de los préstamos, la moneda se tambaleará y, pocos meses desepués, lo veremos dimitir de su cargo “por razones familiares”; y eso sin una sóla llamada de Larry Fink.

Con todo, no suele ser necesario llegar a nada de eso, ya que la forma más común y eficaz de control es la obediencia anticipada: los políticos interiorizan las preferencias de los administradores de activos (las grandes corporaciones de las que hablamos) sin haber recibido una amenaza o percibido un movimiento económico peligroso. Ningún nodo en la red del poder lo controla todo, pero esa élite de administradores de riqueza tiene el poder de veto más longevo: pueden decir que “no” a todas las decisiones políticas que quieran sin que nadie los desautorice ni los derroque, porque no están en el Gobierno. Quizá no puedan declarar una guerra, pero sí pavimentarle el camino, o hacerla prohibitiva si lo prefieren. Quizá no tengan autoridad para aprobar una ley, pero pueden hacer —según les convenga— que resulte necesaria o irrelevante. Para cualquier decisión financiera importante (emisión de deuda, reforma de las pensiones, política fiscal sobre el capital, etc.) se requiere que Vanguard y BlackRock den “luz verde”; y los políticos que se olvidan de esto se encuentran con que su margen de maniobra se ha reducido mucho de repente. Por eso todo primer ministro lo sabe; y es bueno que usted también lo sepa.

Por lo demás, el poder de Vanguard y BlackRock no sólo abarca al Occidente Colectivo, sino que se extiende a casi todo el orbe. Cualquier economía grande que desee acceder a los mercados globales de capital —es decir, que desee crecimiento, tecnología y comerciodebe aceptar a esas compañías como hechos estructurales. China es la única excepción notable, gracias al capitalismo de estado y a su control sobre los activos. Rusia también escapa en buena medida, pero a costa del aislamiento y, con frecuencia, la guerra. En cualquier otro lugar, desde Londres hasta Sao Paulo pasando por Tokio, esos dos administradores de activos se sientan a la cena como huéspedes permanentes e inamovibles. No dominan el mundo stricto sensu, pero han hecho de su estructura el único juego posible para la vida económica contemporánea. Y cuando alguien controla las reglas del juego (no ya los movimientos, sino el tablero, las piezas y el marcador), de hecho controla el mundo.

Impensables alternativas

No hay modelos alternativos porque han sido destruidos, marginados o desacreditados hasta el punto de que se han vuelto inasequibles o, literalmente, impensables: por una parte, cualquier intento de salirse del redil conlleva tales costes que sólo a los revolucionarios o a los locos se les ocurriría; y por otra, a casi toda la población mundial se le ha instilado tan cuidadosamente, desde hace mucho tiempo, el deseo de crecimiento, tecnología y comercio, que prácticamente nadie quiere otra cosa. El Occidente liderado por EE.UU. ha alcanzado su hegemonía no tanto obligando a la gente a obedecer (aunque lo haya hecho en numerosas ocasiones), sino consiguiendo que sea imposible imaginar ningún otro camino. Aunque China, Rusia o India eludan la penetración financiera de Occidente, difícilmente pueden eludir su penetración ideológica.

En efecto, los líderes globales se forman en las universidades occidentales(16) (sobre todo, estadounidenses) con libros de texto y currículos escritos por académicos occidentales (y principalmente en inglés; que es, por cierto, la lengua de facto para las publicaciones científicas en todo el mundo). Ya hemos visto el alcance global de las películas y las plataformas audiovisuales de Hollywood. La música de Occidente (pop, hip-hop, rock) se ha impuesto en la cultura juvenil por todos los rincones del mundo. Las agencias de noticias europeas o norteamericanas son las que definen “qué es noticia” en todas partes… Como resultado de todo esto, incluso los líderes antioccidentales piensan en categorías inventadas en Londres, París o Washington. Un quinceañero en Teherán, Moscú o Shangai sabe más sobre Spiderman o Hulk que sobre la poesía de su país. Los “valores liberales” han llegado a constituir la “radiación de fondo” del discurso contemporáneo hasta el punto de que incluso los regímenes autoritarios hablan ahora el lenguaje de los derechos humanos, el consumismo, la ideología de género, la sostenibilidad, el cambio climático, etc.

