Viernes, 31 de octubre. Flagstaff (Arizona).
Los últimos días han abundado en fiascos y cambios de plan. La noche del martes, aunque la pasé a la intemperie, no fue mala. Salvo un sobresalto que un conductor perdido me dio al recalar un rato en el visitor center, y una fuerte brisa que se levantó de madrugada y me obligó a ponerme al socaire, dormí con relativa comodidad. Me levanté bastante temprano y, tras recoger mis cosas y aprovechar la diferencia horaria para llamar a España, me puse a hacer dedo frente a un casino cercano. Casi dos horas después me recogió un vaquero auténtico en su vieja camioneta. Tenía un acento de mil diablos e iba vestido al estilo cowboy, con sus botas, su zamarra sin mangas, su pañuelo al cuelo y su sombrero pajizo de ala ancha. Buena gente, rudo y sencillo. De camino, en mitad de una vasta meseta muy plana y una recta de 50 km de largo, nos pasamos un momento por su rancho: un par de construcciones de madera y unos corrales con caballos y vacas. Llegados a Kingman, me dejó sobre el cruce de la carretera hacia Peach Springs. Con ese único ride del día se agotó mi suerte para el miércoles: tras zamparme en un fast-food cercano dos hamburguesas de a dólar, estuve la friolera de seis horas en el arcén, primero en dirección Peach Springs, luego en la autopista que va hacia el este (Interestatal 40), sin conseguir un mal jalón. ¿Y por qué aguanté seis horas? Porque no tenía otra opción, pues de Kingsman sólo salían dos autobuses hacia Flagstaff, uno de madrugada y otro a las siete de la tarde, así que hasta esa hora estaba allí atrapado. O sea que fue un día perdido. Eso sí, mientras esperaba vi algo muy interesante: el humo de unos incendios que había cerca de Los Ángeles (100 millas al SO) cubría el cielo de Kingman y velaba el sol de modo que se lo podía mirar directamente. Pues bien, en el centro del rosado círculo se distinguían muy bien dos manchas solares gris oscuro.
A las diez de la noche llegué en bus a Flagstaff, donde tuve la fortuna de coincidir con Shu, un malayo que había trabajado seis años en Rhode Island y ahora estaba recorriendo USA en coche antes de volver a su país. Me dijo que al día siguiente se iba al cañón del río Colorado y me propuso acompañarlo. Yo, de mil amores; y en eso empleamos el jueves. [En el diario no cuento dónde conocí a Shu y dónde pasé la noche, pero, por lo que escribo después, debió de ser en un hostal.] La carretera iba casi todo el rato por territorio indio y pasaba por un par de “pueblos” (almacén, gasolinera y restaurante) en mitad de una llanura infinita, azotados por un fuerte viento que le daba al paisaje un impresionante aspecto de desolación. Lo malo es que ese viento traía desde 300 millas de distancia el humo de los incendios en California, y la visibilidad en la región era muy reducida. Aun así, y pese a la clavada de 30 $ percápita, la visita al cañón valió la pena. Es espectacular. Tan ancho (12 millas) que, a causa del humo, apenas se veía el borde opuesto, y tan hondo (1 milla) que, desde el borde, no se ve el fondo. Ya me habían contado que su inmensidad hace que pierda uno la noción del espacio, lo cual vuelve más difícil apreciar cuán majestuoso es. Nuestra mala pata no se limitó a la turbia atmósfera de esos días: por un lado, la pobre indicación de los buses internos nos hizo perder dos horas; por otro, el viento era tan fuerte que no pudimos hacer, aunque lo intentamos, la bajada al fondo del cañón: llegados a un recodo donde la senda esquiva un risco, el viento se aceleraba de tal modo que temimos ser empujados hacia el abismo. Además el polvo nos cegaba. Así que, como alternativa, decidimos ir en coche hacia el este por la carretera que bordea el cañón y regresar luego por Cameron. Esto fue una buena idea, porque esa ruta tiene varios miradores desde los que, al atardecer, hay espléndidas vistas del desfiladero. A la vuelta pasamos junto al río Little Colorado, que también discurre por un cañón, pero bastante más estrecho. Todo el rato compartimos comida, agua, peso y gastos, y por la noche nos tomamos unas cervezas. Por cierto que en el cañón conocimos a dos polacas, Anna y Ewa, una guapa y la otra normalita, cuyo rollo no llegué a entender. Eran estudiantes y no tendrían más de 24 ó 25 años. Desde el principio la guapa pareció buscar mi compañía pero no querer nada más. Decía tener novio.

