Norteamérica 25. El bueno de Rod: fatal de chapa, perfecto de mecánica

Domingo, 24 de agosto. Charlie Lake (Columbia Británica).

Erré el día, pero sobre todo erré el itinerario. Quizá debí haberme ido de Edmonton el viernes en lugar de ayer, pero la mayor equivocación fue elegir la ruta 2 en lugar de la 43. De haberlo planeado con más detenimiento, habría acertado. Mas así son las cosas.

En la mañana de ayer, tras haber dormido todo lo que me apeteció (e hice bien), desayuné en el hostal el resto de mis provisiones y reanudé mi odisea. Primero cogí un par de autobuses locales (apenas 3 $ en total) para salir a las afueras de la ciudad, pero cuando me puse a hacer dedo empezó a llover. Agua y viento estuvieron martirizándome durante más de una hora, hasta que un ricachón se apiadó de mí y me recogió en su super-truck. Era un tipo vanidoso y encantado de haberse conocido. Según me contó, tenía una gran casa estilo español, un par de prósperos negocios y un rancho. Se clasificaba a sí mismo como redneck, lo cual parece que quiere decir asertivo, radical, de los que llaman a las cosas por su nombre. [Después he aprendido que ese término significa, básicamente, un conservador.] Aparte, se consideraba un Western Canadian (cosa, por lo visto, muy frecuente en esta mitad del país) y decía no importarle una mierda nada que de lo que ocurriese al este de Winnipeg (o sea, en el Canadá francoparlante). Pero era simpático, tenía una agradable conversación y, lo más importante, me dio un buen lift hasta Slave Lake, donde por lo visto tenía que hacer alguna gestón. Además, como luego continuaría por la misma ruta, me prometió llevarme hasta más adelante si volvía a verme en el arcén. Pero no me vio, ya que al poco un granjero me dio otro breve ride hasta pasado Kanyon Creek, haciéndome con esto un flaco favor, pues me dejó en mitad de una larguísima recta donde no tenía la menor posibilidad de conseguir un nuevo jalón (los conductores van muy deprisa en las rectas y les da más pereza detenerse a recoger autostopistas); en vista de lo cual me puse a caminar hasta el cruce de Kinuso, que era el pueblo más próximo. ¡Peste de granjeros! Son la especie más ignorante y miedosa de la tierra: como no salen de la granja, no saben del mundo más que lo que les cuenta la tele; y como todas las noticias que ven ahí se refieren a desgracias, no les llega la camisa al cuerpo.


Estuve bastante tiempo apostado en el cruce de Kinuso hasta que me recogió el ángel del día, Rod, un alcohólico declarado y confeso que se dedica a construir botes y otros trabajos varios. Me dejó en el cruce de Joussard, donde vive, y me ofreció su casa, prometiéndome venir a recogerme al cabo de una hora por si yo aún seguía en la carretera. Poco antes de haber transcurrido ese plazo, y en vista del poco tráfico que pasaba por esa ruta (y teniendo en cuenta que la mayoría de la gente que habita esta zona son granjeros), decidí aceptar su oferta sin esperar a que viniese a buscarme. De modo que cogí mis mochilas y me encaminé, a pie, hasta Joussard, que queda a unos 3 km del cruce. Llegado al pueblo, me dirigí a “la tienda” (que en estas localidades pequeñas hace de supermercado, repuestos mecánicos, licorería, oficina de correos, gasolinera, tabacalera y estación de autobús), donde Rod me había dicho que podría encontrar a su novia, la cual ya estaría advertida de mi posible llegada. La realidad, en cambio, era un poco diferente: ni la mujer que atendía el local era su novia, ni nadie le había dicho una palabra sobre mí; pero se prestó a telefonear a Rod, y todo quedó aclarado. En el pueblo, por lo visto, no lo llamaban por su nombre, sino por su apodo, Codfish [bacalao], que se lo pusieron por ser un newfy, o sea, de New Foundland, tierra de pescadores. Al poco, apareció por la tienda y me llevó a su casa, que en realidad tampoco era suya, sino de una vieja india con la que no sé qué relación tenía y que, ese día, había ido a un funeral. Rod era rubio, medio calvo, usaba perilla, tenía una pinta astrosa, las manos soriásicas, y era muy simpático. Su truck era un reflejo de su persona: una auténtica chatarra por fuera, pero con una mecánica a toda prueba. Tras un rato de charla, durante la cual me confesó que era alcohólico -aunque trabajaba duramente para ganarse la vida-, me dio una vuelta por el pueblo: Joussard tiene 400 habitantes en invierno y cerca de 8000 en verano, ya que mucha gente viene a pasar allí la temporada de buen tiempo en sus motorhomes. Después estuvo segando el césped, arregló un poco el jardín, me enseñó el pequeño huertecillo que cultiva la india y nos pusimos a ver la tele un rato, mientras charlábamos. El bueno de Rod es un poco infantil, de esos que se entusiasman con cualquier cosa que les cuentes; lo cual no significa que sea un bisoño; de hecho, me contó un par de incidentes que había solventado a las bravas. Era, en el buen sentido del término, un buscavidas. Conducía sin carné desde que, hacía ya años, se lo había retirado la policía; y así iba tirando. Rajaba pestes de los indios, a quienes consideraba una mancha de perezosos y delincuentes: “guárdate de ellos”, me dijo; y me desanimó de ir a Yellow Knife (que era mi proyecto): “ahí no hay más que puñeteros campos de petróleo, piedras, e indios deformados por la endogamia. No pierdas tu tiempo y ve directamente a Alaska, que es mucho más bonito.” Tan elocuente fue su alegato, que me convenció; y a juzgar por lo lento que voy avanzando en esta tierra de pusilánimes y miedicas granjeros, seguramente sea una buena idea seguir su consejo.

