Norteamerica 21. El inolvidable Dallas Mymko, un hombre entre un millón

Domingo, 18 de agosto. Mismo lugar.

Al levantarme esta mañana -a eso de las ocho y media- me encontré a Gregg en casa, pero como tenía que irse a Flin Flon me llevó antes a casa de Dallas para que desayunase allí, y enseguida se marchó. Estuve charlando con Dallas en su terraza junto al lago mientras me tomaba un té con tostadas, y al cabo de un rato nos fuimos a pescar en su bote, como estaba planeado. Era una lancha del año 82, con el motor dentro, como las que suelen verse en algunas pelis de esa época. El tránsito fluvial entre el pequeño Athapapuskow y el grande fue precioso. En cuanto a la pesca, Dallas tiene instalado una especie de sonar en la barca, del que se ayuda para ver la profundidad y calcular el mejor lugar para atrapar algo. Cuando dimos con un sitio que le satisfizo, detuvimos el motor y lanzamos las líneas. En una hora ya habíamos cogido dos truchas, y a mí me tocó la fácil tarea de tirar del sedal. Luego enfilamos hacia un lugar de la costa más cercana, donde un individuo bastante particular llamado Mike parecía estar esperándonos. Me dio la bienvenida con unas palabras que -tengo la sensación- debe de usar siempre: welcome to Limestone.

Imagen satélite de la zona lacustre al sur de Flin Flon

Limestone es el nombre de una parcela junto a la orilla, situada en un lugar estratégico, muy cerca del punto que es paso obligado entre el lago chico y el grande. Aquello es precioso. Hay allí varias cabañas que se alquilan durante el verano, y Mike es el encargado de cuidarlas. Entre ellas destaca una muy bonita, hecha con troncos al más puro estilo canadiense, cuyo mítico dueño muró año y medio atrás, y que van a demoler en breve, al parecer por su mal estado de conservación. Fue construida en 1921 y es la más vieja del conjunto. Frente a las cabañas, formando semicírculo, hay una extensión de césped; y entre éste y el lago algunos pequeños macizos de árboles bastante altos. Mike me llevó hasta uno de éstos para mostrarme el trabajo demoledor del que son capaces los castores: un único ejemplar había hecho, a mordisco limpio y en apenas unos días, una considerable incisión en la base del tronco a lo largo de todo su perímetro, como un anillo. En torno, por el suelo, estaba todo lleno de grandes astillas, algunas de hasta 8 centímetros, que había arrancado el castor a bocados. Me quedé asombrado. Por lo visto, llevaba el hombre tres días intentando dar caza a este animal, esperándolo apostado de madrugada con una escopeta y poniéndole trampas. Al parecer, el castor llegó a caer en una de ellas, pero se zafó con facilidad. Mike es bastante torpe, según la fama, pero buena persona, y su cuerpo es viejo y algo contrahecho: renegrido, arrugado, pequeño, lisiado de un antebrazo y, para colmo, tartamudo. Antiguo trabajador en las minas, ya jubilado, muy encallecido por la vida, ahora se encarga de cuidar Limestone en los veranos para hacer algún dinerillo extra y suplementar su pensión. Le encanta que lleguen visitas y le agrada tener alrededor la compañía de otras personas, pero tampoco lamenta que se marchen. Se notaba enseguida que era un hombre que podía pasarse perfectamente sin nadie más, y supuse que, acostumbrado a la visita frecuente pero efímera de mucha gente, se había inmunizado contra su inevitable marcha.

