Martes, 26 de agosto. Stewart Crossing (Territorio del Yukón).
No sé si es que el camping de Charlie Lake era un lugar especialmente frío, si es que el verano está dando sus últimas boqueadas, si es que mi saco es muy malo, o si son las tres cosas a la vez, pero lo cierto es que la noche del domingo pasé frío, incluso abrigándome dentro del saco.
Me levanté a eso de las seis, como me había recomendado el último conductor de la víspera, y me puse a hacer dedo con las esperanzas puestas en esa avalancha de camioneros que -según me dijo- salen cada madrugada de Fort Saint John con destino Alaska. Y aunque, en efecto, el tráfico era abundante, tras largo rato de espera lo único que obtuve fue un corto jalón hasta una parada de camioneros apenas unos kilómetros más allá. Al cabo de otro buen rato, un tipo que iba a recoger a unos amigos pescadores me dio un largo -aunque insulso- ride hasta cerca de Fort Nelson, y la distancia que faltaba hasta ese pueblo me la salvó un hombre absolutamente anodino, sin más particularidad que la de ser del este. Y ahí se acabó mi suerte para el día, pues las siguientes dos horas con el pulgar levantado fueron en vano. Como, a ese ritmo, el autostop se me empezaba a antojar una apuesta inviable, me resigné a pagar los 118 dólares que costaba el billete de autobús hasta Whitehorse, con salida a las 15:00 y llegada prevista a las 4:30.
El viaje fue una gozada. Poco más allá de Fort Nelson, la Alaska Highway se convierte en un espectáculo paisajístico: escarpadas montañas de roca pelada que reflejan sus picos en el color cobre azulado de los lagos, densos bosques, arroyos de aguas azul cobalto… Además, la simpática conductora iba anunciando por la megafonía del bus el avistamiento de todo tipo de fauna regional: un caribú, un alce, varios osos, varios búfalos, e hicimos frecuentes paradas en los lugares con las mejores panorámicas. Un viaje inolvidable del que sólo lamento no haber podido hacerlo con más luz, mejor perspectiva y mayor tiempo.
Llegamos a Whitehorse a la hora prevista y entré a un Tim Hortons, que estaba abierto, para hacer tiempo, desayunar y confeccionar un letrero con la leyenda “Dawson City”. Era aún de madrugada cuando un señor, a quien pregunté por la carretera del Klondike (la que lleva a Dawson), me dijo que él iba en esa dirección y me ofreció un ride hasta Stewart Crossing, que es donde ahora escribo esto. Este jalón ha sido también de lo más bonito e interesante, pasando junto a lagos que humean vapor de agua en la fría mañana y cruzado bosques donde ya ha llegado el otoño y los árboles amarillean. Eddie, mi benefactor, tenía una grata conversación, y además me ha invitado aquí mismo a un café antes de despedirse deseándome mucha aunque improbable suerte, habida cuenta que durante los 370 km que hemos hecho juntos sólo nos hemos cruzado con un vehículo. En efecto, y a pesar de que la carretera no está tan desierta como parecía (pasa un coche cada 5-6 minutos), desde que me puse sobre el arcén las 9:30, hasta las 12:00 que son ahora, no me ha recogido nadie. Menos mal que, en el peor de los casos, a las 18:00 pasa por aquí un autobús hasta Dawson.
Unas horas más tarde. Dawson City (Yukón).
Pues, mire usted por dónde, no tuve que coger el bus. Esas tres o cuatro larguísmas horas de espera (con un resfriado que he venido incubando estos días atrás y que por fin se ha declarado) me premiaron finalmente con un yanqui, Gene, que vive en Fairbanks (Alaska) y que viaja hasta allí con su hijo Hans en una camioneta grande. Apenas pude hablar con ellos porque el resfriado me tenía jodido y, además, se me había quedado la voz ronca de tanto charlotear con Eddie. Sobre las tres y media llegamos a Dawson City, a orillas del río Yukon. Me dejaron en el albergue, sobre la orilla oeste, y ellos se fueron a buscar un camping barato.

1900 km a dedo y en bus hasta Dawson City
Este pueblo me ha decepcionado un poco. Cierto es que tiene todo el aspecto de haberse quedado estancado en el siglo XIX, con sus edificios de madera de grandes fachadas cuadradas, letreros estilo far west, amplias calles de tierra, galerías porticadas, aceras de madera, etc.; pero esta apariencia no se debe a ningún especial amor que tengan sus habitantes por lo antiguo, ni es un anacronismo producto del aislamiento, sino que está orientado al turismo. En efecto, esta localidad de 2000 habitantes, casi inaccesible, situada en el rincón más perdido del país, es -aunque parezca mentira- eminentemente turística, y la mayoría de la gente que hay por la calle somos visitantes. (Aun así, por lo visto aún quedan aquí algunos hombres que se dedican a lavar arena en busca de oro.) La carretera del Kondike tiene tan poco tráfico, y el río Yukon es tan ancho, que en lugar de puente para cruzarlo hay un ferry en verano (24/7) y nada en invierno, ya que el agua se hiela y puede vadearse sin problema. Lo malo, me cuentan, son las dos o tres semanas de transición de fase en otoño y primavera, durante las que no hay ni ferry ni hielo, y el río, simplemente, no se puede cruzar.
