Lunes 19 de agosto. Reserva india de Big River (Saskatchewan)
Esta mañana, según lo planeado, Gregg me llevó hasta Flin Flon a eso de las siete y, tras ducharme y despedirme de él, me uní a la expedición hacia Saskatoon en el truck que arrastraba el remolque con la mudanza. Íbamos Debie (la mujer de Gregg), Aaron, la perra y yo. Durante la primera hora hicimos el viaje prácticamente en silencio, y sólo se animó un poco cuando Debie se lanzó a hacerme las preguntas de cortesía. Aaron también salió de su mutismo. Hicimos dos paradas: una para comprar café y otra para ver un precioso lago color turquesa. Cinco horas después de la partida, me dejaron en el el cruce de Prince Albert, donde mi intención era hacer dedo hacia el oeste por la ruta Northern Woods and Waters. Debie, una mujer cariñosa pero claramente falta de amor, se despidió de mí muy afectuosamente, diciéndome que me esperaban de nuevo y que les mandara un e-mail alguna que otra vez.

De Flin Flon a Prince Albert con Debie y Aaron
Cuando apenas llevo tres minutos en la carretera, se para a mi lado el segundo vehículo al que pongo el pulgar: es un camión maderero con la batea vacía. —To Shellbrook?, le pregunto al conductor. —Yes, jump in. Se llama Harvey, y es un nativo Cree al que, por su mala pronunciación y el ruido del motor, casi no le entiendo lo que dice; apenas lo suficiente para enterarme de que se dirige a Big River (donde vive) y que allí carga troncos para llevarlos a Prince Albert. Como a partir de Shelbrook no tenía yo muy claro por qué ruta tirar de las tres que parten de allí, al conocer el destino del conductor me decido por Big River, que además es la dirección que más me apetece: hacia el noroeste. Durante la charla, Harvey me entera de que en la reserva india de Big River empieza mañana un pow-wow. ¡Ah, sí? -le digo- ¡Qué interesante! Pues tal vez me quede a verla. Pero resulta que -¡oh!, mala suerte- la reserva no está en Big River, sino a 50 km campo adentro y por carreteras de tierra, aunque desde Debden la distancia es de tan sólo 12 km. —Would you like to go to the reservation? —Yes, but… –No hay problema; llamo a mi mujer y le digo que vaya a recogerte. Mis hijas se encargan de la organización del pow-wow y una de ellas va a bailar. –Pues vale, muchas gracias.
Así que allí me deja Harvey, en el restaurante del cruce de Debden, con estas palabras: —My wife will be here in fifteen minutes. —Just to pick me up? —Yes. Pero transcurren quince minutos, más luego otros quince, y nadie llega. —What are you doing here?, me pregunta una india que pasa por mi lado. —I’m going to the pow-wow, le contesto. —What pow-wow?, me dice. –El que hay no sé dónde, cerca de aquí -y añado-: ¿o es que no hay ninguno? –No sé -dice ella-, no llevo la cuenta de las cosas que suceden -hace una pausa y luego continúa- ¿De modo que estás perdido? –Bueno, espero no estarlo; se supone que alguien va a venir a recogerme. –O sea, que estás perdido -insiste-. –Esteee… pues tal vez sí. —Well, take care. —Thanks, you have a nice day. —You too, se despide.
Todavía transcurre otro cuarto de hora sin que nadie venga a buscarme. En esto, veo un coche gris (así me ha dicho Harvey que es el de su mujer) con dos indias dentro; pero al pasar ni me miran, ni parecen tampoco estar buscándome. Continúan un poco y aparcan fuera de mi vista. Luego reaparecen a pie. Vienen hacia la entrada del restaurante, que es donde yo me he apostado, y una de ellas, la de mayor edad, se me acerca y pregunta: —Do you want a coffee? —Excuse me? —A coffee, you want? —Then you are…? –Sí, la esposa del hombre que te ha traído aquí. Así que entramos y pedimos ese café. Hace las presentaciones: –Esta es mi hija Menganita. —Nice to meet you, respondo; y Menganita me dispensa una sonrisa. Es bastante guapa para ser india. Le calculo unos 28 años. Intercambiamos muy pocas palabras mientras tomamos el café. No es que sean hoscas; es sólo que son indias; impasibles. —Well, let’s go, dice la madre. Pagué y nos fuimos. Subimos al coche y, al cabo de unos 15 km por caminos polvorientos, llegamos a un descampado junto a un par de grandes pabellones. [En inglés, a todos esos pabellones, estadios, polideportivos, campos de juego, etc., los llaman arena, palabra prestada del ámbito taurino español.] Por primera vez en todo el trayecto me dirigen la palabra: –Aquí puedes acampar donde quieras y en la arena tienes duchas y servicios. –¿No hay que pagar? –No; ya nos veremos por aquí. –Adiós. Me gustó Menganita. Lástima que a ella no le gustara yo.

Reserva india de Big River, Saskatchewan
Aún no tenía elegido el lugar donde poner la tienda cuando un par de curiosos indios que desmontaban unos tipis cercanos se me aproximan, se presentan e inician el rosario de acostumbradas preguntas: de dónde eres, qué te trae por aquí, etc. Al decirles que soy español, ni se inmutan; pero no por indiferencia o impasibilidad, sino porque no saben qué significa Spanish, o lo asocian con los millones de hispanoamericanos que habitan en EE.UU. y Canadá. –Bueno, pues encantados de conocerte y que lo pases bien; ya nos veremos por aquí. A los cinco minutos, cuando ya he empezado a desplegar la tienda, se me acerca otro par con idéntico talante, y uno de ellos me ayuda a montarla. (Por cierto, me temo que he elegido un lugar con sombra insuficiente.) Al marcharme, me dicen lo mismo que los otros: –Ya nos veremos, y que disfrutes: vas a ver cosas nuevas y tal vez bailes. –Vale, gracias.
