Norteamérica 18. Trenes de una milla y el inclemente sol de las praderas

Lunes, 11 de agosto. Mismo lugar.

Ayer por la tarde asistí, a escasos metros de las vías, al impresionante paso de un larguísimo tren de mercancías por el pueblo. Algo en verdad digno de contemplar. A la dudosa luz del atardecer se veían hacia oriente, desde muchos quilómetros de distancia y bajo una gigantesca luna roja, los focos de la locomotora reflejándose y repitiéndose en los raíles como dos rayos; y se escuchaban graves -nítidos pero lejanos- sus insistentes pitidos de aviso. Casi diez minutos después, el tren hizo su entrada en Dauphin y pasaba de largo. Dos locomotoras lo arrastraban: una en cabeza y otra a mitad de su longitud: ochenta vagones, nada menos. La tierra temblaba a su paso y yo sentía la vibración en los pies. Cuando aún no habían pasado las tres cuartas partes del tren, la bocina de la locomotora se oía ya débil hacia el oeste, donde el sol se había puesto un buen rato antes. La escena me dejó boquiabierto durante un buen rato: nunca antes había visto nada igual. A estos trenes, por lo visto, los llaman “de una milla” porque miden 1600 metros.

Un poco de lectura y unas vueltas por el pueblo trajeron la noche. Tardé más de media hora en encontrar un bar. Una Molson Canadian, la cerveza nacional, me sirvió para entablar conversación con el camarero. Tras preguntarme por las generales de la ley (de dónde era, qué hacía allí, adónde me dirigía), me invitó a la segunda cerveza. Pero el bar estaba vacío, así que al cabo de una hora ya me encontraba de vuelta en el camping, dispuesto a acostarme. La noche, silenciosa y templada, no pudo ser mejor.

Esta mañana me he levantado sin prisas, a eso de las nueve; he desayunado y he estado dudando durante dos o tres horas si continuar camino o seguir aquí algo más. Al final he decidido quedarme hasta mañana, entre otras cosas porque hace mucho calor y no me apetece ponerme en carretera con las dos mochilas al hombro.

Hay en Dauphin una iglesia ortodoxa con tres cúpulas de cebolla. Normal, dado que viven tantos ucranianos aquí. También hay una biblioteca, donde he podido conectarme a internet y ponerme al día con el correo. Además he aprovechado para enviar algunas postales.

No sé si he dicho que el camping, que es parque y área de picnic, está dentro de la ciudad, cosa poco frecuente y que me resulta la mar de cómoda, pues todo queda a mano. En Norteamérica el campismo está dirigido sobre todo a la gente mayor, y los campings están llenos de matrimonios jubilados con sus caravanas. Es raro ver tiendas pequeñas, como la mía. La poca gente joven que hay suelen ser niños, lo cual, desde mi punto de vista, no sé si es ventaja o inconveniente, por aquello del jaleo. Pero los reyes indiscutibles son las bus-caravans, el último grito en campismo. Mucha gente las tiene; y me alegro por ellos; pero para mí son una puñetera peste, porque como son difíciles de estacionar, cada vez que llega una no pasa inadvertida, con su aparato de ruido y maniobra. Verdaderos autobuses en forma y tamaño, a menudo se pueden “ensanchar” una vez estacionadas, proporcionando tanto espacio interior que hacen casi inútiles los esfuerzos de los diseñadores por aprovechar al máximo el espacio, tan limitado en las rulós convencionales. En esa competición, la fuerza bruta le ha ganado a la maestría. Hoy han llegado varias; entre ellas, dos procedentes de EE.UU., en comandita, que se han tirado media hora para ubicarse y aparcar. Estos mostrencos ya ni siquiera pueden llamarse RVs (recreational vehicle), sino que son auténticas casas rodantes. Muy buena opción, la verdad, para quien se lo pueda permitir.

En el otro extremo del estilo de acampada están los ciclistas solitarios, como el que estoy viendo establecerse desde donde escribo. “Canadá, un hombre y su bicicleta”, podría titularse la película. La bici me parece un medio de transporte interesante para hacer, a lo mejor, el camino de Santiago, 1000 km a lo sumo; pero cruzarse este vasto continente, que es lo que hacen estos ciclistas, me parece un sacrificio excesivo, más propio de una penitencia que de un espíritu viajero. Ahí anda el hombre, con su minúscula tienda monoplaza modelo torpedo, supongo que ultraligera, haciendo la colada y pegándose una saludable cena vegetariano-proteínica acompañada con agua. Y después de darse una ducha, va el tío y se embadurna entero con repelente para los mosquitos. Para eso no te hubieses duchado, amigo. ¡Ah, estos solitarios reñidos con la humanidad! Yo, por mi parte, voy a tomarme otro par de cervezas esta tarde en este pueblo de guapas e indiferentes ucranianas; pero intentaré acostarme pronto porque mañana me espera una dura jornada de autostop. ¿Quién sabe?, quizá la soledad esté afectándome a mí también.

