Sábado, 9 de agosto (continuación)
De los dos albergues que hay en Winnipeg, he venido a caer en el más cutre y solitario. Apenas seremos media docena de huéspedes y el ambiente es muy aburrido, mientras que el otro, a una manzana de distancia, bulle de actividad. ¿Quién me mandaría quedarme aquí? Pues la impaciencia y el presupuesto: en el otro, donde estuve primero, no había recepcionista, y como no me apetecía esperar me vine a éste, que además es un dólar más barato. Como aspecto positivo, en cambio, estoy solo en el dormitorio, lo cual no es una ventaja menor.
El centro de Winnipeg queda a una media hora andando, y la ciudad me ha parecido, verdaderamente, una buena mierda: antiestética y sucia, de edificios roñosos y calles deterioradas que recuerdan a las urbes hispanoamericanas, llena de negratas, “indiatas” desvirtuados, chinos feos, sudacas y mendigos. El único lugar atractivo me ha parecido The Forks, la horquilla, donde el río Assiniboine desemboca en el Red. Ahí hay algunas zonas verdes, un centro comercial, un paseo fluvial bastante bonito y un puñado de “indios” haciendo el ídem, sacando cuartos al turismo local a base de vestirse al supuesto estilo primitivo y exhibirse en tipis, todo de lo más peliculero. Indios, por cierto, de mirada ofensiva y feroz, descarada, agresiva, como si por su sola existencia se les debiera algo. Pero hacía un calor de la hostia y los muchos enjambres de mosquitos no daban respiro (como me había advertido Harold), así que no disfruté mucho del largo y fatigoso paseo que me di. Desde entonces no dejo de dudar qué hacer mañana y, caso de irme, qué ruta tomar. Dejaré la decisión, como de costumbre, para el último momento, mañana por la mañana. Hoy estoy muy cansado y, en vista de la birria de ambiente que hay en el albergue, me voy a acostar.
Domingo, 10 de agosto. Dauphin (Manitoba)
Dauphin es una pintoresca ciudad en mitad de la vasta pradera de Manitoba. Entre dos zonas ligeramente montañosas y declaradas parques forestales, una meseta algo elevada pero totalmente plana acoge a una veintena de cities or towns (al parecer, la city es mayor que la town), una de las cuales es Dauphin, que por lo visto fue originalmente -al igual que muchas otras localidades de esta parte de la provincia- un asentamiento de ucranianos; y es cierto que buena parte de los habitantes tiene rasgos centroeuropeos y apellidos raros. Y he dicho “pintoresca” porque tiene un indisimulable aspecto de ciudad far west: llana por completo, con anchas calles trazadas a escuadra, alberga en su downtown una gasolinera, el city hall (ayuntamiento), el supermercado, el cine, los hoteles, Correos, la estación de bomberos y la escuela. El resto está formado por las típicas viviendas unifamiliares norteamericanas. Las fachadas de los bares y otros edificios públicos, aunque son de obra, muestran el característico estilo western: altas y con los letreros pintados directamente sobre el ladrillo. Pero el principal protagonista, atravesando la ciudad de este a oeste por su mero centro, de un sólo tajo longitudinal y rotundo, es el ferrocarril, cuya estación es un edificio digno de la más realista película de época y cuyos raíles se pierden a un lado y otro en la infinita lontananza.

De Winnipeg a Dauphin con cambio de chófer en Minnedosa.
No es difícil imaginar cómo he llegado aquí. Tras dudarlo hasta el último segundo (y esta expresión debe entenderse en su sentido más literal), decidí -o, más bien, el azar decidió por mí- aceptar el ride que me ofrecía Matt y que me llevó, a lo largo de dos horas de amena conversación, hasta Minnedosa, donde se cruzan las rutas 16 y 10. El lugar donde me dejó era pésimo para hacer dedo a la una de la tarde en un día caluroso, pero, por suerte, en menos de una hora me recogió un joven de lo más simpático, rubio él y muy guapo, ecologista por convicción y de estudios, que durante otras dos horas me amenizó con una de las mejores conversaciones que he tenido hasta ahora en Canadá, hablándome sobre medio ambiente, energía, política, racismo y antropología. El chaval sostenía el clásico punto de vista ecologista-ingenuo sobre los bosques, las centrales hidroeléctricas y los nativos, pero no era ningún adoctrinado y razonaba muy bien. Concluimos que en EE.UU. y Canadá se derrochaba mucho y se reciclaba muy poco, que por vía de la reutilización y de la reducción del consumo podría evitarse la necesidad de construir nuevas centrales, que la energía era aquí demasiado barata (aunque, claro, si la encareciesen, ¿cómo evitar que fuesen los pobres quienes pagasen el pato?) y que, si bien el deterioro del planeta era inevitable, nosotros no queríamos ser responsables de ello.
Me dejó a unos 5 km al sur de Dauphin, desde donde -tras hacer dedo apenas diez minutos- me trajo hasta la ciudad un simpático matrimonio de ucranianos que mostraron un gran interés por mi viaje y que, amablemente, me acercaron al camping, donde decidí quedarme a pasar la noche y no avanzar más hoy, ya que Dauphin me ha gustado al primer golpe de vista. En el camping me recibió una oficina cerrada y un hospitalario letrero que decía: “Camp now. Register later”. Un tipo que me vio mirando al letrero me sugirió que acampase donde me pareciera y me dijo que, si querían que pagase, ya vendrían a reclamarme la tarifa. Así que eso hice: acampé donde me dio la gana, en un adorable lugar a la sombra de altos árboles. Aún no he visto a nadie en la oficina. Ese mismo tipo, que ha venido al camping sólo para pasar una tarde de picnic dominguero, se acercó luego a pedirme fuego para encender su barbacoa, y más tarde me invitó a unirme a él y su familia. Perfecto. Todo lo que sea gratis es bienvenido.
Pasé con ellos un par de horas charlando y comiendo, hasta que se marcharon. También era de origen ucraniano, y dijo vivir en Pine River, un pueblo que se encuentra en la ruta que tengo planeada. Antes de despedirse me pidió mi dirección para enviarme una postal cualquier día del próximo invierno, y dijo que ya le contestaría si me apetecía. Es la primera persona que no me propone ser yo quien escriba en primer lugar, lo cual es de agradecer. [Al escribir esto ahora, me doy cuenta de que nunca recibí esa postal suya, a no ser que -una vez más- la memoria esté fallándome.]
Una ducha me ha dejado como nuevo, y una vuelta por el pueblo me ha hecho pensar en quedarme tal vez un par de noches en lugar de sólo una. Me alucina esta pradera: plana y extensa como un océano, salpicada de algunos grupos de árboles que delatan la presencia de granjas, casas o poblaciones. Como la campiña española; como Castilla, pero verde, multicolor y diríase que más grande a la vista, aunque esto sea absurdo: tal vez por un efecto de la luz, tal vez sólo fruto de la imaginación, el caso es que aquí la Tierra parece menos curva y, por tanto, los horizontes más lejanos. O a lo mejor es que en la meseta española siempre hay, en lontananza, alguna sierra que impone sus límites. Aquí los coches se ven venir desde tan lejos que parece que nunca llegan. Entre los canadienses circula un dicho para burlarse de las praderas: si a un granjero se le escapa el perro por la tarde, no necesita apresurarse en ir tras él, ya que al día siguiente todavía podrá verlo corriendo.
Son todavía las 8 y creo que acabaré la jornada leyendo un poco, y quizá salga luego a tomar una cerveza.