En cuanto me hube instalado empecé a notar el calor, así que me fui a pegar una ducha. Pero al inspeccionar la arena veo que las duchas no sólo están hechas una mierda, sino que son una mierda, y además no tienen agua caliente. Aparte, no hay en todo el lugar el más mísero chiringuito donde comprar algo, no hay mesas a las que sentarse, no hay agua, no hay nada. Por lo visto, en algún sitio de las proximidades hay un poblado, así que salgo a buscarlo; pero tras caminar un kilómetro no encuentro rastro de él. Sólo he visto unas escuelas, pero ningún signo de actividad comercial; de modo que me resigno y doy media vuelta. Hace un calor considerable y no dejan de pasar vehículos que, al verme, aceleran para llenarme de polvo más y mejor. Cuando regreso a la tienda estoy ya medio sudando. Me tumbo dentro, pero como la brisa viene del lado trasero no me entra ni un soplo de aire. Para colmo, en este rato la sombra del árbol más cercano se ha movido y ahora le pega todo el solazo a la lona. Intento echar una cabezada, pero hace demasiado calor, así que decido salir a hacer una segunda intentona para buscar dónde comprar algo que llevarme a la boca. Le pregunto a la única persona que veo: –Oiga, ¿sabe dónde bla, bla? –No, no soy de aquí; soy feriante. En cuanto abarca mi vista no encuentro nadie más a quien preguntar… Me quedo un rato parado, pensando qué hacer, y al final me pongo a andar en la misma dirección que tomé antes. Al cabo, veo a unos jóvenes que intentan arrancar un cortacésped a la sombra de unas coníferas, y por fin me dan una indicación útil: –Sigue el camino, y en cuanto pasas los dos colegios ves el comercio a tu derecha. Eso hago y, al fin, lo veo: resulta que estaba sólo 100 m más allá de donde di media vuelta la primera vez. Es tienda-almacén-gasolinera. Entro, pero el surtido es mínimo; todo es carísimo y la leche está agotada. Compro un refresco y unas galletas, y me vuelvo hacia el campamento.
Cuando llevo andados unos 300 m, una mujer asoma la cabeza por la ventanilla de su coche y me pregunta que por qué estoy andando por el camino. Para que los gilipollas -pienso- no me llenen de polvo al pasar, pues la senda peatonal se encuentra a sotavento del camino. Pero no se lo digo. A los 15 m se detiene y vuelve a preguntarme: —Where are you going? Comprendo, entonces, que no había querido reprocharme usar el camino: al parecer, sólo estaba extrañada de que caminase. En este continente, ir andando es algo inconcebible; algo que sólo hacen los outcast, los marginados o los inadaptados. —To the arena, respondo. —What for? –Bueno, creo que hay un pow-wow, ¿no? —Oh, yes!, that’s true; do you want us to give you a ride? Sí, gracias. Son dos mujeres de aspecto dudoso, pero me dejan al pie mismo de mi tienda. –¡Oh, mira qué tienda más mona!, dice una de ellas al verla. Y entonces comienza la batería de preguntas. –¡¿De España?! ¿Y has venido a parar a un pow-wow en una reserva india en Saskatchewan? ¡Vaya cosa más rara! –Sí -le digo-, a mí también me lo parece. –Bueno, entonces quizá nos veamos por aquí. El pow-wow empieza mañana. Vendremos a buscarte. –Bien, eso espero. Antes de marcharse, aún me preguntaron qué haría si “me encontraba a una mujer”, ya que en mi tienda sólo cabe una persona. –Eso no va a suceder, les digo. –¿Por qué? –Porque en mis 38 años de vida no me ha sucedido nunca. –¿Y si sucede? –Entonces ya nos las arreglaremos.
Al acabar de tomarme el refresco que había comprado, me dirijo a la arena para pegarme una ducha con agua fría (¡qué remedio!). Por el camino, una pareja acampada en un coche no lejos de mi tienda me interpela. –What are you doing here? Ya empieza a cansarme esa preguntita absurda: ¿qué coño puedo estar haciendo en la vecindad de un pow-wow? Pues asistir a él, ¿no? Le respondo lo mismo que a las mujeres: –Esteeee… hay un pow-wow, creo. –Sí, pero ¿qué haces tú en un pow-wow? –Bueno, pasaba por la región y me dijeron que se celebraba uno, así que decidí venir a ver cómo es. –¿Pasabas por una reserva india? –No. Pasaba por la carretera, pero me dijeron lo del pow-wow. –Tienes un acento; ¿de dónde eres? –De España. –¿Estás tratando de decirme que viniste de España a Saskatchewan, subiste a un camión y viniste al pow-wow de Big River? –Más o menos así es como ha sucedido, sí. El tipo se quedó pensativo y, al final, como quien se resigna a no entender lo incomprensible, me dio la mano y me deseó que disfrutase de la fiesta. –Tú también, me despedí.
Después de la ducha me he puesto a escribir estas últimas páginas. Llevo aquí casi dos horas y por fin se está poniendo el sol, dándome un respiro. Ojalá refresque mañana. Aunque todavía falta mucho para que oscurezca, ya no creo que haya de sucederme hoy nada nuevo digno de mención.
Estoy acordándome de Dallas Mymko, el ucraniano de estos días atrás. Huérfano de madre desde los dos años, y niño de la calle hasta su juventud, me dijo que toda mi familia junta nunca poseerá tantos coches como los que él había robado en sus años mozos.