Jueves, 9 de octubre. Cle Elum (Washington).
Mis movimientos por Penticton durante el martes y el miércoles fueron tan irrelevantes que no vale la pena intentar recordarlos. Salvo un par de paseos más o menos largos, pasé la mayor parte del tiempo leyendo o cocinando. Había comprado ingredientes bastantes como para una que otra convidada general, pero por último decidí obviarlas porque allí nadie apreciaba mi esfuerzo ni mi buena disposición, así que al final tuve que comérmelo yo casi todo. Y es que, aunque en ese hostal paraban entre quince y veinte personas, fue -hasta el momento- el que tenía peor ambiente; cosa que atribuyo a un exceso de huéspedes de prolongada estancia: entre ellos formaban una especie de club que resultaba de difícil acceso y hacía que cualquier nuevo viajero se sintiera un extraño. Tony, el primero con quien trabé conversación, me pareció el cabecilla; y de hecho vivía allí. Era un tipo alto y delgado, con un vestir entre elegante y bohemio (pantalones de pinzas, chaleco, chaqueta de pana, gorro inglés), jubilado, sociable pero distante. Había también una pareja de ardua clasificación: él, un gilipollas de pelo largo, rubio, rizado y con coleta, trabajaba recogiendo fruta y sólo saludaba a los de la camarilla; ella (la única que me saludaba siempre) era una chica simpática con una ambigua relación de pareja, pues aunque le daba a él acceso a sus labios, pasaba la mayor parte del tiempo con Tony, quien parecía ejercer sobre ella una especie de fascinación dimanante -supongo- de su madurez e innegable atractivo (pese a sus cincuenta y tantos años). Tuve la impresión de que a la chica le habría apetecido hablar más conmigo pero que la inhibían los lazos de grupo. Después, otra pareja sin personalidad alguna que tampoco se trataba con nadie más (ella de actitud acomplejada y voz mortecina, él un hombre sin rostro). Aparte, cuatro recolectores de fruta que me parecieron de esos que, por trabajar sin permiso, creen estar viviendo una gran aventura, y que, celosos de su protagonismo, no querían compartirlo con nadie. Curiosamente, a partir del segundo día la actitud hacia mí de dos de ellos se cerró, en lugar de abrirse; tal vez porque llegara hasta sus oídos un comentario que hice respecto a que allí nadie hablaba claramente. Llegó una holandesa con mucho desparpajo que se presentó espontáneamente a todos, menos a mí; lo cual, por la noche, no le impidió pedirme -viendo que yo era el único que quedaba despierto- que le adelantara los cinco pavos de depósito por la llave, pues se marchaba temprano al día siguiente. Tampoco faltó la pareja de lesbis, suizas ellas (gorditas y no muy agraciadas, por cierto), que debían de creerse muy interesantes porque no le dirigieron ni una palabra A NADIE, así con mayúsculas. Uno de mis compañeros de habitación, ciclista, bajito, rubio, coleta larga, con un aparatito para liar pitillos, totalmente asocial y más raro que un perro verde, no respondía cuando le hablaban, ni siquiera a los buenos días (salvo a mí, por alguna extraña razón); pero puedo decir en su favor que no comulgó con el “club” ni por un momento. Después llegaron dos huéspedes más, en plan duro y asocial. Aparte, había un quebequense, tal vez el único majo de la partida, que había hecho de recoger fruta un estilo de vida, vagabundeando y recorriendo el país de pueblo en pueblo, de orchard en orchard, allá donde hubiese recolecta en la que trabajar; y sin embargo -o tal vez por eso mismo- no se daba la menor importancia: un hombre sencillo y muy sociable que se acostaba con las gallinas y madrugaba con los gallos. Vestido con un abrigo modelo “vagabundo”, y atusándose la extravagante perilla, me contaba con su marcado acento francés dónde había que “ir a la fruta” en cada época, qué labores había que hacer en los orchards, qué variedades de manzana se cultivaban, etc. Era el único de los ilegales que no hacía ningún secreto de la recogida; y estoy seguro de que, de habérselo pedido, me habría dado indicaciones concretas. Por último, tampoco encajaba allí para nada una india (de la India) bajita, feúcha, viejita, simpática y muy charlatana. Me cayó muy bien, a pesar de que, con ese fuerte acento de su país, apenas la entendía.