Por último, preparó unas hamburguesas para cenar, y tras dar buena cuenta de ellas me fui a acostar. Mi catre estaba en una especie de cobertizo, adosado a la casa, que él había construido a modo de trastero y también para hacer de “antecámara” cuando llega el tiempo frío. Dormí divinamente, y la perra de Codfish, tumbada en el suelo junto a mi catre, veló mi sueño.

Tres jalones y una caminata para ir de Edmonton a Joussard

Esta mañana mi benefactor me ofreció un frugal desayuno a base de cereales (añadiendo que me preparase cualquier otra cosa si me apetecía) y luego me llevó hasta High Prairie en el coche de “su novia”. A partir de ahí, el día se me ha dado regular.

No tardó en recogerme un primer conductor que -como me ha ocurrido ya varias veces- me dejó “en tol medio”: el cruce con la carretera que va a McLennan. El siguiente lift, hasta Valley View, tardó un buen rato en caer, a cargo de un simpático hombre que decía tener por esposa a una dominicana con la cual -cosa más curiosa- apenas podía entenderse porque ninguno hablaba el idioma del otro. De camino paramos en la granja de un amigo suyo para tomar café, y fue un rato bastante agradable. El café me sentó divinamente y la mujer de la casa era bastante simpática, además de guapa. Desde Valley View hasta Grande Prairie me llevó un tipo que llevaba una canoa en lo alto de su furgoneta. Decía que le encantaban los veleros, y fuimos todo el camino hablando de ese tema. Fue, además, lo bastante amable para sacarme de la ciudad y dejarme en un buen punto donde hacer dedo, sobre la ruta 43. Allí me recogió un vejete muy simpático, interesado por las ciencias, con una agradable e instructiva conversación, y que me dejó en las afueras de Dawson Creek. Luego, un gordito sin ninguna característica digna de mención me llevó hasta Taylor; y por último me ha traído a Fort Saint John un hombre que transportaba un cochecillo en su camión grúa y que me ha aconsejado no viajar más por hoy, pasar la noche en un camping que hay unas tres millas -según él- al noroeste y retomar mañana temprano el autostop con un letrero que diga “Fort Nelson”. Le he hecho caso y me he venido andando al camping, que no está a tres sino a cinco millas, nada menos; toda una caminata, pero bueno. El sitio, llamado Charlie Lake Campground, es caro y está regentado por un pesetero, pero bueno. Además, las duchas son de pago, pero bueno. He puesto la tienda, he cenado algunas viandas que compré en la groceries local y ahora voy a acostarme, porque estoy escribiendo ya sin luz y, aparte, hace frío.

Siete rides y una caminata para ir desde Joussard hasta Charlie Lake

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
Esta entrada fue publicada en Norteamérica en autostop. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.