Y en última instancia esto ha sido posible gracias a la persuasión (entendida en su sentido más amplio), o lo que podemos denominar poder epistémico cultural: aunque en algunas regiones del mundo las herramientas de persuasión no estén en manos de Occidente, el relato ya ha sido implantado. Larry Fink y los de su calaña pueden controlar hoy día los hilos del dinero y de los medios, pero el “cuento”, la mentalidad, el sistema operativo que se ejecuta en el cerebro global, está controlado por una maquinaria mucho más amplia y difusa (desde hace siglos en manos, seamos francos, de las élites judeo-protestantes). Y esa maquinaria ya ha ganado la partida.


1 Si quiere hacerse una idea de hasta qué punto se le resta importancia a la persuasión como pilar del poder, intente encontrar en internet una imagen que ilustre los medios de comunicación junto al dinero y las armas. Mostrando tanques y fajos de dólares encontrará miles, pero que incluyan también a la prensa o a Hollywood, ninguna.
2 Se llama fíat al dinero sacado de la nada, sin una riqueza que lo respalde: simplemente poniendo en marcha la impresora de los billetes.
3 El infierno como coerción psíquica, la inquisición como física.
4 Una autoridad fiscal o un ministerio de salud pueden moldear el comportamiento sin ayuda de una coerción visible ni de una persuasión mediática: simplemente mediante la rutina, formularios o plazos.
5 Aquí he citado libremente a Yuval Noah Harari.
6 Producen directamente en torno al 50-60% global, en términos de duración, de los contenidos audiovisuales. El otro 40-50% lo producen miles de pequeñas compañías.
7 Aquí es donde estos seis estudios tienen verdadero control global. Poseen las plataformas de streaming (Netflix, Disney+, Max, Paramount+) y las cadenas de distribución, y dictan los términos de las licencias. Cierto drama norcoreano muy popular fue distribuido globalmente por Netflix. Los seis gigantes financian y distribuyen muchas producciones “locales”.
8 La recaudación que hace China es la segunda mayor del mundo. Allí hay cuotas estrictas para la proyección de contenidos de Hollywood (unas 34 películas al año). A nivel nacional predominan las películas nacionales. India, por su parte, produce más películas que ningún otro país, y su mercado interno está controlado sobre todo por gigantes nacionales.
9 BBC, ARD, France Télévisions. Europa tiene también estudios independientes de gran éxito (p.ej. StudioCanal en Francia o Pathé y Nordisk Film en Escandinavia), pero las grandes películas comerciales y series de televisión provienen de Hollywood.
10 BlackRock no controla directamente a los dueños de las televisiones españolas, que son mayoritariamente familias europeas con empresas privadas (Lara, Berlusconi, Mohn, Bolloré), pero invierte en ellos cuando cotizan en bolsa, y sobre todo invierte en todo el ecosistema mediático y publicitario a la vez. No es el “jefe del partido” de fútbol, pero es dueño de varias gradas y del negocio de la cerveza que se vende en el estadio. Su interés no es quién gane, sino que nunca se cuestione por qué hay estadio.
11 En ocasiones los estudios de Hollywood han acordado listas negras con el Gobierno.
12 Por ejemplo, tras el 11-S casi todos los principales canales estadounidenses repitieron el mantra de Washington (“guerra al terrorismo”) sin que se lo ordenase ninguna circular.
13 Norteamérica, Europa occidental, Australia y Nueva Zelanda.
14 El banco privado estadounidense que emite los dólares.
15 Hay cientos de ejemplos de solape. Uno cualquiera es Mark Loughridge, presidente de Vanguard, que también es parte del consejo administrador de la empresa armamentística General Dynamics, y antes lo fue en el de BlackRock.

16 Las élites chinas, rusas, indias, nigerianas, etc., han hecho posgrados económicos en Harvard, en el London School of Economics, en el Institut Européen d’Administration des Affaires…

 

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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