Dallas limpió las truchas en un santiamén, con gran habilidad, y luego estuvimos esperando, charlando con Mike, hasta que llegaron en otra lancha dos tipos gordos a los que mi amigo esperaba: un fontanero que lo había ayudado con la instalación de su casa, y su tío, que quería pescar unas truchas. Tío y sobrino tenían un acento y un timbre de voz tan grave que no me enteraba de nada de lo que decían, así que no pude participar en la conversación que mantuvieron todos ellos durante un rato; hasta que Dallas se marchó con Gordi senior a por esas truchas. Mientras tanto, Mike, Gordi junior y yo nos quedamos charlando un poco y picoteando algunas viandas que sacó el viejo minero. Un poco con desgana, como obligado por una indicación que le hiciese Dallas, Gordi junior me hizo algunas preguntas. Pese a todo, me cayó bien, y parece que él tampoco se arrepintió del esfuerzo. (Por cierto, mientras estuve allí vi algunas nutrias evolucionando por la superficie del lago.) Los pescadores regresaron con tres truchas más, que también se encargó de limpiar Dallas. Acabada la cena, se fueron tío y sobrino, y al poco también mi amigo y yo. No creo que pueda olvidar la delgada y extraña figura de Mike, vestido tan sólo con un pantalón corto y unos tenis viejos, de pie sobre el muelle diciendo adiós y recibiendo, en la creciente distancia, las últimas instrucciones de Dallas sobre cómo matar al castor. [Lamentablemente, sí he olvidado a Mike. Recuerdo el evento, pero mi desleal memoria ha borrado todo rastro de ese personaje. Una verdadera lástima, pues ese tipo de encuentros son los que le dan sabor a la vida y merecen que se les dedique un relato en exclusiva.]

Ya de vuelta en Dallas’ place, cocinamos nuestras dos truchas con una guarnición de patatas. Estaban bastante buenas, pero las aliñó con tantas hierbas que perdieron buena parte de su sabor. Dallas es un conversador incansable y muy ameno. Entre otras cosas, me contó su proyecto de poner sobre el ventanal del salón, en letras grandes, una leyenda que dijera: Just another day in Athapap (que, por lo visto, es como abrevian el nombre del lago Athapapuskow). También me enseñó una frase que le había enseñado a su nieta para el caso de ser importunada por los niños en el colegio: If my father likes you, he’ll kill you the last. Otra de sus frases, que tenía inscrita en un curioso cuadro de su autoría, más bien malillo, era: If you’re not living on the edge, you’re taking too much space. Y también esta: Nothing, absolutely nothing, can stand constant beating. Gregg se presentó más tarde, de vuelta de The Pas, adonde había ido a llevar a su hija, y estuvimos los tres hablando y bebiendo hasta la noche. Además, Dallas me enseñó otra habilidad: cómo romper limpiamente el fondo de una botella con ayuda de un hilo empapado en alcohol. Cuando nos despedimos, me dijo que le enviara una postal desde Alaska. “Aquí tienes mi casa, siempre -añadió-. Ya sabes que todo tiene las llaves puestas.” En efecto, no le echaba el cerrojo a nada y dejaba puesta la llave del coche. Allí quedó el hombre, saludándome en la puerta de su casa, con los brazos en alto y levantando ambos pulgares. ¡Dallas, simpático amigo, probablemente no vuelva a verte nunca! [Al contrario de lo que me ha ocurrido con el viejo de las cabañas, no he olvidado a este hombre. Verdad es que no recuerdo su cara, pero su persona no se me ha borrado de la memoria, y no creo que se me borre jamás. Dallas era un hombre entre un millón. Por cierto, supongo que ése no era su verdadero nombre, y más bien me parece un apodo, o algo que se inventó él mismo.] Tras decirle adiós, me volví con Gregg a su casa, donde todavía estuvimos hablando y bebiendo cerveza hasta la medianoche. Allí me contó los problemas que había tenido su amigo como inspector de minas.

Y eso ha sido todo por hoy. Me da bastante pena dejar este sitio, donde he pasado los tres días quizá más extraños y notables de mi viaje. Por cierto que no quiero olvidar la nueva bebida fussy aprendida de Dallas y que me ha encantado: clam-beer; cerveza con Clamato (una mezcla de jugo de almejas, zumo de tomate y otros ingredientes, bastante popular en Norteamérica).

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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