Norteamérica 27. Algunas impresiones agridulces en Alaska

Jueves, 28 de agosto. Fairbanks (Alaska).

Había algo raro en Hans. Algo que al principio no pude identificar pero que, por último, decidí que tenía que ver con una falta de seguridad en sí mismo o con algún complejo de inferioridad. Bueno, la cosa es que pasé una noche relativamente aceptable a pesar del resfriado y los frecuentes esputos. Al menos, no pasé frío, lo cual no sé si se debió a que la temperatura había subido o a que la fiebre me había bajado. El lugar era delicioso y el silencio absoluto. Eagle, ciertamente, era un destino remoto. Me entraron ganas de quedarme allí… y tal vez debería haberlo hecho.

Esta mañana, con calma, levantamos el campamento y nos fuimos. Por desgracia, en lugar de Hans condujo Gene, que es de esos conductores nerviosos que pisan y sueltan constantemente el acelerador de modo que el coche va a tirones todo el rato; cosa que acabó por levantarme dolor de cabeza y, para mitigarlo, hube de recostarme en el asiento y -por tanto- desentenderme del viaje durante largo rato, hasta que hubo cambio de conductor.

Ya sobre la carretera “principal” y antes de Jetlin junction, sin bajarnos de la camioneta le echamos un vistazo a una comunidad llamada Chicken, todavía más pequeña que Eagle. Un lugar curioso, pero turístico. Por lo visto, fue un antiguo lavadero de tierra durante el gold rush [fiebre del oro]. De ahí la expresión gold panners, hombres que se dedicaban a lavar en una palangana la arenilla de los lechos fluviales en busca de pepitas. Por cierto, estoy observando que tanto en el Yukón como en Alaska las construcciones de troncos son muy comunes, y hay cabañas canadienses de ésas por todas partes, algunas de ellas nuevas, aunque también otras muy viejas.

De ahí seguimos viaje hasta enlazar con la ruta 2, y en Tok nos paramos a comer en un restaurante. Pedimos una pizza, que estaba bastante buena. Quise pagarla yo, pero Gene no me lo permitió. A partir de ese pueblo la carretera discurría todo el tiempo entre preciosas arboledas de tonos otoñales, a veces junto a arroyos, lagos o ríos humeantes; siempre al nordeste de la Alaska Range, una cordillera de altas y escarpadas montañas nevadas que le conferían al paisaje un aspecto impresionante. Además, por suerte, a mitad de camino Hans relevó a su padre al volante y se acabó la conducción a tirones. Por cierto, un inciso: por todos los lugares que llevo recorridos durante este viaje, hacer canotaje es tan común que muchos coches transportan una canoa en lo alto; y pescar es tan popular que cantidad de conductores llevan los aparejos a bordo.

Más o menos desde Tok advertí un detalle me dejó intrigado. En principio, se suponía que íbamos a pernoctar en ese pueblo; pero algo debió de pasar allí o durante las horas anteriores, algunas palabras debieron de cruzar padre e hijo en ausencia mía, porque hubo un brusco cambio de planes y decidieron continuar directamente hasta Fairbanks. De hecho, me pareció notar que ambos estaban algo silenciosos y huraños conmigo. Cuando llegamos a la ciudad me llevaron hasta el albergue y nos despedimos, pero si bien Gene lo hizo con naturalidad, Hans estuvo particularmente frío. No sé. Quizá en algún momento de nuestra convivencia hice o dije algo -o dejé de hacer o decir- que me ganó su antipatía; pero no acierto a adivinar qué fue. Cuestión de dinero no creo, pues en dos ocasiones les ofrecí contribuir en lo que fuera y lo rechazaron. En cuanto a la conversación, traté siempre de corresponder. ¿Quién sabe? Una persona insegura o acomplejada es imprevisible y algo caprichosa, y suele retirarte su simpatía tan infundada y ligeramente como te la otorgó.

De Eagle a Fairbanks, parando en Tok a comer

El hostal es limpio y está bien organizado, pero es caro, queda demasiado lejos del centro para ir caminando y no cumple con uno de los servicios que promete: acceso a internet. Por lo visto, está “temporalmente” estropeado. Aparte, no permiten beber alcohol, por lo que ni siquiera puedo tomarme una cerveza aunque la compre fuera (si bien tal vez eso no me venga mal, pues no sé cómo le sentaría una birra a mi constipado en proceso de curación). Así que mañana mañanita me mudaré, Dios mediante.

Tras una no sé si merecida pero desde luego ansiada ducha, me he acercado a la librería más próxima (que queda a más de una milla) para conectarme a internet, y a la vuelta he aprovechado para comprar un cuarto de galón de leche (estos yanquis insisten en mantener su sistema de medidas) al astronómico precio de 2,10 $. Ahora observo a mi alrededor, mientras escribo, a la indiferente fauna local del albergue, que consta de: un escritor compulsivo que llena de líneas su diario a velocidad doble de la mía; felices parejitas preparándose su cenita, tralarán, tralarán, tralarita; la inevitable pareja de lesbis japos (aunque quizá en este caso sean sólo japos y yo esté tomando por lesbianismo lo que sólo es autismo, pues los japoneses suelen ser asombrosamente asociales); una pareja de Italia, nada menos, que hace honor a la fama de pijoteros -en cuanto a aspecto e indumentaria- que tienen sus compatriotas; un durazo con coleta, bigote y perilla, tatuado con serpientes y otros motivos letales, que tal vez sea uno de los encargados; una adolescente que va “de la hostia” con su pelo teñido de azul, negro y blanco; y un coreano solitario que, tímido, hojea una revista.

No sé si es que está abandonándome la suerte de las primeras semanas o es que los Alaskans and Western Canadians son menos hospitalarios que los habitantes del otro lado del continente, pero desde hace días no estoy topándome con nadie verdaderamente majo. Por lo poco que llevo visto de Fairbanks, tengo la sensación de que aquí el personal es bastante poco amigable, o incluso hostil. Quizá sea a causa de que la escasez de mujeres en estas latitudes crea una atmósfera de rivalidad, como me advirtió uno al principio del viaje, cuando estaba en la costa este; quizá sea porque los habitantes de Alaska reciben cuantiosas subvenciones (provenientes del petróleo) y no tienen que esforzarse mucho para vivir; o quizá sea sólo una primera impresión errónea. Como fuere, de seguir así las cosas (o sea, sin encontrarme realmente a gusto en ningún lado), mi tránsito por el norte va a ser visto y no visto.

Uno de los huéspedes acaba de ofrecer a la concurrencia un ride en su coche hasta el pub más cercano, pero me ha pillado tan desprevenido que no me ha dado tiempo a aceptarlo. Y esto ha sido todo por hoy. En lugar de pagar una litera en el dormitorio (que además no me ha gustado mucho), he optado por poner la tienda en el backyard, que resulta más barato. Y como aún queda un buen rato hasta que me acueste, lo aprovecharé leyendo.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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