Norteamérica 20 – Flin Flon, memorables encuentros y una brisa con aromas de antaño

Viernes, 16 de agosto. The Pas (Manitoba)

Hace una soleada mañana, y la tarde amenaza ser calurosa. Ayer, en cambio, hizo un tiempo muy bueno, soleado pero con brisa, aunque tan fuerte que a veces molestaba un poco. Estuve visitando la biblioteca, y pasé toda la mañana deambulando entre los nativos y viendo las festivas actividades: lanzamiento de hacha y lanza, careras de niños y una regata de canoas, cuyo curso seguí con interés, en la que veintiún participantes de Canadá y EE.UU., principalmente, remaron durante casi tres horas río arriba y abajo. Luego, con idea de visitar el lago Clearwater, fui a una tienda de deportes para preguntar por una bici de alquiler. No problem: 10 bucks. Me pareció caro e intenté regatear el precio. El tipo, de nombre John, me preguntó que para qué la quería, y al saber que era para ver el lago me dijo que él mismo iba a ir allí esa tarde, y me ofreció llevarme en su coche. Quedamos para dos horas después, a las seis. Durante ese rato conocí a otro sujeto que paraba en el camping, un hombre de unos 35 años, cuyo nombre ya he olvidado, que había participado en la carrera de canoas y que tenía muchas ganas de hablar. Barbita y pelito rubios, simpático y jovial, dijo ser estadounidense y llevar poco tiempo haciendo canotaje.

A la hora acordada me fui al lago con John, su hijo y su baboso perro, que me obligió a hacer todo el viaje acorralado contra el bastidor del enorme truck para evitar sus lametones; y a pesar de todo consiguió darme algunos. En la cabañita de John junto al lago, su cabin, nos esperaba Gregg, un abogado que vive en Flin Flon y que hoy, se supone, me llevará hasta allí. Pasamos la tarde entre cervezas (muchas cervezas), conversación, baños en el lago (agua muy clara y a buena temperatura) y, más tarde, calentándonos al fuego, pues ya hacía fresco. Huelga decir que también tuve cena gratis: pollo frito del Kentucky y hamburguesas, muy ricas por cierto. Luego se unió a la partida un matrimonio vecino que pasaba por allí con sus dos hijos pequeños. John tenía una moto acuática y me dejó dar una vuelta. Lo que quisiera; todo a mi disposición. Me pregunto si esta gente es tan generosa con todo el mundo o si me prodigan tantas atenciones por ser extranjero. Más de uno me ha dicho ya que soy el primer español que conoce.

A la vuelta fue Gregg quien me trajo, quizá a iniciativa de John para que no tuviese que sufrir el acoso de su perro. Hemos quedado para hoy a eso de la una. Ojalá en Flin Flon, que está 200 km más al norte, haga menos calor, pero no cuento con ello.

Sábado 17, lago Athapapuskow (Manitoba)

Acaba de dejarme Dallas junto a la autocaravana (o motorhome, como aquí le dicen), donde, tras contemplar un rato la noche, me siento para registrar lo ocurrido estas dos últimas jornadas.

Ayer a mediodía, tras decirle adiós a John, me recogió Gregg según lo previsto y me trajo hasta Flin Flon. Bueno: para ser exactos, hasta su casa de campo, a 15 km del pueblo. “¿Qué te parece –me dijo– si te quedas esta noche en mi casa de verano y te presento a alguna gente?” ¡Cojonudo!

Desde The Pas hasta Flin Flon en el coche de Gregg

La dicha casa está en un paradisíaco lugar junto al lago Athapapuskow: un sitio privilegiado, algo elevado, sobre un empinado talud que, unos metros más abajo, se resuelve en una breve pero suave playa. Todo alrededor son rocas, árboles, césped y arena. Gregg es un abogado dudosamente ético, dueño de un bufete donde trabajan seis curritos, de un hotel y de media orilla de un pequeño lago en la que piensa llevar a cabo ciertas “inversiones” urbanísticas. Posee además una casa en el pueblo y otra aquí, en el campo; tres barcas motorizadas, un jet-ski (moto acuática), un snowmobile (motonieve), dos trucks, un camión para escombros o vertidos, un motorhome y una casa transportable en camión. Pero no creo que sea feliz. Tiene mujer, hijo e hija, aunque parece que está a punto de separarse. Gran bebedor, me ayudó entre vino y vino a preparar una tortilla de patatas que luego nos comimos con Dallas Mymko, un hombre de origen ucraniano que se unió a la reunión. Pasamos toda la tarde hablando, bebiendo y, por lo que a este último respecta, maldiciendo como un renegado. Es inspector de minas, una profesión de irresistibles tentaciones; está algo así como divorciado y tiene una gran casa en el lago, construida por él mismo. Como me había dicho Gregg, es -en efecto- todo un carácter. Criado en los bajos fondos, ha sido fraile antes que cura y sostiene las más radicales opiniones que puedan oírse. Un tipo sin duda divertido, con una conversación inacabable, llena de juramentos, y una personalidad atractiva; un poco como Jaime pero más natural. Para contribuir a la cena preparó una trucha al horno, bastante rica. Cuando se fue, me quedé con Gregg –que no había dejado de tomar cubatas y tenía ya un medio pedo– hablando todavía unas horas, hasta que su cogorza fue tan grande como mi dolor de cabeza, pues también bebí mi cupo de vino. Dormí en el motorhome, cómoda, tranquila y profundamente.