Miércoles, 13 de agosto. The Pas (Manitoba)

Cuando anteayer escribí las palabras “dura jornada” no imaginaba hasta qué punto iba a serlo. Tras dejar a un lado el diario, salí a tomarme ese par de cervezas en un bar más solitario aún que el de la noche anterior. Esta vez no me cayó ninguna invitación, pero sí un rato de charla con los dueños. Me acosté a una hora más o menos razonable. Como el cielo estaba despejado, le quité a la tienda el doble techo y lo plegué con idea de ahorrar tiempo a la mañana siguiente; pero no conté con las leyes de Murphy: de madrugada vinieron a caer unas gotas que me hicieron salir y ponerlo de nuevo a toda prisa. Al terminar la tarea estaba amainando ya, y no volvió a llover, así que trabajo y sueño perdidos. De hecho, después de eso ya casi no pude dormir más, así que me levanté el campamento bien temprano y a las 7:20 ya estaba en la carretera.

A eso de las 9, dado que aún no me había recogido ninguno de los muchos vehículos que pasaban, fui andando unos kilómetros hasta el próximo cruce con idea de “filtrar” el tráfico favorable a mi ruta. Ese primer fracaso me hizo modificar ligeramente mi opinión sobre los “buenos campesinos”: no sé si su reticencia se debe a un miedo reverencial al autostopista, o a que nunca antes han visto uno y no saben qué significa el gesto de extender el pulgar. Al cabo de un buen rato paró un tipo con un viejo pick-up. Su aspecto me intimidó un poco: un hombre feo con ganas, bigotudo, picado de viruelas, sin afeitar, con un sombrero vaquero encajado hasta las cejas de un modo ridículo y, lo más significativo, una nariz gorda y colorada y una voz pastosa que le daban un inequívoco aspecto de borracho. Me ofreció un lift de apenas unos quilómetros. No obstante sus pintas, y teniendo en cuenta que un ride es un ride, en vista de lo jodida que se presentaba la mañana dejé a un lado todas las precauciones y acepté.

Fue un acierto. No sé si el hombre era un borracho, pero lo cierto es que en ese momento no lo estaba: es que el pobre tenía esa cara. Se trataba de un campesino de los alrededores que había ido a Dauphin a comprar una pieza para su trilladora. Al enterarse de que yo era español no salía de su asombro, profiriendo exclamaciones un poco cómicas. Me recordó a Santi. Tanto le divirtió mi procedencia que se desvió un poco de su camino para llevarme hasta Ashville, donde, de paso, recogería su correo. Al despedirnos me dio las gracias -¡él a mí!- por el rato tan enjoyable, y lo vi desaparecer en el interior de la gas-station/groceries/post-office de Ashville, exclamando todavía para sí: “Oh, Spanish! Oh!”

Ashville podía, tal vez, tener mucho de Ash (ceniza), pero tenía muy poco de ville, salvo que a un conjunto de exactamente tres viviendas, más la gasolinera, pueda llamársele villa cuando apenas merecería la calificación de aldea. La siguiente localidad en mi camino, Ethelbert, estaba a 40 km. Media hora de espera en el arcén, sin éxito y a razón de un “buen campesino” cada cinco minutos, activó mi impaciencia: me puse a caminar, diciéndome que en el peor de los casos podría llegar antes de la noche. Una bobada, la verdad, porque al final siempre hay alguien que te recoge, y entonces resulta que te has dado la caminata en balde; pero en circunstancias tales me resulta psicológicamente menos duro andar que estar parado en la cuneta, y además el caminar sirve como “seguro anti deserción”: cuando llevas avanzados a pie unos cuantos kilómetros es más difícil rendirte, cambiar de planes o volver al lugar de partida.

Llevaba ya un largo trecho recorrido bajo un sol de justicia cuando me recogió un estadounidense que decía haber servido en los marines y tener ahora un par de negocios por la zona: un taller de neumáticos y una tienda de alimentación. Hablaba algo de español porque, cuatro años atrás, había vivido un año y medio en Costa Rica, y se empeñó en desengrasar conmigo sus habilidades bilingües. Me llevó hasta Ethelbert y me prometió encontrar, entre sus muchos conocidos, alguien que me llevase más hacia el norte; pero no lo consiguió, o no le puso demasiadas ganas, así que, en lugar de cumplir, le endosó la tarea a las dependientes de dos tiendas junto a la gasolinera. Luego me tendió una tarjeta de visita para que lo llamara en caso de tener algún problema, y se marchó.

Aproveché para descansar un poco y tomarme una Coca-cola. Abordé a un par de camioneros que pararon a echar combustible, pero ninguno accedió a llevarme, de modo que me puse de nuevo a caminar por la carretera. Varios quilómetros más adelante, tras rematar una larguísima recta, paró otro tipo con una mierda de truck que había comprado dos semanas antes por 600 $, según me dijo. No me enteré del oficio ni las andanzas de este hombre porque apenas vocalizaba y, además, la turbulencia del viento en las ventanillas abiertas hacía mucho ruido. Me dio un jalón de apenas 10 km y me dejó cerca del cruce a Garland. Allí, unos operarios que trabajaban en los postes de la luz me informaron de que hasta Pine River me quedaban once millas y de que en Garland -pese a lo que decía mi mapa de carreteras- no había camping. Continué andando otro par de kilómetros y, en el cruce de Garland, me detuve y eché las mochilas al suelo: si tenía que achicharrarme bajo el sol, que fuese al menos sin pesos ni obstáculos adicionales.

Tres cortos jalones para ir de Dauphin a Garland

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
Esta entrada fue publicada en Norteamérica en autostop. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.