Miércoles, 13 de agosto (continuación)
Mientras estuve en ese cruce hice dedo a varios coches, pero no paró ninguno hasta que, al cabo, vi acercarse una Ford F350 que arrastraba un enorme remolque de caballos; pero no me molesté en ponerle el dedo porque la conducía una mujer. Y sin embargo se detuvo y me ofreció llevarme hasta Swann River, lo cual le agradecí infinito. El aire acondicionado de la cabina fue como un oasis para mí; y más aún lo fue la parada intermedia que hicimos para cargar agua en un manantial junto a la carretera: agua purísima de la que me apipé, porque la Coca-cola no había hecho sino darme más sed. La mujer era granjera y tenía una enorme cantidad de tierras, cultivos, vacas y caballos (cuyos orines aprovechaban para no sé qué industria química). Le pregunté que por qué me había recogido. Me dijo que le di pena, bajo el sol, en tal día de calor (31 grados).
En Swann River, un indio impasible con un super-truck me llevó hasta el cruce de Birch River mientras me hacía una serie de preguntas encadenadas cuyas respuestas no parecieron merecerle ningún comentario.
El cruce era un lugar, literalmente, in the middle of nowhere, de modo que al cabo de un buen rato de inútil espera ya me veía acampando tras un viejo galpón cercano; pero un simpático fulano en una camioneta toda descojonada, que trabajaba de conductor para una empresa de reparto de combustible, me dio un ride hasta Mafeking, un pueblo de apenas 300 habitantes donde me sentí más o menos “a salvo” porque había un parquecillo en el que, según me dijo el hombre, podía acampar gratis. Sólo que no había duchas. En cualquier caso, como al día siguiente su jefe viajaba hasta The Pas, lo prevendría de mi probable presencia en la ruta y le diría que me llevase si me veía. Pero mi sensación de seguridad no tardó en esfumarse al ver el ganado que pululaba por allí. Primero, dos sujetos que parecían miembros de la mítica “tribu de los Indios Gorrones” me indicaron, en un pésimo inglés, que “theis a cap’l guys goin’ to d’paa” (hay un par de tipos que van a The Pas), pero resultó ser falso. Luego, otro indio salió del lugar en que estaba encalomado, tras una construcción (y no sé cómo pudo verme desde allí), y me pidió dinero para un café; cosa que luego repitió con otros transeúntes. Más tarde vi a los tres indios juntos, todos lobos de la misma camada. Aparte, no dejaban de ir y venir, carretera arriba y abajo, los mismos coches de macarras en un hervor de actividades inciertas e inconcretas.
Antes de establecer mi campamento decidí pasar, junto a la carretera desierta, las dos últimas horas de mi “jornada laborable”, por si sonaba la flauta, pero con tan pocas esperanzas y tan escaso convencimiento que, en lugar de estar de pie, me senté en el arcén, limitándome a levantar mi cartelito –THE PAS, PLEASE– a algunos de los coches que pasaban. Cosa de una hora después se detuvo a mi lado un coche al que no le había mostrado siquiera el cartel, ya que era un todoterreno nuevecito (de los que, en mi clasificación, “nunca paran”). De él se bajó un hombre, abrió el portón trasero y me dijo: “Come on. Don’t you go to The Pas?” “How do you know?”. “I saw your sign a while ago”, me respondió. Yo, la verdad, no había reparado antes en ese coche, pero con el cansancio que tenía acumulado tampoco era de extrañar. Y hasta The Pas me trajo. El hombre tenía en torno a los 50 años, alardeaba de haber viajado mucho, tenía una conversación inteligente y ágil, una cultura considerable, unas opiniones de lo más razonables, amaba la naturaleza, era algo misántropo y, me temo, bastante superficial. Me pareció una de esas personas encantadas de haberse conocido. El viaje, de unas dos horas, fue muy agradable, aunque el tipo llevaba el aire acondicionado a tal potencia que casi pasé frío. Llegamos a las ocho de la tarde, la hora perfecta para poner mi campamento. ¿Le apetecería a mi benefactor tomar más tarde, o quizá mañana, una cerveza a mis expensas; o tal vez estaría muy ocupado? Sin duda estaré muy ocupado, me dijo. Pues nada, tú te lo pierdes – pensé. Nos dijimos adiós.

Del cruce de Garland hasta The Pas
Más de doce horas en la carretera y un total de siete conductores diferentes es el balance final para llegar hasta aquí. Ha sido uno de los días más largos de mi peregrinaje.

Vista general del recorrido total de hoy
El camping, bien cuidado, es muy pequeño, está en la misma ciudad y junto al río, en un lugar precioso; una gran parte de la vista es campo y agua: el ancho río Saskatchewan. En cuanto llegué, me saludó un matrimonio vecino. Eran poco mayores que yo, de unos 45 años, y -no te lo pierdas- tenían ya nietos. Aunque, a juzgar por el aspecto de ella, no me extrañó tanto, pues salvo algunas arrugas en la cara y un ligero deterioro de la piel, estaba cañón. Muy simpáticos, enseguida trabamos conversación y me cayeron dos cervezas gratis. Después de inscribirme en la oficina (cuyo encargado era un chaval simpatiquísimo) y quitarme, con una ducha, los dos litros de sudor que llevaba encima, me invitaron a cenar con ellos. Hablamos hasta el anochecer, hasta que los mosquitos salvajes desencadenaron su furia y no nos dejaron tregua, obligándonos a refugiarnos en nuestras tiendas. Eran de Ontario (el matrimonio, no los mosquitos), venían de vacaciones con intención de ir a Churchill, y tenían dos hijos. El mayor, casado con una hija de españoles que ya tenía un hijo, de soltera, esperaba ahora mellizos. La menor, quinceañera, había quedado embarazada por accidente y ya era madre. Si está como la abuela, se comprende.
The Pas es una ciudad dividida en dos partes por el río, y bien diferenciadas: en el norte, una comunidad de nativos Cree; en el sur, el hombre blanco. Una ciudad ideal para hacer un estudio sociológico comparativo de las dos razas. En la mitad norte las casas están dispuestas o agrupadas en clusters, como había visto en Chisasibi, donde sólo a duras penas puede discernirse algo parecido a una calle. Todo está sucio como la madre que lo parió, hay muchos de coches grandes, tienen un buen estadio de invierno y un mall completo. Se ve que circula el dinero del Gobierno. La mitad sur es convencional, como cualquier otra ciudad pequeña norteamericana, y con calles muy anchas, al estilo de Dauphin. El camping está en la zona blanca, claro. Estos días los indios celebran el Opaskwayak Indian days, que no sé en qué consiste; supongo que una especie de fiesta, pero no es un pow-wow ni un mamwido.
Esta mañana, tras levantarme y desayunar, me he acercado al mall para hacer colada (al cabo del tiempo la ropa “lavada” a mano necesita un lavado de verdad) y de camino he podido ver una especie de cabalgata festivo-comercial con trucks y tractores adornados con diversos motivos y publicidades; algo parecido a nuestras carrozas. Iba a intentar hacer dedo para visitar el parque Clearwater, a unos 30 km de aquí, pero hacía un sol de justicia y no me apetecía aguardar al borde de la carretera a que alguien se dignase en darme un jalón. Además tengo los brazos quemados por la solanera que me pegó ayer, así que tal vez lo deje para mañana morning. El resto del día lo he pasado sin hacer gran cosa, leyendo y viendo una peli en el cine.