Esta mañana me despertó mi anfitrión y, tras ducharme, en media hora ya estábamos en marcha hacia Flin Flon. Todo este paisaje, con sus decenas o centenares de lagos de agradables riberas y breves playas, es muy bonito. El pueblo, edificado sobre terreno granítico, tiene muchas cuestas; nada que ver con The Pas. Casi parece una localidad española, tal vez del norte. Nota característica de Flin Flon es una gran chimenea, de 250 metros de altura, perteneciente a una refinería de mineral, que es la riqueza de aquí: cobre y zinc. Salvo en el mero centro, las calles no están cortadas a cordel, como en casi todas las ciudades norteamericanas, sino que son irregulares y sinuosas.

Fuimos a la otra casa de Gregg y me presentó a su familia. La mujer, ni simpática ni antipática, parece inteligente y se conduce de una manera normal. También la niña, que con sus 15 años está la mar de buena (como casi cualquier niña de su edad, la verdad). En cambio el chaval, Aaron, con 12 años, es el típico niñato de las películas useñas, respondón, consentido y hosco. No me prestó ni puta atención al llegar y no dijo una sola palabra en todo el trayecto hasta la pista de hockey, que es adonde su padre lo llevó. Por cierto: desde ayer vengo preguntándome por qué Gregg vive en el campo y la familia en el pueblo; por eso pienso que se avecina un divorcio. Bueno, pues dejamos a Aaron en la pista y, para que yo conociese un poco la zona, el hombre me dio una vuelta en coche por un par de pequeñas localidades vecinas. Tuve ocasión de inscribirme para esta noche en el camping de Flin Flon, ya que mañana la mujer va a llevarme a Saskatoon (aprovechando que ella se muda allí para que la hija haga el bachillerato), pero al final preferí quedarme con Gregg y Dallas en el campo: así ahorro unos dólares y me aseguro la compañía.

Al regresar del tour fuimos a la pista para ver el partido amistoso de hockey en el que participaba Aaron. Me gustó mucho. El hockey sobre hielo es un deporte espectacular: rápido y trepidante, las evoluciones de los jugadores por la pista no tienen nada que envidiarle al patinaje artístico y son dignas de admiración. Allí se nos unieron la madre y la niña, y al acabar el partido llevamos al chaval a su casa. Gregg y yo nos volvimos al campo, y por el camino nos paramos a almorzar en un restaurante. Con la ayuda de Dallas, que al parecer es el espíritu de esta cuadrilla, hemos pasado la tarde arreglando las luces del remolque en el que mamá va a hacer la mudanza, y cargando en él algunas cosas. Luego se presentaron madre e hija y permanecieron durante unas horas. Aaron, por suerte, no asomó el hocico. Al marcharse se llevaron el remolque para terminar de cargar, en la casa del pueblo, el resto de los enseres. Y aquí nos quedamos de charla los tres varones. Yo me di un baño en el lago. Después hemos ido a cenar a casa de Dallas. Entre sus muchas habilidades, es aficionado a la cocina, y ha preparado unos filetes de cerdo (nada extraordinario) con guarnición de verduras y pasta (bastante rica). El vino chileno, en abundancia, ha sido cortesía de Gregg. Allí hemos estado, hablando y bebiendo, hasta hace un rato. A mitad de la conversación, Gregg se quedó dormido, y Dallas y yo seguimos dándole a la sin hueso hasta casi la medianoche. Entre otras cosas, me expuso su teoría del cangrejo (un cangrejo solo es capaz de salir de una cesta, pero si hay más de uno no puede, porque los otros se lo impiden) y me enseñó a sacar un corcho del interior de una botella, usando una servilleta, mediante un truco de lo más ingenioso. Lo hemos pasado bien. Al final me ha traído en su four wheeler hasta la casa de Gregg, dejándolo a él allí, dormido en el sillón.

La noche está templada; casi diría que cálida para esta latitud. Una brisa tibia que sopla del lago me acaricia a rachas y me trae los aromas de la orilla lejana. A la incompleta oscuridad de la noche septentrional, bajo un cielo despejado y escaso de estrellas, puedo discernir cuanto me rodea: la terraza de madera donde me hallo, la playa a mis pies, los árboles y casas vecinos, el lago, la orilla de enfrente, salpicada con algunas luces de viviendas. El único sonido, aparte del constante y rápido batir de las pequeñas olas en la arena, es el canto de unos pájaros que, en el otro extremo del lago, parecen lobos aullando. Me he quedado enganchado en la noche y no logro desprenderme. La paz es absoluta, el sonido, sedante y la brisa, balsámica. ¡Ay -me digo- si tan sólo tuviese algún amigo aquí con quien compartir todo esto! Me acuerdo de aquellas remotas, remotísimas noches en Naranjo, con el tío Cándido: mesa tocinera y quinqué, gazpacho y radionovela, grillos y el lejano ruido de las cosechadoras; asombro juvenil, aire tibio, la blanca fachada del cortijo reflejando la luz de la luna; también recuerdo aquellas otras en Cartagena, cuando Pachi y yo aprendíamos a conocernos bajo las palmeras del paseo –baldosines de colores, azulejos rotos– o sobre la arena de la playa. ¡Si tan sólo pudiera tenerla aquí unos minutos, sentir su mirada, el roce de unos brazos, de unos labios..! Nada más querría.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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