La electricidad proviene de una planta generadora local, pero el tendido no llega al lado oeste del río; lo cual significa que el albergue no tiene luz: el agua hay que calentarla a base de leña y estufa, y luego bañarse a guacaladas, lo cual es un verdadero engorro y no le encuentro nada de fascinante; aunque habrá quien sí. Por lo demás, es un sitio muy pintoresco y todas las construcciones (cabinas, cocina, oficina, aseos, etc) están hechas de madera. Mi equivocación ha sido poner la tienda en lugar de alquilar una cama, no sólo porque el frío va a venirle muy mal a mi constipado, sino porque la tierra está dura como el hormigón.
Miércoles, 27 de agosto. Eagle (Alaska)
Como era previsible, el catarro y el frío me han hecho pasar una noche bastante desagradable. Por la mañana, nada más levantarme, me fui al camping vecino a ver si Gene y Hans había pasado allí la noche y aún no se habían marchado. Teniendo en cuenta lo difícil que iba a resultarme llegar por cualquier medio, público o privado, hasta Fairbanks, pensé que lo mejor era pedirles que me llevasen consigo. Los encontré a punto de partir y me dijeron que sin problema, así que levanté mi campamento en un pispás y, en cuanto hube terminado, nos fuimos. A la media hora de camino se dieron cuenta de que no tenían suficiente combustible para llegar hasta la próxima gasolinera, por lo cual tuvimos que volver a Dawson, cruzar el río, repostar y reiniciar la marcha desde cero.
La carretera que va desde Dawson City hasta Fairbanks se llama Top of the World, y hace honor a su nombre. Es la más septentrional del continente y discurre por las crestas de una cadena montañosa llamada Ogilvie, transición entre la taiga y la tundra, de terreno casi pelado, pequeños pajizales, muchas piedras y algunos arbustos. A media altura de las laderas, así como en los valles, crecen ralos bosques de coníferas. Curiosamente, y salvo por estos árboles, me ha recordado un poco a algunas zonas de Extremadura. Lejos, hacia el norte, se extendía un mar de montañas, inacabable a la vista, que formaban una serie de horizontes superpuestos: una tierra completamente desierta durante millas y millas hasta las lejanas tundras del Ártico.
Gene es un militar retirado del ejército del aire, y durante sus veintitantos años de servicio estuvo algún tiempo en la guerra de Vietnam. Tiene un carácter apacible, es muy transigente y se toma las cosas con calma y buen humor. Dice que lleva ya seis días sin ducharse. Hans trabaja de técnico informático en un servicio educativo, es algo sarcástico, idealista, y se declara comunista y antiamericano; pero no es ningún loco: sabe bien de lo que habla, y su conversación es interesante y fluida. Vive normalmente en Oregón, con su novia, y me ha invitado a quedarme un par de días en su casa si paso por allí.
Tras cruzar la frontera nacional (trámite migratorio rápido y sin problemas) me dijo Gene que no íbamos directamente hasta Fairbanks, como yo había entendido, sino que querían primero visitar Eagle, un pequeño pueblo en mitad de ninguna parte cuyo único acceso por tierra es un camino de tierra a lo largo de 100 km. Poco antes de llegar a dicho destino hicimos combustible en la estación de servicio más original y -sobre todo- con los surtidores más antiguos que haya visto nunca: toda una reliquia de medio siglo atrás. La gasolinera también hace las veces de taller mecánico, y el encargado me resultó un tipo interesante: barbudo, muy moreno, hombre de firmes opiniones, estimaba la honestidad por encima de cualquier otra virtud. La oficina era un auténtico desorden de libros, monos sucios, piezas de automóviles, etc., y en una esquina descansaban tranquilamente un par de rifles apoyados contra la pared, así como quien no quiere la cosa.

De Dawson a Eagle con Gene y Hans
Si lo que me decepcionó de Dawson fue la falta de autenticidad, lo opuesto ha sido precisamente lo que me ha cautivado de Eagle: este sí que es un genuino pueblo varado en el boom minero de hace siglo y medio. Consta apenas de dos o tres calles paralelas al río Yukon, y cinco o seis perpendiculares; todas de tierra, por supuesto. Hay una tienda-almacén, una cafetería, un hotel, una oficina de correos y una librería. Las casas son todas antiguas, de madera, con las características falsas fachadas, e incluso algunos vecinos viven aún en viejas casas de troncos. Eagle es lo que en EE.UU. llaman damp town (ciudad húmeda), o sea que es legal beber alcohol por la calle pero -curiosamente- es ilegal venderlo, de modo que quien quiera consumirlo debe traerlo de fuera. La gente es muy afable y todo el mundo te saluda. La mujer de la estafeta de correos, por ejemplo, me atendió a pesar de tener ya cerrado el chiringuito. Aunque este lugar sea tan remoto e inaccesible, también aquí vimos algunos turistas, y hay gente en el camping. Por lo visto, en sus orígenes esto fue un centro administrativo para controlar el comercio del oro y un fuerte militar para controlar la frontera. Durante los siete meses de invierno, como no se costea despejar de nieve los 100 km del camino desde la carretera, el pueblo permanece aislado y sólo puede accederse por aeroplano, que es como llega el “correo especial” (subvencionado) que trae las mercancías y los alimentos.
Nos gustó Eagle y decidimos quedarnos a pernoctar. Hemos pasado la tarde de conversación al calor de la lumbre (en esta tierra, a partir de las seis más o menos, hay que encender una candela incluso en agosto), cenando cualquier cosa y bebiendo un vino regularcillo que tenía Gene. Ya es hora de acostarse. Mañana, Dios dirá. A day at a time, como dicen aquí. Nosotros diríamos: “A cada día le basta su afán”.