Pues bien: aunque me mostré abierto a todos y a menudo ofrecí a unos y otros compartir mis platos, nadie me convidó a una mala cerveza ni me brindaron unirme a ellos en ninguna de sus reuniones, juegos o francachelas. Ni siquiera se acercaron a pedirme consejo cuando intentaron hacer tortilla de patatas (me habían visto hacer una el día anterior), tal vez por temor a que si me involucraban en la preparación se verían obligados a compartir conmigo el resultado y -¡Dios no lo permita!- la sobremesa. De manera que, cuando ayer por la tarde llegó Jamie y se mostró como una persona normal, enseguida nos entendimos, quizá no tanto por compatibilidad de caracteres como porque allí nadie más parecía dispuesto a hacer amigos. Gustoso le ofrecí la mitad de mi cena, gustoso lo acompañé a tomar unas cervezas (invitación suya), gustoso compartí con él mi desayuno esta mañana y, más gustoso aún, acepté que me llevara hasta la frontera. Era un jubilado de casi setenta años que había trabajado para el gobierno y que ahora, más por afición que para ganar dinero, conducía un freight truck (camión no articulado) en semanas alternas. No tenía claros sus planes de viaje, y en cuanto se enteró de que yo quería cruzar la frontera y necesitaba un ride se ofreció a llevarme. Así que esta mañana, tras desayunar, nos pusimos en marcha. Sólo me despedí de Chu -uno de los dos japos que allí había, nada asocial, que se hizo una foto conmigo- y del perro verde, que pese a todo me cayó en gracia: al menos no era un hipócrita ni un vanidoso. ¡Con qué ganas me marché de ese hostal y su ambiente de mierda! Largos se me hicieron los tres días que allí pasé. Pero, aunque sólo fuera por haber conocido a Jamie, valieron la pena.
La carretera que discurre por el estrecho y fértil valle Okanagan al sur de Penticton es preciosa, siempre entre viñedos y orchards, todo el rato junto al río o bordeando algún lago, y flanqueada por sendas sierras casi desérticas donde, por toda vegetación, sólo crecía matorral bajo y algunos pinos dispersos. De hecho, según los lugareños, ése es el único desierto del Canadá. Como en el valle se cultiva la vid, pasamos por muchas pequeñas bodegas de gestión familiar, pero aunque quisimos visitar alguna, o estaban fuera de temporada o la hora de las visitas no nos convenía; de modo que enfilamos directamente para la frontera.
Yo pensaba [al escribir el diario no recogí la razón, y por supuesto ahora no la recuerdo] que aquella reentrada a USA me resultaría complicada, pero fue la más sencilla: ninguna pregunta, ninguna pega, ningún requisito: sólo rellenar una ficha y pagar 6 $. Desde allí, Jamie todavía me llevó a Tonasket, un pueblo unas millas más allá, donde él giraba hacia el este y yo continuaba hacia el sur. Al despedirse me dio una tarjeta de visita y prometí enviarle un correo. Había sido un compañero verdaderamente amable y generoso.
Tras situarme en posición, no tardó en cogerme un tipo bastante simpático y con una amena conversación que me llevó otras cuantas millas al sur, aunque me dejó en un lugar bastante malo. Mientras esperaba, un conductor me lanzó un bocata desde el coche; no sé si como penitencia por no haberme subido o en ademán de burla o desprecio; pero el bocata me sentó divinamente. En menos de una hora me recogió un vejete que, en principio, había pasado de largo pero que luego se arrepintió y dio media vuelta. Pese a todos los pronósticos, las agoreras y difamatorias palabras, los vituperios que los canadienses en general (y mi último roommate en particular) vierten hacia sus únicos vecinos, lo cierto es que me está resultando más fácil hacer dedo en EE.UU. que en Canadá.

De Penticton a Cle Elum con Jamie, Bob y dos más.
Mi último benefactor del día, Bob, viajaba hasta Oregón, y al enterarse de mis planes me ofreció llevarme hasta donde él iba y hacer noche juntos, a mitad de camino, en casa de una sobrina suya (cuyo nombre no se me ha quedado) en Cle Elum. Acepté encantado. Nuestra conversación ha sido todo el rato fluida e interesante. Bob lleva en el coche -un flamante Jeep rojo- una pegatina que dice “Praise for America” y es muy crítico con su gobierno, con el malgasto, el derroche y las subvenciones a tutiplén del welfare state. El viaje ha sido precioso: primero por el mismo valle del Okanagan (que aquí escriben Okanogan) y por último cruzando el Wenatchee National Forest, un parque nadional poblado de coníferas, poplar trees (álamos) y otras variedades. Al llegar Cle Elum, su sobrina me acogió muy bien (previa una breve entrevista con el tío para ponerla al tanto de la situación), mas no el marido, Rod, a quien no pareció entusiasmarle la idea. No obstante, todo ha ido bien. Antes de meter mano a la cena, mi religioso benefactor se marcó un minuto entero de silenciosa oración, humillada la pecadora cabeza, cerrados los contritos ojos y cruzadas las culpables manos. La típica americanada. Hemos cenado una carne de venado algo decepcionante: nada que ver con como la preparan en mi tierra, la verdad. No sé a qué se dedica este matrimonio: ella parece trabajar, y él (de unos 50 años) parece estar ya retirado, ya que cocina, hace la compra y es ama de casa. Me han ofrecido el sofá para dormir. Quizá no sea lo mejor que tenían disponible, pero es mucho mejor que dormir en un camping, sobre todo porque, aunque en este valle hace calor de día, en cuanto se pone el sol la temperatura baja de lo lindo. Aún no son las nueve, pero los otros se han ido ya a dormir. Así que aquí estoy, cómodamente hospedado en esta confortable casa y aprovechando, para escribir, el silencio de la noche, sólo turbado por un cercano pero ilocalizable sonido de agua que fluye, borbotea o cae (¿una fuente artificial?, ¿un albañal no soterrado?, ¿un curso de agua bajo el piso?, ¿un depósito que se llena?) Creo que he reentrado a EE.UU. con buen pie.