Sábado, 30 de agosto. Misma ciudad.
Fresca fue mi noche en ese albergue. A la mañana siguiente, o sea ayer viernes, me levanté sin prisas y estuve merodeando por allí. Sarah, la vieja descamada que llevaba aquello, me preguntó si me quedaba o me iba. Cuando le dije que me mudaba al centro se ofreció para telefonear al albergue donde tenía pensado ir, y encontró alojamiento para mí, por 15 $, en una cabin situada en el backyard. Genial. Desmonté mi tienda y preparé mis cosas con calma. Mientras esperaba la hora en que pasaba el próximo autobús, entablé una breve conversación con un japonés, o coreano, que había pernoctado en una tienda cercana a la mía. Me dijo que él se quedaría una noche más y que hoy se iría a dedo a Denali Park. “Bueno, entonces quizá nos veamos allí”, le dije; pero no lo creía probable, porque aunque coincidiésemos en las fechas, el parque es enorme, alberga varios campings y, en cualquier caso, él pensaba hacer acampada libre.
Al subirme al autobús, una india gorda -goooorda- y charlatana se me enrolló y comenzó a hablarme de su hijo único, de que no quería tener más, de que ella sabía defenderlo muy bien y de no sé cuántas otras cosas que no le entendí ni me molesté en entender, porque maldito lo que me interesaban ella, su hijo y su egocéntrica conversación. Cinco segundos antes de apearse me ofreció su teléfono por si “tenía algún problema”, pero ya otros viajeros la conminaban a salir y yo aproveché para hacerme el sueco y despedirla con un buenos días y una sonrisa cortés.
El hostal al que me envió Sarah era una casa regularcilla en un barrio lleno de camellos e indios borrachos. Como nadie contestó cuando llamé a la puerta, la empujé: estaba abierta. Aventuré unos tímidos pasos y me asomé al salón, donde una vieja sentada a una mesa daba cabezadas sobre un libro abierto. Al saludarla, se incorporó y, aparentemente sin verme, continuó leyendo el libro. Repetí más alto: “¡Buenas tardes!” Pero ella siguió leyendo, sin que aparentase verme ni oírme pese a tenerme justo enfrente. Cuando repetí por tercera vez el saludo, ya casi a voces, pareció sobresaltarse. Levantó la vista y me dijo de forma automática: “Mi marido no está; vuelva más tarde.” “¿Cuándo llegará?”, le pregunté. Ella respondió con otra fórmula memorizada: “No puedo darle a usted habitación ni recibir su dinero: mi marido no está.” “¿¡Cuándo!?” “A las dos y media.” Tenía, pues, dos largas horas por delante, así que para hacer tiempo me fui caminando despacito hacia el centro, cargado con mis mochilas, mientras pensaba si no sería mejor intentar hospedarme en el camping de la ciudad; pero estaba ubicado bastante lejos y, además, las noches empezaban a ser ya demasiado frescas para dormir en el saco si había otras opciones, de modo que descarté la idea.
Mi caminata estuvo salpicada de encuentros con los lugareños. Contra mi primera impresión, la gente de Fairbanks me pareció muy amigable, en especial los indios. Al transitar por los barrios de más dudosa catadura tenía dos sensaciones contradictorias: de hospitalidad y de peligro. Aquí todo el mundo te saluda por la calle, incluso los camellos, pero sobre todo los indios borrachos, que son de lo más alegre. Al acercarme a una esquina donde holgazaneaba un trío formado por dos hombres y una mujer, de amenazador y duro aspecto tras sus gafas ahumadas, noté que me observaban desde lejos; pero al pasar junto a ellos me saludaron. ¿Quizá, al ver el tono moreno de mi piel, me tomaron por uno de los suyos, o eran así de amistosos con todo el mundo?
Cuando llegué al centro me metí en la oficina de turismo, donde pasé un buen rato preguntando cosas, comprando y escribiendo postales y consultando mis correos. Luego me fui al Post Office a franquear las postales, y de ahí regresé al hostal. Las distancias eran largas, las mochilas, pesadas, y la tarde, cálida, de modo que ya empezaba a sudar y acusar el cansancio. Al llamar al timbre me recibió en la puerta el marido de la sorda, que había vuelto, y pasé al zaguán: “¿Qué es lo que quiere?” “Esto es un hostal, ¿no? Busco alojamiento. Sarah, de Billie’s Backpackers, me ha enviado aquí” “¿Lo ha enviado aquí? Pues no tengo nada; sólo esa cabin que ve usted ahí en el patio trasero.” “¿Eso? -dije, señalándola- ¡Pero si no tiene ventanas!” “Sí, tiene una hacia atrás. Le costará sólo 16 $. Vaya usted, eche un vistazo, y vuelva si le gusta. Si no, puedo indicarle otro lugar donde quedarse. ¿Quiere que los llame?” “Bueno, si me hace el favor…” Llamó, pero como no lo atendió nadie me garabateró en un papel la dirección y el teléfono, añadiendo: “Ahí tiene; es todo lo que puedo hacer por usted.” “Bien, gracias. Pero antes voy a echar un vistazo a su cabin, y ya le digo.” En cuanto salí, sin haber bajado aún las gradas de la galería, escuché que el hombre cerraba la puerta tras de mí. Pensé que quizá, por la razón que fuese, prefería que no me quedase allí; pero de todas formas fui a inspeccionar la cabina. Por fuera se veía pequeña: un cuchitril de contrachapado, como quien dice un cajón de madera, con una puerta doble, estilo granero, a la que se accedía subiendo un par de peldaños. Por dentro parecía más pequeña aún: ni siquiera era una choza, sino una especie de cobertizo mínimo que, obviamente, había sido construido para otros fines muy distintos, pero donde habían metido -o más bien embutido- nada menos que dos camas y una mesilla. Olía a humedad. Un ventanuco en el lado opuesto a la puerta daba hacia el jardín del vecino. Entonces comprendí que no se trataba de que el viejo no quisiera que me quedase, sino de que sabía que no iba a gustarme. Y no se equivocaba.