Ride a Kingman con el cowboy, bus a Flagstaff, y tour por el Gran Cañón con Shu
Esta mañana se fue Shu porque las condiciones atmosféricas no auguraban mejora de visibilidad. Me pareció un tipo inteligente y simpático. La polaca guapa me había contado ayer que hoy había una improvisada excursioncilla a Sedona, y me animó a unirme. El viajecito lo había propuesto una mujer que esta misma tarde regresa a su casa en Tucson (adonde ofreció darme un ride que lamento mucho no haber aprovechado). Fue entretenido y chulo, por una carretera muy vistosa que baja todo el rato por el cañón, de intenso color rojo, del río Oak Creek y desemboca en un ancho valle del que emergen altas mesas al estilo Monument Valley (el de las películas del oeste). A diferencia del semiárido cañón del Colorado, este tenía arboleda.
He ocupado el resto de la tarde en tareas varias. Mientras en el salón del hostal celebran Halloween, me he puesto a escribir. En lugar de unirse a la fiesta, la polaca guapa ha preferido arrimarse a mi mesa y charlar conmigo un rato; pero a la hora de marcharse (su tren a San Francisco sale a las 10 pm) se ha despedido sin darme una dirección ni pedirme la mía. Podía haber tomado yo la iniciativa, claro, pero estoy escarmentado de niñatas que no saben lo que quieren. Así que encantado de haberte conocido. En la habitación contigua están organizando un buen jaleo con el Halloween. ¡Qué buen día para haberlo pasado en el desierto en lugar de en un hostal! Y aún no sé adónde voy a dirigirme mañana, porque cualquier ruta que tome pasa necesariamente por hacer dedo en una autopista.
Domingo, 2 de noviembre. Cerca de Why (Arizona).
Ayer por la mañana, charlando plácidamente en el hostal con algunos huéspedes agradables mientras me tomaba el desayuno (incluido en el precio), apalabré un ride a Tucson para hoy en caso de no conseguir jalón. Después recogí mis cosas y me fui a la carretera a probar suerte, dándome a mí mismo un plazo de dos horas, tras las cuales volvería al hostal y esperaría hasta hoy para el prometido ride. La primera hora y media en la autopista a Fénix (o Phoenix, como la llaman ellos) fue un fracaso, así que me fui a la carretera secundaria que va por Sedona. Allí, quince minutos antes de expirar el plazo que me di, me recogieron tres mejicanos. Tras casi dos horas de viaje, durante las que la temperatura fue aumentando apreciablemente a medida que bajábamos en altitud y latitud, llegamos al laberinto de autovías de la enorme área metropolitana de Fénix, llamada el Valle del Sol. Por suerte, me dejaron en un lugar no del todo malo para mis fines. Primero fui lo más lejos posible hacia el oeste en un bus urbano; luego, una larga caminata haciendo dedo me proporcionó un ride a Avondale, a cargo de un negro café con leche (el primer negro que da un lift) con un acento terrible y que en todo el tiempo no hizo más que renegar de la policía porque le habían puesto una multa. Desde allí, sendos mejicanos me dieron dos rides más, y llegué a Buckeye media hora antes del ocaso. Pero ahí, contra lo que dice mi mapa, no había camping. Seguí andando hasta el cruce con la 85, adonde llegué a la puesta de sol.
Era ya algo tarde para hacer autostop, pero lo intenté un rato más. Mientras esperaba, una mejicana que acababa de cerrar su puestecillo de comidas se me acercó, acompañada por su hijita, y ésta me dio una botella de agua. Ninguna de las dos me dijo una sola palabra, como si fueran mudas, ni respondieron cuando les di las gracias; pero me hicieron adiós con la mano al subirse al coche. Cuando tuve claro que ya no iba a conseguir otro jalón, decidí acampar. En una gasolinera vecina compré un bocata de queso, un brik de leche y unos donuts. Puse la tienda entre unos arbustos cercanos, me comí las provisiones y me acosté “arrullado” por el incesante ruido -que mis tapones no filtraban- de los camiones en constante tránsito entre Fénix y Yuma, por el pitido de unas sirenas de no sé qué demonios y por el helicóptero que, durante larguísimo rato, estuvo sobrevolando Buckeye. A pesar de todo y gracias a que la noche fue cálida, pude dormir bien.

De Flagstaff a Buckeye con varios mejicanos y un negro.