Por segunda vez me encaminé al downtown, ahora en busca de la dirección que el hombre me había facilitado. En el folleto del que la extrajo me había parecido leer “15 $”, precio que se ajustaba a mi presupuesto. Tardé bastante en dar con la casa. Me recibió Miles, un hombre delgado, de unos 50 años, muy hablador y simpático aunque algo ególatra, cuyo carácter enseguida me dio confianza. Además, a esas alturas ya no estaba yo para muchas exigencias. Miles disponía de bastantes plazas libres, y el edificio -que estaba en un barrio muy bueno, a diez minutos del centro- tenía un backyard muy chulo y un aspecto general bastante aceptable. Me pareció idóneo. En efecto, eran quince pavos la noche. Andaban por allí algunos huéspedes: Vicky, una australiana que vagabundea ganándose la vida, simpática y nada arrogante, con la que enseguida trabé conversación. Bill, un tipo de Nevada, o tal vez de Ohio, más bien callado, que iba algo por libre, un poco en plan duro, pero tal vez sea sólo apariencia. Hank, un exconvicto (no sé por qué delitos) que anda buscando trabajo, originario de Virginia o puede que de California, que fuma lo que él llama “tabaco especial” con aspecto de porro, simpático, aparentemente algo tímido, con un acento bastante difícil, que se queja de ser discriminado por su pasado delictivo y que tal vez, pese a su carita de niño bueno, sea menos cándido de lo que parece. Aparte, hay otros dos o tres fulanos más, todos procedentes de los Lower 48, como le dicen los alaskeños a los estados al sur de la frontera canadiense. Una de las primeras cosas que aprendes al llegar a Alaska es que, curiosamente, aquí nadie es de Alaska: casi todo el mundo viene de fuera.
Enseguida me sentí a gusto entre esa fauna, y entre unos y otros se me fue casi toda la tarde de conversación. Después salí a comprar víveres (otra caminata, ya que cualquier supermercado quedaba a media hora andando) y, a la vuelta, antes de ponerme a preparar nada, Miles me invitó a un bistec de cerdo (valga la incongruencia). Yo aporté las cervezas que había comprado, y estuvimos cenando Miles, Vicky y yo en muy buena armonía, compartiendo nuestras respectivas preferencias. Por cierto que, en el rato que estuve fuera, llegó la pareja de japos lesbis que me había encontrado en Billie’s Backpackers la noche anterior. Se conoce que, como a mí, ese hostal no les gustó mucho. Pero al encontrarme aquí simularon no verme, o no reconocerme. Pues vale. A última hora llegó también un mejicano de Tejas, según traducción literal: o sea, de Tejas pero desdenciente de mejicanos. Hablaba un español bastante aceptable y estuvimos charlando un momento, pero se acostó pronto. Antes del anochecer, Vicky, Bill y Hank se fueron a “hacer unas fotos”, whatever that means; pero, como no me invitaron, yo me quedé leyendo, y pronto me fui a la cama. Uno de mis compañeros de dormitorio, al que hasta entonces no había visto, me apagó la luz de modo perentorio aduciendo que él trabajaba al día siguiente. Muy bien, pero por lo visto el trabajo de los demás le traía sin cuidado, pues resultó ser un terrible roncador. Con frecuencia las personas más intolerantes son luego las menos consideradas o las más molestas. Siempre he opinado que los padres deberían poner más celo en la educación de sus hijos.
En fin: reputo como muy positivo el día de ayer. Por fin pude relajarme de la fatiga e incertidumbre de las últimas horas. La noche habría sido perfecta de no ser por los ronquidos del desabrido “trabajador”. Lo único que echo en falta es un espacio común donde socializar. El sótano, que tiene un par de sillones y una tele, podría hacer esa función, pero no es acogedor.
Esta mañana me he levantado cuando me ha apetecido, he ido a comprar ingredientes para una tortilla de patatas, la he dejado preparada para comerla luego con todos, he ido a la biblioteca para mandar unos correos y, sin darme cuenta, se me ha pasado el día: son ya más de las seis. Ha hecho un tiempo espléndido, fresco pero soleado. Un inconveniente de esta región son los mosquitos: aunque ha pasado ya lo peor de la estación, todavía quedan algunos, y pegan unos picotazos de miedo. Hoy ha llegado una nueva huésped: una chica de Pensilvania, de unos 25 años, que habla español porque estuvo, entre otros lugares, ocho meses trabajando en Sevilla; superficial pero simpática, bastante mona aunque algo gordita. Dice que viene a estudiar dos años. Es el prototipo de la eterna estudiante. También ha llegado un oriental, agotado tras intentar hacer dedo hasta Prudhoe Bay en una carretera embarrada y bajo una espesa e incesante lluvia. Por lo visto sólo llegó a mitad de camino antes de rendirse y volver. (Nota: para que no se me olvide, apunto una frase que me han dicho y me ha gustado: Truth is the general prevailing opinion of men.) Ahora, según escribo esto, se ha presentado Bill y nos hemos puesto a hablar. Resulta que es farmacéutico, investigador, especialista en marihuana. Interesante, ¿eh? Además de en Israel, ha estado en España, Marruecos, Finlandia, Dinamarca y muchos otros lugares de Europa.